Seguro que lo recuerdan: hace una década, Bertín Osborne fue conducido al patíbulo del trending topic por declarar en Vanity Fair, ebrio de campechanía y brocha gorda, que su “entrevista soñada sería la de Hitler”: “Saber lo que tiene un tío como ese en la cabeza debe de ser surrealista. Ha habido muchos monstruos, pero él es el más reciente”. Monstruo, sin duda; el más reciente, no sé yo, pero bueno. Con aquellos ingredientes, Javier Quero y David Fernández hicieron en Late Motiv un puchero fabuloso y divertidísimo.
El libro en cuestión se llama Entrevistando a Hitler: El dictador y los periodistas, y en España lo editó el año pasado Libros del KO. En sus páginas habitan colegas cínicos e ingenuos, escépticos y fanáticos, críticos y pelotas. González Ruano no fue el único que acarició con su lengua las posaderas del Führer —cómo olvidar aquel “este hombre simple y genial, encarnación exacta de nuestro tiempo, como un ángel con gabardina y bigote que recoge las alas todos los días en las puertas de las cervecerías de Múnich”—: el muy británico Ward Price, a quien Hemingway llamaba Príncipe con Monóculo de la Prensa, describió al dictador como “el hombre más grande de Alemania” y sostuvo que “si sus propuestas logran sentar las bases de la paz en Europa, entonces será usted el hombre más grande de toda la historia”; el francés Robert Chenevier, aun siendo pacifista, quedó obnubilado por los ojos del tirano, “de un azul delicado (…), un azul inocente que sólo los más tiernos poseen”.
Hachmeister demuestra que, en general, los pocos periodistas que consiguieron entrevistar a Hitler fueron corderitos mansos alérgicos a la sospecha o a la repregunta; juguetitos desechables para un canalla que, partiendo del Hablo, luego existo, sintió predilección por los angloamericanos –más de sesenta–. El Führer admiraba a EEUU por, en su opinión, entenderse a sí mismo “como un Estado nordicogermánico”, tesis que defendía basándose en el supuesto “criterio con que se asignan las cuotas de inmigración a los pueblos europeos”: “A los escandinavos, es decir, a los suecos, noruegos, seguidos de los daneses, los ingleses y, por último, a los alemanes, se les asignan los mayores contingentes. A los mediterráneos y a los eslavos muy pocos, mientras que a los chinos y japoneses preferirían excluirlos por completo”. Luego ya estalló la Segunda Guerra Mundial, y la cosa cambió, claro.
También hubo piratas. De varios tipos. Y hombres buenos y valientes. Meses antes del Putsch de Múnich, en abril del 23, Javier Bueno señalaba en ABC, socarrón, que, durante la entrevista, “a cada momento tememos por la vajilla que está sobre la mesa, y en cada instante esperamos ver llegar a la vecindad alarmada”. Eugeni Xammar y Josep Pla, a la manera de Tico Medina con Indira Gandhi, directamente, se inventaron un encuentro el 8 de noviembre del mismo año con el por entonces golpista: “Herido y encarcelado, Adolf Hitler sigue siendo para nosotros el mismo que era intacto y en libertad: el tonto más sustancioso que, desde que estamos en el mundo, hemos tenido el gusto de conocer. Un tonto cargado de empuje, de vitalidad, de energía; un tonto sin medida ni freno. Un tonto monumental, magnífico y destinado a hacer una carrera brillantísima (de esto último él está más convencido que nosotros mismos)”. El británico de origen alemán Sefton Delmer hizo la vista gorda más de una vez con tal de conseguir una primicia. Quiénes somos usted y yo para juzgarlo. Y Stanley Simpson, en 1933, investigó los malos tratos a los prisioneros del campo de concentración de Dachau. The Times no divulgó aquel informe pese a que Norman Ebbutt, el director de la oficina del periódico en Berlín, abogó enérgicamente por su publicación. Ellos sabrían.


Ese libro se ve magnífico. Hay que leerlo. Quizás también estén allí retratados esos dos grandes charlatanes, esos impostores lamebotas de Hitler que fueron los nazis Martín Heidegger y Carl Smitt, Heidegger, nazi de uniforme, carnet del partido y soplón a sueldo de la Gestapo, fue uno de los organizadores de las quemas de libros en las universidades alemanas, un racista que no tenía reparo en seducir a jovencitas estudiantes judías impresionadas ante el casado viejo verde con infulas de filósofo, quien aún es admirado por ingenuos que desconocen que Heidegger admiró a Hitler, le hizo propaganda públicamente y lo consideró el hombre “más grande de la Historia”. Y el tinterillo que creyeron jurista, el oportunista Carl Smitt fue un adulador sin límites de Hitler y para mostrarle su obediencia perruna recordó al rey francés Luis XIV con su famosa frase “El Estado soy yo” y mirando arribado al ignorante austriaco encantador de pendejos le dijo: “Adolf Hitler es el soberano, porque su palabra dicta la ley. Hitler es Alemania”. En dos siglos los historiadores se preguntarán asombrados ?Como es posible que la gente creyera que tales charlatanes, tipos como Heidegger y Smitt, eran intelectuales de valía y no escoria nazi?
Permita Dios que este libro lo lean en Alemania, donde hoy existen millones de mermados morales con ganas de votar por los descerebrados neonazis porque a estas alturas, requetesabidos los crimenes de Hitler y sus Nazis, los alemanes tienen que ser tratados morales, carecer de brújula moral, ser casi unos ignorantes del pasado, para votar por admiradores de Hitler. Aunque allí están de ejemplos inimaginables la caterva de políticos alemanes que actúan como cómplices por omisión del Genocidio en curso contra los Árabes Palestinos de la Franja de Gaza por orden del enloquecido Benjamín Netanyahu y compañía, con el delirante argumento de apoyar al genocida gobierno actual de Israel por “Razón de Estado”. Quizás estos neonazis pueden ser simples aprovechados de la propaganda y en realidad no apliquen las criminales políticas de Hitler y sus Nazis, como sucedió con los neofascistas que hoy gobiernan Italia, que en los hechos no aplican las criminales políticas fascistas de Mussolini, pero
?Y si los alemanes, en realidad son tan obtusos que le otorgan el poder mediante elecciones a los políticos neonazis y reeditan las criminales políticas de los Nazis?
?No aprendieron nada positivo los alemanes del primer genocidio del siglo XX, el perpetrado por orden del Emperador Guillermo II contra los Hereros y Namas en 1903-1908 en la actual Namibia, cuando vivió la desgracia de ser colonia en África de Alemania?
?Tampoco aprendieron nada de desatar y perder la I Guerra Mundial porque el Emperador Guillermo II quería extender su Imperio Alemán?
?Tampoco aprendieron nada de desatar y perder la II Guerra Mundial porque el austriaco Hitler, encantador de pendejos, quería extender su Imperio Nazi y exterminar a los judíos, gitanos, negros, eslavos y todo ser humano a quien los imbeciles suprtmaciatas alemanes consideraron “inferiores o subhumanos”?
?Tampoco aprendieron nada de ser derrotados por los supuestos pueblos “inferiores o subhumanos”, ver mutilado nuevamente su territorio, dividido este por sus vencedores, sufrir la ocupación y ver como los enemigos generosos de Occidente le restituyeron la independencia y la libertad y los ayudaron a reconstruirse, mientras la parte oriental se convirtió en colonia de la Unión Soviética hasta la Reunificación Alemana?
?Tampoco aprendieron que de insistir en sus delirios de superioridad racial o nacional y desatar otra guerra con su reiterada carencia de talentos militares, serán nuevamente aplastados y la Alemania que sobreviva quedará reducida a una nación de campesinos, como tantos políticos del bando vencedor expusieron como solución ante el estupido belicismo alemán?