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Prolepsis, de Miguel Ángel González

Augusto quería ser campeón del mundo de lucha libre, se hacía llamar Mastodonte. Podría haber sido el mejor, pero acabó en la cárcel por atracar una sucursal del Banco Hispano Americano con la réplica de un revólver Smith & Wesson. Mina quería ser escritor, pero ahora se conforma con enseñar a un puñado de desconocidos a narrar sus historias. En Prolepsis, la novela por la que Miguel Á. González ha obtenido el XXV Premio Ciudad de Badajoz, padre e hijo comparten una tarde en la que rememorarán los fracasos que les unen y el presente que les separa. Una tarde cualquiera. Quizá la última.

Zenda adelanta las primeras páginas del libro.

***

Las despedidas

En la entrada hay un jardín y hay un lago y hay un montón de patos dentro del agua. Pero todo es de mentira. El césped es de plástico y los patos son de madera y el lago es artificial. Todo parece de verdad, pero es falso.

Mi padre ahora vive aquí. Tiene una habitación que comparte con otro anciano y come cinco veces al día y viste ropa deportiva de tactel y hace taichí y hace yoga y hace meditación. Mi padre fumaba tres paquetes de tabaco al día. Fumaba Winston y durante años pensé que el hombre que aparecía montado a lomos de un caballo en las cajetillas era él. Ahora ya no fuma, ahora solo medita y respira profundamente y pasea por el jardín de plástico y se detiene frente al lago artificial y les tira migas de pan a los patos de madera. Mi padre va a morir en un lugar en el que todo parece de verdad, pero es de mentira, y yo no puedo evitar pensar que no existe un sitio mejor que este para que muera porque su vida siempre fue así, una acumulación de hechos que parecían ciertos, pero que eran falsos.

***

Yo nunca lo vi pelear, pero sé que fue feliz haciéndolo, que llegó a pesar ciento treinta y siete kilos y que todo el mundo lo llamaba Mole.

Al principio lo llamaban Mole, pero luego dejó de llamarse Mole y pasó a ser Mastodonte. A mi padre le gustaba más el nombre de Mastodonte que el de Mole, pero prefiere Mole a Mastodonte porque todo se fue al traste llamándose así. Fue Mastodonte el que se dislocó el hombro derecho en una mala caída contra la lona. El accidente tuvo lugar en un combate por el cinturón de Campeón Intercontinental celebrado en Perales del Río. Los títulos por los que combatían solían parecer mucho más importantes que los pueblos en los que se celebraban las contiendas. Su rival era un chico de diecinueve años que había nacido en Teruel, pero al que todo el mundo llamaba El Mexicano porque peleaba cubriendo su rostro con una máscara. Una máscara con la forma de una calavera.

Estaba previsto que El Mexicano perdiera el combate. Mi padre tenía que subirse a la tercera cuerda de una de las esquinas, cargar a su rival en la espalda y lanzarlo de vuelta al ring, pero la suela de su bota resbaló al pisar la segunda cuerda y los dos se precipitaron contra la lona. Mi padre se dislocó el hombro derecho, El Mexicano ganó el combate y la carrera deportiva de Mastodonte se fue por el desagüe.

No del todo.

Después de la caída lo operaron y tras nueve meses de rehabilitación volvió a pelear. Dos veces. Pero nada fue como antes. Tuvo que dejarlo porque el dolor era más grande que sus ganas de seguir luchando. A mi padre se le daba bien pelear, pero acabó perdiendo el combate más importante de su vida. Perdió cuando lo tenía todo de cara para ganar. Supongo que con esa misma frase se podría resumir toda su biografía.

***

La primera mentira que parecía verdad en la vida de mi padre fue la lucha libre.

Cada fin de semana viajaban a un pueblo distinto y peleaban. Los combates parecían reales. Los luchadores saltaban por los aires y se golpeaban en la cara y en el torso y los golpes parecían golpes de verdad porque sonaban como suenan los golpes de verdad. Los días previos a la velada entrenaban los movimientos. Repetían cada llave decenas de veces hasta que podían llevarla a cabo sin dañar a su contrincante. Todo parecía real, pero era de mentira.

Lo más difícil de la lucha libre no es golpear fuerte, lo más difícil de la lucha libre es vender el golpe. Mi padre siempre usaba ese término: «Vender el golpe». Yo no lo vi pelear, pero años después, cuando era un niño, mirábamos los combates del wrestling americano en la televisión. Los emitían los domingos por la mañana. Nos sentábamos frente al televisor durante una hora. Mi padre se colocaba al borde del sillón, con los codos apoyados en las rodillas, y les daba indicaciones a los luchadores de la pantalla con la misma vehemencia y precisión con la que un entrenador de fútbol dirige a su equipo desde la banda. Yo no decía nada. Me sentaba junto a mi padre y miraba en silencio a Ric Flair y a Shawn Michaels y a Roddy Piper y a Hulk Hogan y a Bruno Sammartino y a Bret Hart golpeándose los unos a los otros mientras mi padre les decía lo que debían hacer para que todo pareciera real, aunque fuera falso.

Mi padre no dejaba de hablar durante la hora completa que duraba el programa. Les daba indicaciones a ellos y me contaba anécdotas a mí. Me decía cosas como que Owen Hart era el hermano de Bret Hart y que se mató accidentalmente al inicio de una pelea. No se murió tras recibir un golpe ni nada por el estilo. Se mató de camino al ring. Se mató solo. Llevaba puesto un arnés y un cable metálico anudado al arnés. El cable metálico debía elevarlo del suelo para que su entrada fuera tan espectacular como un número de magia de David Copperfield, pero algo salió mal y la argolla que unía el cable al arnés se rompió y Owen Hart se precipitó contra el suelo y se partió el cuello. Al principio la gente creía que todo estaba preparado, que aquello parecía real, pero que era de mentira, así que comenzaron a aplaudir y a vitorearlo. Para cuando se dieron cuenta de la situación, Owen Hart ya llevaba un buen rato muerto. También me dijo que André el Gigante había nacido en Grenoble, que su vecino era el escritor Samuel Beckett y que solía llevarlo en coche al colegio cada mañana.

Lo difícil era vender el golpe. Eso decía mi padre. Vender el golpe consistía en que el público creyera que realmente te habían lastimado. La forma en que encajabas cada puñetazo, en que caías a la lona o en la que te revolvías de dolor, era lo que diferenciaba a un buen luchador de un aficionado. Mi padre era un buen luchador. Lo fue siendo Mole y lo fue siendo Mastodonte. Él tenía que haber ganado la pelea contra El Mexicano. Pero no ganó. Se resbaló y se dislocó el hombro y se quedó tendido sobre la lona bocarriba, como una cucaracha que se ha girado accidentalmente y no puede continuar su camino. El Mexicano tenía diecinueve años. Aquel combate era su tercer combate. No tenía muy claro lo que debía hacer ante una situación como esa, así que se tumbó sobre Mastodonte y el árbitro golpeó con la palma de su mano derecha tres veces contra la lona y el combate terminó.

Hay una regla no escrita en la lucha libre: si uno de los luchadores se daña durante la contienda, el otro debe hacer todo lo posible para ayudarlo a ganar el combate. Si uno de los luchadores se daña durante la contienda, debe salir victorioso. Mi padre lo sabía. Lo supo durante el tiempo en que fue Mole y lo supo durante el tiempo en que fue Mastodonte.

Pero El Mexicano solo era un chico de diecinueve años y mi padre pesaba ciento treinta y siete kilos y estaba tumbado bocarriba sobre la lona y no había manera de hacer que se levantara, así que lo único que se le ocurrió fue colocarse sobre él para que todo terminara.

***

Nos sentamos en un banco de madera y damos de comer a los patos de madera. Lanzamos migas de pan al lago artificial. Lo hacemos los dos. Al principio lo hace él solo, pero después me pide que lo ayude y yo lo ayudo. El pan se lo consigue Flora. Eso es lo que me dice.

—Me lo consigue Flora —me explica moviendo la bolsa de plástico de su regazo para que la mire—. Si no fuera por Flora nadie se preocuparía de los patos. Ni de mí tampoco.

Mi padre me habla de Flora y me pide que lo ayude a dar de comer a los patos de madera que flotan sobre el agua del lago artificial. Y yo lo ayudo. El agua se llena de pan como una sopa de ajo y me pregunto quién será la persona encargada de limpiarla cuando la visita termine y yo vuelva al coche y mi padre regrese a su habitación. También me pregunto si mi padre sabe que los patos de madera son de madera o si realmente cree que son reales. Me lo pregunto a mí mismo, pero no se lo pregunto a él. Creo que no lo hago porque me dan miedo las dos posibles respuestas. Mi padre me cuenta que Flora recoge los restos de pan de la comida y los mete en una bolsa de plástico y luego se los da. A decir verdad, mi padre me cuenta que Flora recoge los restos de pan de la comida y los mete en una bolsa de plástico y luego los deja en la puerta de su habitación. Me lo explica aunque yo no tenga el menor interés en la historia. Me dice también que por ese motivo se levanta antes que su compañero de cuarto, porque teme que un día él se despierte primero y le robe el pan.

—Flora es la cocinera —me aclara después de haber estado hablando de ella alrededor de diez minutos—. Es negra, pero cocina muy bien —me asegura, como si estuviera citando cosas incompatibles—. Hoy hay macarrones. Macarrones con verduras. Creo. A mí me gustan con queso, pero aquí no nos dejan comer queso.

Seguimos lanzando migas de pan al lago artificial un buen rato. Lo hacemos en silencio. Aparece un hombre. Lleva un pijama. O un chándal. No puedo ver bien su ropa porque cruza por delante de nosotros corriendo. Mi padre no levanta la cabeza para mirarlo, sigue concentrado en sus patos de madera. Y es así, con la vista fija en otro lugar, como me explica que se trata de Jonás y que cada tarde hace lo mismo. Cruza corriendo el jardín porque su hijo murió en un accidente de avión y eso fue lo que hizo cuando lo llamaron para darle la noticia: salir corriendo. Su hijo se mató en un accidente de avión a más de tres mil kilómetros de distancia y lo único que se le ocurrió hacer fue ponerse a correr.

—Tres mil kilómetros son muchos kilómetros… —dice mi padre—. Quizá por eso siga corriendo.

Jonás no se detiene, pasa por delante de nosotros unas dos o tres veces más. Corre en silencio. No grita ni hace aspavientos, pero tampoco corre como si estuviera haciendo ejercicio. Lo hace como alguien que llega tarde a una reunión y, a mitad de camino, descubre que se ha dejado el cuaderno de notas en casa y debe regresar a por él. Así corre Jonás. El pan se acaba. Mi padre sacude la bolsa, deja caer las últimas migas sobre el césped de plástico y la dobla en triángulos. Un triángulo sobre otro triángulo. Hasta que la bolsa adquiere un tamaño tan pequeño que puede guardársela en el bolsillo del pantalón. Se pone de pie y yo sé que eso significa que la visita ha terminado. Lo acompaño a la puerta de entrada a la residencia. Jonás sigue corriendo a nuestro alrededor. Le pregunto entonces a mi padre si cree que Jonás está loco. Él niega tajantemente.

—No está loco —me asegura—. Es solo que está solo.

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Autor: Miguel Ángel González. Título: Prolepsis. Editorial: Al Revés. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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