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Ray Harryhausen, que imaginaba dinosaurios junto a Ray Bradbury

Ray Harryhausen, que imaginaba dinosaurios junto a Ray Bradbury

Hay dos tipos de espectadores: los que tienen los efectos especiales entre los principales atractivos de una película —incluso los hay para quienes estos trucajes son lo más interesante de un filme—, y los que supeditan el valor de estos procedimientos a su eficacia en la narración de la historia que una cinta nos cuenta. La puesta en escena al servicio del relato, o viceversa; ése es el dilema. Superman vuela porque es un superhéroe, no porque Roy Field y Dennis Coop —los responsables del numeroso equipo de efectos especiales de Superman (Richad Donner, 1978), aquella primera cinta en la que Clark Kent, tras su transformación, “voló de verdad”— concibiesen una historia en la que un tipo se quitaba la ropa, descubría su traje de superhéroe y, presto a salvar el mundo, se elevaba a sus alturas.

A quienes les basta con la perfección del artificio —“en el cine todo es artificio”, me dirán— el gran Ray Harryhausen —el amo de la truca, el sumo hacedor del stop motion (fotograma a fotograma)—, si tiene algún valor, será arqueológico. Para quienes estimamos que todo, en una cinta de ficción, aunque sea artificio, ha de estar supeditado a la verosimilitud de cuanto la historia nos muestra o nos cuenta, Ray Harryhausen es como una antigua ilusión, un artista del calibre de Georges Méliès que moldeaba sátiros y arpías con trozos de arcilla. Un instrumento de Zeus, se le decía en las noticias que hablaban de él en los años 80, tras el estreno de Furia de titanes (Desmond Davies, 1981), su última producción, para la que también realizó sus últimos efectos especiales.

" Ray Harryhausen, dotado con una imaginación calenturienta hasta eso que vulgarmente se llama alucinación, era capaz de hacer partícipe de su fantasía al espectador"

Si ese relato que el filme nos cuenta es una fantasía, más o menos basada en la mitología griega o en la literatura oriental, los elementos que habrán de darle verosimilitud no tienen por qué reproducir lo cotidiano. Como decía Frank Capra, en el cine vale todo menos el aburrimiento. Así las cosas, Ray Harryhausen, dotado con una imaginación calenturienta hasta eso que vulgarmente se llama alucinación, era capaz de hacer partícipe de su fantasía al espectador. Y, ya una vez captado por el universo de su imaginería, aquella lucha de Simbad contra un esqueleto vivo resultaba tan verosímil como pueden serlo los vuelos de los dragones mediante un procedimiento digital. La gloria de Ray Harryhausen es pretérita, que no efímera. Aún emociona a los niños de ayer, aquellos que animaban las sesiones toleradas a menores de hace sesenta años.

El legendario técnico de efectos especiales que hoy traemos fue —junto con Gerry Anderson y George Pal, dos grandes marionetistas— todo un maestro en hacer que pareciera cierto lo que no es. Artífice del tritón, enviado por la diosa Hera a separar las rocas que entorpecían la navegación de Jasón y los argonautas en su búsqueda del Vellocino de Oro —en la cinta homónima dirigida por Don Chaffey en 1963—, podría apuntarse que Harryhausen, puesto a alucinar, compitió con la mismísima Sherezade al imaginar peripecias para Simbad. Para el legendario personaje de Las mil y una noches concibió una trilogía —Simbad y la princesa (Nathan Juran, 1958), El viaje fantástico de Simbad (Gordon Hessler, 1973), y Simbad y el ojo del tigre (Sam Wanamaker, 1977)— producida por él mismo en colaboración con la Columbia. Todo un hito en la aventura fantástica anterior al ciclo de Indiana Jones.

"Cuando sus innumerables admiradores le otorgaban honores en algunos de los muchos festivales que visitaba —entre otros el de Pozuelo de Alarcón (Madrid)— Harryhausen insistía en recordar que George Méliès se le adelantó"

Sí señor, la gloria de Ray Harryhausen es pretérita, pero no fue efímera. Aún permanece en las retinas de los niños de ayer. Este antiguo animador, que en su juventud imaginaba dinosaurios junto a Ray Bradbury —que el autor de Crónicas marcianas (1950), como ese maestro de la anticipación que también fue ya anunciaba que habrían de ser realidad— pasa por ser el creador de los efectos especiales tal y como se entienden ahora. Pero cuando sus innumerables admiradores le otorgaban dicho honor en algunos de los muchos festivales que visitaba —entre otros el de Pozuelo de Alarcón (Madrid)— Harryhausen insistía en recordar que George Méliès se le adelantó. Y al punto añadía que los mejores efectos especiales de la historia del cine fueron los que Harry Redmond y su hijo llevaron a cabo en King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933), aunque ni siquiera figuren acreditados en los títulos.

King Kong precisamente fue la película que determinó la vocación fílmica de Ray Harryhausen. Parece ser que sólo contaba trece años cuando la vio. No mucho después fundó un club de aficionados a la ciencia ficción junto con Ray Bradbury y Forrest J. Ackerman, también destacado autor de fantaciencia y editor de una revista referencial del género. La amistad con el autor de las Crónicas marcianas —nacida mientras el escritor aseguraba que imaginaría dinosaurios que Harryhausen haría realidad— se prolongó hasta la muerte del cineasta en 2013. Los dos amigos siguieron viéndose con cierta regularidad incluso cuando Harryhausen —nacido en Los Ángeles en 1920— se trasladó al Reino Unido.

Tras una primera colaboración con George Pal en Tulips Shall Grow (1942), llegó el ansiado trabajo para Schoedsack en El gran gorila (1949), toda una oportunidad para alguien que llevaba soñando con dar vida a un simio gigante desde que vio King Kong por primera vez. Y después el primero de los grandes saurios, surgido de la colaboración entre los viejos compañeros: un dinosaurio —imaginado por Bradbury en una de sus primeras adaptaciones— que vuelve a la vida tras una prueba nuclear para asolar Nueva York en El monstruo de tiempos remotos (Eugène Lourié, 1953). Para su creación, Harryhausen —que había servido en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial como realizador de filmes didácticos para las tropas— recurrió a algunas de las técnicas practicadas mientras estuvo en filas. Destacaban entre ellas el rodaje fotograma a fotograma y el retrato de miniaturas, que reproducían fidedignamente las fantásticas monstruosidades ante una retroproyección que mostraba la realidad. Es decir, ya en el ejército, el futuro cineasta tuvo un primer contacto con las que serían dos técnicas fundamentales de su actividad.

"El fin de su filmografía vino dado por Furia de titanes, un regreso a la mitología griega que le sirvió para desarrollar su fantasía por última vez. En 1992 fue distinguido con un Oscar honorífico. Siempre recordaremos su Simbad"

Aún se aplaudía su trabajo en El monstruo de tiempos remotos cuando Harryhausen volvió a causar sensación con los efectos ideados para La isla misteriosa (Cy Endfield, 1960). Decir que fue el primer técnico en efectos especiales conocido por el público es quedarse corto. Al comienzo de los años 60, con la trilogía de Simbad ya en marcha y Los viajes de Gulliver (Jack Sher, 1960) aún en cartel, el entonces joven animador era una auténtica leyenda en la ciencia ficción, ese hacedor de fantasías del que hablamos. Llegó entonces Jasón y los argonautas, de la que también era productor asociado. En esta ocasión filmó una batalla entre los actores y unos esqueletos fotografiando a estos últimos fotograma a fotograma.

Tras poner en marcha los efectos visuales de La gran sorpresa (Nathan Juran, 1964), realiza una nueva colaboración con Chaffey en Hace un millón de años (1966). Además de llevarle a la nunca bien ponderada Hammer, devuelve a Harryhausen a ese mundo de los dinosaurios que le fascina desde niño.

A España, a las España de las coproducciones internacionales, le trajo el rodaje de El valle de Gwanji (Jim O’Connolly, 1969) una fantasía en la que Cuenca se hacía pasar por México y su Ciudad Encantada, por una de esas tierras olvidadas por el tiempo en las que aún habitan los dinosaurios. Toda una delicia para esos niños de ayer que animaban las sesiones toleradas a menores de hace más de sesenta años.

Posteriormente hubo algún documental sobre la vida y la obra del maestro en animar lo inanimado. Pero el fin de su filmografía vino dado por Furia de titanes, un regreso a la mitología griega —tal y como la entiende el cine— que le sirvió para desarrollar su fantasía por última vez. En 1992 fue distinguido con un Oscar honorífico. Siempre recordaremos su Simbad.

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