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El escritor y mecenas Alejandro Roemmers y la novela que prologó Vargas Llosa

El escritor y mecenas Alejandro Roemmers y la novela que prologó Vargas Llosa

Foto: El poeta y escritor argentino Alejandro Guillermo Roemmers. Foto: José María Plaza.

Si tuviéramos que retratar, brevemente, a Alejandro Guillermo Roemmers en cuatro trazos diríamos: poeta, devoto admirador de San Francisco, mecenas cultural y (como rasgo singular) coleccionista de coches deportivos. El primer punto es el más amplio y determinante, quizás el fundacional y el que ha arrastrado y entreverado a los otros dos (los coches los dejamos para la vida privada). Porque Roemmers es ante todo poeta. La poesía (empezó a los 8 años) fue, y quizás aún lo sea, un estímulo y un camino. Y lo anunciamos en esta crónica en la que no vamos a hablar de su poesía, sino de dos novelas suyas muy distintas que se han publicado en España en el intervalo de un año, aunque una de ellas es bastante anterior: El misterio del último Stradivarius y Vivir se escribe en presente.

No son los únicos textos narrativos de este autor, ya que entre ambas obras editó otro novela, Morir lo necesario, una historia policial sobre narcotráfico y dramas familiares. En resumen, tres novelas que me han dejado perplejo y me han llevado a preguntarme qué es lo que le ha impulsado a este autor a adentrase en la novela, y en la novela (digamos) policial. No lo digo por el resultado, sino por la variedad de sus intereses. Supongo que, como hombre renacentista y amante de la cultura, tiende a abrazar todas las expresiones del arte, aunque se le reconozca mejor en unas que en otras.

"También está su faceta de mecenas cultural, que merecería la pena resaltar, algo insólito y necesario en una época en la que los mecenazgos parecen o cosas del pasado o más propios de bancos"

Alejandro Guillermo Roemmers, argentino de una adinerada familia farmacéutica, estudió en la Universidad Complutense y fue en Madrid donde se volcó en la poesía, quizás como una forma de refugio, como una aliada de momentos oscuros, algo que ya nunca le abandonaría. De hecho, su primera antología se tituló España en mí. El salto hacia la narrativa ya lo dio al publicar, en el 2008, un libro de homenaje a El Principito, titulado El regreso del Joven Príncipe, una historia paralela que sucede en la Patagonia (donde estuvo, como piloto, Saint-Exupéry) para reflexionar sobre la vida y sus valores; obra que obtuvo gran éxito internacional y continuó recientemente con El Joven Príncipe señala el camino, dos títulos que quizás forman parte de su faceta espiritualista, la que está inspirada en San Francisco, y que le ha impulsado a escribir, montar y producir el espectáculo musical Franciscus, una razón para vivir, sobre la vida del santo de Asís.

También está su faceta de mecenas cultural, que merecería la pena resaltar, algo insólito y necesario en una época en la que los mecenazgos parecen o cosas del pasado o más propios de bancos, empresas públicas y grandes corporaciones. Esta labor consciente y obstinada de generosidad cultural de Roemmers responde a una lógica sencilla que alguna vez ha verbalizado: “La vida me ha dado todo, ahora soy yo el que tiene que dar”. Su preocupación y apoyo económico lo ha diversificado en Fundaciones, premios literarios y —la más importante— Borges. Roemmers es, junto Alejandro Vaccaro, el mayor coleccionista del mundo del escritor universal, un catálogo con cerca de treinta mil piezas (abundantes manuscritos) que esperan el encuentro con el público en cuanto se cree ese necesario Museo Jorge Luis Borges, ya que el impulsado por María Kodama en la calle Anchorena de Buenos Aires es apenas un simulacro.

Pero vayamos al principio —que es el final—, a sus dos novelas publicadas en España en el último año, de las que destaca, sin duda, El misterio del último Stradivarius (Planeta), un libro del que se ha hablado con frecuencia, tanto por sus varias presentaciones como por una anécdota que lo ha inmortalizado: el prólogo está escrito por Vargas Llosa y —he aquí el detalle— fue el último texto salido de la pluma del Premio Nobel.

Alejandro Roemmers en la presentación de un libro de poesía en el Teatro Real de Madrid. Foto: J.M Plaza

La novela se presentó en la Feria del Libro de Buenos Aires, en un cordial y solemne acto en el que estuve casualmente (me había trasladado a Argentina para investigar sobre el terreno para una novela sobre la vida sentimental de Borges) y me llamó la atención el plantel de presentadores, entre los que se encontraba Álvaro Vargas Llosa, Javier Moro y —nuevo detalle— Javier Cercas, alguien tan alejado del mundo de Roemmers y que, sin embargo, fue el más serio y lúcido; aunque el personaje que despertó el unánime interés —y sorpresa— de los medios estaba entre el público: Mirtha Legrand, la actriz y muy longeva presentadora de Canal 13 y quizás el personaje más popular de Argentina.

"Este último violín, hecho con una madera irrepetible, es algo muy especial para el luthier y también para los que escuchan su sonido. Es como si su música tuviera propiedades transformadoras"

Y ahora entremos en la novela. Fue una noticia criminal en un periódico lo que despertó la curiosidad de Roemmers: el asesinato, en una pequeña localidad de Paraguay, de un anticuario de origen alemán y su hija para robarle un Stradivarirus. El libro se inicia, precisamente, con este momento y la llegada al lugar de dos policías locales: el comisario Alejandro Tobosa, sensato e idealista, y su ayudante Gutiérrez, que en un principio se me asemejaron —y tenía su aquel— a un don Quijote y un Sancho Panza perdidos en unos miserables suburbios paraguayos; pero ese ayudante no se contagia de la personalidad de su señor o jefe —como en Cervantes— sino que es más realista, decide abonarse a la picaresca y medrar por su cuenta.

Esta investigación policial es una de las lineas argumentales que se van alternando —en capítulos sucesivos— con la historia del último (de los 1200) Stradivarius que construyó, en su taller de Cremona, Antonio Stradivari, aunque este último violín, hecho con una madera irrepetible, es algo muy especial para el luthier y también para los que escuchan su sonido. Es como si su música tuviera propiedades transformadoras, al menos en la novela.

En esta historia del pasado seguiremos las huellas y la vida de los dueños de este violín tan especial, que pasa al hijo del luthier, después al ayudante del taller, Angelo (lo roba), quien se lo vende a Casanova, para aparecer luego en manos del joven violinista Marco, continuará en Sor Benedictine (bonita historia), llega hasta el compositor romántico Giuseppe Verdi, y tras varios saltos acaba en poder de Ida, esposa de Aurelio Padovani, fundador del Fascio Napolitano, que se lo regala a su segundo marido ya en la Segunda Guerra Mundial. Ahí se pierde la pista. Roemmers mezcla ficción e historia en el deambular de este violín, y al mismo tiempo recrea vagamente las épocas (más de dos siglos) en las que se mueve, al principio rápido, pero se detiene en la ascensión del fascismo y la invasión alemana de Italia.

Alejandro G. Roemmers, en la presentación de su novela en la Feria del Libro de Buenos Aires. Foto: José María Plaza.

Como se aprecia, el violín es el hilo conductor de la trama (de una de las tramas), que se inscribe en esa tradición de que un objeto o es el protagonista o cuenta la historia, muy en la tradición anglosajona, y que cultivó el argentino Manuel Mujica Láinez en La casa o El escarabajo de oro, una atractiva novela en la que se narran, junto al destino de esa joya egipcia de lapislázuli, tres mil años de historia. En el libro de Roemmers el tiempo está más limitado y combina esa línea, aparentemente histórica, con la trama policial: pero el violín, ese último Stradivarius, es un objeto casi mágico, capaz de proteger a sus poseedores y llevarles hacia la luz, hacia una cierta luz.

"El final es inesperado y llamativo, y quizás ese sea el motivo por el que Roemmers ha decidido escribir una novela casi policial, casi histórica, pero con un mensaje espiritual"

En cualquier novela en la que se alternen dos tramas distintas lo normal es que el lector tome partido por una de ellas y que una de ellas le apetezca más. En mi caso, al principio me interesó más el viaje del violín y las peripecias de sus sucesivos dueños, pero hacia la mitad del libro se invierte mi interés. Hay dos razones: la investigación policial avanza y se complica, mientras que el itinerario del violín se estanca; ese Stradivarius queda en un campo de concentración italiano durante más de un tercio de la novela, lo que le sirve al autor para mostrarnos la insensatez y los horrores de la guerra, la relación entre el comandante nazi y el violinista prisionero, los conciertos de las víctimas, la aceptación del destino y la vida en un campo de concentración, algo que goza de muchos lectores (de ahí la multiplicación de títulos sobre Auschwitz), pero que a mí, como lector, me fatiga.

El final es inesperado y llamativo, y quizás ese sea el motivo por el que Roemmers ha decidido escribir una novela casi policial, casi histórica, pero con un mensaje espiritual, que ya declara al principio: “la capacidad del arte, de la música para sanar las heridas del alma y elevar al ser humano”. En las penúltimas páginas, que suceden en el Vaticano, aparecen Daniel Barenboim y el papa (sin nombrarlo) Francisco, con quien Roemmers mantuvo una buena amistad y lecturas compartidas. Ese final nos lleva a la esperanza y la fe en el ser humano, a pesar de tantos horrores.

Alejandro Roemmers firmando en la Feria del Libro de Buenos Aires. Foto: José María Plaza.

Poco después de El misterio del último Stradivarius leí su siguiente novela editada en España, Vivir se escribe en presente (Berenice) y, lamentablemente, fue una decepción. Esta novela no suma sino que resta en la biografía de Roemmers. Para empezar, tiene título de un libro de autoayuda. Es lícito y hasta reconfortante combinar en un libro novela y enseñanza al lector, como sucede, por ejemplo, en Mindfulness para asesinos, del alemán Karsten Dusse (Espasa), que es, al mismo tiempo, una buena y divertida novela y una introducción a esa práctica de origen budista del “aquí y ahora” y de la “atención plena”.

"Una vez leído el libro, y tras revisar los créditos, pude entender mi perplejidad: Vivir se escribe en presente es la primera novela de Roemmers, algo que despista y que hubiera sido más piadoso no recuperar"

En la portada de Vivir se escribe en presente se nos dice (algo redundante) “una novela que alberga una oda a la vida y a la importancia de vivir el presente con pasión y gratitud”, pero yo he debido de leer otra novela (a pesar de la referencia a Walt Whitman en sus páginas, “la felicidad no está en otro lugar, sino en este lugar; no en otra hora, sino en esta hora”), porque no he sido capaz de apreciarlo, y lo que sí he visto es una doble historia de malas relaciones de padres e hijos con una leve trama aventurera (una búsqueda, en realidad una doble búsqueda y en dos direcciones) y peripecias y reacciones psicológicas al borde de la verosimilitud.

Una vez leído el libro, y tras revisar los créditos, pude entender mi perplejidad: Vivir se escribe en presente es la primera novela de Roemmers, algo que despista y que hubiera sido más piadoso no recuperar. Casi todos los narradores tienen una primera novela de la que no se sienten orgullosos; algunos no la publican y otros no la reeditan. El libro contiene aciertos (no en la edición), pero fracasa como novela. O esa sensación me ha producido. Un pequeño traspiés en una atractiva y variada trayectoria artística (también se interesa por la música) de este hombre entusiasta, cálido, dinámico, que siempre se multiplica y tal vez nos sorprenda con nuevas invenciones, bien sea como autor o mecenas, ya que al fin y al cabo quizás tenga un algo de príncipe renacentista.

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