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Remover la tierra, de Antonio Sánchez Gómez

Remover la tierra, de Antonio Sánchez Gómez

Los vertidos mineros están devastando la comunidad de San Agustín de Puñaca. Antonio Sánchez Gómez atiende a la llamada de la organización CENDA para preparar una denuncia ambiental y se instala en Bolivia, donde se enfrenta al drama extractivista pero también a parajes de belleza inusitada. De los Andes a la Amazonía, de Los Yungas a la Chiquitania, incursiona junto a defensores en territorios amenazados o ya convertidos en zonas de sacrificio por la minería y el agronegocio.

A continuación reproducimos el arranque de Remover la tierra (Sigilo).

Ya va a aparecer, dice Germán, pero lo mismo dijo hace treinta kilómetros. De momento, solo las matas de totora siguen difuminándose tras la ventanilla. Y yo no sé si aparecerá antes de que anochezca. El ascenso constante por la puna nos hace rozar los 4000 metros sobre el nivel del mar. Germán esquiva los montículos de tierra y las vicuñas brincan confundidas con los virajes del jeep. Estas dunas son nuevas, se impacienta, están ganando terreno, y da otra vuelta al cassette de los repetitivos e hipnóticos huainos. En el parabrisas se acumula el polvo proveniente del oeste y el cauchi, capaz de absorber la sal, se convierte en el único arbusto imperante. Una franja anaranjada ocupa el escaso horizonte, entre cumbres y nubes, cuando empezamos a sortear barcas panza arriba, desvencijadas y herrumbrosas. Con tanta sal, todo se oxida rápido acá, explica Germán, y se sube la visera como para otear mejor. Ya tiene que aparecer. Pero seguimos traqueteando sobre un páramo ahora desprovisto de follaje, cuarteado, salinizado. Nunca había visto la base de esa chullpa, alza el mentón hacia un torreón de piedra que se yergue sobre la planicie, proyectando la primera sombra desde que salimos de Puñaca, hasta bien arribita estaba cubierta, Germán señala la cúspide derruida. Pasado el roque mortuorio, frena, se apea y hace pantalla con la mano, ¡ahí está!, exclama aliviado. Al bajar del vehículo me inunda un olor salobre, miro hacia donde indica y solo veo un suelo blancuzco que se extiende hasta los cerros. Germán intuye mi extrañeza, ahí, insiste. Y entonces veo cómo se desplaza el piso níveo. Alzo la vista hacia el movimiento de las nubes y comprendo que se están reflectando abajo, en un mínimo espejo de agua.

Así que esto era. Avanzo por el mosaico agrietado, haciendo crujir escamas de peces fundidas en salitre. Islotes destinados a convertirse en colinas rompen el cristal líquido. Los rayos del sol poniente confieren tonos crepusculares a los nubarrones y su reflejo se torna rojizo, distinguiéndose ahora de la costra de sal ribereña.

Recién que baja la luz se ve el verdadero color del agua, dice Germán, carmín, por la copajira.

Ah, respondo decepcionado.

Sentado en su orilla, descalzándome a su altura, le pongo cara al fin, tras tantos meses de inferirlo a través de mapas, instantáneas y gráficos. Los textos utilizados para elaborar la demanda hablaban de un inmenso humedal, parada anual de miles de pelícanos altoandinos. En las fotografías, por encima del verde litoral, los urus tiraban las redes desde sus barcas, en busca de los abundantes peces que cobijaba. Las estadísticas señalan hoy la desaparición de esa fauna. Los estudios prueban que las mineras asentadas junto a los afluentes desvían sus aguas y una vez utilizadas las devuelven mermadas, sedimentadas y contaminadas. Se constata también una evaporación acelerada por el calentamiento global. Las últimas imágenes satelitales muestran la drástica reducción del lago Poopó, que llegaba a tener doce metros de profundidad en este punto.

Podemos atravesar el charco entero, dice Germán, no nos va a cubrir los tobillos.

Cochabamba

En Europa, si planeas montar un local de venta, te cuidas mucho de que no haya ningún otro cerca que ofrezca los mismos productos. Tal vez, encargues un estudio de mercado con tal de evitar la competencia inmediata. Hasta puede que desistas del proyecto si compruebas que la oferta está ya cubierta en la zona. En Sudamérica no. Aquí cuando alguien quiere poner una tienda, digamos, de inodoros, buscará un emplazamiento cercano, el local contiguo si puede ser, a otro bazar de retretes. Si el negocio anterior resiste, ese debe ser un buen lugar para vender letrinas. Dos comercios en funcionamiento serán un reclamo irresistible para el siguiente emprendedor de los váteres. Y la ubicación se irá ratificando hasta el infinito. Así con todo. Funerarias, ortopedias, despachos de abogados, ferreterías. De esta manera gremial, se van sucediendo los negocios por la calle Calama de Cochabamba. Hasta ahí el orden. El caos lo ponen los vendedores sin establecimiento; algunos, móviles, como ese que empuja un carrito cargado de botellitas negras y un megáfono que anuncia en bucle: Petróleo crudo, si está cansado se levanta. Otros, estáticos, como esta señora sentada en una jardinera con una humeante cesta de salteñas, o aquella, directamente en la calzada, junto a una pesa con un cartelito que reza: «Controle su peso por cinco bolivianos», y un surtido de chocolatinas a la venta por si la báscula dice que puedes permitírtelas. Las voces de los comerciantes con local y de los vendedores callejeros se mezclan en una retahíla de productos ofrecidos, elevándose sobre la calle un comunal ¿Qué va a llevar? final.

Al tomar la avenida Ayacucho me topo con una iglesia construida en piedra y adobe. Esculpidos en la portada, unos atlantes indígenas flanquean pinturas de los arcángeles. Materiales, artes y motivos mezclados en una misma fachada. Cruzo la calle para internarme en el antiguo edificio de Correos; por sus pasillos se suceden paradas de libreros y orfebres. Las vericuetas galerías terminan abriéndose a la luz de la 14 de septiembre. La plaza está plagada de carpas y tiendas por una acampada en apoyo al alcalde. Camino, escuchando las proclamas, entre los comederos improvisados por los manifestantes, asentados desde hace días. Bajo los pórticos, stands con información sobre los motivos de la protesta: el político está a punto de saber si ingresa en prisión por una antigua condena. Los periodistas locales cercan con sus grabadoras a una portavoz que advierte de que la vigilia se mantendrá hasta que se resuelva la suerte del edil. Las pancartas vaticinan: «Si tocan a Manfred, Cochabamba arde».

En el centro de la plaza, desde una alta columna, la estatua de un cóndor avista todas las manifestaciones que se están mezclando en sus dominios: la de los comités cívicos que intentan sumar a la población a un paro nacional convocado para esta semana, la de los delegados de la marcha indígena que engrosa filas en su avance desde las tierras bajas hasta La Paz, con el fin de reunirse con el presidente. Muestras todas de una sociedad en permanente movilización, consciente de su fuerza histórica, capaz, si es necesario, de derrocar gobiernos. O imperios: la toma de esta misma plaza prendió la mecha del movimiento libertario en el Alto Perú. O corporaciones transnacionales: los adoquines que piso fueron proyectiles lanzados contra la privatización del agua. Sobre los arcos que limitan el espacio, edificios de estilo colonial, francés y neoclásico. En el balcón de la alcaldía la wiphala ondea junto a las banderas municipal y nacional. Al frente, el edificio del banco nacional y la catedral; los poderes estatales, económicos y religiosos mezclados en el ágora. Los del cuarto poder corren con sus micrófonos y cámaras tras las espontáneas ruedas de prensa del poder popular.

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Autor: Antonio Sánchez Gómez. Título: Remover la tierra. Editorial: Sigilo. Venta: Todostuslibros.   

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