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Petón: “Indalecio Prieto le debía la vida a Jose Antonio Primo de Rivera”

Petón: “Indalecio Prieto le debía la vida a Jose Antonio Primo de Rivera”

A José Antonio Martín Otín (Madrid, 1956) le calzó el mote por el que es conocido allende los mares una tía suya. En su familia había varios joseantonios y, para diferenciarlo, le llamaban Pepetón. Aquella buena mujer le metió un tijeretazo al fleco de la primera sílaba y le colgó, in saecula saeculorum, un apodo que suena a beso en catalán (petó).

Qué tipo tan sorprendente. Licenciado en Ciencias de la Información por la Complutense. Futbolista profesional. Director de varias emisoras de radio y de productoras. Representante de jugadores. Descubridor de Fernando Torres. Comentarista y/o tertuliano —en El Chiringuito, en esRadio, en COPE…—. Facedor de buenos libros sobre fútbol, sobre Pepín Bello, de quien fue amigo, o sobre José Antonio Primo de Rivera. Acaba de publicar Diario secreto de José Antonio (Espasa, 2026), un ensayo interesantísimo, desbordante de inéditos y pulsión literaria, en el que desvela el contenido de una agendita, poco mayor que una caja de cerillas, en la que el fundador de Falange desmiente el mito creado por el franquismo y el monstruo moldeado por la izquierda. Petón demuestra que su tocayo no organizó el golpe y, en sus propias palabras, que tampoco era “un serafín asexuado”. Conversamos en el resucitado Café Gijón en una tarde de la octava de Pascua.

 *****

—Antes de nada, ¿qué tuvo usted que ver con Chiquito de la Calzada?

—(Risas) ¿De toda mi vida, lo que te interesa de verdad es lo que tenga que ver con Chiquito de la Calzada?

—Sólo responderé delante de mi abogado.

"Muchos amigos me dicen: Podrás hacer muchas cosas en tu vida, pero ninguna tan importante como haber sido de la productora que representaba a Chiquito de la Calzada"

—Muchos amigos me dicen: “Podrás hacer muchas cosas en tu vida, pero ninguna tan importante como haber sido de la productora que representaba a Chiquito de la Calzada”. Esta productora se llamaba Atlántico y nace en el seno de Antena 3 Televisión. Después de múltiples avatares, yo paro ahí. Las productoras de Antena 3 tenían nombres relacionados con el agua. Y me dicen: “Tú que eres director de Cable Total, vas a pasar a ser director de Atlántico”. En ella agruparon a las modelos que había en el Grupo Zeta, a los presentadores de la cadena, que empezaban a hacer bolos por España, a un par de toreros y a los cómicos de un programa maravilloso que habían hecho Rafa Soler y Summers.

—Genio y figura.

—Genio y figura, que presentaba el extraordinario Pepe Carrol, que se nos murió muy joven y al que también representábamos. En ese universo, sobresalía brillantemente Chiquito de la Calzada. Terminé siendo muy amigo personal de Gregorio y de Pepita, su mujer. Tengo mil anécdotas.

—Póngame una, por favor.

—Una de las mil sucede en Valencia, con el primer road manager que tuvo Chiquito, que dejó de serlo dos días después de aquel acto. Íbamos a lugares donde había un precedente de actuaciones musicales o de cómicos, pero también a otros en los que no. Esta discoteca, por ejemplo. No teníamos un histórico, no sabíamos quién había estado, pero, ¡joder!, pagaban las 750.000 pesetas que había de caché por cada actuación. Era una pastizal. Y Chiquito fue p’alante como un valiente. Pero…

—Se veía venir un pero.

—Había que dar la mitad antes de empezar y, en el descanso, que había una pausa de diez minutos, la otra mitad. ¿Por qué? Porque en ocasiones algún artista llegaba borracho y tal y, como mínimo, se garantizaba el empresario que la segunda parte no se la levantaba. Bien. Chiquito llega en perfecto estado de revista y le dicen: “Os vamos a pagar todo en el descanso. Queda poco tiempo…”. Efectivamente. Cinco minutos antes de que vaya a terminar esa primera parte del show, Chiquito, mientras decía “pecador de la pradera”, miraba al road manager. “José Ramón, dineritos españoles preparadorrr”. El otro baja del despacho del director y dice: “Luego”. Llega el descanso, desaparece Chiquito del escenario, tras bambalinas sale corriendo, sube al despacho del director, y el director empieza a balbucear diciendo que no les paga porque han llegado tarde.

—Adiós.

"Tenía un par. Como había pasado tanta hambre, cosas así, que a otro le hubieran resultado triviales, para él eran definitivas, casi una cuestión de honor"

—Chiquito llega a su lado, abre el cajón y, efectivamente, había un montón de pasta. Trinca toda la pasta y le dice a José Ramón: “A contar”. Cuenta la pasta. “¿Está todo?”. “Está todo”. “Pues ahora sí que se ha acabado”. Y salieron corriendo, con estos detrás, hasta Madrid. Hubo juicio y ganó Chiquito. Tenía un par. Como había pasado tanta hambre, cosas así, que a otro le hubieran resultado triviales, para él eran definitivas, casi una cuestión de honor.

—Pasemos de Chiquitistán a la República Centroafricana. ¿Qué se le perdió en la República Centroafricana con Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, a pocos días de una guerra civil?

—No sabía quién era el cura Aguirre. Era un tío que estaba estudiando Medicina en la Sorbona y sintió la llamada. La fuerza divina de la vocación, dos veces divina en esta ocasión, le lleva al sacerdocio. Se hace misionero comboniano y elige el peor destino… o el mejor. El país más pobre y peligroso de la Tierra: la República Centroafricana. Había hecho muchas cosas: un lazareto para gente con sida, una aldea para recoger a los desprotegidos, como a los albinos…

—Y llegan los malos.

"Las aldeas las quemaban, desventraban a la gente… Y todos los desprotegidos se agrupaban bajo el manto del cura Aguirre"

—Del Congo y de Sudán, pagados por Rusia, puede que con dinero chino también, entran los Seleka. Tenían la piel de los islamistas radicales, acababan con los cristianos de la región, mayormente, católicos. Las aldeas las quemaban, desventraban a la gente… Y todos los desprotegidos se agrupaban bajo el manto del cura Aguirre. Era el que cuidaba a los albinos que apedreaban cuando había dos epidemias de gripe. E hizo para ellos un pueblecillo, yo he estado, es maravilloso, donde él era una suerte de alcalde in pectore donde estaban los desfavorecidos y los niños sanos que nacían de ellos y tenían su escuelita. Todo eso lo convirtieron casi, no del todo, en tierra calcinada los Seleka. Mientras tanto, en la capital, Bangui, surge un grupo fundamentalista cristiano, los Anti-balaka, y entran en guerra civil, que estalla justo el día que nos vamos de allí. Nos fuimos a mediodía; por la tarde, estalló. Aguirre, que nos había acompañado al seminario de Bangui, donde dormimos la noche anterior, se quedó tres meses. Hubo 5.000 muertos en ese tiempo.

—Señor.

—Allí sentí una llamada que yo venía detectando dentro de mí desde hacía tiempo y que, ya canalizada, se convirtió casi en un insulto. Me estaba diciendo: “Eres un miserable. Cómo vives y cómo vive la mayor parte de la Humanidad. Tú tenías que verlo”. Efectivamente, al verlo, cambió mi concepción de la vida. De todo. Sirvió para dar un paso en dirección a la Verdad.

—¿Hay algo más absurdo que confrontar deporte y literatura?

—Es una estupidez tremenda. A ver, hay cosas más absurdas. Para mí, el colmo del absurdo es negar la verdad cuando la verdad es evidente. Hablando de historia, lo más absurdo que conozco es negar el dato sin aportar un dato. Deporte y literatura, o fútbol y literatura, son extraordinariamente complementarios. Nacidas de la escuela del comportamiento marxista, había unas órdenes de partido que decían que el fútbol era el opio del pueblo, el que sustituía a la Iglesia, y que no te podías contaminar en los foros donde se practicaba ese innoble deporte. Eso lo rompen Vázquez Montalbán o José Luis Garci, que tuvieron la osadía, Garci de una manera muy acusada, de decir: “Me encanta el fútbol y no tiene nada de disonante con la literatura”. Si la gente que dice eso se hubiera puesto a leer a Henry de Montherlant, en Los olímpicos, y a ver cómo su personaje Pieroni, que es un futbolista que camina hacia dentro con el pie izquierdo de tanto golpear con el exterior, se convierte en un verdadero héroe épico, hubiera entendido que no sólo son incompatibles, sino que, como muchos otros han demostrado, la literatura es un camino maravilloso para describir el fútbol.

—Sobre José Antonio Primo de Rivera ya escribió en El hombre al que Kipling dijo sí. ¿Qué le atrae del personaje?

"Mi padre conocía a José Antonio. Con once años me leo sus obras completas"

—La atracción no vino por epifanía: no iba por la calle y vi una placa que decía “Avenida José Antonio”. Pude haber tenido una contraepifanía: recuerdo que me llevaron de pequeñito a Villatobas, con cinco años, y me daba mucho miedo el cuadro de un señor que era José Antonio. Mi padre conocía a José Antonio. Con once años me leo sus obras completas. Es verdad que mi amigo Manuel Matamoros fue un introductor. Era mayor que yo, había leído las mismas cosas que yo y llegábamos a conclusiones semejantes: lo que nos habían contado era distinto de lo que él decía. ¿Qué estaba pasando? Esas diferencias se fueron ahondando. Llego a la facultad y había grupos de combate falangistas antifranquistas.

—¿Falangistas antifranquistas?

—Tenían un sindicato, el Frente Sindicalista Unificado. Estaba vinculado, de algún modo, a la Falange Auténtica. Eran hedillistas y antifranquistas. Entro, soy delegado de curso, voy a la trena un par de veces, y cuando acabo la carrera, con veintiún años, como la lucha política te hace madurar a paso rápido y obtener conclusiones rápidamente, me doy cuenta de que la Falange es una herramienta inútil. Y de que ser falangista era como ser mosquetero: una cosa del ayer, era pasado. El mismo José Antonio no hubiera utilizado esa herramienta. Decía que no había que hacer lo que los grandes clásicos, sino lo que harían en nuestros días.

—¿Falange muere con José Antonio?

—Hay diferentes teorías sobre eso y todas son respetables. Hay quien dice que existe todavía. Bueno. Hay quien dice que muere con Manuel Hedilla. Yo creo que Manuel Hedilla es un honradísimo combatiente por la defensa de una organización que él intuye que está aniquilada con la muerte de José Antonio. Hedilla, que era mucho más inteligente de lo que nos presentaron y tenía grandes virtudes morales, se percata de que aquello es ingobernable por las facciones que ya estaban cuando José Antonio vivía. Yo creo que el 20 de noviembre de 1936, a las seis y media de la mañana, en Alicante, muere la Falange, no sólo José Antonio.

—¿Cómo descubre el diario secreto? ¿Qué encontró en sus páginas?

"De hecho, Prieto le debía la vida a José Antonio. No lo digo yo, lo decía Indalecio Prieto"

—Hay una maleta de José Antonio que guarda un montón de objetos personales que primero reclama Indalecio Prieto. Prieto tiene una aproximación creciente, incluso más allá de lo intelectual… Hay un deseo de conocer más. De hecho, Prieto le debía la vida a José Antonio. No lo digo yo, lo decía Indalecio Prieto, que se lo cuenta a Anthony Eden, primer ministro de Inglaterra. La gente de Largo Caballero se quiere cargar a Prieto en un mitin, y este dice: “Fueron José Antonio y su gente quienes me salvaron la vida”. Al cabo de los años, antes de morir, Prieto le ordena a su secretario personal, Víctor Salazar: “Cuando yo muera, llévale esta maleta a la familia de José Antonio Primo de Rivera”. Sin quedarse un sólo objeto o papel. Cero. Creo que lo devuelve todo. Al mismo tiempo, hay unos papeles que desaparecen de Alicante. Eso lo cuenta bien Ricardo Gullón, lo que tiene que ver con el sumario y toda la historia los hacen desaparecer. Aquello fue irregular, es evidente. Creo, claramente, que fue un asesinato. Que no tuvo todas las garantías procesales. Que no pudo recoger toda la documentación que hubiera demostrado lo que él defiende en el juicio y que vemos en el libro que es verdad: que él no está en la organización del golpe. Que la Falange se añade es un hecho. Lo hace en julio porque en el otro lado los mataban. Pero no organiza: participa, que no es lo mismo. Esto en la extrema derecha ha hecho daño.

—Un diario secreto… mutilado.

—Hay páginas arrancadas. La agenda no estaba dentro de la maleta, sino en unas carpetas que la familia tiene que creo que llegan a través del hermano, Miguel Primo de Rivera, que recoge todos los papeles de José Antonio y los mete en carpetas. Aparte de un inédito bestial, enorme, estoy seguro de que en el histórico de los trabajos de investigación sobre José Antonio no hay ningún documento tan importante. Porque lo escribe él, porque es en el mes más importante de su vida, marzo del 36, que es definitivo, y porque es un inédito detrás de otro. Joder, que su última reunión sea con Perico Durruti…, eso es una bomba. Yo tengo un montón de documentos más que no aparecen en el libro para no hacerlo demasiado abrumador: reflexiones personales de José Antonio, alguna aventura sentimental más, porque era imparable, y también algún tratado político.

—Cita a Amando de Miguel: “No hay dos personajes más contradictorios que José Antonio y Franco, y sin embargo van unidos en el mismo cajetín de la Historia”. Y a Rosa Chacel: “No me extraña que llegaran a matarle: estaba hecho para eso, para que después de muerto se haya hecho el silencio sobre su caso”. Como el José Antonio real incordiaba, ¿el franquismo fabricó un mito?

"Bajo su influjo, millones de personas, apolíticas o distantes de su mensaje revolucionario, se han puesto la camisa azul y dicen que son falangistas"

—La operación de diseño estratégico-política que hace el franquismo es brillante. No es sólo el trabajo intuitivo de alguien que lo aprovecha. No, no, ahí estaban las cabecitas muy bien ordenadas de Acción Española, con Pedro Sainz Rodríguez y demás, que le aborrecían. El ataque más violento que le hacen a José Antonio en su vida se lo hacen estos tipos. Son el núcleo intelectual del régimen franquista inicial. Muy potentes, inteligentes, formados. De hecho, en la carta inédita de Andrés de la Cuerda, se cuenta que lo quieren liquidar. Piensan: “Está muerto. No va a responder. Tiene potencia. Bajo su influjo, millones de personas, apolíticas o distantes de su mensaje revolucionario, se han puesto la camisa azul y dicen que son falangistas. Vamos a aprovechar todo eso”. Entonces hacen lo que Mercedes Formica llama “El Albondigón”: un grupo millonario de personas que dicen ser falangistas pero no saben nada de lo que dijo José Antonio.

—Me ha sorprendido que esa “anulación del individuo real por otro imaginario” llegara a sus lecturas.

—Inmediatamente después. Manolo Valdés era un tío íntegro que defendía lo suyo, pero es que lo suyo no era lo de José Antonio. La Falange era: por un lado, José Antonio y Julio Ruiz de Alda, valiosísimo elemento, y Manuel Mateo; por otro, la conservadora, en la que estaba Manuel Valdés. Cuando Valdés ve las lecturas de José Antonio, que se las da esa señora bibliotecaria a punto de jubilarse, Valdés se estremece: “Dame, dame. Como las vea Franco, se piensa que es comunista”. Aquel aprovechamiento le venía también estupendamente a la izquierda, que quería que José Antonio, adversario, líder revolucionario, se identificara con el franquismo.

—También demuestra que José Antonio, entre la entrepierna y la barriga, muerto no estaba, precisamente.

—Correcto. Se nos había presentado a José Antonio como a un serafín asexuado. Como un san Luis que no iba al baño. Me encanta el pasaje en el que habla de sus debilidades. La descripción de sus propios defectos…

—Pero el mito José Antonio no podía tener defectos.

—Debía ser puro y casto. En el libro se juega, cuando se puede, con el humor y la ironía. Y utilizo, en el capítulo 7, esa frase de san Agustín que dice: “Dame la castidad, Señor, pero no ahora”.

—Cuénteme el episodio de Malagón. ¿Sigue existiendo la calle Abogado José Antonio?

"Yo me estremecí cuando vi el anuncio de la viuda subastando los artículos de la valija, de la maletilla profesional de su marido, para poder seguir sobreviviendo"

—No la han quitado, Malagón es un pueblo digno. Sabe que en uno de los momentos críticos de su historia, en el que le estaban robando las tierras no sólo de Malagón, sino de la comarca, un joven médico, don Epifanio, de treinta y un años entonces, y un joven abogado, más joven aún, de veinticuatro o veinticinco, defendieron la causa popular por nada, de un modo altruista. En el caso del médico, porque creía que era la manera de defender a todos sus vecinos. O a casi todos, porque el jefe de la UGT en la zona no lo entendió y luego lo asesinó. Yo me estremecí cuando vi el anuncio de la viuda subastando los artículos de la valija, de la maletilla profesional de su marido, para poder seguir sobreviviendo. Es acojonante. José Antonio lee el caso, se ofrece y gana en el Supremo.

—Antes mencionó a Perico Durruti. Hábleme de los “anarcofalangistas”.

—Quiero que esto salga en la entrevista, Jesús: ¿te sorprendió ese titular de “La policía descubre la conexión de la CNT y la Falange”?

—Me sorprendió.

—Lo mismo me pasó a mí. He leído el contenido de los discursos que da en la provincia de Huesca el anarcofalangista aragonés Ángel Inglés y es imposible, imposible, elevar la temperatura revolucionaria del discurso de ese hombre en cualquier formación política que hubiera en España entonces. Imposible. Añadiendo un concepto de patria que estaba enlazado con la forma que tenía de ver José Antonio el proyecto revolucionario. Es lo que el hermano de Buenaventura Durruti le dice al poeta leonés que le acompaña en sus últimas horas, en el penal de San Marcos: “Mi hermano es un revolucionario de salón. Lo que hay que hacer es trasladar la idea de la revolución al escenario político. Vamos a buscar una herramienta política”. Para Perico Durruti, esa herramienta política es la Falange.

—Buenaventura Durruti: “Con la muerte de José Antonio, si llega a consumarse, morirá también toda esperanza de reconciliar a los españoles antes de muchas décadas”.

—Había una conexión que, lastimosamente, no hubo tiempo para llegar a profundizar. ¿Quién sabe? Habría sido una vía alternativa, muy española, muy hispánica, para responder al capitalismo combatiendo al comunismo feroz, ominoso y terrible que España estuvo a punto de padecer de una manera definitiva. El golpe, al final, era inevitable. La situación en España era invivible entonces.

—También recoge el testimonio de Narciso Perales, Palma de Plata de la Falange, quien aseguraba: “Si llego dos días antes a Granada, a Federico no lo matan; si llego un día después, Luis Rosales está muerto”.

"Si Narciso se queda en ese momento, no asesinan a Federico. Y pasó de largo. Narciso llevó con dolor eso toda la vida"

—Sí. Conocí a Narciso Perales, una de esas personas admirables que Dios le da a uno como regalo a lo largo de una vida. Era el médico de los pobres. Narciso, a los que no tenían dinero, no les cobraba. Era el médico personal de Dionisio Ridruejo también y de muchísima gente más. Narciso sale el 17 de julio hacia Granada porque le dicen que si va a Sevilla le van a detener. Para en Granada, se queda en una pensión, estalla la guerra y se va como voluntario al frente sin decir que era Palma de Plata de la Falange ni nada. Hasta que puede ir a Sevilla y consigue su documentación, no puede actuar. Primero, porque había elegido quedarse en un segundo plano y ser un falangista más de combate, y luego porque tampoco podía acreditarlo. Él era amigo de los Rosales. Me contó su hijo hace poco, después de escribir el libro, que Narciso va al frente en un coche con otros compañeros y ve que hay lío en la casa de los Rosales. Él no sabía que estaba Federico ahí. Entonces, dice: “Hay lío en la casa de los Rosales. No sé qué habrá pasado. Luego vuelvo y lo pregunto”. Si Narciso se queda en ese momento, no asesinan a Federico. Y pasó de largo. Narciso llevó con dolor eso toda la vida. Pero es verdad que cuando llega, a Luis Rosales lo tienen en el punto de mira. La reacción más negra de España estaba en Granada. Y Rosales era un cómplice de alguien al que querían asesinar. Le había guardado en su casa…

—Le cogieron la matrícula.

—Aquello se resolvió porque Narciso va a Sevilla y vuelve a Granada a toda velocidad. Con esa condición de Palma de Plata de la Falange…, joder, el día que detienen a José Antonio, el 14 de marzo, estaba en su casa con el padre de Óscar Alzaga, el que fue luego ministro. Él llega a Granada con su acreditación, “soy Narciso Perales, jefe de Falange en Andalucía, vengo a poner orden”, y dice que se acaban las matanzas en ese momento y que Luis está eximido de cualquier responsabilidad. Pero cuando se va Narciso, multan a Luis Rosales con 25.000 pesetas, que es una barbaridad de la época.

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