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Pájaros a lápiz

El horizonte es de arena azul. Tiene el color de la esperanza y el color de lo incierto. Y es en la mirada donde realmente existe ese horizonte. Igual que casi todos. Fuera de ella tan sólo es un dibujo que se atrapa en la mano y en vuelo nos escapa. Ese es el pájaro con el que sueña Ibrahim, que desea ser libre como las aves, en las que también Musa quiere convertirse dentro de su cabeza cada vez que se escapa al desierto. El pájaro que supone el amor para Olga, una profesora de arte deslumbrada como Delacroix en Tetuán.

Este es el símbolo de la poética novela de Mohamed El Morabet, El invierno de los jilgueros, XV Premio Málaga de novela, en cuyas páginas dos hermanos, Musa y Brahim, buscan sus alas para sobrevivir a la pérdida de la madre, a la oscuridad de las emociones dentro de la cicatriz de la Marcha Verde tatuada en el cerebro, a la forja de la identidad en una ciudad, Alhucemas, impregnada de belleza y de vacío, de orfandad de un presente y de un futuro donde seguir resistiendo a través del trasiego cotidiano que es el laberinto de la vecindad, el tejido con el que cualquier dolor se cicatriza. La patria chica con un latido que mejor entienden quiénes son seres de barrio, orfebres de cada palmo de su vida. Lo mismo que ambos hermanos, convencidos de que la existencia es un círculo que cerrar, y a mirar hacia delante.

"Esta novela es un barrio con telarañas de cableado en las fachadas, donde huele a pan en medio del silencio, que también se hornea"

Esta novela es muchas más cosas. Mohamed El Morabet (Alhucemas, 1983) la teje igual que un contador de cuentos o un artesano de celosías que no muestra todo lo que cuenta, que deja que la sombra sea una voz por dentro de la historia, que es un zoco de detalles, de humanidad en las rutinas, de pequeños abismos y responsabilidades que se tensan por fuera, que nos exigen por dentro salir adelante. Una voz interior que también se escucha cuando amanece en el mar, cuando amanece en el desierto. Así es su prosa, la escritura vivida de El Morabet. Ligera, ondulada, zigzagueo de ola, bisbiseo de viento en el ritmo con el que mueve al lector entre la trama de una construcción de la identidad. Dura en la manera que irá cicatrizando lo que el protagonista pierde y se duele, en una ciudad con memoria de guerra y en la que faltan una biblioteca, un teatro. Una salida digna para la mente que es cautiva de sí misma, de un misterio que está pero no se dice ni se intuye claramente, pero se siente.

Esta novela es un barrio con telarañas de cableado en las fachadas, donde huele a pan en medio del silencio, que también se hornea, mientras las vidas, sus colchas y la frontera íntima de la vecindad se zurcen en máquinas de coser de la melancolía. No hay penuria ni hechura del dolor que no puedan remendarse con ternura, convicción y alrededor de una mesa de madera, o a solas en medio de la música de Debussy o tumbado en el bahía azul de Demis Roussos. Al otro lado, lo colectivo, lo real, que sigue existiendo en el tiempo lento de las ciudades marroquíes y de las nuestras: el pescado cotidiano que se descarga después de una dura faena y que ensancha de escamas los mercados llenos de pañuelos de colores, de moscas que zumban alrededor, las esquinas en las que algunas personas se marchitan y donde la lavanda con la que sueña Brahim es un bálsamo, un salvoconducto.

"Pintar es crear el espacio. Se dice en un momento de esta bonita historia naturalista, íntima y existencial en su textura narrativa y en la pintura de su lenguaje"

Esta novela es una pandilla de amigos de la calle que cazan pájaros y los sueltan, y aprenden a caminar en línea como un peón que sabe dónde pisa y cuál es su misión. El que más vuela, va y vuelve es Brahim, que crece a finales de los setenta e inicios de los ochenta, cuesta arriba su soledad, vigilante de un hermano equidistante al que le une hasta la muerte y el sueño de sol en una azotea, en la que ser un pájaro con la espalda recta antes de volar hacia el desierto invisible del desierto. El territorio que el protagonista extiende una vez y otra vez en un papel que también es la orilla de la playa del Quemado que le regala botellas de cristal sin un mensaje en su vientre, y un brazalete de mujer como presagio.

Esta novela es un cuaderno de amor al carboncillo, con escorzos de Magritte, y la sinestesia de los colores Goethe en el deseo, donde una mujer de Madrid que huye del fracaso y se busca a sí misma en un cuaderno de arte, en una novela de Zweig, en un cuadro de Goya. En una ciudad donde una pareja se ama a través de ese arte que los acoge y los dibuja entre el mestizaje de la identidad, del erotismo, los miedos de los que se protegen y de la moralidad que siempre espía en la puerta de casa, al otro lado del pasillo de un beso, de una mirada que a pesar de ser limpia es un encuentro vedado. Dos culturas en la piel de un abrazo derribando barreras, aunque a veces se page peaje.

Pintar es crear el espacio. Se dice en un momento de esta bonita historia naturalista, íntima y existencial en su textura narrativa y en la pintura de su lenguaje. Una novela, El invierno de los jilgueros, que nos deja la enseñanza de que vivir es crear el espacio de cada uno. Un espacio en el que son sus contornos y caben el mar, el desierto, el horizonte de un sueño, de un beso, de una esperanza en blanco, con aroma a lavanda. La vida importante de lo pequeño, y la vida con cielo abierto y grande por la que volar, aunque a veces pesen las alas.

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Autor: Mohamed El Morabet. Título: El invierno de los jilgueros. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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