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Poemas de «Egipcíaco», de Martín López-Vega

Poemas de «Egipcíaco», de Martín López-Vega

Martín López Vega (Póo de Llanes, Asturias, 1975) es autor de numerosos libros, entre los que destacan Árbol desconocido (2002), Adulto extranjero (2010), La eterna cualquiercosa (2014) y Gótico cantábrico (2017). Su poesía está reunida en el volumen El uso del radar en mar abierto: Poesía 1992-2019 (2019). Con posterioridad ha publicado el libro de versiones de Li Bai Recostado sobre las nubes (2020).

Egipcíaco (nombre dado a un antiguo ungüento para las llagas, pero también referencia irónica a los padres del desierto) plantea ante los ojos del lector una sucesión de radiografías con paisaje en las que su protagonista, el mismo flâneur meditativo de los anteriores libros de Martín López-Vega (siempre dispuesto, como pedía el Zorba de Kazantzakis, a ir en busca de problemas), desmenuza los distintos frentes de una crisis vital. Esta vez desde una distanciada tercera persona, Egipcíaco opone a la contemporánea búsqueda de la felicidad a cualquier coste la vieja ética de la belleza y la verdad para analizar el camino andado y replantear las bases de una existencia viable.

OTRO ENSAYO SOBRE EL DÍA LOGRADO

Cántame la canción del día logrado.
Peter Handke

A los seis años, el día logrado
es conseguir que el grillo salga de su madriguera
para robarle su canción.

A los siete, bola, pie, matute y gua.

A los ocho, quedarse en el mar
hasta que se te arrugan las yemas de los dedos.

A los nueve, situar en el mapa
los ríos del mundo, las altas montañas
que hasta entonces eran solo nombres
errantes en la pangea de tu imaginación.

A los treinta, ser el dueño de una ciudad,
tener un libro prestado, ser amigo de una mujer.

A partir de los cuarenta,
no habrá día logrado que no pase por sobreponerse.
En su caso, en su ahora, ¿cómo se sobrepondrá
a que ella ya no esté? ¿Cómo alcanzar
el día logrado si ni un día pasará en que no piense
en su sonrisa cuando lo descubría espiándola
tras el cristal de la imprenta, en tomarla de la mano
para caminar entre la nieve, en su forma exacta
de traducir un verso, de saber antes que él
lo que él mismo necesitaba? Vamos, sobreponte;
es lo que toca ahora. Llegó el laberinto
y perdido cada uno en un recodo diferente
de la oscuridad no hubo manera de seguir
el rastro de los parasiempres. Y ahora
no hay día en que no vuelva a algún rincón del pasado
solo para que quien él fue pueda reencontrarse
con quien fue ella.

Si como dicen los antiguos
su cuerpo aquí
es luz coagulada
¿por qué ya no quema?

Sobreponerse es el verdadero leitmotiv;
está escrito en ese libro que Dios dictó a sus secretarios.
Ahí se explica:
creó antes que nada a los monstruos marinos,
y serpientes poco después, y solo más tarde al ser humano
(al hombre, dicen las traducciones de época),
para que viviera siempre amilanado,
y puso un árbol del que le prohibió comer
para atemorizarlo aún más,
y la tierra de Havila donde había oro
para que se tuviera que sobreponer a la codicia
de algo absolutamente innecesario en el Edén,
es de suponer, aunque quizás los mercaderes
hubieran montado ya sus chiringuitos,
o Dios inventó el mundo para ser su tratante,
cualquiera sabe. Y cuando aquellos dos optaron
por ser libres y probar la fruta del árbol de la ciencia,
puso enemistad entre el hombre y la mujer
(fue él, el muy cabrón) y les dijo: «con el sudor de tu frente
te ganarás el pan» (y ¿cómo sabrían ellos
lo que era el pan? ¿Quién era el panadero del paraíso?
Para ser un libro tan famoso, la Biblia
está llena de incoherencias narrativas).

Cada día ya será sin ella,
sin su risa rara y por ello tan añorada,
sin su mohín torcido, aquel con el que se retrató
a sí misma y a Jacob para el curso de cómic.

Y cada día será sin saber
si ha dibujado con el mismo gesto
a Chester, el jack chi que adoptó sin elegir mucho,
y sin saber cuál será su corte de pelo,
ni si habrá sido ella misma capaz de sobreponerse
a todos los miedos y a todos los fantasmas.
Y cada día logrado la incluirá de alguna manera,
no solo porque lo será si se sobrepone a su ausencia,
sino porque ella estará siempre en gestos,
en preferencias aprendidas, y será por ella
que abundarán los días que serán como aquellos
primeros de invierno en la ciudad nueva,
cuando el sol brillaba pero el mundo estaba helado.

Para crear un primer día logrado
se apuntó a un cursillo de mosaicos. Piensa que su torpeza
le dará la excusa perfecta para probar algo
que le exija atención y paciencia, tan esenciales
para lograr los días. Ha venido a aprender sobre sí mismo.

Lo primero es elegir el material: porcelana, piedra,
trozos de conchas, horas de otra vida, vísceras arrancadas,
muchas cosas sirven para hacer un mosaico.

Después viene lo realmente difícil: seleccionar el motivo.
Lo normal es optar por uno ya probado, copiar
a un viejo maestro; si decides ir por libre
te habrás puesto en camino, pero recuérdalo:
estarás siempre solo. Y elegir y sostener la elección
requiere fe; asegúrate de ser capaz para la fe.

A continuación hay que romper el material escogido
para formar las teselas; a partir de cierta edad, piensa él,
el material, elegido o no, estará ya roto de antemano.

Esparce la mezcla aún seca con una espátula
y deja espacio para el estuco;
recuerda el kintsukuroi, es importante que entre
tesela y tesela la cicatriz brille, mas nunca caigas
en el error de pensar que lo importante es la herida.

Prepara la mezcla para el estuco, aplícalo
y deja que se fije,
y después usa un barniz para protegerlo
y que brille como le corresponde.
El azul y el dorado
le darán un aire bizantino y memorable;
resérvalo para cuando el día se logre.

Su mosaico es un desastre, pero eso era previsible.
Y ha perdido más paciencia de la que ha encontrado,
o ni siquiera; más bien la pereza de siempre
ha hecho que de nuevo todo le dé un poco igual.

Pero cada tesela le recuerda algo de ella;
y se promete que rezará cada mañana
una oración por el día logrado de ambos.

Una oración en la que estén
la compota de manzana y los pluots,
los libros comprados tras un paseo por North Gilbert,
el gato eslovaco, el agua de la fuente y la higuera,
Chester, cada paso juntos, cada espera mutua.

Una oración en la que el kintsukuroi
serán todas estas lágrimas y las teselas
cada segundo juntos, imborrables y afilados.

Y también en días no señalados
(incluso en días logrados) llorará sin consuelo
por la vida que no supo ser.

¿El día logrado? También eso llegará.

TEMA DE REDACCIÓN

In memoriam José Antonio Pérez Luengo,
«Toño’l maestru»
Más me valía haberles preguntado
de qué color es la primera nieve.
Grete Tartler

En el pupitre que daba al ventanal, Lolo
arrancaba las alas a las moscas
que luego se paseaban sobre la madera
súbitamente peripatéticas.

Mientras, el maestro descubría en su cartera
hojas arrancadas al cuaderno
con los nombres de todas las niñas de clase
encabezando sus retratos desnudas
a la manera de las mujeres que había visto
en los Interviús que su padre almacenaba en el garaje.
Nunca volvió a dibujar. La maestra anterior
le había metido en la bañera con su hija
después de cortarle las uñas; entonces
no sabía aún lo que era una mujer,
pero sabía muy bien lo que era la vergüenza.

Sin hacer mucho caso de nada,
en el cuarto cerrado
las ratas recortaban a mordiscos
las costas de Australia en un mapa.

El maestro anotó en el encerado
un tema de redacción: «la felicidad».
Pensó que era muy complicado.
Le dio permiso para terminarla en casa.
Cuánto tiempo tenía para entregarla,
quiso saber. Toda la vida, fue la respuesta.

Tardó mucho en escribir las primeras palabras.
Primero pensó que su respuesta requeriría un sistema.
Después recurrió al aforismo,
incluso a la enumeración caótica:
descubrió las cosas que le hacían bien,
aprendió a cuidarse.
Pensó que eso sería lo que tenía que contar:
que la felicidad eran mujeres y ciudades y libros.

Miró por encima del hombro las redacciones
de sus compañeros de clase:
uno aplicaba una fórmula,
otro asumía una vocación.
La más elaborada explicaba cómo un compositor
había dispuesto en una partitura
que pasados el andante, el scherzo, el poco adagio
llegase lo que se conocía como música prohibida,
que no podía ser interpretada pero cuya duración
debía ser respetada en silencio. Esa música prohibida
que debe ser escuchada en silencio es la felicidad,
concluía. Será buena poeta,
pero tendrá una vida desdichada,
murmuró. Pero pensó que después de todo su respuesta
no estaba aún madura, y seguía sin entregarla.
Su instinto tendía a la verdad y la belleza,
pero no sabía qué pensar de la felicidad.

Recuerda el día que descubrió que la felicidad
es lo único que al compartirse se multiplica.
Estaba seguro de que semejante hallazgo
le haría merecedor de un premio Nobel
de medicina. Luego llegó a la conclusión
igualmente provisional
de que más que ser feliz
importa ser capaz de atravesar el dolor,
ser uno entero en la soledad.

Su redacción seguía sobre la mesa.
Hacía mucho tiempo que sus compañeros
habían entregado la suya y habían comenzado sus vidas.
El maestro le dijo que se veía obligado
a someterle a un examen final.
Las preguntas eran:
1) Lo que es bueno; 2) lo que es malo;
3) lo que es pesado; 4) lo que es leve.

Buena es la libertad. La mermelada de higo. Roma.
La ausencia de dolor. La ropa que huele a limpio.

Encontrar un amigo. No perder un tren.
Los dos primeros meses de un amor.

Malo es el remordimiento. Ser incapaz de no hacer daño.
La guerra. Descubrir tarde las cosas importantes.
Los poemas poéticos. La muerte de los otros.

Pesada es la obligación de decir siempre la verdad.
Una piedra en medio del camino.
Un cuerpo en el universo. Olvidar
las vidas pasadas. La incapacidad
para cualquier clase de fe.

Leve es un velero en el horizonte. Hacer
cuanto te apetece. El aire. Una castaña
sobre la colcha. Jugar. La risa.
Creer una mentira por hacer bien a alguien.

Hubiera sido mejor preguntarte
cómo llegar a la Atlántida, bromeó el maestro.
Cuando por fin llegase, acabaría de irse
a quienquiera que fuese a buscar, replicó. Sonrió
con media boca y le dio la nota: aprobado raspado.
Si quieres, vuelve en septiembre, añadió.
Pero él ya iba camino de una Atlántida distinta,

a lo mejor prohibida, a lo mejor abierta,
de una puerta dorada no se sabe dónde ni cuándo.

RÚ YÌ

La hierba que crece en los tejados.
El jade de un viejo poema.
El olor de la tinta en Fuzhou.
La estela de los mil budas.
Los primeros brotes de té de la temporada.
El sudor en tu espalda.
El jardín donde no pudimos entrar.

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Autor: Martín López-Vega. Título: Egipcíaco. Editorial: Visor. 

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