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Toda buena novela comienza con una “puta” atractiva

Toda buena novela comienza con una “puta” atractiva

Si dijese que es en inglés mentiría, porque lo cierto es que, hasta donde yo sé, es una expresión que sólo utilizan los estadounidenses, no cualesquiera otros paisanos que, por avatares del destino, hayan terminado hablando y escribiendo ese idioma lleno de remiendos y préstamos que es el inglés; sé que ese es otro asunto, pero basta echar un buen vistazo a un diccionario del susodicho para descubrir infinidad de términos que, sin vergüenza alguna, han hecho suyos, con total falta de complejos. Me pregunto si será verdad aquella historia de que kangaroo, lo que viene a ser nuestro canguro, fue solo la respuesta del aborigen australiano contestando que no entendía la pregunta del explorador británico aquel cuando, señalando al bicho que saltaba, el intrépido aventurero se interesó por el nombre de la criatura.

En fin, divagaciones aparte, los estadounidenses, en su inglés particular, al menos los relacionados con el mundo literario, suelen referirse a la frase con la que se comienza una novela como hooker, que, entre otras acepciones, viene a significar el viejo y sonoro “puta” de nuestro castellano de siempre.

Aclarado esto, que viene a desvelar el título del artículo, imagínese, querido lector, cómo me sentí yo cuando un editor estadounidense mencionó que cómo me las apañaba para buscar tan buenas hookers para mis novelas. Me quedé a cuadros. No sabía si pretendía insinuar que me veía cara de escritor atormentado y libertino que, acorde al tópico, busca inspiración en el fondo de los vasos y en las esquinas de los burdeles. O si es que pretendía insinuarme que le apetecía correrse una juerga a mi costa a fin de que mis novelas acabasen siendo traducidas, ya sabe, como si se tratase de un soborno

Epatado, patidifuso, o shocked, que dirían ellos. No sabía por dónde salir ni qué contestar, hasta que tradujo el comienzo de Rōnin que es algo así como: «Moriría esa noche. Y él lo sabía.». Fue entonces cuando, en mi ignorancia, interpreté que la expresión hooker, en ese caso, vendría a ser algo así como “gancho”. Al fin y al cabo, como pescador de mosca, he utilizado muchas veces la palabra hook para referirme a anzuelos.

Desafortunadamente, aquella entrevista solo sirvió para que yo aprendiera el dichoso modismo de los estadounidenses porque, hasta el momento, no he conseguido que mis novelas se lleven a aquel país y es que es condenadamente difícil que al escritor en castellano le abran las puertas del inglés. Es un mercado enorme, con mucho que publicar y demasiadas fuentes de las que beber como para preocuparse de traducir en demasía; aunque ese es tema para otros artículos…

Quizás debería haberme llevado al tipo de juerga y regalarle unas buenas botellas de orujo gallego.

Quizá algún día lo consiga.

En fin, al menos aquella entrevista sirvió para que hoy en día no malinterprete artículos literarios y ensayos en los que se hace uso de la palabreja.

Personalmente, el vocablo me lleva a una reflexión, que es el cabo del que deseaba tirar desde el comienzo de estas líneas: ¿Qué importancia tiene esa primera frase? ¿Hasta que punto determina la calidad de una novela? ¿Y su éxito?

Después de mucho cavilar, la verdad es que no tengo ni una sola respuesta satisfactoria. Sin embargo, son interrogantes con mucha fuerza y merece la pena insistir en la búsqueda.

"De modo que los vericuetos de la fama no sirven para contestar a ninguna de aquellas preguntas. Así que podría seguirse la búsqueda pensando en la calidad literaria"

Algunos comienzos los hemos oído tantas veces que son reconocibles desde la primera sílaba, pero eso no los hace mejores; por ejemplo, el cine estadounidense nos ha hecho conocer su gran obra patria con aquello de «Llamadme Ismael», que en mi opinión no le llega ni a la suela del zapato a la genialidad de nuestro maravilloso Quijote, cuya frase inicial no hace falta repetir. Sin embargo, conocer de memoria esas hookers no las hace buenas. Como mucho bien publicitadas, por uno u otro motivo. No debemos olvidar que, dejando a un lado los méritos de Moby Dick, lo cierto es que la obra de Melville fue encumbrada en el momento de los resurgimientos nacionalistas, cuando a los estadounidenses, con cuatro días de Historia, les hacía falta una figura patria que reivindicar para luchar con la exaltación de Shakespeare, Voltaire o el mismo Cervantes que se estaba llevando a cabo a este lado del charco.

De modo que los vericuetos de la fama no sirven para contestar a ninguna de aquellas preguntas. Así que podría seguirse la búsqueda pensando en la calidad literaria.

«Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez.» ¡Qué maravilla! Y, sin embargo, no hay ni una sola figura literaria, no hay retruécanos, no hay anáforas, no hay palabras grandilocuentes, solo ese staccato inconfundible del maestro Hemingway. Esa primera frase, esa hooker de El viejo y el mar es casi una novela en sí misma. Con una sola frase nos cuenta una historia y nos plantea la gran pregunta que mueve la historia: ¿pescará el viejo un pez?

Por cierto, querido lector, por si no lo había oído nunca, el maravilloso relato de Hemingway está inspirado en un personaje real que el bravío escritor conoció en sus viajes de pesca a la isla de Cuba.

Sin duda, en este comienzo hay calidad literaria. Y la novela ganó el premio Pulitzer y sigue vendiéndose como los churros. Sin embargo, hay otros hitos de la literatura contemporánea mucho más modestos en sus comienzos.

«Era una hermosa mañana de finales de noviembre.» Así empieza El nombre de la rosa. Francamente, no parece gran cosa y, desde luego, no anuncia la monumental obra que se sigue a continuación.

Ninguno de los dos ejemplos nos da demasiadas respuestas; pero aún podemos complicarlo más. Porque hay hookers que nos despistan por completo, y a lo mejor ahí radica su genialidad.

"Lo cierto es que podríamos hacer una enumeración larguísima con ejemplos escogidos. Pero, créame querido lector, no serviría de mucho"

«Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se titulaba Historias vividas, una magnífica lámina.» Aquí está el comienzo de una de las obras maestras de la literatura universal: El principito. Un comienzo que es, sin duda alguna, desconcertante, capaz de crear interés por el mero hecho de no tener ni la más remota idea de por dónde van los tiros.

Claro que seguimos sin respuestas a las preguntas planteadas. Más aún, es fácil reunir más dudas cuando nos encontramos con auténticos éxitos de público y crítica que no sólo cuentan con calidad literaria sino que también resultan igualmente desconcertantes.

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.» Esta es la primera frase de Cien años de soledad y, en mi opinión, cumple ambas dos condiciones.

Lo cierto es que podríamos hacer una enumeración larguísima con ejemplos escogidos. Pero créame, querido lector, no serviría de mucho. Yo me pasé una tarde entera hojeando los ejemplares de mi biblioteca y no hice más que acrecentar el mar de dudas en el que navegaba.

"Así que, tras mucho cavilar, llegué a una conclusión que no me sirvió de consuelo: el comienzo de una novela vale tanto como lo que viene después, ni más ni menos"

Y, como no encontraba las respuestas que buscaba, acudí a las reflexiones de los que saben más que yo de todo esto y me encontré con un artículo de Stephen King en el que analizaba el asunto. El de Maine, después de desgranar una anécdota sobre su hijo preguntándole por las dichosas hookers, llegaba a la conclusión de que esos comienzos tienen mucho más peso en los relatos cortos que en las novelas y, después de poner algunos ejemplos aseguraba que el mejor principio de todos era ese de: «Al principio creó Dios el cielo y la tierra.»

Así que, tras mucho cavilar, llegué a una conclusión que no me sirvió de consuelo: el comienzo de una novela vale tanto como lo que viene después, ni más ni menos.

Aunque el asunto de que los estadounidenses le llamen hooker tiene su cierta gracia…