Edizioni Settecolori fue fundada a finales de los años setenta por Pino Grillo y continuada hoy por su hijo, Manuel Grillo. La casa italiana lleva décadas levantando un catálogo entendido como una autobiografía intelectual. En tiempos dominados por algoritmos y novedades, Manuel Grillo sigue defendiendo una literatura con memoria, carácter y riesgo.
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—Settecolori parece construirse más como una biblioteca moral europea que como un catálogo comercial. ¿Qué idea de Europa intenta salvar —o reconstruir— desde la edición?
—Más que salvar o reconstruir una idea de Europa, intentamos custodiar una cierta profundidad de la mirada europea: la literatura como experiencia vivida, memoria, libertad, curiosidad intelectual y placer del relato. Settecolori no nace de un cálculo comercial, sino de una fidelidad a los libros destinados a durar. En nuestro catálogo conviven narrativa contemporánea, reportaje, memorias, libros de viaje, pensamiento político, grandes novelas europeas del siglo XX y autores plenamente vivos del presente. Lo que nos interesa no es el pasado en sí mismo, sino la vitalidad de los libros. Nos interesan obras capaces de seguir hablando al presente, de sorprender, interrogar y emocionar al lector. El Premio Ernesto Ferrero, concedido este año por el Salón Internacional del Libro de Turín, tuvo para nosotros también este significado: demostrar que una editorial independiente, exigente, construida sobre el catálogo, el cuidado y el descubrimiento, no es un gesto nostálgico, sino una forma todavía posible de innovación.
—Su catálogo está lleno de viajeros, exiliados, escritores incómodos, derrotados elegantes y hombres fuera de época. ¿Cree que la literatura contemporánea ha perdido la fascinación por el individuo errante y ambiguo?
—En parte sí. Hoy a menudo se le pide a la literatura personajes inmediatamente legibles, moralmente reconocibles, casi ya interpretados de antemano. A mí me interesan, en cambio, figuras más vivas y contradictorias, personas que no coinciden perfectamente con su tiempo y que precisamente por eso consiguen narrarlo mejor. No necesariamente “derrotados”, sino hombres atravesados por la historia, el viaje, la duda, el deseo de libertad, la ambición, la fidelidad o el miedo. Me interesa una literatura que no transforme a los seres humanos en símbolos o categorías morales, sino que los devuelva en toda su complejidad. Creo que gran parte de la gran literatura europea ha tenido justamente esa capacidad: mirar a los hombres sin simplificarlos.
—En tiempos dominados por algoritmos, tendencias y libros concebidos casi como productos audiovisuales, Settecolori sigue publicando autores exigentes, a veces incluso políticamente incómodos. ¿Editar hoy es también una forma de resistencia cultural?
—Sí, siempre que la palabra “resistencia” no se convierta en una pose. Para mí significa, sobre todo, no aceptar que el libro quede reducido a un contenido rápido, inmediatamente consumible y enseguida reemplazable. Una editorial independiente debe poder defender libros que exigen tiempo, atención y relectura. Libros no siempre fáciles de clasificar, que no se dejan reducir a eslóganes o tendencias. Hoy existe a menudo la idea de que la literatura debe confirmar las convicciones del lector. A mí me interesa, en cambio, una literatura que amplíe la mirada, que introduzca complejidad, ambigüedad y perspectivas inesperadas. Y no creo en absoluto que eso signifique estar “fuera del presente”. Entre los muchos escritores de nuestro catálogo —Arturo Pérez-Reverte, Giuseppe Berto, Philip Hensher, Jean Giono, Paul Morand, Mario Vargas Llosa, Peter Weiss, Nadezhda Mandelstam, Andrés Trapiello, Josep Pla— hay autores muy distintos por lengua, estilo, sensibilidad y generación, pero unidos por una fuerte idea de la literatura como conocimiento del mundo y no como simple entretenimiento. En el fondo, lo que nos interesa no es publicar libros “contra” el presente, sino libros capaces de durar más que el presente.
—Usted ha hablado muchas veces del libro como objeto físico: el papel, las cubiertas, el cosido, incluso el olor. ¿Cree que el lector contemporáneo sigue siendo capaz de establecer una relación sensual y casi íntima con los libros?
—Sí, quizá hoy más que nunca. Cuanto más digital se vuelve la vida, más el libro físico recupera una presencia especial. El papel, el cosido, la cubierta, el peso del volumen, la tipografía no son detalles ornamentales. Forman parte de la experiencia de lectura. Un libro bien hecho transmite ya, antes incluso de ser leído, una idea de respeto hacia el texto y hacia el lector. Para nosotros el libro no es un contenido para consumir, sino un objeto destinado a durar, a ser conservado, reencontrado y releído.
—Hay algo profundamente melancólico en el espíritu de Settecolori: hoteles desaparecidos, imperios caídos, viajeros coloniales, viejas Europas. ¿La nostalgia es un peligro o una forma legítima de memoria cultural?
—La nostalgia se vuelve peligrosa cuando se transforma en refugio estético o en incapacidad de mirar el presente. Pero existe también una nostalgia que es memoria cultural. No me interesa el pasado como decoración. Me interesa aquello que ciertos libros siguen diciendo sobre el ser humano: la relación con la libertad, con el tiempo, con la fidelidad, con el miedo, con el deseo de aventura y con la responsabilidad individual. Muchos de los libros que amamos atraviesan mundos en transformación, épocas de crisis, fronteras culturales. Pero no para celebrar el final de algo, sino para comprender cómo reaccionan los hombres cuando la historia acelera y cambia todo a su alrededor.
—Su editorial rescata autores olvidados o deliberadamente apartados del canon. ¿Quién decide hoy qué escritores merecen sobrevivir y cuáles desaparecen? ¿El mercado, la universidad, la ideología, los medios?
—Hoy deciden muchos: el mercado, los algoritmos, las universidades, los medios, las modas culturales. Pero ninguno de esos criterios basta realmente. Hay escritores olvidados no porque sean menores, sino porque son difíciles de clasificar, demasiado independientes o demasiado excéntricos respecto a las categorías dominantes. Y hay libros que simplemente llegan demasiado pronto o demasiado tarde respecto a su tiempo. El trabajo de un editor consiste también en eso: volver a poner en circulación obras que el tiempo ha cubierto, pero no consumido. No para hacer arqueología literaria, sino para comprobar si siguen hablando al presente. Y muchas veces sucede.
—Muchos de los escritores de su catálogo escribieron desde un mundo que ya no existe. ¿La literatura nace precisamente cuando un mundo empieza a derrumbarse?
—A menudo las grandes transformaciones históricas producen gran literatura, porque obligan a los hombres a preguntarse qué es lo que realmente importa. En los momentos de crisis caen muchas ilusiones y los seres humanos se vuelven más visibles para sí mismos. Pero no creo que la literatura nazca únicamente de la ruina o de la derrota. También me interesan libros llenos de vitalidad, ironía, aventura, placer narrativo y curiosidad por el mundo. En el fondo, la mejor literatura europea siempre ha sabido mantener juntas ambas cosas: conciencia trágica y deseo de vivir.
—Usted vive entre la edición, la agricultura y una cierta defensa de los ritmos lentos. ¿Ve alguna relación entre cultivar la tierra y construir un catálogo editorial?
—Muchísima. Ambas cosas requieren paciencia, cuidado, espera y tiempos largos. Un catálogo no se construye en pocos meses. Crece lentamente. Algunos libros encuentran enseguida a sus lectores; otros necesitan años. Pero si el trabajo está bien hecho, permanecen. Hoy todo empuja hacia la velocidad y el resultado inmediato. Yo sigo creyendo, en cambio, en la duración.
—En Italia existe una larguísima tradición de pequeños grandes editores independientes capaces de influir enormemente en la cultura europea. ¿Por qué cree que Italia ha conservado mejor que otros países esa figura del editor intelectual?
—Porque en Italia la edición ha sido muchas veces una forma de artesanía cultural. El editor no era solamente un empresario, sino alguien que construía una visión del mundo a través de los libros. Pienso en Vanni Scheiwiller, Roberto Bazlen, Roberto Calasso, Franco Maria Ricci, Alfredo Cattabiani, Cesare De Michelis, Enrico Vallecchi, Giovanni Volpe o Giovanni Fògola: figuras muy distintas entre sí, pero unidas por la idea de que un catálogo no es una suma de títulos, sino una forma de pensamiento. Settecolori pertenece a esa tradición: una editorial debe tener un catálogo, pero sobre todo un carácter.
—Si tuviera que definir el espíritu de Settecolori con una sola imagen literaria —un puerto, una habitación, un tren, una escena de novela—, ¿cuál sería?
—Pienso en Veinte años después, de Alexandre Dumas, el segundo volumen de la saga de los mosqueteros. Porque en ese título hay algo que siento profundamente ligado a la historia de Settecolori: el paso del tiempo, las generaciones que se suceden, las amistades que resisten, las promesas hechas casi en silencio y que muchos años después vuelven a exigir ser cumplidas. Tras la muerte de mi padre, Stenio Solinas y yo nos hicimos una promesa: algún día Settecolori publicaría I due stendardi, de Lucien Rebatet. No era solamente el deseo de publicar una gran novela. Era una forma de permanecer fieles a una memoria, a una historia y a una idea de la edición como aventura humana, literaria y moral. Cuando I due stendardi fue publicado por primera vez en Italia por Settecolori, aquella promesa privada se convirtió en un hecho editorial. No fue un homenaje al pasado, sino el comienzo de una nueva etapa. Como en las novelas de Dumas, el tiempo no había borrado la aventura: la había vuelto más profunda. Tal vez el espíritu de Settecolori sea precisamente eso: creer que los libros pueden atravesar los años, unir generaciones y transformar una fidelidad personal en un destino editorial.
—Su amor por la literatura española, pues ha traducido a Pérez-Reverte y Chaves Nogales, ¿de dónde viene?
—En la literatura española encuentro una relación fortísima entre vida, historia y literatura. La historia nunca permanece al fondo: entra en las biografías, en las familias, en las ciudades y en los destinos individuales. La guerra civil, el exilio, el viaje, el mar o la frontera se convierten en lugares morales, no en simples escenarios: son espacios donde los hombres son puestos a prueba y donde la literatura consigue mostrar su verdad más profunda. En el catálogo de Settecolori conviven autores muy distintos como Josep Pla, Andrés Trapiello, Manuel Chaves Nogales y Arturo Pérez-Reverte, pero todos comparten algo esencial: miran a los hombres sin transformarlos en consignas ideológicas. Pla representa una línea fundamental de la cultura europea: el arte de la mirada. Periodista, viajero, memorialista, escritor difícil de clasificar, capaz de atravesar el siglo XX europeo transformando el diario, el reportaje y la observación cotidiana en gran literatura. Trapiello es central por otra razón. Con Las armas y las letras y con Madrid entra en nuestro catálogo uno de los escritores europeos contemporáneos que mejor ha sabido interrogar la memoria española, la guerra civil y la relación entre literatura e historia sin caer en la simplificación ideológica. Y luego está Chaves Nogales, fundamental para nosotros. Juan Belmonte, matador de toros no es solamente el retrato de un torero, sino un gran libro sobre la España del siglo XX vista a través de una figura casi mitológica: el hombre que transforma el riesgo en destino, el estilo en carácter, la vida en relato. En Pérez-Reverte me interesa, ante todo, algo hoy muy raro: la idea de la literatura como oficio total. En sus libros se percibe siempre que detrás de cada página existen años de lecturas, experiencia vivida, conocimiento concreto del mar, de las armas, de la pintura, de la historia europea, de la guerra y de la propia lengua. Pero lo que lo convierte en un escritor europeo en el sentido más profundo del término es, sobre todo, su visión del hombre. Pérez-Reverte pertenece a esa tradición narrativa —de Conrad a Dumas, de Stendhal a Malraux— en la que los personajes nunca son juzgados desde arriba ni convertidos en figuras ideológicas. Son hombres inmersos en la historia, en la violencia, en la decadencia, en la aventura, obligados continuamente a medirse con el coraje, el miedo, la lealtad, el fracaso y el paso del tiempo. También por eso la relación de Settecolori con Pérez-Reverte no se limita a títulos aislados. Nuestra idea es construir con el tiempo un verdadero recorrido editorial dentro de su obra, devolviendo al catálogo algunas de sus novelas fundamentales y acompañando sus nuevos libros. Tal vez sea eso lo que nos une a la gran literatura española: la capacidad de narrar la Historia sin convertirla en ideología. En esos libros las guerras, el exilio, el viaje o las revoluciones no son escenarios, sino vidas concretas, hombres puestos a prueba, destinos individuales. Y al mismo tiempo permanece siempre el placer del relato: la aventura, la ironía, el movimiento, la vitalidad. Una literatura capaz de mantener unidos el desengaño y la vida.






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