Imagen de portada: Patricia Sotomayor
¿Qué le ha pasado a mi ciudad? Es la pregunta que se hacen hoy muchos urbanitas que contemplan perplejos el cambio experimentado estos últimos años por sus calles y plazas, parques y jardines, tiendas y barrios. En su último libro, Antes todo esto era ciudad: Por qué la vida urbana se ha vuelto extraña y qué podemos hacer para transformarla (Debate, 2026), Pedro Bravo responde con amplitud y profundidad a esa cuestión, que afecta en distinto grado a más del 80% de la población española, que se concentra en zonas urbanas.
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—Si “antes todo esto era ciudad” ¿ahora que queda de ella?
—Aunque solemos ver casi todo como un evento, la realidad es que la vida tiende a ser un proceso, una suma de ellos. Por eso, al mismo tiempo que la ciudad, muchas ciudades, cualquier ciudad, está inmersa en dinámicas de obsesión por la competición y la atracción, extracción de valor por parte de inversores, especulación inmobiliaria y otras que señalo en la primera parte del libro, el espíritu de lo comunitario sigue existiendo en mil detalles: unos niños jugando al fútbol en una plaza, un cumpleaños en un parque o unos chavales que se juntan a hacer rap en una esquina. Estamos aquí para trabajar, para hacer cosas, para divertirnos, para vivir y, a pesar de que cada día nos lo ponen más difícil, lo seguimos haciendo. Por eso, mientras quienes administran las ciudades a veces parecen estar empeñados en que éstas sean una marca, una agencia de producción de eventos, un tablero para el juego de inversores inmobiliarios, un plató de cine o un parque temático en el que sólo importa que salgan bonitas las fachadas y la historia y no la vida y las historias que hay detrás, sigue habiendo rastros de vida urbana por todas partes. Por ejemplo, en un paseo el otro día por uno de los barrios madrileños que mejor ejemplifican estas dinámicas, Malasaña, pudimos ver, entre todos los turistas que habían salido tarde de sus viviendas de uso turístico para tomar brunch en las terrazas, unos niños dibujando con tiza en el suelo y, un poco más adelante, unas lecturas poéticas para presentar un libro que precisamente recogía textos sobre la vida urbana en peligro de extinción.
—Al principio del libro hablas del sentimiento de desamor y extrañamiento que muchos experimentan hacia sus lugares de residencia. ¿Cómo lo vives en tu realidad cotidiana?
—Vivo en una ciudad que se ha obsesionado en los últimos años en tener éxito y lo ha conseguido. Madrid es uno de los mejores ejemplos del empeño de las administraciones por lucir sexis en el mercado internacional de las ciudades globales y, para ello, subvencionar y pujar por eventos de todo tipo, facilitar las operaciones de los grandes capitales internacionales, fomentar el turismo de forma acrítica y, en definitiva, implementar políticas desenfocadas. Desenfocadas porque ponen la ciudad al servicio de esa competición, cuando, si acaso, debería ser lo contrario. Digo que Madrid es uno de los mejores ejemplos de todo esto porque se ha transformado en muy pocos años, en poco más de una década, pero algo parecido se ha vivido en Valencia, Málaga o muchas otras urbes. Entonces, en este tiempo, mi realidad cotidiana se ha transformado también: muchísimos vecinos y amigos que han desaparecido al acabar sus contratos, tiendas de todo tipo pero especialmente comercios de proximidad como fruterías, carnicerías, etcétera, sustituidos por cafés de especialidad, franquicias de supermercados de conveniencia o incluso consignas para dejar maletas, negocios de hostelería que cambian sin parar porque, a pesar de lo que promete el modelo y debido al aumento de precios, los turistas tampoco pueden salir a comer y cenar todos los días y ya no hay casi vecinos… Somos muchos los que nos sentimos extraños, un agotamiento vital profundo provocado por el imperativo de echar más y más horas para llegar a fin de mes y no tener tiempo no ya para descansar, sino para estar unos con otros, hacer cosas juntos, vivir, en vez de sobrevivir.
—¿No se podría hablar también de una conciencia de expulsión del propio territorio, tanto física como emocional? ¿Un efecto angustioso entre la invasión y la sobresaturación de espacios y servicios públicos? ¿Solastalgia urbana?
—Bueno, claro, es que es una expulsión en toda regla. Física, porque echa a toda la gente que no puede pagar el precio que le piden por la vivienda o por los locales comerciales. También porque el cambio del paisaje urbano, del comercio, hace que el que resiste tenga que cambiar sus hábitos, ir más lejos para hacer las cosas cotidianas. También para encontrarse con sus familiares y amigos. Y esto, no nos equivoquemos, no ocurre sólo en los centros, es un proceso que se extiende por toda la ciudad. Y luego está la sensación de que todo lo que hay no está pensado ni hecho para los vecinos, que todo es para el disfrute y el beneficio de otros y que nosotros, en todo esto, sólo somos figurantes que salen en una esquina de la foto hasta que desaparezcamos del todo. Y eso que dices de la saturación de los servicios públicos es fundamental. Se habla mucho ahora de cómo ha crecido la población en este país y se acusa a los inmigrantes de ser la causa de todos los problemas, desde la vivienda a la sanidad. Pero no se dice nada de que estamos en casi cien millones de visitantes anuales que usan también unos servicios públicos y contribuyen a ese colapso. Este hecho, esta negación de la evidencia, aumenta los efectos de esa solastalgia que mencionas: la angustia al ver que tu entorno se desvanece es peor aún cuando te cuentan el cuento de que todo eso es lo que hay que hacer para que las cosas vayan bien.
—Diría que eres algo pesimista al analizar la transformación de las ciudades, pero tal vez demasiado optimista al considerar la posibilidad de revertirla.
—Tiendo a evitar ambas categorías porque me parecen otra forma de simplificar los puntos de vista sobre la realidad. Pero sí, tengo una visión muy negativa sobre los procesos que están teniendo lugar en muchas ciudades y en el mundo en general en los últimos tiempos. Aunque se pueden encontrar datos y hechos positivos, lo cierto es que hay un montón de indicadores que demuestran que las cosa no van bien: desigualdad, emergencia habitacional, extremismo, envejecimiento de la población, desencanto… Al mismo tiempo creo, porque lo conozco de cerca, que hay buena voluntad por parte de muchos políticos y técnicos y también por parte de instituciones nacionales y europeas que promueven, a través de fondos, por ejemplo, acciones de transformación de los entornos urbanos. Pero la sensación es que los intereses de los poderes económicos que operan en todo el mundo y están cada vez más concentrados priman sobre todo lo demás. Esto no lo digo yo solo, lo dicen Piketty, Milanovic, Da Empoli, Mazzucato y muchas otras voces autorizadas. ¿Soy optimista en las propuestas para recuperar la ciudad? Pues, mira, es la primera vez que alguien me califica de serlo: tienden a verme como el cenizo de guardia. Pero recojo el guante y aclaro que he tratado de imprimir, más que optimismo, esperanza. Creo que las cosas no pasan una detrás de otra y que al mismo tiempo que estamos viviendo este ciclo que veo tan negativo hay oportunidades y síntomas de que las cosas pueden cambiar: hay ciudades que se replantean sus estrategias turísticas y de promoción de eventos, hay movimientos sociales y políticos en torno al tema de la vivienda, hay alcaldes, como Mamdani, que gana elecciones hablando con la gente (cien mil voluntarios visitando tres millones de hogares) y cumpliendo lo que promete, y hay, sobre todo, la sensación de que una vez se toca el fondo es momento de salir, con el impulso de respirar de otra manera.
—También creo que partes de un concepto algo idealizado de la ciudad, que siempre ha sido un núcleo de conflictos y tensiones y, en lo que se refiere a las urbes modernas, marcadas por el individualismo y el anonimato.
—Aunque aclaro varias veces en el libro que mi intención no es idealizar nada, igual tienes razón en que puede quedar ese poso. Sin duda, y pongo varios ejemplos, la ciudad ha sido históricamente un espacio de conflictos tanto internos como externos. Su evolución, como la evolución económica, se ha hecho a costa de mucho sufrimiento y mucha lucha, pero la segunda mitad del siglo XX es un ejemplo, con muchos matices, de que cuando nos hemos organizado pensando más en lo común, institucionalizando, por ejemplo, los cuidados a través de los servicios públicos, ha podido haber más justicia social y posibilidades de desarrollo incluso para aquellos que venían de condiciones realmente difíciles. Los conflictos, las tensiones, son intrínsecas al hecho urbano. No hay encuentro entre distintos sin fricción y no hay relación con el poder sin jaleo, pero no son necesariamente malos. De ahí surge la creatividad, la innovación, la evolución social. También son parte de la vida urbana el individualismo y el anonimato, y tienen sus puntos positivos. El asunto es cuando se llevan al extremo y se convierten casi en una imposición más que en una elección, algo que nos lleva al aislamiento, la soledad y la competencia feroz.
—El turismo de masas es una de las principales causas del cambio. El problema que tenemos en España es que mucha gente considera que es un “mal necesario” para seguir cobrando sus pensiones y paguitas. Y muchos se benefician de las migas del pastel.
—El turismo tiene, en general y particularmente en España, un relato muy difícil de replicar, que lo ubica como un gran invento. Pero el hecho es que se está viendo cómo este invento, ahora que está masificado y globalizado, controlado por poderes económicos que están lejos de los lugares en los que opera, deja unos beneficios exiguos y genera cada vez más problemas, especialmente en ciudades que, hasta hace nada, tenían modelos económicos diversos en los que el turismo era sólo una parte pequeña. Sí, ofrece cifras resultonas de empleo y PIB, pero ni el PIB es la mejor manera de medir el progreso real de una sociedad ni ese empleo turístico es de mucho valor ni le está sirviendo a la gente para vivir mejor. España es la segunda potencia turística del mundo, pero en España hay más de un 30% de personas que no pueden irse ni una semana de vacaciones al año a ningún sitio. El gobierno español dice que le importa mucho el problema de la vivienda y que va a legislar para limitar las viviendas de uso turístico, pero lo cierto es que aspira a superar los cien millones de visitantes porque, y esto es clave, el turismo computa como exportación, y en un continente y en un país que ya no producen ni exportan casi nada, es una solución para la balanza de pagos y otros datos macroeconómicos. Esta mirada miope a lo macro y la incapacidad de asumir estrategias valientes que cambien el modelo económico nos llevan a adorar el turismo como un dios pagano y, por tanto, a una dependencia y un monocultivo detrás del cual suele haber un colapso. ¿Ves como no soy tan optimista?
—Apuntas ya en la introducción que todos estos fenómenos no son casuales ni naturales, sino síntomas de un cambio de modelo económico y un resurgir del caudillismo. ¿Estamos en una encrucijada histórica?
—Yo creo que sí. Aunque la crisis social y económica está como tapada, entre otras cosas por los imaginarios y el ruido que nos tragamos por redes y plataformas y por las discusiones constantes sobre cosas no necesariamente relevantes, hay signos de colapso que van de lo global a lo local y que se manifiestan en esta ola de mensajes nacionalistas, populistas y plenamente nostálgicos, que saben capturar toda la ira y la frustración acumulada por años de promesas incumplidas y canalizarla a través de una propuesta de vuelta a un pasado que ni fue para tanto ni es posible. Pero también creo, como he dicho antes, que debajo de esa reacción se puede fraguar otra que esté preparada para hacer las cosas de otra manera. Lo fundamental aquí es darse cuenta de que el enemigo no es tanto el caudillismo, sino las actitudes políticas complacientes con los poderes económicos que han facilitado su ascenso provocando la insatisfacción de la que se ha alimentado.
—La crisis de la vivienda es la consecuencia más terrible de esta “tormenta perfecta” que describes y sufre el ciudadano. ¿Tienes alguna intuición o presentimiento sobre cómo culminará el proceso?
—No soy el futurólogo de más éxito, pero intuyo que este tema va a ser motivo de un movimiento social bastante transversal y con focos en todo el mundo. Es una crisis que impacta directamente en jóvenes, pero no sólo; en migrantes, pero también en clases trabajadoras y medias; en familias que tienen que sostener económicamente a hijos, incluso nietos con sus padres divorciados. Y cuyas consecuencias hacen aún más compleja la gestión de la ciudad porque afectan a la movilidad, la contaminación, el tiempo de llegada al trabajo y, por tanto, la economía y la relación entre administraciones, en ausencia en casi todos los casos de áreas metropolitanas. Es el principal problema social de nuestro tiempo, algo que ha sido potenciado por esa complacencia de los poderes políticos con los económicos, a los que han facilitado sus operaciones, y que debería provocar, quizá a través de una rebelión social que ya se atisba, un cambio de actitud muy necesario en esta relación entre poderes. Pero, a ver…
—Residentes, turistas, nómadas digitales, jubilados extranjeros, migrantes… La ciudad siempre ha funcionado a varias velocidades, pero hoy son tantas y tan diversas que es como si se hubiera bloqueado el mecanismo. ¿Qué opinas al respecto?
—Corremos el riesgo de confundir las causas y señalar a los de fuera, sean turistas o expats o inmigrantes, como los causantes de nuestros problemas. Sé que puede sonar cansino y repetido, pero hay que mirar más allá, a las infraestructuras que los traen y los motivos. La velocidad a la que vive nuestra sociedad, nuestra economía, nuestra cultura, no es natural, no es humana, es impuesta. Ese ir alocado y esta sucesión de momentos que nos atropellan no son fallos del sistema, son el sistema. Es la aceleración de la que habla Hartmut Rosa, por ejemplo. Es ese devenir que encierra una pérdida de sentido y una desorientación, que es el extrañamiento del que hablo en el libro. ¿Qué es esto que antes era la ciudad? ¿Para qué, por qué, a dónde nos lleva…?
—¿Qué podemos hacer para frenar o invertir la degradación de las urbes?
—Conectarnos con otras personas, asumir la fricción y lo bueno (y lo malo) que sale de ella, rebelarnos contra los relatos que nos hablan de un éxito que nos lleva al fracaso, juntarnos para movilizarnos y pensar en lo que queremos y cómo alcanzarlo, ser valientes para pedirlo, protestar, actuar, descansar, movilizarnos, dejar de esperar, irnos, volver, cuidar, atender, pensar que ni futuro ni solución suelen ser singulares y retomar por eso el gusto por el plural y lo plural.
—Lo más terrible es que los nacidos estos últimos años no son conscientes del cambio…
—Yo sí creo que hay una conciencia entre la gente joven de que esto no es normal y no debemos dejar que se normalice. El movimiento actual en torno a la vivienda, por ejemplo, está empujado por gente jovencísima; si te acercas a desahucios y a asambleas del Sindicato de Inquilinas, lo compruebas. Respondo a tu pregunta de una forma muy literal, quizá porque el mundo se está volviendo tan extraño que recordar lo obvio es necesario: una ciudad habitable es aquella que se puede habitar. Y aunque muchos lo tenemos muy difícil, son sobre todo los jóvenes los que están viendo que, mientras las urbes quieren tener éxito presumiendo de ser dinámicas y vibrantes, atributos asociados a la juventud, roban a las nuevas generaciones no sólo la posibilidad de tener una vivienda sino de espacios para socializar, de tiempo para ser creativos, de todas aquellas cosas que han hecho a las ciudades lugares de verdad interesantes gracias a que ha habido gente joven con posibilidades de hacerlas. Igual la gente joven está cerca de acabar harta de no poder tener casa, de tener un trabajo precario, de no tener futuro.



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