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Primeras páginas de Hijos de nazis, de Tania Crasnianski

Primeras páginas de Hijos de nazis, de Tania Crasnianski

Hasta 1945 sus padres eran héroes nacionales. Después de la derrota alemana, pasaron a ser criminales de guerra. Los hijos de Himmler, Göring, Hess, Frank, Bormann, Speer y Mengele vivieron durante el Tercer Reich rodeados de privilegios bajo la protección de padres todopoderosos. Desconocían los crímenes que habían cometido estos, pero años más tarde descubrirían su responsabilidad en los mismos. ¿Qué relación mantuvieron estos hijos con sus padres? ¿Cómo vivieron con un apellido que es sinónimo del horror? ¿Cuánta responsabilidad por esos crímenes se transmitió a los descendientes? Hijos de nazis narra la vida cotidiana de los descendientes de los altos jerarcas alemanes que sumieron a Europa en una terrible guerra.

A continuación, puedes leer las primeras páginas de Hijos de nazis, de Tania Crasnianski.

 

PRÓLOGO

Después de realizar profundas investigaciones en los diferentes archivos disponibles, en actas judiciales, cartas, libros, artículos y entrevistas relativas a la intimidad de los dirigentes nazis y de sus descendientes, se ofrecen en este libro ocho retratos de hijos de nazis. Para evaluar la impronta que dejó cada filiación, y contrariamente a otros libros sobre el tema, ninguno de los retratos es anónimo. Por otra parte, algunos de esos hijos han considerado que es más fácil ser la hija o el hijo de tal dignatario que de tal otro.

Quise conocer al principio a todos esos descendientes, pero solo pude entrevistar a Niklas Frank. Algunos protagonistas ya no se encuentran en este mundo; otros no me habrían dicho más que a sus anteriores interlocutores. Algunos de ellos ya no querían referirse a ese tema, y otros, como Gudrun Himmler o Edda Göring, se negaron casi siempre a hablar de ello.

Para que el lector pueda captar la realidad de estas vidas, cada retrato comienza con una escena significativa, en una versión bastante libre.

 

INTRODUCCIÓN

Gudrun, Edda, Martin, Niklas y los otros… Hijos de Himmler, Göring, Hess, Frank, Bormann, Höss, Speer y Mengele. Son hijos del silencio, hijas e hijos de los criminales responsables de las horas más oscuras de la historia contemporánea.

Pero esa historia no es su propia historia.

Sus padres cometieron el mal absoluto y abdicaron sin vacilar de toda humanidad al declararse en forma unánime «inocentes» de los hechos que les imputaron en el juicio de Núremberg. Pero ¿recuerda la historia que esos hombres también eran padres? Después de la guerra, en un afán colectivo de librarse del sentimiento de culpa, algunos quisieron considerar a los principales jefes del Tercer Reich como únicos responsables de las atrocidades y los exterminios de la Alemania nazi: la población era inocente. «Fue Hitler…», alegaron, por su parte, esos dignatarios y muchos nazis para eludir su propia responsabilidad.

¿Qué ocurrió con los hijos cuyas vidas reseñamos en este libro? Su herencia común es el exterminio de millones de inocentes por parte de sus padres. Sus nombres están marcados para siempre con el sello de la infamia. ¿Hay que sentirse responsable, y hasta culpable, de los actos cometidos por los padres? La historia familiar nos moldea irremediablemente durante nuestra juventud. Cuando una herencia es tan siniestra, no puede dejar de influir, aunque se admita generalmente que los hijos no deberían ser considerados responsables de las culpas de sus padres. ¿No se dice acaso que «el padre tiene dos vidas, la suya y la de su hijo», o «de tal palo, tal astilla»? ¿Qué fue de la vida de los hijos de los dignatarios nazis? ¿Cómo vivieron con una herencia tan macabra?

Interrogado por su nieta judía israelí, un nazi no arrepentido contestó que «es culpable quien se siente culpable». Y le sugirió, sin inmutarse: «Aléjate de todo eso. Así la vida es mucho más simple».

Es muy difícil para los hijos juzgar a sus padres. Nos falta distancia y objetividad frente a quienes nos trajeron al mundo y nos educaron. Cuanto más grande es la proximidad afectiva, más complicado es el juicio. De la adhesión al rechazo total, ¿cómo vivir con el pasado familiar, cuando es tan horroroso? Las posiciones adoptadas por los hijos de esos dignatarios nazis fueron, en algunos casos, diametralmente opuestas y en otros, iguales a las de sus padres: pocos de ellos fueron neutrales. Algunos lograron rechazar con firmeza las acciones de sus padres, aunque siguieran amándolos. Otros no pudieron amar a un «monstruo» y negaron ese lado oscuro para preservar un amor filial incondicional. Por último, algunos han caído en el odio y el rechazo. Recibieron la herencia de ese pasado como una bala con la que deben convivir diariamente, que es imposible de ignorar. Algunos no renegaron de nada, otros tomaron el camino de la espiritualidad, otros incluso se hicieron esterilizar para no «transmitir el mal», o pensaron expiar… ¡masturbándose! Negación, rechazo, adhesión o sentimiento de culpa: conscientemente o no, todos debieron elegir su propia manera de enfrentar su pasado.

La mayoría de esos hijos viven o vivieron en Alemania. Algunos se convirtieron al catolicismo o al judaísmo, e incluso se hicieron sacerdotes o rabinos. ¿Fue para conjurar su destino, el de haber nacido de un padre criminal? Veamos el caso de Aharon ShearYashuv, que se convirtió en rabino del ejército israelí, aunque su padre no fue un alto dignatario del nazismo, ni uno de sus principales ejecutores. Mientras realizaba sus estudios de Teología, Aharon, cuyo verdadero nombre es Wolfgang Schmidt, decidió no ser sacerdote católico, pues no se adhería al catolicismo. Él sostiene que su conversión solo está relacionada en parte con el Holocausto y que «el judaísmo se caracteriza por su particularismo en ciertos aspectos, sin duda, pero también por una gran apertura mental. El hecho es que no solo admiten conversos, ¡sino que un converso puede incluso convertirse en rabino y actuar como capellán y comandante en las fuerzas de defensa israelíes!». Dan BarOn, profesor de Psicología en la Universidad Ben Gurión, señaló que ese tipo de conversión se debía a la voluntad de unirse a «la comunidad de las víctimas, liberándose del peso de pertenecer a la de los criminales». ¿Será más bien una manera de huir de su pasado en vez de enfrentarlo? Cuando se les hace esta pregunta a los conversos, las respuestas difieren. Pero la vía espiritual les ha permitido a algunos de ellos sobreponerse a su historia.

Frente a la conjura de silencio de la Alemania de posguerra, que intentaba reconstruirse, los descendientes de nazis han hecho un trabajo considerable sobre sí mismos para construirse.

Mi propio abuelo, militar de carrera en la Fuerza Aérea, que vivía en un pabellón de caza retirado en la Selva Negra, nunca quiso hablar conmigo de ese periodo de su vida. No fue el único. La sombra silenciosa de la guerra planeó sobre Alemania, y también sobre Francia, durante largos años. Sigue planeando en la actualidad, pero algunas lenguas se soltaron. Durante mi infancia, todos se sometieron al mandato del silencio. Como mi abuelo, las generaciones posteriores a la guerra evitaban hablar del tema. Algunos optaron por un absoluto mutismo y nunca más mencionaron esa época, por temor a empañar la imagen que tenían de sus padres. ¿Habrían querido saber qué habían sido realmente y conocer su verdadera participación en los años negros de Alemania? Difícil. La transmisión no se llevó a cabo. Para escapar de ese pasado, a los veinte años, mi madre alemana decidió ir a vivir sola a Francia. Siempre había querido ser francesa, y cuando yo empecé a trabajar en este libro, no lo entendió. ¿Por qué ese tema? ¿Por qué seguir hablando de eso? No se suele formular esta clase de preguntas.

De mi triple origen, alemán, francés y ruso, el primero tuvo una influencia particular en mi personalidad. La historia de Alemania se impuso en mi vida. Como dice Anne Weber: «¿Es una carga con la que uno viene al mundo? Está presente desde el principio y no desaparece. Ningún ruso representa el gulag, ningún francés la Revolución francesa ni la colonización: cada uno tiene su historia nacional». En cambio, se identifica a Alemania con el nazismo.

Mi interés hacia las personas marginadas por la sociedad me llevó a trabajar sobre el tema de la prisión y luego a convertirme en abogada penalista. Esta profesión me dio el rigor necesario, así lo espero, para hablar de los hechos históricos y de la percepción que pudieron tener de ellos los hijos de nazis aquí mencionados. A través de sus ejemplos, intento comprender las implicaciones de nuestro pasado en un mundo en el que intentamos desesperadamente ser sujetos.

A veces, es difícil enfrentar la verdad y la realidad. Algunos prefieren respetar los secretos de familia, incluso cuando no los haya iniciado en ellos un pariente cercano. Y es muy claro que esos líderes nazis no tuvieron la valentía, ni la fuerza de revelarles a sus hijos las atrocidades que cometieron.

La mayoría de los hijos de dignatarios nazis no se cambiaron los apellidos, aunque estos les resultaran molestos. Algunos, como los hijos de Albert Speer o de Martin Bormann, llevan el mismo nombre de pila que sus padres. Matthias Göring, sobrino nieto de Hermann Göring, dice que le gusta su apellido; otros sostienen que el apellido que heredaron no tiene importancia. El hijo de Eichmann dijo: «Huir ante ese apellido no habría cambiado nada. Uno no puede escapar de su pasado». En cuanto a Gudrun Himmler y Edda Göring, están orgullosas de su patronímico y veneran a sus padres.

«Incluso cuando aplicaba medidas de exterminio, yo llevaba una vida familiar normal… Era sagrada para mí. Me unen a ella lazos indisolubles», declaró el comandante del campo de exterminio de Auschwitz, Rudolf Höss. ¿Cómo entender esta contradicción? El concepto de escisión psíquica define la coexistencia en el yo de dos potencialidades contradictorias: es una forma de explicar que los ejecutores hayan podido masacrar a millones de personas mientras llevaban paralelamente una vida familiar normal. ¿Cómo podían esos monstruos besar a sus hijos antes de salir de sus casas para matar o mandar matar a hombres, mujeres y niños, sin la más mínima humanidad? ¿Cómo imaginar a Himmler besando a su Püppi, su muñequita, antes de dirigirse a la Kommandantur para firmar la orden de ejecutar a niños, simplemente porque eran judíos?

La opinión pública pretende que se identifique en esos criminales patologías específicas, que explicarían la atrocidad de sus actos. Pero quienes analizaron este tema nunca lograron encontrar en los ejecutores una personalidad característica. En el juicio a Eichmann en Jerusalén, uno de los psiquiatras encargados de examinarlo dijo que su comportamiento con su esposa y sus hijos, su padre y su madre, sus hermanos, hermanas y amigos era «no solo normal, sino absolutamente recomendable». Nos gustaría creer que esas personas son monstruos sanguinarios, porque su «normalidad» parece mucho más aterradora. «Los monstruos existen, pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos. Los más peligrosos son los hombres comunes», decía Primo Levi.

En su controvertido libro Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt desarrolla el concepto de «banalidad del mal» y habla de un insignificante funcionario diligente tristemente banal, que no pensaba y se mostraba incapaz de distinguir el bien del mal. No lo disculpa, pero destaca que lo inhumano anida en cada uno de nosotros y que no debemos abdicar de la razón, debemos seguir pensando e interrogarnos siempre para no caer en esa banalidad del mal.

Los hijos cuyas historias se relatan en este libro conocieron una sola faceta de la personalidad de sus padres. La otra les fue mostrada después de la derrota. Durante la guerra, eran demasiado chicos para comprender y hasta para percibir lo que pasaba. Nacidos entre 1927 y 1944, los mayores tenían menos de dieciocho años en el momento de la debacle. De su infancia, solo conservan en general el recuerdo de los verdes pastizales de Baviera. Muchos vivieron en el perímetro protegido de Berghof, el chalet de montaña del Führer, en el macizo de Obersalzberg, al sur de Múnich, cerca de la frontera austríaca. Esa zona aislada y prohibida, reservada al Führer, estaba a salvo de los meandros de la guerra y sus atrocidades. Más tarde, y durante muchos años, el Tercer Reich simplemente fue eliminado del programa de las escuelas alemanas.

¿Sus padres fueron monstruos? «Con la mejor voluntad del mundo, es imposible descubrir en Eichmann la menor profundidad diabólica o demoníaca, pero tampoco se puede decir que eso sea lo común», escribe Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén. La acusación lo definió como «el monstruo más anormal que el mundo haya visto jamás», pero Arendt considera que solo era un funcionario anodino, espantosamente normal. «Más normal, en todo caso, de lo que soy yo después de haberlo examinado», se- ñaló un psiquiatra durante el juicio en 1961. «Nada más alejado de su espíritu que una decisión al estilo de Ricardo III, de hacer el mal por principio», dice Arendt. Él se definía a sí mismo como un hombre delicado, que no soportaba ver sangre. Ni siquiera fue un fanático con un odio mórbido por los judíos, y tampoco fue víctima de ninguna clase de adoctrinamiento. Lo que lo convirtió en uno de los mayores criminales de su época fue su absoluta falta de pensamiento, que de ninguna manera es lo mismo que estupidez. Esa laguna también se traducía en su incapacidad de ponerse en el lugar de los demás —«Era prácticamente incapaz de ver las cosas desde un punto de vista distinto del suyo»— y en las fallas de su memoria. Eichmann no era capaz de saber ni sentir que había hecho el mal. Había perdido toda conciencia moral. «Hizo lo que hizo, y no pretendía negarlo (…). Pero no se arrepentía de nada», pues consideraba que «el remordimiento es para los niños pequeños», señala Arendt. Para ella, solo la inconsciencia hizo que se convirtiera en uno de los mayores criminales de la historia. De todos modos, Eichmann fue culpable de renunciar a ejercer toda conciencia moral.

Sin embargo, todos esos hombres quisieron considerarse seres morales. A pesar de ser el arquitecto de la Solución Final, Heinrich Himmler estaba convencido de haber sido una persona moral. Harald Welzer subraya en su libro titulado Täter (Los perpetradores) que, durante el Tercer Reich, matar se había convertido en un acto socialmente integrado. La moral asesina propia del nacionalsocialismo permitía que los ejecutores siguieran siendo «correctos» al matar. Por aberrante que nos parezca, el modelo normativo del Reich establecía que era necesario matar por la supervivencia de Alemania, sobre la base de una absoluta desigualdad entre los seres humanos.

Los hijos cuyas historias relatamos aquí juzgaron los actos de sus padres en un marco normativo y moral que había vuelto a cambiar. Algunos legitimaron o justificaron las acciones paternas considerando que, dentro de su marco normativo, sus padres actuaron en forma legítima. Uno de los hijos de Von Ribbentrop, ministro de Relaciones Exteriores de Adolf Hitler, dijo sin ambages: «Mi padre solo hizo lo que creyó que era justo. Si nos encontráramos en las mismas circunstancias, yo tomaría las mismas decisiones que él. Solo fue uno de los consejeros de Hitler, aunque en realidad, Hitler no se dejaba aconsejar por nadie. Lo único que quería mi padre era cumplir con su deber de alemán. Él previó el inmenso peligro que venía del este. La historia le dio la razón». Igual que él, durante toda su vida Gudrun Himmler consideró que su padre, Heinrich Himmler, había sido «inocente». Este último habría dicho exactamente eso en el juicio de Nú- remberg si no se hubiera suicidado antes.

Gustave M. Gilbert, psicólogo norteamericano que estudió los casos de los grandes criminales nazis durante el juicio de Núremberg, dijo que lo que caracterizaba a esos hombres era la falta de empatía con los demás. Reveló que los verdugos sufrieron menos depresiones que las víctimas, porque estaban convencidos de ser buenas personas que no tuvieron alternativa.

No ocurrió forzosamente lo mismo con sus hijos en el momento de enfrentar el pasado. Cuando ellos se enteraron de la historia familiar, la guerra había terminado, la herejía nazi había sido aniquilada y la legitimidad de la solución del «problema judío» estaba definitivamente impugnada.

En muchos casos, trataron ese pasado en función de su propia infancia. Algunos sentían que su necesidad de amor había sido colmada, especialmente los varones, pero también las hijas únicas, como Gudrun Himmler, única hija legítima del jerarca nazi; Edda Göring, hija del Reichsmarschall, o Irene Rosenberg, hija del teórico del Reich y ministro de los Territorios Rusos Ocupados, Alfred Rosenberg. Las tres, hijas mimadas, siguieron simpatizando con el nazismo y rindiendo culto a sus padres. Muchos descendientes consideraron que su propia historia no era tan difícil de soportar como la del hijo de otro dignatario. Curiosa manera de creer que esa clase de herencia podía ser cuantificable.

Para entender mejor la historia de cada uno de estos hijos, recordaremos el lugar que ocupó cada padre en el nacionalsocialismo, la forma en que su progenitura ha estado impregnada de los ideales de esa época y el papel de las madres en su educación. Para comprenderlos, hay que acotar con la mayor precisión posible su ambiente familiar durante su infancia.

Faltan algunos descendientes de personajes centrales del Tercer Reich en este libro. ¿Es necesario recordar que los seis hijos de Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda del Reich, fueron asesinados por sus propios padres en el búnker del Führer?

Señalemos que la nieta de Magda Goebbels —hija del hijo que ella había tenido con su primer marido, Günther Quandt— se convirtió al judaísmo a los veinticuatro años. Su primer marido, un hombre de negocios judío alemán, había estado en campos de concentración.

Hitler, por su parte, no tuvo ningún descendiente: «¡Qué problema si hubiera tenido hijos! Terminarían por convertir a mi hijo en mi sucesor.Y un hombre como yo no tiene ninguna posibilidad de tener un hijo capaz. En estos casos, es casi siempre así. Miren el hijo de Goethe, ¡un incapaz!», dijo.

Más de setenta años después, sigue siendo difícil escribir sobre este tema. A lo largo de este libro, evité juzgar a esos hijos. No se los puede considerar responsables de hechos que no han cometido, aunque algunos de ellos no renegaran en absoluto de los actos de sus padres. ¿Es una defensa del «yo» frente a un pasado insoportable?

Gudrun Himmler es un perfecto ejemplo de ello.

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Autor: Tania Crasnianski. Título: Hijos de nazis. Editorial: La esfera de libros. Venta: Amazon y Fnac

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