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Quique González: “Si ya desechamos la utopía, está todo perdido”

Quique González: “Si ya desechamos la utopía, está todo perdido”

Quique González (Madrid, 1973) es heredero de todas las canciones que faltan por cantar y, desde hace ya veintidós años, fabricante de paraísos sonoros y líricos. Educado en el arte “de no ser ni profeta ni suicida”, navegó contracorriente por mares discográficos tormentosos y, pese a las dificultades, siempre llegó a ese buen puerto en el que una inmensa minoría, cada vez menos minoritaria y cada vez más fiel, le esperaba con hambre canina de sus versos y de sus acordes. La primera vez que supe de su existencia fue en 2006, cuando, durante unas semanas, el canal Sol Música emitió sin parar el vídeo de “Caminando en círculos”, recogida en el directo Ajuste de cuentas —y en el que colaboraron, entre otros, Enrique Bunbury, Iván Ferreiro o Jorge Drexler—. Los tres discos que le siguieron, Avería y redención #7, Daiquiri Blues y Delantera Mítica, le encumbraron al Olimpo de los cantautores/rockeros patrios. Entre otras aventuras, teloneó a Bob Dylan y giró con Lapido. En 2016 publicó su trabajo más explosivo y eléctrico, Me mata si me necesitas, y, tres años después, a modo de reverso desnudo y acústico, parió Las palabras vividas, compuesto por diez piezas escritas por el poeta Luis García Montero y musicalizadas por el músico.

Aprovechando esta percha, Zenda entrevistó a González en la tarde previa a su concierto en el Teatro Circo Price. El compositor salía de un resfriado y venía de almorzar un caldito regenerador por Tirso de Molina —no hubo rastro del catarro, por cierto, en el fantástico show que dio horas después—. Conversamos en la Alemana, la cervecería de la plaza de Santa Ana en la que se inflaron a copas Ava Gardner, Dominguín y Hemingway.

—Quique, ¿al principio fue el Verbo, como escribió el evangelista?

"Con una buena letra puedes hacer una buena canción, pero sólo con una buena música y una letra floja…"

—Para mí sí. En lo que respecta a las canciones, siempre he pensado que la palabra tiene un poquito más de peso e importancia, que condiciona más una canción que la melodía. Condiciona el tono e, incluso, el paisaje sonoro. Todo. Con una buena letra puedes hacer una buena canción, pero sólo con una buena música y una letra floja…

—Se tambalea más el puente.

—Sí, creo que se se tambalea más.

—¿Cuál es su palabra favorita?

—Bueno, hay varias. “Libertad” y “profesional” son dos de ellas.

—¿Por qué?

—(Piensa) Me da la sensación de que abarcan mucho, las dos son muy abstractas.

—Ha mencionado “profesional”. El tópico habla de “sexo y drogas”, pero en el rock o, al menos, los rockeros que yo he conocido son gente muy profesional. Bunbury es, en este sentido, un paradigma: qué tipo tan riguroso, tan preciso y perfeccionista en todo lo que hace…

—Cuando digo “profesional” no me refiero sólo a la música, sino también al tipo que te atiende en un restorán, o al tipo que te arregla la barba. La gente que es profesional demuestra amor por su trabajo y respeto por el que tiene enfrente. Me parece que a partir de ahí se pueden construir cosas y puede surgir la admiración.

—A propósito de la admiración: leí que, en la presentación que hicieron de Las palabras vividas en Málaga, Luis García Montero dijo: “Uno de los derechos fundamentales del ser humano es el derecho a la admiración, y ese derecho se suele olvidar en estos tiempos de rencores, zafiedades y prisas”.

"Para Luis García Montero es muy importante el hecho de admirar a la gente más joven que él. Esto lo aprendió pronto de sus maestros"

—Para Luis García Montero es muy importante el hecho de admirar a la gente más joven que él. Esto lo aprendió pronto de sus maestros. De Alberti, concretamente. Normalmente, cuando uno llega a tener un estatus como el que tiene Luis, que es una figura poética imprescindible, tiende a minusvalorar lo que escribe o lo que canta gente de la generación posterior. Y Luis siempre hace un esfuerzo por apreciar eso.

—No es como Juan Ramón Jiménez, que pasó de simpatizar y arropar a la Generación del 27 a, como cuenta Manuel Vicent en Los últimos mohicanos (Alfaguara, 2016), a negarse a ir “con esos mariconcillos de playa” al homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla.

—Tiene que ver mucho con la típica envidia española. Se da el caso de gente que nombra a autores o a músicos como influencia al principio de sus carreras y en cuanto les empieza a ir bien dejan de nombrarlos. Eso, bueno…

—¿Algún cantante o grupo ha hecho eso con usted?

—No. O no me he dado cuenta. Pero sí lo he visto en otros casos.

—Volviendo a las palabras: ¿cuál es la que más detesta?

—“Mentira”, “manipulación”… Detesto mucho “disciplina”, pero es porque me gustaría tener un poco de disciplina en ciertas cosas de mi vida, aunque luego uno tiene más de la que parece. Pero sí, esas son unas cuantas palabras que detesto (risas).

—Imagino que la palabra “padre” no le suena a usted hoy como hace unos años.

"Padre suena a responsabilidad máxima y a amor verdadero también"

—“Padre” suena a responsabilidad máxima y a amor verdadero también. Sucede que yo he sido padre con 45 años. Casi todos mis amigos que han sido padres han tenido a sus hijos antes que yo, y entonces has tenido que ver muchas cosas y escuchar muchas cosas sobre la importancia que tiene, y, cuando no eres padre, piensas: “Seguro que están exagerando un poco”, y luego, cuando eres padre, te das cuenta de que absolutamente todo es verdad. Cada uno con su cosa, claro.

—¿Hablamos mucho diciendo muy poco?

—Sí. Porque hay como un interés en llenar de contenido todo. Importa más que haya hoy algo que decir a que lo que hay que decir sobreviva los próximos dos días —o mantenga su importancia, mejor dicho, los próximos dos días—. Vivimos en una sociedad con exceso de información y exceso de contenidos. Lo ves en las plataformas y todo eso. Me ha llegado a agobiar un poco. Mi generación era de ver dos películas al mes, como mucho, y comprarte un vinilo ahorrando; ahora todo está ahí y gratis. Y no nos han enseñado a elegir la información, a buscar la información que queremos. Está todo ahí pero no significa que se pueda digerir: es imposible de digerir. Están todas las películas, todas las series… Es imposible de asimilar todo. Ahora, las conversaciones versan mucho sobre las series que ha visto la gente. Y sientes que vas un poco más lento cuando tus amigos te hablan de series que han visto, y eso que, bueno, yo soy fanático de las series buenas. Pero sí, no hay espacio ni tiempo para asimilar toda la información. Después de ver El irlandés en el cine, creo que mola darse un paseo y ver qué te ha dejado esa película en la cabeza, y no inmediatamente…

—…ir a ver Star Wars 12.

—Claro, o una serie que, no sé, que no te deje, que pase eso por tu cuerpo, y que pose. Con los discos pasa lo mismo, claro.

—Con motivo de la entrevista que hice a Jesús Quintero en Zenda, hace unos días estuve con Jordi Évole. Hablamos sobre Rafael Escobedo, el condenado por el crimen de los marqueses de Urquijo que, durante una entrevista con el Loco de la Colina, anunció que se suicidaría. En efecto, un par de semanas después de la emisión, Escobedo se quitó la vida. Évole me preguntó qué repercusión tendría hoy una entrevista similar. Le respondí que sería trending topic unas cuantas horas, un par de días, a lo sumo, y que luego el personal pasaría a otra cosa. Hoy es todo tan rápido, tan líquido, tan de clic al peso…

"Es como que da igual la burrada que se diga en Twitter, en otras redes sociales: al día siguiente va a ser sustituida por una burrada más grande y, al día siguiente, por otra cosa"

—Es que es eso: a los dos o tres días no le importaría a nadie. O al día siguiente. Si es que… Es como que da igual la burrada que se diga en Twitter, en otras redes sociales: al día siguiente va a ser sustituida por una burrada más grande y, al día siguiente, por otra cosa. Ya no hay una asimilación del contenido, ni del pequeño ni del grande.

—¿El silencio es un bien infravalorado?

—Sí, yo creo que sí. En la música, el silencio es casi lo más importante. Lo dijo Thelonious Monk: “La nota más importante es la que no tocas”. Es la que da importancia a todo lo demás. El silencio tiene que ver con lo que estábamos hablando: con la asimilación, con la reflexión. Que exista un silencio no significa que no pase nada.

—En Las palabras vividas, canta y musicaliza Quique González, pero quien escribe es Luis García Montero. Es increíble el ejercicio de, digamos, fusión: a mí me dicen que estas letras las ha escrito Quique González y no García Montero, y yo me lo creo.

—Eso tiene mucho que ver con la generosidad extrema de Luis. En cada cosa que hace y en esto también. Ha escrito unas canciones —canción como género— pensando en mí, en mi mundo y en mis otras canciones. La primera idea que me rondaba era poner música a poemas suyos, y Luis me la quitó de la cabeza proponiéndome esta idea, que a mí me parece también más interesante. Luis podría haberme dicho “haz lo que quieras, elige los textos que te vengan bien”, y él optó por hacer el esfuerzo de entrar en mi mundo y…

—…y ponerse el traje de Quique González.

—Exacto.

—Volvamos a Las palabras vividas. En “Mi todavía”, canta: “Mis cuatro corazones son conscientes / del viento que me sigue y que me gana”. ¿Cómo es ese viento que le sigue y que le gana?

—Llevándolo a mi vida… (Piensa) Tiene que ver con la emoción. Es lo que nos hace movernos. La emoción y los sentimientos son los que me llevan a un sitio o a otro. Incluso geográficamente.

—Usted se fue a vivir a Cantabria por una broma que fue demasiado lejos.

—Sí, por una broma que gasté a una novia que tenía. Vi una foto de una casa en un restorán, cerca del sitio donde vivo. Entonces le gasté una broma a la que era mi pareja en aquel momento. Me hice pasar por un agente inmobiliario. Y ni siquiera estaba buscando una casa, ni pensaba en irme a vivir a Cantabria. Entonces, la broma acabó visitando esa casa, llamando por teléfono a la gente que la vendía y, nada más entrar en la casa, que nos dijeron que podíamos abrir la valla de abajo, que estaba abierta, me quedé enamorado del sitio. De hecho, no busqué ninguna casa más y el lunes estaba pidiendo una hipoteca en el banco pensando que no me la iban a dar. Esto fue hace quince años. Y me metí en ello, sí, sí. Luego, al año no estaba con esa pareja y he estado doce o trece años solo. Pero sentía que era mi lugar en el mundo, como la película de Sacristán.

—¿La ciudad se sigue preguntando quién va a ser “el voluntario de las utopías”, o ya está todo perdido?

"Creo que hay que confiar en la cabeza, en la ilusión y en la fuerza de la gente más joven, que viene con muchas ganas"

—Si ya desechamos la utopía, ya está todo perdido. Mientras exista la utopía, hay un hilo de esperanza. Desde siempre, todas las generaciones piensan que está todo perdido, que los tiempos han cambiado demasiado rápido, y supongo que todos pensamos, en un momento de nuestra vida, que vivimos en un mundo que cada vez entendemos menos, al que no perteneces. Pero creo que hay que confiar en la cabeza, en la ilusión y en la fuerza de la gente más joven, que viene con muchas ganas.

—En realidad, “utopía” no significa “imposible”. Es u-topos, “no-lugar”.

Claro. Si existe en tu cabeza, es posible.

—“Pronuncio libertad y pienso en una plaza / donde van a morir las malas soledades”. Hace unos años, las plazas se llenaron; después, se vaciaron; ahora, los líderes de esa gente que ocupó las plazas están en las más altas instituciones del país. ¿Es motivo de susto o de esperanza?

"Esto del 15-M sucedió hace seis años más o menos, ¿no? Aunque parece que se han, digamos, estandarizado políticamente, creo que el germen de aquellos días ha sido muy importante"

—Para mí de esperanza. Sí, sin duda. Es gente joven, o más joven, con nuevas ideas, dando nuevos significados a palabras desgastadas. Esto del 15-M sucedió hace seis años más o menos, ¿no? Aunque parece que se han, digamos, estandarizado políticamente, creo que el germen de aquellos días ha sido muy importante para renovar la conciencia social y para renovar la esperanza de mucha gente y para inquietar, aunque sólo sea un poquito, al poder establecido, a las grandes corporaciones y a los viejos partidos políticos.

—En una de sus primeras canciones, “Justin y Britney”, cantaba: “Pero no llegará / la sangre al río”. ¿Sigue suscribiendo ese estribillo?

—Pues… no lo tengo tan claro (risas). Me gustaría pensar que no va a llegar la sangre al río, pero me gustaría que se agitara todo un poco y que, no sé… Claro: hay partidos políticos que buscan la confrontación continua porque eso les renta, les da votos.

—Si me permite, le voy a hacer un cuestionario sobre libros y lecturas. ¿Recuerda cuál es el primer libro que leyó?

—Creo que es alguno de la colección de Los Cinco, de Enid Blyton, que cogí a mi hermana, que es mayor que yo.

—¿Algún libro que alimentara su vocación?

—Sí: Crónicas, vol. 1, de Bob Dylan.

—Un libro de memorias tan extraño…

—Sí. Siempre en Dylan hay algo como que está inventado. Sabes que no todo pasó así. Es imposible que se acuerde con tanto detalle de todo, pero sí, me parece una Biblia para cualquiera que haga canciones, seas o no fanático de Dylan, como es mi caso.

—Mi capítulo favorito de ese libro es el…

—¿El de Oh, Mercy?

—Bingo.

—El mío también. También es de mis discos favoritos de Dylan. Me encanta toda la historia. Creo que su novia era una cantante de góspel que estuvo un tiempo en su banda. Y, creo recordar, la banda de Daniel Lanois, el productor, tenía mogollón de Harleys en la puerta del estudio, y él decidió comprarse una y se fue un par de días con su novia por ahí, y recuerda que entra en una tienda, no sé sabe muy bien qué había ahí, pero se tiró dos horas hablando con el tipo, que era muy interesante, y salió y su novia ni siquiera le dijo nada, no le reprochó nada. Me encanta ese capítulo, que termina diciendo que “ni Daniel Lanois ni yo llegamos donde queríamos, pero a veces, llegar a donde quieres no es lo más importante”. Es impresionante.

—Usted versionó “Is Your Love in Vain?”, del Street Legal. ¿Sintió vértigo?

—Lo hice por pura pasión por esa canción. Empecé a hacerlo, salieron los cuatro primeros versos, que me cuadraban muy bien, y seguí insistiendo. Me costó muchísimo más tiempo que muchas de las canciones de ese disco. Y la verdad es que estoy contento con el resultado, con cómo quedó.

—¿Cuál es su canción favorita de Dylan?

—“Workingman’s Blues #2”, del Modern Times. ¿La tuya?

—“Things Have Changed”.

—Me encanta. Es la que hizo para la película Jóvenes prodigiosos. Esa canción es increíble.

—Volvamos a los libros: dígame tres que considere imprescindibles.

"Para mí ha sido, y no te lo digo por cumplir, muy importante Habitaciones separadas de Luis García Montero. Para amar la poesía y para escribir canciones también"

—El Padrino: soy fan de la peli, pero el libro me parece espectacular. Hay una definición de los personajes… Me acuerdo de la de Al Neri, el guardaespaldas de Michael Corleone, que en la película sale en tres momentos… Bueno, pues la descripción de ese personaje, que es un expolicía, cómo es reclutado… es increíble. Hay un amigo mío que dice: “Cuando mi hijo cumpla catorce años, quiero que lea El Padrino”. Luego, para mí ha sido, y no te lo digo por cumplir, muy importante Habitaciones separadas de Luis García Montero. Para amar la poesía y para escribir canciones también. Y La insoportable levedad del ser, de Kundera. Lo leí hace tiempo y me tocó mucho.

—¿Alguna obra que le haya quitado el sueño?

—El poder del perro, de Don Winslow. Es terrorífico. Me encanta Don Winslow, lo he leído todo o casi todo.

—¿Algún autor u obra que no soporte?

—Todos los libros de autoayuda, en general. Me da igual el autor. Todos los libros que venden humo en lugar de soluciones. Habrá gente a la que les sirva, pero creo que a la larga…

—Son libros homeopáticos.

—Totalmente.

—¿Algún personaje literario del que se haya enamorado?

"He estado unos años leyendo mucha novela negra, y me gusta mucho el personaje de los libros de John Connolly de la serie Charlie Parker"

—Últimamente menos, pero he estado unos años leyendo mucha novela negra, y me gusta mucho el personaje de los libros de John Connolly de la serie Charlie Parker. Me parece un personaje cojonudo, con muchas aristas… me encanta.

—¿Alguno al que haya querido asesinar?

—No realmente. A tanto no llego (risas).

—¿Qué está leyendo ahora?

—Estoy leyendo La imagen secreta, de Montero Glez. Soy muy fan de Montero Glez.

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