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Proust y los árboles

Proust y los árboles

Marcel Proust tiene dada orden de que solo se llame a la puerta de sus habitaciones cuando lo pida con la campanilla, que es todas las tardes para que Céleste Albaret le traiga un café. Anoche Céleste se acostó intranquila porque el escritor no la llamó. Hoy se ha levantado preocupada, así ha seguido todo el día hasta que, de noche, oye la bendita campana. Tras tomar el café, Proust le dirige la palabra y comentan, escuetamente, el prolongado silencio.

Esto ocurre en 1917. Proust había comenzado a escribir En busca del tiempo perdido en 1909 y, concluido, lo seguirá corrigiendo a su muerte en 1922. Transcurridos más de cincuenta años, Céleste cree que Proust estuvo aquellos dos días experimentando para su libro, que consumió una dosis controlada de veronal para exponer, dice, la muerte de un personaje, el escritor Bergotte. Este, que padece uremia (como Jeanne, la madre de Proust), muere tras contemplar el cuadro Vista de Delft, de Vermeer, y en él un pequeño lienzo de pared amarillo (en realidad el tejado que asoma a la derecha. Proust vio la obra, pero no la recordó bien) que lo enfrenta a su obra:

Así debería haber escrito yo —piensa Bergotte—. Mis últimos libros son demasiado secos, debería haber aplicado capas de color, haber vuelto las frases preciosas en sí mismas, como ese liencito de pared amarillo.

Bergotte no mira el cuadro; es la pequeña mancha amarilla la que lo mira a él.

En las 3176 páginas de En busca del tiempo perdido con sus 1.267.069 palabras cabe todo, y eso que, como el tejado de Vermeer, nada es pequeño. Caben el citado Bergotte y 330 personajes con alguna relevancia (el 28% aristócratas), siete grandes fiestas, reflexiones sobre arte, el caso Dreyfus, el Faubourg y una guerra para los que no la vieron, castas, celos, pasiones, mezquindades, cinismo, envidia, hipocresía… en definitiva, los fractales del alma humana. Cabe la memoria. Cabe el tiempo. Cabe mucho más tiempo de los aproximadamente cuarenta años en los que transcurre esta novela inhumana. Y árboles. Tres escenas con árboles:

«Vi alejarse los árboles (el narrador los ve por la ventanilla del coche) agitando los brazos desesperados, como si me dijeran: “Lo que no sepas de nosotros hoy, no lo sabrás nunca. Si dejas que volvamos a caer en lo hondo de este camino desde el que intentábamos izarnos hasta ti, toda una parte de ti mismo que te traíamos caerá para siempre en la nada”… Y cuando, al torcer el coche, les di la espalda y dejé de verlos, mientras la señora de Villeparisis me preguntaba por qué parecía pensativo, estaba triste como si acabase de perder a un amigo, de morir para mí mismo, de renegar de un muerto o de desconocer a un dios».

«Árboles, pensé, ya no tenéis nada que decirme, ya mi corazón, enfriado, no os oye. Sin embargo, estoy aquí en plena naturaleza, y mis ojos ven con frialdad, con indiferencia, la línea que separa vuestra frente luminosa de vuestro tronco en sombra. Si alguna vez pude creerme poeta, ahora ya sé que no lo soy. Acaso en la nueva parte de mi vida, tan árida, que ahora empieza, los hombres podrán inspirarme lo que ya la naturaleza no me dice. Mas los años en que quizá hubiera sido capaz de cantarla a ella no volverán».

«Tengo amigos (dice Legrandin) en todos los lugares donde haya tropas de árboles heridos, mas no vencidos, que se hayan juntado para implorar juntos con obstinación patética a un cielo inclemente que no se compadece de ellos».

Me sobreviene aquí lo que llamo el “síndrome Vargas Llosa”.

Cuando leí La orgía perpetua, excelente ensayo de Mario Vargas Llosa sobre su admirada Madame Bovary, me llamó la atención que, escrito como está en castellano, todas las citas originales de Gustave Flaubert se muestran tal y como este las escribió en francés, sin traducción, cuando, me consta, Vargas Llosa leía perfectamente en ese idioma. Al principio miré con malos ojos la edición, pero en cuanto tuve oportunidad (la impagable dicha) de leer la obra de Flaubert, su correspondencia, pensé, me gusta pensar, que lo que había achacado a la desidia editorial es, sin fisuras, profundo respeto de Vargas Llosa por Flaubert, la claudicación de que no solo es intraducible sino que ¡ay!, es imposible contar con otras palabras lo que dijo el genio francés sin empeorarlo. Atinado o no (seguro que no, pero a esta altura me rindo a la materia de la que estoy constituido), ocurre lo mismo con Marcel Proust: para qué explicar, para qué ¿matizar?, cómo digo lo que veo en estos tres fragmentos sin deshonrarlos. No lo voy a intentar, solo dejar constancia de que los párrafos, como el amarillo de Vermeer a Bergotte, me miran.

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Pablo75
Pablo75
7 horas hace

“Cuando leí La orgía perpetua, excelente ensayo de Mario Vargas Llosa sobre su admirada Madame Bovary, me llamó la atención que, escrito como está en castellano, todas las citas originales de Gustave Flaubert se muestran tal y como este las escribió en francés, sin traducción, cuando, me consta, Vargas Llosa leía perfectamente en ese idioma.”

No entiendo el asombro: si Vargas Llosa leía (y hablaba) el francés es lógico que cite a Flaubert en ese idioma. ¿Qué hay de sorprendente en ello?

Lo que es mucho menos lógico es que el autor de este texto no dé el nombre del traductor de Proust cuya traducción cita (sabiendo que no hay aún en español una buena traducción, sin errores, de La Recherche – y que algunas de las más célebres se reeditan con errores enormes desde hace décadas).