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Para no estorbar

Hace diez años todavía existían los periódicos de papel, incluso había gente que los compraba y los leía. En las noticias de medianoche desvelaban las portadas del día siguiente como grandes hallazgos, el papel impreso seguía siendo relevante y conservaba una pizca (sólo una pizca) de veracidad. Era la palabra performativa y permanente, en los hoteles los periódicos se colgaban de horquillas de madera, en los aviones se repartían como obsequios, en los bares se compartían sin arrugarse demasiado.

Como escritor, he llegado tarde a casi todo. No me quejo, me asombra que alguien pueda conmoverse por cierta cosa que yo escriba medio dormido en un cuaderno; y no se me olvida que en la distancia que separa al escritor inédito del escritor editado uno se juega la vida, la pelotita golpea la red y cae de un lado o de otro, match point. A pesar de esa certeza, creo que llegué tarde al palenque de la lite: cuando asomé la nariz todos estaban borrachos y emparejados, y aunque los periódicos seguían existiendo ya rivalizaban con los prescriptores anónimos y las notas de Goodreads, una crítica de Babelia ni te encumbraba ni te hundía en el lodo, como hacía antes, cuando tuvo la condición de BOE y despilfarrabas tu dinero de sábado comprando verdadero papel (papel) para buscar tu nombre. Ya ni te hundía ni te encumbraba, pero tenía la capacidad de hacer daño.

"Darse importancia es lo mismo que quitarse la costra de una herida"

La crítica impresa de Nada es crucial salió publicada en Babelia justo cuando no debía salir: ese mismo día yo participaba en una mesa redonda del Festival Eñe, donde dije muchas tonterías, obvio. La firmaba Fernando Castanedo, y me pegaba como se le pega a un sparring al que no quieres noquear, sino soltar un poco de músculo. También había algunas flores, pero yo sólo veía los golpes, como corresponde con mi naturaleza. Novato, recuerdo que entré en la sala donde iba a celebrarse (?) la mesa redonda, convencido de que todo el mundo habría leído ese Babelia demoledor, y que me señalarían con el dedo o me pondrían una mano compasiva en el hombro, pobre chaval. Lo cierto es que nadie me conocía en esa sala, nadie había leído mi novela recién publicada y nadie había buscado la reseña de Castanedo para reírse de mí.

En el palenque de la lite hubo un tiempo, tal vez, en el que los escritores podían aspirar a ser alguna cosa. Becarios de una fundación, por ejemplo. Pero ya dije que llegué tarde al reparto y que el nutriente escaseaba. Ser Nadie con ISBN era la única perspectiva. Saluda y da las gracias, y no te olvides de cerrar la cueva al salir. Y prepárate unas oposiciones, por tu bien.

Está bien que sea así. Para un escritor, el peor de los pecados es darse importancia.

Y es difícil evitarlo, porque el libro proclama a voces tu nombre desde la estantería, también en Google, y puede que incluso aparezca una foto tuya en la solapa, con cara de tonto. También en Google. Darse importancia es lo mismo que quitarse la costra de una herida.

Ahí va un aforismo.

"Yo no quería lectores letraheridos sino huestes revolucionaras que salieran a la calle a quemar alguna cosa"

No obstante, el remedio está al alcance de la mano: basta con ir a una biblioteca pública, buscar tus libros y escrutar la hojilla pegada a la página de créditos. Y después bajar a la sección de lite infantil y hacer lo mismo con cualquier Stilton. El desequilibrio es tan penoso que sientes la necesidad de pedir prestado tu propio libro, para que le dé el aire.

Si el remedio de la biblioteca pública no es suficiente, hay otras terapias más agresivas: cada dos o tres años (con suerte) recibirás de la editorial un comunicado avisando de que destruirán tantos libros tuyos para liberar el stock de los almacenes centrales. La incineradora. El reciclaje (con suerte). La triste noticia se acompaña de una frase redundante sobre el procedimiento habitual de rotación. No es que te odien, por insolvente. Es la costumbre de la casa.

Ahora que he revisado el texto original para su reedición, recuerdo con viveza la maña salvaje con la que escribí Nada es crucial, la historia de Magui y Lecu, arrancando brotes vivos de mi infancia ochentera y mi adolescencia, a la sombra de Extremoduro, de Kurt Cobain, de Green Day y de los mitos ya derruidos, una olla podrida en la que burbujeaban Umbral, Baroja, Kundera, Bradbury, Blas de Otero, los narraluces a los que adoraba (yo solo, nadie más) y el bestia de JRJ.

"Nada es crucial me salió lírica porque enseguida me engolosino con las metáforas y los juegos de palabras al británico modo"

Escritor politicosocial, brigadista áspero: yo no quería lectores letraheridos sino huestes revolucionarias que salieran a la calle a quemar alguna cosa (especialmente una iglesia) y a rescatar a los niños perdidos. Se entiende la ironía. Me tenía mucha estima, yo.

Nada es crucial me salió lírica porque enseguida me engolosino con las metáforas y los juegos de palabras al británico modo, cuando en realidad estaba destinada a ser una novela de tesis. De tesis finisecular, G98. Una novela que aparecería en los apuntes de bachillerato del próximo siglo. Tenía referencias concretas, tenía citas anotaditas en el cuaderno de adormilarse, escribiría una novela sobre la epidemia (otra) de la heroína que vi tan de cerca, sobre los yonquis que asaltaban a los chavales de barrio, y particularmente sobre Kiko Argüello y los neocatecúmenos. Así sería mi novela, lo tenía clarísimo.

Kiko Argüello era un tipo que me obsesionaba. No lo mencionaba en el texto con nombre y apellidos pero su sombra maléfica se escondía detrás de El Señor Alto y Locuaz. Incluí una entrevista suya entre las páginas de la novela (nadie se dio cuenta) y falseé su biografía para que encajara con la peripecia de los protagonistas. Tenía todo el derecho a hacerlo: yo había sido cristiano de base y sabía de lo que hablaba. En ese punto nadie podría hacerme ninguna reconvención, eran mi territorio, mi propiedad y mi experiencia.

Por otra parte, estaba comprometido con el fracaso (sigo estándolo): una novela de éxito sólo podía ser una mala novela. El talento se galvanizaba fracasando, escribiendo para nadie o para una chica medio francesa. En contra de mi compromiso, Nada es crucial tuvo lectores entusiastas, reediciones y traducciones, pero en las entrevistas y en los encuentros con lectores nadie me preguntaba por la médula, por el venablo, por la tesis barojiana que (pensé) había acorazado entre sus páginas. Los lectores querían que les hablara de Magui y de Lecu, falsarios. Querían saber de dónde provenían, quiénes eran, por qué se comportaban de esa manera tan extraña, por qué no hablaban casi. El resto no les importaba. Magui y Lecu eran cruciales para ellos, el resto nada, un escenario. Y para mí, en cambio, consistían en un recurso dramático, marionetas o monigotes con los que embaucar al lector y hundir fuertemente el venablo, de improviso.

"Olvidé que la novela deja de ser cosa tuya en cuanto cierras el documento y pulsas adjuntar"

Qué imbécil, sigo siéndolo. Cuando estudié en la universidad todavía estaba de moda la semiótica. Leí a Umberto Eco, claro, pero sin prestar atención o sin entender mucho, y al cabo fui olvidándolo. Fatídico, ese olvido: olvidé que la novela no te pertenece a ti, que la escribes de madrugada y descalzo, olvidé que la novela deja de ser cosa tuya en cuanto cierras el documento y pulsas adjuntar. No en vano un contrato de edición es una cesión de derechos, una renuncia. La novela se vende y se abandona. No es nada tuyo, no tienes ninguna autoridad sobre ella, es la obra abierta del profesor Eco, y los lectores son los dueños absolutos de su significado, tú ya sobras aquí, escritorcito.

Unos meses después de la publicación recibí una carta, reenviada por la editorial. En ella una lectora me felicitaba por el feliz descubrimiento del nombre del protagonista, Lecu, que en euskera (leku) significa sitio o paraje, vagamente descampado. En Nada es crucial, Lecu es un crío canijo que vive en un descampado hasta que los kikos lo rescatan o lo secuestran. «El apócope le encaja de maravilla», decía la lectora postal, «qué ingenio».

No era así, no era ningún truco ingenioso: Lecu se llamaba Lecu porque tuve un colega que se apellidaba Lecumberri, y lo apocopábamos. Ninguna metáfora, ningún juego de palabras oculto. O quizá sí. Quizá sólo era necesario que esa lectora (donde estés, gracias) uniera el significante y el significado, como en una ceremonia de psicomagia. Y que yo me quitara de en medio, para no estorbar.

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Autor: Pablo Gutiérrez. Título: Nada es crucial. Editorial: La Navaja Suiza. (Novela ganadora del XXI Premio Ojo Crítico de Narrativa de RNE). Venta: Todostuslibros y Amazon

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