En noviembre de 1983, cuando tiene lugar el accidente del vuelo de Avianca 011 en medio del campo, ya cerca de Madrid, poco antes de aterrizar en Barajas, con el resultado de 154 pasajeros muertos de entre las 181 personas que iban a bordo del gigantesco aparato —un Boeing 747, la estrella de la aviación civil por aquellos años, una auténtica joya destinada a surcar los cielos sin temor a ningún tipo de problema—, Gabriel García Márquez, que ya cargaba en su repleta mochila obras de tan hondo calado como Cien años de soledad y El otoño del patriarca, hacía un año y un mes que la Academia Sueca le había otorgado el Nobel de Literatura por su “imaginación rica, reflejando la vida y los conflictos de un continente”, como se recogía en el acta del jurado.
Entre los invitados, estaban el prestigioso crítico Ángel Rama, los novelistas Manuel Scorza y Jorge Ibergüengoitia, que ahora pasan por un completo e injusto olvido, y la colombiana, experta en arte, Marta Traba, una mujer comprometida que se había ganado el respeto y la admiración de todos los intelectuales de la época.
Los cuatro formarán parte del elenco de personajes que desfilan por la novela de Jesús Gallego, escrita, conviene decirlo cuanto antes, primorosamente, con una prosa limpia, clara y sugerente. Pero no serán las únicas figuras a las que el autor les preste la debida atención. Están esos otros, quizá menos conocidos, es verdad, pero cuyas vidas, sumidas en el anonimato, darían para un texto aparte, como la sabia y simpática azafata, de sonrisa encantadora, María Elena Mendoza, cuya ilusión de encontrarse en Madrid con el joven y apuesto Juan Antonio Maldonado —lector de Cien años de soledad— para declararle un amor que andaba larvado, se ve truncada por el fatal percance. Son muchos los personajes, cada uno con su novela a cuestas, que diría Galdós, que permanecen en la memoria del lector gracias a la destreza de Jesús Gallego, a ese interés que pone, desde la primera página, por devolverles la vida que perdieron inesperadamente. Toda una variedad de nombres entre los que destacan, a mi entender, por su complejidad psicológica, Elías de la Calle, el sindicalista corrupto que se convierte en confidente de la patronal, el controlador de aproximación Antonio Robles, responsable, en parte, del siniestro, o la pareja de mujeres extranjeras, formada por Agneta y Birgitta, que acuden, emocionadas, a Bogotá, donde les esperan un par de niños dados en adopción. Pero, como se refleja en la bien traída cita que va al frente de la obra, que lleva la firma de uno de los más grandes de nuestra literatura, Javier Marías, una vida es bien poco y, una vez terminada, “sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida”. Así pues, Jesús Gallego no hace sino bucear en el corazón humano, como dijo en su día doña Emilia Pardo Bazán a propósito de Fortunata y Jacinta, de Pérez Galdós.
Se equivoca quien piense que la novela es tan sólo una recopilación pormenorizada de datos pasados a limpio y puestos en orden para que parezca un relato. Nada más lejos de la realidad. Muy al contrario, con todo el material con el que cuenta el autor, fruto de una pormenorizada, lenta y paciente investigación, se logra encauzar y darle forma a una sustanciosa documentación que, en cualquier caso, no entorpece la lectura de estas páginas. Una vez más, los árboles no impiden que veamos con claridad el bosque, como sucede, dentro de esta misma línea, en títulos gloriosos como A sangre fría o La verdad sobre el caso Savolta. Todos los datos, informes, recortes de periódico, comunicados, notas de prensa, etc. que aquí se plasman ayudan a que Jesús Gallego, con ese realismo descarnado de raigambre naturalista del que hace gala, salga airoso e indemne en un terreno muy resbaladizo, en donde las heridas siguen sin cicatrizar del todo.
El autor es consciente de que, sin una precisa contextualización, los hechos que ahí se narran no serían comprendidos en su plenitud. Pero su ambición por dejar las cosas bien claras va mucho más allá. Hablamos de una España sumida en un constante asedio terrorista por parte de ETA. De una España en la que un joven abogado de ideología socialista ganaba las elecciones por mayoría absoluta. De una España en donde el fenómeno turístico había desbordado todas las previsiones, y era necesario subirse al carro de la modernidad a marchas forzadas. Pero, al mismo tiempo, también asistimos, con perplejidad, a una España en donde los que mandan se gastan el dinero sólo en lo aparente, en lo que se ve, tirando de improvisación e informalidad. Y una España, en fin, en la que comienzan a asomar, de manera vergonzosa, las llamadas cloacas del Estado, la guerra sucia alentada desde las propias instituciones. Un país, como aquí mismo se nos recuerda, de rinconetes y cortadillos.
Sin olvidar que fuera de los despachos, unos metros más allá de los edificios públicos, en Madrid sonaban, como un dulce sueño, los inconfundibles acordes de la “Movida”, con brillantísimos cantantes y grupos musicales, cineastas, escritores, actores y artistas plásticos que dejarían una huella imborrable. De ahí que Jesús Gallego, con toda justicia, se centre y se recree en todo lo referente a la cultura. No ignora, por ejemplo, que la literatura hispanoamericana había aterrizado, con una fuerza brutal, en las editoriales barcelonesas hacía unos pocos años, con todo un variado repertorio de obras en las que se cuenta, pormenorizadamente, con absoluta libertad, lo que está ocurriendo en el mundo latinoamericano, que vive su propia Edad Media, el tiempo de los tiranos.
Las conversaciones que tienen lugar —y que pertenecen al ámbito de la ficción, de las hipótesis, aunque repletas de verosimilitud, en las que Jesús Gallego apuesta por un narrador omnisciente— dentro del avión entre algunos escritores que van camino del ansiado encuentro en Colombia, nos iluminan sobre esos otros aspectos, que no conviene dejar de lado, que están en relación directa con la creación literaria y el misterio de la escritura: “Cada lector —le asegura Jorge Ibargüengoitia al crítico Ángel Rama, en tanto el avión se encamina, como un pájaro sin rumbo, hacia la inexistencia, hacia la nada— lee una novela diferente”. Y añade: “Tú escribes un libro y lo echas al río sin saber qué será de él, si será el que escribiste u otro distinto”.
Por otra parte, el autor de estas páginas, que es un reconocido y bien experimentado periodista que se mueve en la parcela del deporte, también deja constancia en la novela del fervor popular que existía en España, cuando aún no habíamos ganado casi nada con nuestra selección, por el fútbol, que “sirve para llevar mejor la vida”, con referencias a los encuentros de equipos como el Real Madrid, y a periodistas tan populares y mediáticos como el inimitable José María García, por entonces en las ondas de la Cadena SER.
Al margen de los aspectos puramente temáticos, el relato que nos lega Jesús Gallego posee otras cualidades, fáciles de detectar, que lo convierte en una obra de incuestionable calidad. De un lado, se percibe esa manera, heredada de la gran novela del siglo XIX, de saber jugar con el tiempo, de convertirlo en una materia maleable que se detiene a veces o que transcurre a gran velocidad, según se requiera en cada pasaje. El avión, en ocasiones, parece como si estuviera suspendido en lo alto del cielo, como si su imagen se quedara congelada y el ruido del motor enmudeciera para dar paso a las conversaciones y a los pensamientos más recónditos de los confiados pasajeros. Avanza, cortando el aire, que apenas se le resiste, y sin embargo no parece llegar nunca al destino que le aguarda; ese instante trágico conocido por todos y que queda plasmado en las últimas espléndidas páginas, que el autor resuelve magistralmente, sin recurrir a truco alguno.
Llegados a este punto, no sería exagerado aventurar que Jesús Gallego, en el fondo, con su segunda novela, después de haberlo bordado con Herencia, ha intentado poner en nuestras manos, con más luces que sombras, una novela total, término que Vargas Llosa, un ilustre ya por aquellos años ochenta, en los que había publicado verdaderos monumentos como La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en la Catedral, puso de moda en un género proteico que, según sus propias palabras, pretendía ser una especie de testimonio cifrado, de representación del mundo.
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Autor: Jesús Gallego. Título: Náufragos del cielo. Editorial: Roca. Venta: Todos tus libros.


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