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Raúl Zurita, la voz de la herida sangrante

Raúl Zurita, la voz de la herida sangrante

Tengo la impresión de que hacerse mayor como crítica, como lectora y amante de la literatura, supone que, de alguna manera, lo que más acaba por llamar la atención al acercarse a un libro/creación es que sea una obra acabada, rotunda, completa. Y Raúl Zurita es, en sí mismo, una obra completa, su propia obra en carne y verso. Esto lo convierte en el penúltimo de una excepcional generación latinoamericana de gigantes transformadores y visionarios de la prosa y el verso que se ha venido desvaneciendo irremisiblemente con la pérdida de sus iguales: César Vallejo, Julio Cortázar, Vicente Huidobro, Gabriel García Marquez, José Lezama Lima, Ernesto Cardenal, Nicanor Parra. Nos queda él, heredero de la alta dignidad de la palabra justicia, de lo que supone la memoria de los muertos en esta otra época.

Sobre la noche el cielo y al final el mar no es únicamente una novela, sino un juego de espejos cóncavos que (re)construyen la historia de un desgarro llamado Raúl Zurita. Le sucede lo mismo que a la anterior, El día más blanco: se impregna del ritmo de la poesía con música de fondo y de la fuerza de un glaciar para traspasar sus límites de nuevo, para convertirse en una revelación desasosegante donde ficcionalización y realidad, alucinación, sueños de terror y verdad amarga se fusionan misteriosamente en una única voz. La suya, que está en las tres palabras clave: noche, cielo y mar.

Zurita supo que ahí hallaría su destino:

“imaginas así el mar e inmediatamente la cúpula del cielo que subía azulándose sobre él hasta emerger como una oscura mejilla entera cuajada de estrellas” (p. 86).

La respuesta a la masacre que supuso el inicio en 1973 de la dictadura de Pinochet y las torturas a las que fue sometido, como tantos otros intelectuales, son el desencadenante de su vida/labor:

“el formón está en una caja de herramientas que seguramente alguno de los dos estudiantes que le arrendaba una pieza a tu madre había dejado en el clóset de abajo; fuera del mango el formón tendría unos veinte centímetros de largo y tal vez tres de ancho. Luego prendiste el calefón y lo pusiste entre las llamas del encendido. Cuando estaba al rojo lo sacaste. Te quedaste un rato mirándote en el espejo con el formón incandescente cerca del rostro y de pronto, sin más, lo hundiste en tu mejilla izquierda, el dolor era insoportable, pero apretaste los dientes aguantando el grito” (p. 85).

No sé si está ahí el desencadenante (intuyo que no) pero ahí estriba su esencia. Luego nos va contando, en forma de flashes, el Colectivo de Acciones de Arte (CADA), los gritos y la furia de las piedras, el amoníaco que no cegó una mirada de tristeza muda (“verás no ver / y llorarás”, acaba Diálogo con Chile, su performance de veintidós kilómetros sobre los acantilados, entre Pisagua e Iquique), los témpanos de hielo inabarcables, el desierto en su inmensidad perturbadora o el hombre que camina con la cabeza del hijo colgando de su cintura, ese mismo hombre que se pregunta:

“qué cosa somos sino unas decapitadas cabezas de trapo inyectadas con salivazos y sangre que nuestros padres van cargando por esta vida, tal como a nosotros nos toca cargar con la cabeza cortada de nuestros hijos” (p. 46)

a pesar de que:

“todo se lo va tragando el tiempo, y todo se lo va tragando la noche y todo se lo va tragando la muerte” (p. 137).

Pero hay que avanzar aunque sea hacia un mar que ruge. Resulta imprescindible hacerlo porque, por instantes, la vida puede ser hermosa (“incluso en medio del derrumbe total, incluso en medio de los desaparecidos y los muertos, toda persona tiene derecho a su segundo de felicidad”, p. 167), tal vez mientras los aviones surcan el cielo dejando un mensaje de arte trascendido porque, al final, sólo nos sobrevivirá la poesía, el arte. No se puede frenar el fatum aunque todos se vayan quedando atrás, incluso uno mismo.

Así se desarrolla la vida interpretada desde el dolor: levantarse para caer, levantarse para volver a caer de nuevo en un ciclo perpetuo asociado a cada existencia. Omnipresente en cada página, en cada línea, está este chileno ya universal, como creador inmenso, rebelde y libre que abraza el borde del precipicio. El autor de una ontología de la identidad en su eterno peregrinar viviendo junto a los muertos (los que han formado parte de su historia personal y otros, los desconocidos en nichos sin nombre, en zanjas). Unos muertos que están presentes en cada gesto de ese poeta desmembrado, del protagonista de esta novela biográfica que descubre el sentido de la existencia en los detalles mínimos de lo que se dice y lo que se calla, de un ser que vive para desenmascarar el sufrimiento de millones de personas. Así logra el milagro: honrar a los artistas outsiders que rompieron barreras durante los años setenta y ochenta y, a la vez, forjar una conciencia colectiva para la recuperación de la memoria de los mutilados, los desaparecidos, los exterminados por la dictadura pinochetista.

Sobre la noche el cielo y al final el mar es, además de Raúl Zurita en estado puro de clarividencia y brillantez de dislocación léxica, un canto de amor a la verdad y a la justicia, aunque se lo lleve a uno por delante. Y luego viene la novela. El lector se enfrenta a una obra feroz en su autenticidad, que obliga a seguir leyendo sin parar porque te zarandea, te despierta a cada instante para que no se olvide una ignominia de la que siguen manando ríos de sangre manriqueños pero que, aquí, desembocan irremisiblemente en un aterrador mar de piedras.

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Autor: Raúl Zurita. Título: Sobre la noche el cielo y al final el mar. Editorial: Penguin Random House. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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