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Retrato ecuestre de la nieta del Caudillo

Retrato ecuestre de la nieta del Caudillo

Un príncipe para una princesa. Desde las estancias del Pardo se urdió una boda llamada a reescribir la Historia de España: una nueva dinastía fusionaría el franquismo con el linaje de los Borbones. Carmen Martínez-Bordiú, nieta mayor de Franco, podía convertirse, con el tiempo, en reina. Su prometido era Alfonso de Borbón, hijo del infante Jaime, quien había renunciado a sus derechos dinásticos por su sordomudez, dejando como heredero a don Juan.

La Ley de Sucesión preveía que Franco sería relevado por un español “a título de Rey”. Juan Carlos había sido designado heredero en 1969, pero aquel enlace abría de golpe un nuevo horizonte sucesorio. A finales del franquismo, con crisis económica, terrorismo en alza y un régimen que intuía su final, los prometidos se convirtieron en la pareja del año 1971.

Los obsequios debían estar a la altura de una boda celebrada en el Pardo, con un vestido de novia firmado por Balenciaga. Carmen decidió regalarle a Alfonso un retrato pintado por Salvador Dalí. La idea, según parece, había partido del propio novio, que le correspondería con joyas que habían pertenecido a la reina Victoria Eugenia.

"La joven recordaría después cómo le preguntó si le gustaban los niños; Dalí respondió que le daban miedo por su crueldad innata "

Un procurador de las Cortes contactó con Dalí, a través del alcalde de Figueras. El pintor pidió cien mil dólares, su tarifa habitual, unos siete millones de pesetas que fueron luego rebajados a la mitad. Los Franco solo ofrecían unas quinientas mil pesetas. Como alternativa, Dalí reclamó para su futuro museo de Figueras la adquisición de alguna obra importante, o la cesión de varias piezas de los depósitos del Prado. Se aceptó esta última vía y el pintor comenzó el trabajo en el verano de 1972, cuando los recién casados pasaron unos días en el Ampurdán. Era la primera vez que Dalí realizaba un retrato de estas características. Carmen, ya embarazada, no llegó nunca a subirse al caballo.

En agosto de 1972, ¡Hola! publicó una sesión fotográfica con Carmencita posando mientras Dalí trazaba unos cuantos “rayajos”, suficientes para él. El resto lo completaría sin modelo. La joven recordaría después cómo le preguntó si le gustaban los niños; Dalí respondió que le daban miedo por su crueldad innata y remató el comentario con anécdotas escalofriantes que desconcertaron a la joven.

"La prensa subrayó un hecho insólito: era la primera vez que Dalí regalaba un cuadro"

Carmen no estuvo presente el 7 de noviembre de 1972 cuando el catalán acudió al Pardo a entregar la obra, aún inconclusa. Franco lo recibió en su despacho, acompañado por Carmen Polo y los marqueses de Villaverde. El retrato muestra a la protagonista, con blusa blanca, sobre un caballo casi transparente que deja ver un paisaje donde destaca el majestuoso monasterio de El Escorial y varias figuras tomadas de La rendición de Breda. Dalí lo explicó así:

“En las nubes constantemente cambiantes de la diplomacia se recorta el caballo de la historia, que deja ver el horizonte luminoso y el cielo inmutable de la España serena del Caudillo.”

La imagen del dictador y del pintor frente al cuadro ocupó todas las portadas nacionales, rivalizando con la noticia de la victoria de Nixon sobre McGovern. La prensa subrayó un hecho insólito: era la primera vez que Dalí regalaba un cuadro.

En mayo de 1973, ya terminada la obra, el Prado acogió una auténtica performance daliniana. Tras la conferencia “Velázquez y yo”, el artista dio un último toque de pincel a uno de los ojos de la “nietísima”, ante un público entusiasta que celebró cada teatral gesto. Sin embargo, las negociaciones entre Dalí y el Ministerio de Cultura se prolongaron sin éxito. Con la muerte de Franco todo quedó en suspenso y Avida Dollars nunca cobró la pieza, ni recibió ningún cuadro del Prado para su museo.

Poco antes de morir, en enero de 1989, el pintor surrealista concedió a Luis María Anson una última entrevista. En ella resumió, a la manera daliniana, su relación con Franco:

“Yo le hablé una vez de Trajano a Lorca. Siento gran respeto hacia ese personaje por sus victorias. También lo sentía por el Generalísimo. Le dije: —Excelencia, si restaura la Monarquía será como Velázquez. Claro que él no me entendía. —¿Qué ha dicho ese majadero de Dalí?, solía preguntar. Imagínese: yo soy como la bóveda en arquitectura, así que piense lo que me puede importar todo eso”.

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1 mes hace

Siempre me ha parecido un personaje enigmático. Me refiero, por supuesto a Dalí, no a Franco. De joven pensaba que estaba como una cabra. Ahora quizás pienso, a ratos, que quizás era el más listo de la clase y que, mientras los demás iban, no se sabe a donde, el había ido y vuelto varias veces.

Pero siempre me he preguntado que, pudiendo haber sido uno más de los artistas e intelectuales del exilio, se quedó y se adocenó al régimen. Quizás su profunda atracción por Cataluña y especialmente por Cadaqués, lugar paradisíaco donde los haya, le hizo tragar. Me pregunto qué es lo que realmente pensaba del régimen y de Franco.

Ser una bóveda es ver pasar a todos y a todos por debajo o, dicho de otra forma, pasárselos a todos y a todo por debajo. Una gran entrepierna en forma de bóveda.

Las segundas lecturas en Dalí (y las terceras y cuartas) deben ser hechas a la hora de intentar analizar a tan vitriólico, escurridizo y multifacético personaje. Cuando dice que siente un gran respeto por sus victorias quizás se refiera a Lorca no a Trajano. O vete a saber.

Me gusta la pintura de Dalí, ese insigne loco que introyéctó a El Bosco desde su cuadro de la nave de los locos. Me gusta mucho más, por supuesto, que la de Picasso, el Tío Gilito del arte de las vanguardias.

Como en El Bosco, nunca te cansas de mirar sus cuadros y de intentar ver su simbolismo. Como la punta del vértice de la pirámide justo debajo del chocho de la Nietísima. Todo un símbolo. O la Rendición de Breda pero sin lanzas, curioso y con el Escorial de fondo. Punto culminante del Imperio e inicio de la Gran Decadencia.

Saludos.