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Satanás no se nombra

Blackie Books nos ofrece, esta vez, una jugosa invitación a pensar en y entretenernos con el Mal. El Mal representado como un elemento fundamentalmente antropocéntrico y teológico, en múltiples direcciones: el pecado y la tentación, el fascismo, las guerras, la fascinación por lo banal, el capitalismo, la sociedad misma, la diversión al margen del ansia productiva, el vértice podrido de nuestro (imaginado) espíritu, el cansado nihilismo que se muerde la cola (o el rabo de diablo), el sarcasmo y la ironía (desafiantes de lo sagrado)…

De entre los cientos de disertaciones, esta antología satánica —editada y prologada por el gran Jorge de Cascante— incluye un fragmento que quisiera rescatar aquí, perteneciente a La literatura y el mal, de Bataille. El filósofo francés recupera unas palabras de Sartre a propósito de la libertad y el Mal, profundamente relacionados: “¿Pero qué es en definitiva Satán sino el símbolo de los niños desobedientes y mohínos que lo que piden a la mirada paterna es que les retenga en su esencia singular, y que realizan el Mal en el marco del Bien para afirmar su singularidad y consagrarla?”.

"El imaginario íntimo puede ser un arma diabólica, una ponzoña que debe quedarse dentro de una. Si se expone, si se escribe y publica, la ponzoña se expande"

La reducción del diablo a un niño atento a la mirada del padre (Dios) articula en esencia muchos de los relatos propuestos en el presente recopilatorio, la mayoría occidentalizados y vigilados —en mayor o menor grado—por el Gran Ojo del cristianismo. De hecho, solo hay que echar un rápido vistazo a los dibujos de Reverdin (que ilustra felizmente esta antología diabólica, como ya lo hizo antes con la felina y la perruna) para advertir una estética caricaturesca e infantilizada del demonio. La complicidad y dependencia de este para con Dios es tal que “Dios jamás habría llegado al gran público sin la ayuda del diablo” —recupero esta cita de Jean Cocteau, también presente en la obra—.

Siguiendo la estela de la moral cristiana, Sara Mesa, en el cuento Verde clarito, apunta al cuerpo mismo, a la propia identidad. El imaginario íntimo puede ser un arma diabólica, una ponzoña que debe quedarse dentro de una. Si se expone, si se escribe y publica, la ponzoña se expande. Ante tales circunstancias, el concepto del Mal (personificado en el diablo) termina confundiéndose con el yo; en otras palabras, cabe preguntarnos: ¿es mi cuerpo un continente del demonio, o yo misma soy perversa, más perversa incluso que él?

"También se nos da la oportunidad de pensar el Mal como entidad subyugada enteramente al azar. En otras palabras: lo accidental como potencialmente maligno"

Pero hay otros ángulos desde los que se representa aquí el Mal. La escritora Irene Solà, por ejemplo, lo pincela en su relato Todos los nombres descentrándolo del Verbo. Dicho de otro modo: como un elemento que escapa al poder creador de la palabra —dominio este de Dios—, así como de la repetición, la insistencia, o la ciega voluntad de sumisión al diablo (Lloró. Dijo: “Por favor”. Dijo: “Ven”. “Quiero que vengas”. Lo llamó por todos sus nombres […]. Pero no vino). ¿Es el diablo, quizá, la propia ausencia de respuesta ante la necesidad y el desgarro más pueril? ¿Ante la mirada interna más extrema que necesita de un ojo voyeur omnipotente y descargado de leyes morales?

También se nos da la oportunidad de pensar el Mal como entidad subyugada enteramente al azar. En otras palabras: lo accidental como potencialmente maligno (primero, sí, el accidente, y luego su nominalización y clasificación). Si bien no se aborda este ángulo directamente, sí se roza de un modo disperso en varias de las obras seleccionadas.

"El diablo es una arquitectura compleja, quizás un sueño de ruptura radical entre la mirada interna y el exterior; el deseo, en fin, de no estar solos, creando y proyectando la ilusión de un doble"

Podemos hablar también de nombres, épocas, territorios, de géneros incluidos en la presente antología. De la mirada desoccidentalizada de Amiri Baraka, poeta de ascendencia africana, quien tilda enérgicamente a los Estados Unidos de «Bestia del Apocalipsis» (Quién es el 666); de la experiencia millennial que salpica el cuento (inédito) de Elisa Victoria, para quien Satán es una turba de tipos medio adolescentes y encocados que te gritan que qué pena que no lleves más corta la falda; del folclore náhuatl, cuyo imaginario penetra en el desdibujado diablo de Jazmina Barrera, autora mexicana. O de la sensibilidad decimonónica que retrata el Lucifer del británico G. K. Chesterton. Cabe apuntar, asimismo, el desplazamiento del Mal desde Satán a otros elementos menos figurativos, perfilados por la tensión poética: la luz de la luna (Fernando Pessoa), el derrumbe de las iglesias (Ted Hughes); el deseo de ser insoportable (Anne Carson), o el hambre de un niño (Camilla Grudova).

En cualquier caso, y como es natural, la selección de Cascante no escapa a una mirada ideológica. La ideología, eso que siempre sobrevuela, queramos o no, y que sin duda rezuma en este mismo texto que ha conseguido (fortuna para mí) atraer la atención de usted. El diablo (¿cómo concluir esto?) es una arquitectura compleja, quizás un sueño de ruptura radical entre la mirada interna y el exterior; el deseo, en fin, de no estar solos, creando y proyectando la ilusión de un doble: ¡Satanás!

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VV. AA. Editor: Jorge de Cascante. Ilustrador: Alexandre Reverdin. Título: El gran libro de Satán: Los mejores relatos, ensayos y poemas de la literatura maligna universal. Editorial: Blackie Books. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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