“Noche de samba en Puerto España” es una vieja canción que integró mi playlist del verano de 1975. En los últimos días he vuelto a escucharla, ya en YouTube y en uno de esos clips muy deficientes —en realidad una grabación en vídeo a la antigua usanza, muy anterior a la generalización del HD— tras haber tenido noticia de la muerte de su autor, Noel Soto, con más de un año de retraso. Soto e Hilario Camacho fueron los únicos cantautores del tardofranquismo y la posterior Transición que me interesaron, por algo muy sencillo: eran los únicos que en verdad estaban en la estela del rock. Soto se me antojaba como un Kevin Ayers español, y Camacho versionaba “Aullido”, de Allen Gingsberg. Del Pau Riba de Dioptría (1970) y del Sisa de Cualquier noche puede salir el Sol (1975), otros dos álbumes fundamentales, tanto del rock autóctono como de mi educación sentimental —aunque estén cantados en catalán y mi lengua sea el español—, hablaré en otro momento. Si bien ya he dejado constancia de lo alto en que los tengo en varios de mis textos.
Me quedo con el recuerdo de “Noche de samba en Puerto España” y la versión de Charlotte Gainsbourg de “Just Like a Woman”, una de las mejores que me ha sido dado escuchar. Hija de Jane Birkin y Serge Gainsbourg —dos auténticos iconos de los años 60 y 70—, no faltará quien piense que Charlotte debe ese sutil reconocimiento del que goza a sus orígenes. Indiscutiblemente, la hija del compositor por excelencia de la canción yeyé francesa —autor, asimismo, de numerosos scores para la pantalla— y una de las yeyés canónicas debió de tener mucho más fácil que cualquier otra persona darse a conocer en un mundo donde sus padres son dos referencias obligadas. Pero haberse convertido en una de las musas más destacadas del cine independiente europeo, con una filmografía que abarca noventa y seis títulos a lo largo de cuarenta y seis años de carrera, no puede ser fruto de favoritismo alguno. El nepotismo, básicamente, es una corrupción, y de las peores, porque corre a cuenta del erario, de los líderes políticos, auténticos profesionales de la abducción y la mentira, cuyos embrollos siempre llevan al enfrentamiento y a la guerra.
Pero no creo que la intervención de Jane Birkin para que Charlotte se presentase al casting de Palabras y música (Elie Chouraqui, 1984) sea nepotismo o tráfico de influencias. Y desde luego, si lo es, es mucho menos censurable que el de los antiguos cantautores comprometidos, que llevan gozando de los favoritismos y prebendas de la cultura oficial desde que se acomodaron en sus pesebres ya en los felices 80, dejando atrás la calle, el obrerismo y las manifestaciones prohibidas.
A mi juicio, en que Charlotte Gainsbourg acabase siendo la intérprete de la Trilogía de la Depresión de Lars von Trier —Anticristo (2009), Melancolía (2010) y Nymphomaniac (2013)— tuvo mucho más que ver aquel video que ilustraba una de las primeras canciones que grabó junto a su padre, “Lemon Incest”. Se trataba de una variación del “Estudio opus 10 nº 3” de Chopin. A raíz de aquello, la entonces pequeña Gainsbourg —nacida en el Londres de 1971, recién acabado el Swinging London, del que su madre también fue musa— empezó a gozar de un reconocimiento peliagudo.
Cuando Jane decía que Serge y ella siempre estaban borrachos, que la priva les procuraba tal euforia que para dormir —durante el día, claro— siempre precisaban somníferos, se daba por sentado que Charlotte también era así. Pero lo cierto es que era ella la sensata, la que con apenas quince años le hacía ver a su padre que, por muy a gustito que se encuentre uno con el ciego, siempre hay un mañana al que volver serenos. En efecto, siendo poco más que una niña, era ella la única que frenaba al gran Serge, máxime cuando Jane se cansó de sus constantes infidelidades y de beber junto a él. Así que aquella “mezcla de fragilidad, oscuridad e inteligencia” que Von Trier vio en Charlotte también era un impulso tan digno de encomio como el de querer apartar a su padre de su decidido afán de autodestrucción. “Siempre estaba borracho, y eso es agotador para una niña”.
Aunque, según su hija, el músico era un borracho llorón —de haber sido un borracho violento hubieran acabado por matarle a golpes en cualquier pelea—, esa dulzura de las ebriedades de su padre no libraba a la hija de la vergüenza que pasan los acompañantes del ebrio entre gente sobria. Tras treinta años de mantener su recuerdo en el limbo de su intimidad —cuando le ponían alguna de sus canciones pedía que las quitasen según escuchaba los primeros compases—, ajustadas con la memoria todas las cuentas pendientes, Charlotte hizo un museo de la casa que habitaron en la calle Verneuil y comenzó a asistir a los homenajes. Tímidamente, en las entrevistas concedidas, se recordó a sí misma intentando que su padre olvidase la sed en los rodajes. Y en un vuelo, un viaje en avión que hicieron, contando Charlotte con la promesa del músico de no pegarle al frasco, ella se quedó dormida y, cuando se despertó, su padre estaba como una cuba. “Era genial, pero siempre estaba borracho. Y para una niña que al día siguiente tiene que ir al colegio, eso es muy difícil de gestionar”.
No sé hasta qué punto pudo influir en Lars von Trier que su actriz fuera hija de uno de los grandes provocadores de la Europa de la segunda mitad del siglo XX, para que le pidiese que masturbase a William Dafoe frente al tomavistas en una de las secuencias más controvertidas de Anticristo, aquella de la polución sanguinolenta. Charlotte, naturalmente, se negó. Al final, como casi todas sus actrices, partió con el realizador danés por su “misoginia”. Ello no fue óbice para seguir inspirando a algunos de los cineastas más destacados de nuestro tiempo: el mexicano Alejandro González Iñárritu —21 gramos (2003)—, la italiana Asia Argento —Incompresa (2014)—, el alemán Wim Wenders —Todo saldrá bien (2015)—, el sueco Tomas Alfredson —El muñeco de nieve (2017)— o el fotógrafo David Bailey, la mirada más lúcida del Swinging London, que contó con Charlotte para su única cinta de ficción: El intruso (1999).
A decir verdad, la carrera como actriz de Charlotte ha alcanzado una mayor proyección que su actividad como cantante. No es como Jane Birkin, que prácticamente basó su repertorio en temas del gran Serge. Aún me llena de esa dulce tristeza que me procura la música su versión de “Ex fan des sixties”. Y no es porque Jane Birkin fuese una de las mujeres que más me gustaron en mis tiempos, es por la elegía que tributa en sus versos a los muertos del rock & roll: Buddy Holly, Eddie Cochran, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Brian Jones… Como yo escuchando a Noel Soto, pero infinitamente mejor. Charlotte Gainsbourg —decíamos—, apenas ha interpretado a su padre. Solo la recuerdo una versión de “Di doo dah”, la misma pieza que Jane interpretó en la antena española en una aparición de Esta noche… fiesta, una de aquellas veladas en directo de José María Íñigo.
Quienes la han visto caminar por las alfombras rojas de los festivales de cine dicen que tiene andares de hombre, como los de su padre. Lo que unido a esas piernas largas —como las de su madre—, que ella muestra con prodigalidad, da al conjunto una extraña apariencia. Ella dice estar muy orgullosa de su forma de andar, que es lo mejor que le dejó su padre. A mí me seduce andando y estando parada. Aplaudo con el mismo entusiasmo a la Charlotte cantante y a la Charlotte actriz.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: