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El albornoz de Somerset Maugham

El albornoz de Somerset Maugham

Creo que ya les conté en alguna ocasión que cuando era un joven lector solía imaginar a los escritores de éxito —Hemingway, Ian Fleming, Somerset Maugham y todos los demás— sentados en la terraza de una habitación de hotel de lujo en Italia, el Caribe o la Costa Azul, vestidos con un albornoz, escribiendo sus novelas con una pluma estilográfica Swan o Conway junto a la bandeja en la que acababan de servirles el desayuno mientras una mujer hermosa —o un hombre, en el caso de Maugham— dormía dentro, entre sábanas revueltas. Lo comenté hace unos días con mi hermano de letras José Carlos Llop, gatopardesco escritor mallorquín cuyos Dietarios son verdaderas obras maestras, y éste hizo un comentario que me lleva hoy a teclear estas líneas: «En realidad, camarada, lo hemos hecho».

Y, bueno. Tiene razón José Carlos. Si miro hacia atrás, lo hemos hecho. Los hoteles lujosos, igual que los antros más infectos, no eran novedad en aquellos años tempranos, cuando no pretendía escribir historias de ficción y me limitaba a ser un reportero que leía libros mientras frecuentaba las cuatro esquinas del caos y las catástrofes. Fue más tarde, cuando empecé a jugar a ser novelista, cuando el ritual del escritor, o de lo que yo creía que podía ser un escritor, formó parte de mis hábitos. Pero la verdad es que eso de las terrazas y los albornoces, a pesar de practicarlo de vez en cuando nunca me lo tomé en serio. Era un juego, como digo, del mismo modo que cuando era niño, después de una película, un libro o un tebeo, me disfrazaba de corsario, de espadachín, de vaquero, para jugar a eso mismo. Para prolongar —mi añorado Javier Marías hacía lo mismo— el fascinante placer de la aventura.

Pienso en eso hoy, haciendo exactamente lo que comentaba con José Carlos, sentado en el balcón de mi hotel habitual de Nápoles frente al Lungomare, el castillo y la bahía que se extiende azul bajo el Vesubio, hasta Capri. Visto un albornoz blanco y corrijo el noveno capítulo de una novela de la que llevo escritos dos tercios, pienso en Llop, en Marías y en Maugham —su relato El collar de perlas vale por toda su obra—, y cumplo con el ritual, homenaje a mis amigos y al lector de mi infancia y juventud, incluso al novelista ingenuo que en otro tiempo fui. Pero soy consciente de que también ahora, como cuando era niño, estoy jugando —incluso la guerra, cuando fui reportero, ofrecía asombrosos ángulos de juego, aunque esto no viene ahora al caso—. Y lo soy porque llevo treinta y ocho años escribiendo novelas y sé que éstas, o al menos las mías, no se escriben de verdad en terrazas de hoteles de lujo, sino en la soledad intensa de una habitación o una biblioteca: con el trabajo constante de seis a ocho horas cada día, procurando mantener la concentración, la disciplina obsesiva, el estado de gracia que, si no se altera con turbaciones, influjos o injerencias, jornada tras jornada permite avanzar en la historia que tienes en la cabeza y que poco a poco, con mucho trabajo y esfuerzo, toma forma a cada teclazo, a cada palabra, a cada frase, a cada página escrita. Nadie me lo dijo nunca tan bien como Oriana Fallaci —ya estaba enferma— durante la primera guerra del Golfo: «Arturo, escribir novelas en serio fatiga y mata más que las bombas».

Pese a todo, el juego sigue. Y eso es lo que más me gusta de mi oficio. Y no se trata de vestir el albornoz de Somerset Maugham —lo de las mujeres hermosas ya es asunto de cada cual—, sino de la maravillosa oportunidad de vivir vidas pasadas, futuras, propias, ajenas, y ponerlas a disposición de cientos de miles de lectores que las vivirán contigo. Escribir una novela es multiplicar tu existencia; administrar el éxito y el fracaso, la fealdad y la belleza, la vida y la muerte; codearte con amigos leales y hacer frente a enemigos perfectos; vivir episodios imposibles a tu edad o con tu forma de vida; ser joven o viejo, audaz, valiente, miserable o cobarde según las necesidades de la trama; sentir esas existencias imaginadas, a esos personajes hombres y mujeres como si fueras tú mismo; repetir cosas que hiciste o hacer las que no hiciste nunca: triunfar, fracasar, seducir, amar, odiar, torturar, matar, ser héroe o villano, y tal vez ambas cosas a la vez. Ajustar cuentas, en fin, con el mundo y con tu vida. Quizá tengas 72 años y ya no puedas pegarte con un fulano en un tugurio de Beirut, beber la última botella de Vranac en Sarajevo o levantar una chica guapa en Sorrento, pero escribir una novela ofrece la posibilidad de hacer todo eso y mucho más, con los únicos límites de tu imaginación y tu talento. Disfrazarte cada día, como cuando eras niño, de lo que nunca fuiste ni serás, o de lo que fuiste y ya no volverás a ser.

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Publicado el 15 de marzo de 2024 en XL Semanal.

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Jota
Jota
3 meses hace

Me reconforta cuando leo a este Reverte, alejado de la protestas por el cambio de los tiempos o la tecnología (sus artículos, aparentemente, más celebrados en los últimos tiempos) y me reencuentro con aquel que me hace imaginar y no la caricatura por la añoranza del teléfono de ruleta o las cartas escritas a mano, en lugar de los correos electrónicos. En este artículo hay más imágenes y posibilidades que en todos esos otros.

Alexander
Alexander
3 meses hace

Porque fuimos niños y por fortuna, lo seguimos siendo.
Porque soñamos y seguimos soñando con aventuras.

Aquellas que realmente nos pasaron, las que no contamos porque no nos creerían y las que nos pasarán, las aventuras que ya olvidamos hasta que alguien nos hace ésa pregunta que desenpolva una anécdota, una vivencia o una situación, en definitiva, una aventura que ya habíamos olvidado en nuestro baúl de los recuerdos…

Porque somos personajes de nuestras propias experiencias y aventuras, de nuestros momentos de gloria y miseria de ésta historia en la que a veces nos quedamos a la deriva sin timón, sin decisión de rumbo pero salvados por la pericia en el gobierno de las velas y su correcto trimado en ésta historia, nuestra historia, la maravillosa historia, la historia llamada vida…

Ricarrob
Ricarrob
3 meses hace

Me gustaría enfundarme en el albornoz de la escritura pero parece que no es posible. Solamente estos remedos, estos pobres y a veces tristes comentarios en Zenda que quizás a nadie interesen. Cuando ademàs, las sábanas revueltas ya solo son recuerdos y nostalgia.

Pero tampoco es insatisfactorio estar al otro lado del albornoz, en el lado del fiel lector. El lector que fue hace años el ajedrecista Muñoz, que pudo imaginarse ser Corso, que navegó siendo Coy, que ha pintado muchas batallas que nunca ganó, que se imaginó engañando a Franco siendo Falcó, que dejó tuerta a una espadachina ejemplar, descerrajando tiros con Zapata, resolviendo crímenes y jugando al ajedrez con el inspector Tizón. Un lector que vivió en su propia carne ser el siempre derrotado Alatriste o el pastor Saturiano Bescós en plena línea de fuego.

Personajes y personajes, leídos y vividos con o sin albornoz. Leídos una y otra vez a la espera del próximo personaje, de la próxima aventura y de la siguiente derrota personal.

Siga usted escribiendo, don Arturo, por favor, con o sin albornoz, en las mañanas de desayunos copiosos, en las noches oscuras y lluviosas o en el fondo de la más recóndita de las bibliotecas. Eso hará que sus lectores seamos lo que siempre fuimos y podamos ser lo que nunca seremos, ¿o si?

Saludos.

Juan
Juan
3 meses hace
Responder a  Ricarrob

Muchas gracias a Don Arturo y a Ricarrob, quien manifiesta con sencillez lo que a mi me hubiera sido mas dificultoso, sintetizar. Desde Argentina, país seguramente desconcertante, en el que pasamos del cielo al infierno y viceversa, salteando siempre el purgatorio, es un alivio poder leerlos. Les saludo cordialmente

Francisco Brun
3 meses hace
Responder a  Ricarrob

Aunque tal vez usted no lo crea estimado señor Ricarrob, este espacio nos permite tomar una bocanada de aire fresco, en este mundo en donde abundan los chantas y caretas con aires de superiores, que pretenden incluso dar cátedra… la puta madre que los parió.
Escribir y leer es la misma cosa, triunfar o no, es relativo, pues se puede prescindir de ambas situaciones y continuar viviendo bien, de cara al sol, poniendo el cuerpo al infortunio si se presenta, con la creatividad y la sabiduría que brinda la experiencia, que no es lo mismo que la inteligencia artificial, una máquina no posee corazón aunque se lo quieran colocar invirtiendo millones de dólares.
Y le agrego que las buenas personas como usted, con ideas claras no abundan.

Cordial saludo estimado amigo.

Ricarrob
Ricarrob
3 meses hace
Responder a  Francisco Brun

Gracias, mi buen amigo. Es un placer leer sus comentarios. Efectivamente, tener las ideas claras, no abandonarlas, atenerse a una escala de valores, algo ya en desuso, es difícil en un mundo relativista, sin ideas y sin valores, lo que se dice un mundo posmoderno.

Pensando, me he dejado de poner en mi comentario a uno de mis personajes favoritos, uno que no tiene despilfarro: me refiero al cura de «La piel del tambor», Príamo Ferro, uno de los personajes más alambicados de don Arturo. Me encanta. Siempre introduce en sus novelas algún personaje que parece que va de rondón, pero que, al cabo, o para algunos resulta ser el personaje principal y el más sugestivo.

Y, es que, al filo de este personaje, comentar que algunos pasamos por la vida como de puntillas, sin codazos, sin abrir brecha. Vamos disfrutando de la felicidad que da la infelicidad, salvando zanjas que otros abren, intentando asaltar, a veces, las trincheras de la ignorancia con las armas de la razón, de derrota en derrota, hasta nuestra extinciòn final. Eso sí, derrota que no fracaso. Semánticamente las dos palabras se diferencian por matices muy importantes.

Quizás haya otras dimensiones donde podamos morar los que así hemos transitado.

Un abrazo.

Basurillas
Basurillas
3 meses hace
Responder a  Ricarrob

Querido amigo. Como se dice vulgarmente: lo has clavado. Esta vez tu también has encontrado el espejo fiel donde se miran los lectores agradecidos por las vidas que les permite vivir ¿o revivir? su autor preferido.
Yo declaro mi preferencia absoluta por el comisario Tizón en ese precioso Cádiz constitucionalista, donde se junto lo mejor de las Españas a ambos lados del Atlántico, arrogante ante el ejército del Corso, mientras un corsario con patente se juega vida y patrimonio y se postra ante el amor. Ahí están, para mi, todos los ingredientes de la vida y de la felicidad. Tienes razón, puede haber derrota sin fracaso del alma, nada importa cuando das lo mejor de ti mismo en la lucha.
Un aplauso, y un abrazo.

Ricarrob
Ricarrob
3 meses hace
Responder a  Basurillas

Gracias, querido amigo. Coincidimos en lo del comisario Tizón. Don Arturo nos proporciona satisfacción con su lectura y también satisfacciones, a veces, de justicia divina o humana, proporcionadas por sus páginas. El final de esa novela es impresionante. Cómo asistimos, sin verlo, sin leerlo, que viene a ser lo mismo, a ese último acto de justicia justa, sin leyes, sin jueces vendidos al poder, sin arrepentimientos, sin políticamente correctas peticiones de perdón, sin amnistías y sin amnishostias. La justicia en su estado puro.

Julia
Julia
3 meses hace

Sr Pérez Reverte, me gusta relato caballeroso del Señor Kelada, aunque yo prefiero otro titulado,Tras una noche de espanto.
La imagen del escritor con albornoz blanco, no de otro color, sentado en la terraza con un cigarrillo en la mano, es una estampa que permanece en la imaginación de las personas que siempre desean saber qué comen, beben, visten, calzan y demás peculiaridades de los autores consagrados.

Incluso yo, que no soy fan de nada ni de nadie ( pero tengo favoritos), me gusta saber cómo son las personas de verdad, a pesar de que a muchos nunca tendré oportunidad de verlos.

Sabe a quién me gustaría haber conocido y tener la oportunidad de charlar un ratito?
Jesucristo, Reina Isabel de UK y Adolf Hitler. Excéntrica eh?

En las novelas, usted dice que se proyectan todas las vivencias imaginarias o reales, sueños, deseos filias y fobias.
Seguramente, pero Capitán, donde realmente un escritor demuestra cómo es realmentñ(para alguien que posea un poquito de psicología), es en los artículos que escribe, opinando sobre cualquier tema.

Sin darse cuenta, el escritor va introduciendo en las frases partes reales de su existencia, sentimientos, ideas de justicia, de verdad, de mentira etc…
Las novelas son inventadas por el autor, sin embargo,en sus escritos todo es real incluso cuando intentan disfrazar la opinión.

Me entusiasma ese ejercicio, pero se requiere haber leído muchos artículos del mismo autor para formar una idea más o menos correcta, igual que hago yo leyendo lo que escribe en Zenda el Sr Pérez Reverte.

Francisco Brun
3 meses hace

Todas las profesiones, cuando las observamos desde afuera, pueden parecer sencillas de realizar, porque solo vemos el resultado final, un libro, una pared, un bordado, un cuadro…Pero lo que no tenemos verdadera dimensión, es entender las horas y jornadas de trabajo anterior, de escritos tirados a la basura, de broncas por no lograr el objetivo, del aplazo en el examen, del cansancio y la incertidumbre por el posible fracaso.
Yo tenía un profesor que decía, toda carrera, implica una enorme cantidad de exámenes; se necesita quemar etapas de arduo labor solo para llegar a subir un solo peldaño en la escalera del “éxito”.
También escuche a alguien, con el que no concuerdo, que dijo: que para “lograr el éxito”, se necesita tener talento. Si esto fuera así, el mundo sería un caos, y los talentosos vivirían ocultos por temor a que los maten o los conviertan en esclavos.
Por esto, deberíamos replantearnos el significado de “éxito”, muchos consideran que el éxito es tener mucho dinero y una posición social en lo alto del gallinero… no por casualidad, así camina el mundo, como bien dice el señor Pérez Reverte, un carajal tamaño XL.

Cordial saludo

Pedro Campbell
Pedro Campbell
3 meses hace

¡Novela marinera en las gateras!

Basurillas
Basurillas
3 meses hace

Reverte escribe artículos sobre todos los temas, pero en éste desnuda su espíritu. No me interesa el oficio que demuestra al describir como construye -monta- una novela o comentario y el arduo trabajo, tiempo, esmero y técnica que le ocupa. Me interesan las claves del genio, del arte de secuestrar a la musa cuando se le presenta o aparece, de convocar y retener lo que el llama «el estado de gracia»; y me interesa, aunque un poco menos, el armario subterráneo y lleno de polvo y telas de araña de donde obtiene los disfraces con los que se viste para definir sus caretas, sus personajes. Me interesa en fin su alma, aquello que no se aprende o se mejora con los años, como el vino. Una obra va naciendo, poco a poco, por capas y estratos. Pero yo añoro el afloramiento del magma inicial de la misma, pues se lo dificil que es conseguir esa magía que te hace ver el futuro y una estatua colosal en un bloque de marmol o una obra literaria en una idea o episodio, de donde todo, después, se desenreda, crece y da origen a lo que se capta por los lectores. Tal vez añoro esa pepita divina que todos tenemos en nuestro corazón y que nos une al infinito y se concreta en una idea. Lo más parecido a parir y traer algo nuevo al mundo desde ese infinito donde todo flota; y donde, cuando mueres, te reencuentras con tu más íntima esencia. Eso es lo que, avaramente, añoro de todos y de ti, Arturo. Cual Metistófeles añoro tu alma.

Francisco Brun
3 meses hace
Responder a  Basurillas

Muy buen punto de vista señor Basurillas, y maravillosamente descripto, las obras de arte no solo están realizadas con arduo trabajo, también el autor debe encontrar esa “chispa” que logra una síntesis en donde nada sobra, el mensaje de lo que se quiso decir, con palabras, con color, con volúmenes, con personajes.
La historia, la obra, se ha completado para el gusto del espectador. Pareciera ser algo simple, que todos podemos conseguir, pero no lo es. Bien dice usted, es el alma del artista lo que se pone al descubierto.

Cordial saludo

Julio César Gutiérrez Zuzunaga
Julio César Gutiérrez Zuzunaga
3 meses hace

En estas épocas nuestras de streaming y YouTube encontré, con agradable sorpresa, un filme del año 50 con título simplísimo : «Trío», y con la presentación del mismo autor de las tres historias cortas en las que se basaba. «El sacristán» «El señor Kelada» o «Mr. Know-all» y «El sanatorio», cortas historias precisas del estilo del gran escritor. Talento y verdadero savoir faire en el oficio de los grandes escritores a los cuales se reconoce y se agradece. Pienso en Somerset Maugham, Conrad, Scott, Borges y tantos más, señor Pérez-Reverte, que sólo puedo felicitarles y agradecerles por siempre.

Última edición 3 meses hace por Julio César Gutiérrez Zuzunaga
Selene Sánchez
Selene Sánchez
3 meses hace

Señor Arturo, leerlo es maravilloso. Sobre todo los viernes por la noche después de una semana difícil. Desde México, brindo por su salud con una margarita.

Ricarrob
Ricarrob
3 meses hace

Estaba de nuevo relellendo este artículo, don Arturo, porque siempre hay matices que se nos escapan en una primera lectura.

Nombra usted como actores principales de este artículo al escritor Somerset Maugham y a su albornoz. Pero casi me pasa desapercibida la mención a Oriana Fallaci, la extraordinaria periodista y escritora. Es el símbolo de toda una época que se perdió. Es uno de nuestros símbolos, para los que tenemos una edad y que recordamos con nostalgia aquellos espectaculares años. Diría más, Oriana Fallaci es un mito y como todo mito, inmortal, por lo menos para nosotros, como digo, los que una edad tenemos.

Y me ha recordado uno de sus últimos libros, «Un sombrero lleno de cerezas». Un libro extraordinario que recomiendo leer. Una historia real, de toda su familia y antepasados escrito con el apasionamiento propio de esta extraordinaria mujer. Es su historia y la nuestra. Es ella y somos nosotros. Es Italia y es España.

Y al hilo de esto, estaría muy bien para todos, para todos sus lectores, digo, don Arturo, que escribiera algún día, usted que maneja tan bien la historia, su propio sombrero lleno de cerezas. Sería un contrapunto y un paralelismo total: los dos escritores, los dos periodistas, los dos diseccionadores de la realidad, de la sociedad, de las personas y de sí mismos.

Saludos.

Ricarrob
Ricarrob
3 meses hace

Perdón por el «lellendo». Uno cada vez está más geriátrico. Leyendo, por favor, «leyendo». Es imperdonable.

Basurillas
Basurillas
3 meses hace
Responder a  Ricarrob

Yo le perdono, amigo, porque le entiendo y me ocurre también: es el fervor. El fervor y el desasosiego de escribir sin sujección a reglas ni límites, como un torrente del que se sabe inspirado y no quiere retener la corriente que fluye con fluidez y soltura; y en el tumultuoso escrito se escribe para vaciar el espíritu, mucho más adentro que donde se razona el diccionario, las normas y las convenciones ortográficas. Es más, no hace falta perdón sino comprensión de quien también siente el arrollador proceso creativo. Lo del repaso y lo formal viene luego pero, a veces, el tiempo nos lleva hacia delante sin mesura, como una vela con viento de poniente Es también la prisa del alma.

Raquel Del Pozo Cañas
Raquel Del Pozo Cañas
3 meses hace

Me tentó ir a ver a un escritor paisano aquí en Venecia, sobre todo si era talentoso y ocurrente y me servía de disculpa para no asistir a un seminario aburrido y técnico de esos que se engolfan en un tema tan profundamente que solo lo entiende quien lo investiga . Mi motivo para compartir espacio era una beca de investigación cuyo tema es William Somerset Maugham. Al oír a Arturo Pérez Reverte en el Auditorio Santa Margarita prodigando máximas ((muy de moda hoy en día ); hablando de guerras pasadas y presentes con cierto cinismo descarado que me resultaba bastante familiar; del difícil destino de nuestros jóvenes: la imposible situación profesional y logística y el incierto futuro que les ( nos, le) espera; en fin, de un apocalíptico fin del mundo que él se puede permitir a su edad y con casi todo hecho y hasta un más que suficiente éxito conseguido (menos el tiempo prestado para poder escribir otras tantas historias lo cual le causa estrés), se permite reír contemplando la destrucción del mundo, la impasible muerte de Europa desde el sofá de su salón mientras serenamente apura una copa. No pude entonces menos que recordar a Maugham, el eterno espectador de tragi-comedias de la vida las cuales narra con absoluto desapego después de viajar a Capri con sus jóvenes amigos gay escritores y pintores; a Rusia para parar la revolución bolchevique; recordè en ese momento las críticas a sus obras desde las filas de los críticos más liberales por ser uno de los pocos escritores que vivía (incluso con lujos) de sus libros y por otra parte de los más reaccionarios quizá solo por ser homosexual no declarado…Pero ahí estuvo al pie del cañón de espía; de conductor de ambulancia de la Cruz Roja en la Primera Guerra Mundial; de enviado de Su Majestad la Reina Isabel para evitar una revolución; con albornoz o desnudo en su piscina de Cap Ferrat rodeado de amigos escritores o príncipes europeos exiliados o almorzando con Churchill. Al escuchar a Arturo Pérez Reverte y acercarme a él, tan cortés y cercano, siempre irreverente, para que me firmara su último libro hace unos días, se me antojó que no solo contaba unas historias como solo Maugham. Hemingway y Maupassant sabían contar, sino que además podía llevar o quitarse el mismo albornoz que Maugham y decir lo que le viniera en gana. Con el cinismo de Ashenden o la mordacidad de a quien se le ha arrebatado una madre y un padre casi a la vez en la tierna infancia y ha tenido que aprender a marcha forzada su idioma paterno ( el inglés) para poder entender que se ha quedado huérfano de padres y de país natal (Francia) . Al fin y al cabo a quien critican a diestro y a siniestro mientras sus lectores compran ávidamente cada libro nuevo que publica le trae al fresco que le vean vestido de política correcta o desnudo.

Basurillas
Basurillas
3 meses hace

Buenos días. Me ha gustado mucho su comentario al que, no obstante, me permito y oso hacer un pequeño apunte: quien desde luego no podía ponerse o quitarse el albornoz era un sujeto tambien genial como Chesterton, para quien probablemente no tendrían una talla suficiente; pero que lo percibía todo perfecta y definitivamente definido: «El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las sombras; cada uno debe elegir de qué lado está”.

Carlos Aguirre Villegas
Carlos Aguirre Villegas
3 meses hace

Como un lector y fanático de don Arturo, que me inculcó un gran amigo y maestro el Doctor en Derecho Arturo Fernández Arras, quien me regaló El Capitán Alatriste, y a partir de leer ese libro, empecé a leer novela tras novela, artículo tras artículo, escritos por don Arturo, puedo decir que este artículo y todos los que ha escrito, me representa un motivo para que escriba y procure escribir mejor en mi vida diaria. Y tomando, con el permiso de quien lo escribe: «puede haber derrota sin fracaso del alma, nada importa cuando das lo mejor de ti». Gracias don Arturo, seguiré leyendo sus artículos y esperando su próximo libro. Gran saludo.

Elena
Elena
2 meses hace

Me gustaría que algún día compartiera lo que le dice Nápoles. He estado varias veces, y seguiré yendo, pero lo hago por Don Pedro y lo que su virreinado cambió, pero al final me refugio en un pueblo de pescadores al sur de Sorrento a meditar por qué no me fascina como sí lo hace Florencia.

Cristina
Cristina
1 mes hace

¿La mujer de Sorrento estaba bajo las sábanas? Me invade la curiosidad. Sea como fuere, una vez más, con pocas palabras, y como dices, nos trasladas a otros mundos, algunos muy sugerentes.