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Crímenes ejemplares, de Max Aub

Crímenes ejemplares, de Max Aub

Considerada una de las obras maestras del relato corto, Crímenes ejemplares ha tenido numerosas ediciones para alimentar la leyenda de uno de los grandes títulos de su autor, el siempre fascinante Max Aub: necrófilo, ácido, brillante, provocador y siempre original. Ahora uno de sus estudiosos más destacados, Pedro Tejada Tello, ofrece la edición crítica definitiva en este volumen que, en coedición con la Fundación Max Aub, incorpora doce crímenes nuevos, tres suicidios y siete epitafios. Pedro Arjona ilustra, además, esta joya literaria en la que los asesinos van confesando sus sangrientos delitos con humor expresionista, en un juego que va mucho más allá del aforismo y adelgaza al máximo la materia del relato para contar lo máximo con los mínimos elementos. Todo un alarde solo al alcance de un genio.

Zenda reproduce varios de estos Crímenes ejemplares de Max Aub.

[I]a

—No solamente me gusta, adoro el cine. Voy todos los días. No puedo vivir sin él. «Los últimos amores» es una película muy buena, bien construida, excepcionalmente bien interpretada y —sobre todo— de un interés extraordinario: no hay quién sepa quién es el asesino. Y aquel mequetrefe, por la sencilla razón de que la había visto, me contó el final.

Lo hubiera matado, destrozó todo mi gusto. Lo hubiese machacado… Desgraciadamente era amigo mío. Pero no se lo perdoné nunca. Y, cuando ayer, cenando en casa, empezó a narrar el argumento de «¿Quién lo mató?» que, regodeándome de antemano, pensaba ir a ver mañana, algo más fuerte que yo me empujó a estrellarlo contra el suelo.

[II]a

—Me puso en un brete, en el compromiso más horrible. Pero lo habíamos deseado tanto que yo me sentí responsable de un posible aborto si me oponía. Hacía ya cinco años que estábamos casados. Y hasta ese momento, nada. Y de pronto vino aquello como una alegría prodigiosa. Lo demás sucedió exactamente tres meses después. Yo no sé qué vería mi mujer en aquel hombre. Alfredo era amigo mío desde hace años y nunca se había fijado Adelina en él, que yo sepa. Pero de pronto le entró aquella manía. ¿Qué debía hacer yo? ¿Ustedes se dan cuenta de mi responsabilidad como futuro padre? Era un deseo, y dicen que el no realizar una apetencia en ese estado puede desgraciar a la criatura. Así que, después de mucho pensarlo, accedí; al fin y al cabo, lo peor no podía suceder. Se fueron a Cuernavaca, un sábado. La catástrofe sucedió justamente al fin de la otra semana, cuando fuimos a ver al doctor Sotero: diagnosticó un falso embarazo. Salí como loco a la calle y maté al primero que se me puso por delante.

Desde luego el responsable es el médico: yo no tengo la culpa de que se me equivocara la primera vez.

[III]a

—Un camión de doble rueda atrás. Cogió al perro por una pata —un perro de esos de la calle, color canela y con el vientre blanco—. El animal aulló, y el chafirete detuvo su armatoste; iba muy despacio: llovía. El animal, atrapado, se debatía. El hombre sacó la cabeza por la ventanilla, miró al bicho que se revolcaba procurando zafarse. Le bastaba dar tantita marcha atrás para liberarlo. Se acomodó frente al volante, metió la marcha y arrancó, despanzurrando al perro. Este aulló un momento más, deshecho a mitad, aplastado de medio cuerpo para abajo. Yo siempre llevo pistola, y tengo buena puntería: de seis tiros le metí cinco en el cuerpo. El camión se incrustó en una barda, destrozando un farol. Estoy dispuesto a pagar los daños causados. Ahora que del tipo ese: ni hablar.

[IV]a

—Lo maté por equivocación, así que ni responsabilidad tengo.

[V]a

—Me dolía tanto el estómago que me eché a la calle dispuesto a matar al primero que me encontrara. Menos mal que era soltero.

[VI]a

—Pero si eso es viejísimo: hace más de seis años. Fue la mera noche de bodas: se quitó su brassier, o como lo llamen, y ¿usted cree que se puede dormir toda la vida con una mujer que tiene busto como cabra ordeñada? Y los remedios, cuanto antes, mejor.

[VII]a

—Lo maté porque quería que aquella estampilla saliera a subasta.

[VIII]a

—Vamos por partes: me dolía el vientre de una manera horrorosa, y conste que no había comido ni bebido nada que justificaran aquellos retortijones del demonio. Y aquel desgraciado sin salir. Yo no sé cuánto tiempo, a mí me pareció una eternidad. Y yo no podía más. Derribé la puerta y lo hundí allí dentro. A veces puede más la necesidad que la cabeza.

[IX]a

—Sí: tiré la piedra. Pero suban conmigo a la cortadura, a ver si se ve algo. ¿Qué le dio en la cabeza a aquel pobre pescador, y se cayó al río, y se ahogó? Estaría de Dios. A lo sumo, busquen la piedra.

[X]a

—La culpa fue de aquel maldito tango…

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Autor: Max Aub. Título: Crímenes ejemplares (edición crítica de Pedro Tejeda Tello).  Ilustraciones: Pedro Arjona. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todostuslibros y Amazon

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