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Pillapilla, un cuento de Rubén Montes Sáez

Con motivo del Día Mundial de las Redes Sociales, Zenda y la Escuela de Imaginadores publican una selección de relatos inéditos que reflexionan sobre el uso y el impacto de las nuevas tecnologías.

Hay cuestiones inherentes al ser humano, como la violencia. Hay problemas que no terminan de erradicarse, por mucho que parezcan cambiar los tiempos, como la homofobia. Pero el relato de Rubén Montes Sáez, «Pillapilla», nos permite hacernos una idea de cómo las redes transforman el escenario.

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Pillapilla

Arde. Todo está ardiendo, todo está en llamas ahí dentro. Puedo notarlas en las manos, en la punta de los dedos… Podrían quemarme hasta los párpados si me acercarse a ellas. Son solo seis, siete pasos… diez, tal vez.

El viejo caserón es ahora una pira monstruosa. Da miedo ver las llamaradas y el humo elevarse en la negrura de la noche; las sombras que proyectan parecen diablos danzando macabramente, asustan.

Se les oye chillar desde fuera. Gritan como cerdos esos cabrones. No han parado de hacerlo desde que vieron la primera bola de fuego sobrevolarles la cabeza. Pero nadie puede oírles, nadie salvo yo puede oírles; tampoco nadie sabe que están aquí, ni siquiera Darío. A él sí que se lo conté, pero no creo que pudiera escucharme. Seguía dormido como el primer día. Se lo juré antes de salir de la habitación.

Los chillidos se oyen cada vez menos, se van haciendo más débiles. El calor del fuego los ha ido sofocando y el silencio, ahora, inquieta. Me tapo los oídos y cierro los ojos, pero los aullidos siguen ahí. Creo que seguirán ahí —en mi cabeza— para siempre.

 

A Darío nunca le gustaron estos juegos, parecía como si le tuviese miedo al sexo… a los hombres, que tanto nos gustaban. Sospechaba de cualquiera que se me acercara, que pudiera hacerme daño. Ninguno le parecía bien para mí, ni siquiera para él. Siempre tan reprimido, tan desconfiado, temeroso… y sensato a la vez.

¿Quién iba a pensar que podría pasarnos algo?

—No lo entiendo, Roi. ¿Por qué mierdas no haces como todos? —decía—. ¿Por qué no sales y te diviertes como la gente normal? En un bar, en un jodido cine…

—¿Y? ¿Piensas que ese bar o ese jodido cine no son peligrosos?

Nunca le gustaron estas salidas. Los «mensajitos cerdos», como él decía. Le gustaba yo, lo sé. Ese era el problema. A veces se enfadaba y estaba sin hablarme unos días. Pero luego siempre venía detrás como un perrillo, por si acaso me olvidaba de él… y quería que le contara lo que hacía, lo que no se atrevía a hacer porque era un miedica.

—Puto móvil… siempre igual, joder —decía.

—¡Déjame, no seas coñazo! ¿Y qué si estoy con el puto móvil?

 

Recibí el primer mensaje hace tres meses. Bruno19_Xx. Un chaval, de mi edad más o menos, que decía que nunca se lo había montado con un tío y le apetecía probar. Me excitó leer aquello. Un pipiolo. El tal Bruno dijo que no era de por aquí, que vivía en un pueblo a unos 80 kilómetros y que no solía moverse de esa zona. Un pringado, vaya. Se le notaba en las preguntas que hacía, en que ni siquiera se atrevía a poner una foto suya en el perfil… y en que perdió el culo por enviarme la primera cuando le dije que pasaba de hablarle a un fantasma. El pavo se cagó y acabó mandándome un par. Moreno, ojos rasgados, algo cachas. Estaba bueno, lo reconozco.

—¿Qué? ¿Es pibón o no?

A Darío, como era habitual, no le hizo gracia que tonteara con él.

—¿Y cómo dices que se llama? —preguntó.

—¿Para qué coño quieres saber cómo se llama? ¡Mejor pregúntame cómo la tiene! ¿Quieres verla?

Noté que se ponía nervioso y celoso a la vez, nada nuevo. Se quedaba callado haciéndose la víctima, ofendido, pero luego me pedía perdón. Siempre me pedía perdón, joder.

Bruno me contó que trabajaba en un taller de grúas y asistencia en carretera. Decía que se moría de ganas por verme, así que seguimos hablando un par de semanas más, haciendo guarradas por teléfono… —lo normal— hasta que al final propuso quedar en serio.

—Estaría guay veros a los dos —dijo.

—¿Quiénes?

—Tu amigo y tú.

Menudo gilipollas. ¿Darío? Sí, le había hablado de Darío, es verdad, pero ¿qué coño estaba diciendo? El pavo la estaba cagando, y mucho, pero yo estaba tan loco por tirármelo… que acepté.

Convencer a Darío fue fácil. ¿No era él el que decía que tuviese cuidado cuando quedaba por ahí?

Le pedí que me acompañase, que quería estar seguro de que el chaval no fuese un pirado… y que si no nos molaba el rollo, pues nos pillábamos el bus de vuelta y ya. Le mentí.

 

Aún era de día cuando llegamos. Bruno me escribió diciendo que se retrasaba diez minutos, así que esperamos sentados en un banco liándonos unos pitis.

¿Estaba nervioso? Sí, lo estaba. No dejaba de mirar hacia los arbustos del parque, hacia el camino que llevaba a un descampado… ¿Querría que fuéramos allí?

—Me da que este chaval no es como los demás, Roi. No es como el tío ese al que te estuviste tirando el verano pasado, ese que ponía copas en el aquel local de lagartas… ¡Menudo cuadro! —decía Darío—. Preferirá ir poco a poco, por eso querrá conocerme; los amigos… ya sabes.

Lo miré sin decirle nada. No sé qué coño estaba diciendo, no tendría que haberlo traído, pensé.

Apagué el piti sobre la acera y al levantar la vista me llegó el destello de los faros de un coche que se había parado en la otra punta del parque, junto al descampado. Le hice un gesto a Darío y nos acercamos. Estaba más lejos de lo que pensaba.

Cuando apenas recorrimos veinte metros, cuatro tipos se bajaron y vinieron hacia nosotros.

—¡Eh, eh! ¡Tranquilos! —dijo uno.

Ni siquiera nos dio tiempo a echar a correr, a oler el peligro.

—Creo que esperabais a un tal Bruno19_Xx…

Todos empezaron a reírse en grupo, parecían hienas.

—Pues ya es mala suerte. El mariconazo no ha podido venir.

Volvieron a reírse. Miré a Darío y me hizo un gesto. Echamos a correr a la vez, pero no llegamos muy lejos. A él lo cogieron por la espalda y lo tumbaron de un puñetazo, cayó al suelo a plomo. Después me zurraron a mí.

—¿Os gusta? Pedazo de maricones…

Todo eran golpes por todos lados: en la cara, en las costillas, en el pecho, en los brazos. Podía notar lo aterrorizado que estaba Darío por sus gritos. No dejaba de gritar y de llorar. Y yo estaba tan pendiente de él y de los gritos que ni me daba cuenta de que a mí también me estaban moliendo a patadas.

«Desviados», «maricones de mierda, os vamos a matar…», gritaban. Estaba cagado de miedo, pero ya no tanto por mí sino por Darío. No debí haberlo llevado. ¿Querrían matarnos? Aquello había sido por mi culpa. El puto móvil.

Fue cuando pararon los golpes cuando me acojoné de verdad.

—¡Hostia! ¿Te lo has cargao o qué? Tío, ¿qué coño has hecho? —escuché.

Sentía sus pasos, nerviosos, moverse rápido a nuestro alrededor; rebotaban como un zumbido en mi cabeza, aplastada sobre el asfalto. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué pensaban hacer? Fueron solo unos segundos. Luego, las ruedas del coche derraparon sobre la tierra del descampado y levantaron una polvareda. Salieron de allí huyendo, subiendo por el camino a todo meter. No pude ver nada más.

—Darío —lo llamé.

Estaba tendido en el suelo, boca abajo. No respondía.

—Darío, coño. ¡Joder! Dime algo…

Me arrastré como pude hasta él y le di la vuelta. Estaba vivo. Respiraba a duras penas pero estaba vivo, semiinconsciente, ni sé si estaba escuchando todo lo que le decía… Le suplicaba, por favor, que aguantara; que por lo que más quisiera aguantara.

Sangraba por la boca y sobre todo por la cabeza. Intenté taponarle la brecha que le habían abierto en la frente y luego empecé a gritar como un descosido pidiendo ayuda. Llamaba a quien fuera con la poca voz que me quedaba después de la tunda. La saqué… no sé ni de dónde pero la saqué, porque si se me moría allí mismo, en los brazos, no me lo perdonaría en la puta vida.

 

De pequeño nunca me gustó jugar al pillapilla. No se me daba bien eso de correr, nunca fui lo bastante rápido y siempre terminaba persiguiendo a los demás sin poder atrapar a nadie. Por eso odiaba esa mierda de juego, porque no servía para nada más que para humillarte por no ser tan rápido como el resto.

La Policía lo llamó así: «Pillapilla». Era el nombre que usaban esas bandas que se dedicaban a perseguir a hombres gays —a cazarlos— y apalearlos hasta dejarlos inconscientes, dijeron.

—Seguimos investigando, pero aún no tenemos nada. Estamos rastreando la zona y toda la red de carreteras comarcales. ¿Algún rasgo distintivo?

—No pudimos verles bien la cara, señor. Nos tumbaron a la primera de cambio.

—¿Algún acento de fuera?

—No, eso no. Eran de aquí.

—¿Viste el coche?

—Tampoco.

La Policía contó que, a veces, los «cazadores» grababan a sus víctimas en vídeo para humillarlas y después lo colgaban en las redes.

Uno de los polis mencionó el caso de un profesor que había terminado suicidándose después de que el vídeo rulase por todo el instituto donde daba clase.

—Con nosotros no hicieron nada de eso. Se ensañaron desde el principio… y solo acabaron largándose cuando pensaron que Darío…

Me vine abajo al recordar a Darío. Alguien me ofreció un vaso de agua.

—¿Está bien? —pregunté.

—Tú has corrido mejor suerte. Él sigue con pronóstico reservado.

—¿Me puedo ir ya?

—Casi hemos terminado. Dime: ¿qué hacíais en esa red social?

A los tres polis del interrogatorio les sudaba que hubieran estado a punto de matarnos; lo notaba en las preguntas, en el tono. Los veía mirarme como si tuvieran delante a un pervertido, un maricón vicioso al que le estaba bien empleado lo que le había pasado.

—Conocer gente. ¿Eso es malo?

—La gente es mala —dijo—, por eso pasan estas cosas. No sabes con qué perturbado puedes encontrarte, cuál te puede tocar… Podría haber sido peor.

—¿Peor? ¡Esos hijos de puta casi nos matan!

—¡Eh! Tranquilo, chaval —dijo uno—. Los trapicheos nunca traen nada bueno.

—Yo no trapicheo.

—Ya vale —interrumpió otro poli—. Puedes irte.

Mi madre esperaba afuera a que saliera cuando hubiera terminado. Le pedí que se quedara en el coche y me dejara solo, no quería que los policías la asustaran más de lo que ya lo estaba.

Me cubrí con la capucha de la sudadera y me fui de allí. El corredor hasta la salida olía a desinfectante y estaba vacío. Al fondo, del cuarto del que había salido, oí que se reían. ¿Alguien habría contado un chiste?

Estoy seguro de que no tendría ni puta gracia. Ya me sabía unos cuantos de esos. Después las risas se volvieron carcajadas, reían todos, más fuerte. Darío no se lo merecía.

Todo lo que vino después prendió en ese momento.

 

He llegado pronto, mucho tiempo antes de la hora a la que nos hemos citado. Primero tenía que asegurarme de que estuviera todo en orden, sin nadie merodeando por la zona o que pudiese joderme el plan. El sitio es bastante discreto pero nunca se sabe, siempre aparece alguien que no tenía que estar ahí.

Esta mañana llamé al hospital para preguntar por Darío. Llamo todos los días desde lo de la paliza y siempre me dicen lo mismo. Aún no se ha despertado.

Faltan cinco minutos para las once. Los vecinos de la casa más próxima —a unos dos kilómetros— hace rato que se fueron a dormir. No queda ninguna luz encendida en los alrededores salvo las de la carretera que hay más abajo.

Hace años que los yonquis dejaron de venir a pincharse al caserón. Ahora está hecho una ruina, lleno de mierda, con las ventanas rotas y el techo a punto de hundirse. Repaso el plan otra vez, me llevo la mano al bolsillo del pantalón y me crujo los nudillos. Respiro. Tomo aire, lo retengo unos segundos dentro, dejo que se caliente en los pulmones y lo suelto despacio. Las ruedas de un coche se oyen a la entrada del camino.

He tardado en volver a dar con él todo este tiempo. No estoy cien por cien seguro de que sea el mismo cabrón de la otra vez, pero sé que deben de ser ellos. Bruno19_Xx dice que ahora se llama Brais y que estudia enfermería. Mide un par de centímetros más, le van los tíos «sin pluma», «con discreción»… y aunque ya no es rubio, su polla sigue siendo la misma. ¡Vaya! ¿Bruno o Brais? ¿Quién eres? Hay que ser imbécil para cagarla en algo así.

Esos polis no lo habrían entendido. Seguirían allí mofándose, seguro; partiéndose el culo mientras no fuera a ellos a quienes les partieran la cara.

 

El coche se ha parado mucho antes de llegar al caserón. Toni, el nombre que he usado con otro perfil, le había dicho que esperaba dentro.

Como imaginaba, el tal Brais no viene solo. Se ha traído a sus colegas, que le siguen unos pasos por detrás y caminan en silencio. No querrán asustar a la presa antes de apalearla.

—¡Eh, Toni! ¿Estás ahí? —dice uno.

Es la misma voz, Bruno… Eso sí puedo reconocerlo. Se me hiela todo. ¿Y si me largo?, pienso. Pero ahora no puedo cagarla. Contesto que sí y dejo que se acerquen.

—¡Joder, qué peste, tú!

—Calla, coño.

Entran uno a uno en el caserón, en medio de la oscuridad, alumbrando el suelo con la linterna de los móviles, aguantándose las risotadas. Y cuando el último de ellos ya está dentro, empujo el portón con todas las fuerzas de mi puta vida y atranco el cerrojo.

—¡Eh! ¿Qué hostias pasa aquí?

—¡Tú, tú! ¡Tira, joder! —los oigo que gritan tratando de abrir la puerta.

No tardo ni diez segundos en encenderla y la primera bola en llamas entra a toda hostia por la ventana. El suelo prende rápidamente, los escucho que empiezan a asustarse.

—Va, va, va.

No tengo mucho tiempo, acerco otra vez el mechero y lanzo la segunda.

—¡Hijo de puta! ¡Te vamos a matar! —gritan.

La basura, los escombros y toda la mierda acumulada alimentan rápidamente la hoguera.

—¡Eh! ¡Socorrooo!

Piden ayuda desesperados: que alguien los saque de allí, que alguien los ayude, por favor. Las llamas empiezan a crecer y a sobrepasar las ventanas, el portón está al rojo vivo. Oigo golpes contra la chapa, la tos asfixiándoles, rajándoles la garganta. El calor ahí dentro debe de ser insoportable.

Desde donde estoy empiezo a oler la carne quemada, parece una barbacoa. También han dejado de chillar, ya no se oyen los gritos pidiendo ayuda, aunque siga escuchándolos en mi cabeza como un eco constante; solo el fuego crepitando.

Los muros del caserón contienen bien las llamas, que van perdiendo altura. Pienso en Darío, en la brecha que le parte el labio en dos, en su cuerpo tendido y lleno de cables sobre la cama.

Me crujo los nudillos y el cuello. Vuelvo a retener el aire dentro y exhalo el vaho caliente, que se funde con el incendio.

Alrededor siguen las mismas luces encendidas, las de la carretera, titilando; y el coche, aparcado al principio del camino. Quiero sonreír pero no puedo.

Estoy llorando, creo, temblando… y empiezo a correr. Me largo a toda hostia, corro como si esos tipos me persiguieran otra vez. Dos, tres, cuatro… cien. Vienen a por mí, a por Darío, a por todos nosotros… Pero no pueden, no podrán nunca más.

La luz del incendio apenas puede verse desde donde estoy.

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Aquí puedes leer los otros tres relatos que forman parte de la iniciativa de la Escuela de Imaginadores para el Día Mundial de las Redes Sociales:

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