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Roberto Vaquero: “Salvamos a Ignatius Farray, que iba doblado, de que le pegaran”

Roberto Vaquero: “Salvamos a Ignatius Farray, que iba doblado, de que le pegaran”

Roberto Vaquero (Madrid, 1986) acaba de publicar su novela más lograda. En Duro de pelar (HarperCollins), el historiador, escritor y colaborador de varios medios sumerge al lector en un viaje al fin de la noche malasañera, mostrando una pintura negra en la que aparecen retratados modernos cincuentones, jóvenes despiadadas, abusadores encubiertos, yonquis reptantes, porteros leales, camareras de ley y policías maniatados. El autor los describe con rabia, asco, lealtad o ternura, según corresponda. La última criatura literaria de este colaborador de Zenda funciona como un cóctel de suspense y autenticidad que, exento de garrafón, oscila entre el thriller y la autobiografía difusa: como Lope, el líder del Frente Obrero lo probó y lo sabe, no cuenta de oídas.

Sobre Duro de pelar conversamos en un bar de Argüelles, no demasiado lejos de donde Juan, el protagonista de la novela, y su cuadrilla de justicieros intentan atrapar a un violador que habla de semejante manera: “Si gritas o ti resistes ti mato, sorra”.

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—¿Duro de pelar es —no sólo, pero sí en buena parte— una autobiografía camuflada?

—Mía y de otra gente que me rodeaba. La parte del mundo de la noche, sí; la de los asesinatos, no. Y, en parte, lo de la investigación: he ayudado a veces a un compañero mío que sí era investigador privado.

—¿Cuándo empieza a trabajar de puerta en La Vía Láctea?

"Creo que cuando tienes cuarenta o cincuenta toca replegarse un poco, pero hay gente que todavía sigue ahí"

—Si no recuerdo mal, empecé a finales de 2009 / principios de 2010. Tenía un compañero que trabajaba ahí, empezó a perrear, a no ir, y tenía que buscarse un sustituto él mismo. Me llamó para probar, le gusté al que estaba en la puerta, que es el personaje de Moisés, pero que tiene otro nombre, y me quedé. Estuve siete años, más o menos.

—¿Había algo bueno en ese mundo?

—Encontré mucha gente buena que pasó unos años y que luego empezó a ir cada vez menos: la gente se casa, tiene familia, trabajos diferentes…, no siempre tienes veinte años. Salir de esa manera tiene una época. Creo que cuando tienes cuarenta o cincuenta toca replegarse un poco, pero hay gente que todavía sigue ahí: cuando he ido a hacer vídeos y cosas de promoción, les he visto.

—Como almas errantes.

—Sí. Gente de cincuenta años, alcoholizada como poco, con problemas… Me dan lástima porque, claro, los he visto envejecer.

—Reconózcame que la noche, y usted y yo hemos peinado, con nuestros amigos en común, más de una, también tiene sus encantos. Parafraseando a Ortega, ¿la noche es la noche y su circunstancia?

"Lo que pasa es que hay gente que sólo vive la noche y condiciona su vida a lo que vive por la noche"

—Sí, por supuesto. Lo que pasa es que hay gente que sólo vive la noche y condiciona su vida a lo que vive por la noche. No se construye, aparte, una vida para tener un futuro. Es lo que le ha pasado a muchas chicas. Chicas de las que hablo en la novela, pero que son de verdad: las conozco, siguen ahí. Y es gente que está mal. Gente que no ha conseguido ir adelante en su vida. De todo se puede salir, pero, a medida que pasa el tiempo, cada vez es más difícil. Y no es lo mismo ir de fiesta que trabajar en la fiesta. Es muy diferente, ves las cosas de una manera muy diferente.

—Hábleme sobre la camaradería de los puertas.

—De los puertas, y con los camareros y con otra gente. Los camareros y los barqueros: el barquero, para el que no lo sepa, es el que recoge las copas; el camarero, el que las pone. Son como de la familia, al final. Pasan los años… Yo estuve siete, pero llevo diez sin trabajar en la noche. Es gente a la que conozco desde hace diecisiete años. Y siguen siendo mis amigos. Cuando puedo, les doy tiempo de calidad, claro.

—Luego está la historia de Juan y Nuria. ¿En la noche se puede hallar el amor? Un amor de verdad, digo.

"A ciertas edades, la gente que sale de fiesta no es la mejor para tener una relación o una familia"

—Sale mal en la novela y salió mal en la realidad. Conozco a otros que han terminado casados y con hijos. Al final, sí que puedes encontrar gente buena. Gente buena y gente mala hay en todos sitios. Creo que es más fácil encontrar gente buena trabajando que de fiesta. A ciertas edades, la gente que sale de fiesta no es la mejor para tener una relación o una familia. La gente con más aptitudes para ello tiene novia, se casa…, hace su vida saliendo de ahí.

—¿Qué es lo más degradante que ha visto o padecido en la noche malasañera?

—De ver, el trato que se ha dado a algunas chicas en estado de ebriedad. Gente que se aprovecha de ellas: que las droga, que abusa de ellas… Luego, te las encuentras hechas un guiñapo, literalmente. Es gente que está rota por dentro. Cuesta salir de ahí.

—¿Se ha preocupado, como Juan, por alguna chavala que, reiteradamente, haya rechazado su ayuda?

—Literalmente, esa es mi historia. La chica no se llama como sale en el libro, pero está basado en una historia de verdad. Me ha pasado muchas veces. He visto cómo la típica chiquita que viene del pueblo, está en la universidad, se junta con gente que está más espabilada y se echa a perder. Es una lástima. He intentado a ayudar a varias. Y a chicos también. Les he visto en un pozo y les he dicho: “Tienes que espabilar. Deja de venir aquí, haz cosas de valía”. Unas veces te hacen caso; otras, acaban con cuarenta o cincuenta años viviendo como con veinte. Y no tienen veinte años.

—Cuénteme el episodio de Ignatius.

"Tuve la suerte de conocer, por ejemplo, a Quique San Francisco, que me pareció a una persona encantadora"

—Eso pasó de verdad. No creo que él diga nada. Me ha pasado con más gente. De hecho, en una fiesta de Zenda me encontré con Raúl Cimas, y le dije: “Te conozco de cuando trabajaba de portero”. Y me dijo: “Seguro que me echaste” (risas). Me reí, con él no tuve este problema. Pero yo me he encontrado a mucha gente del famoseo, que entonces no eran tan famosos, y me los he encontrado en la noche. Tuve la suerte de conocer, por ejemplo, a Quique San Francisco, que me pareció a una persona encantadora. Pero lo de Ignatius Farray fue espectacular.

—Desarrolle, por favor.

—Se acababa de divorciar, luego tuvo problemas con lo del hijo… Él vivía enfrente de la Sala Maravillas, que antes era el Nasti. Vino un día doblado. Bueno, él venía contento: le invitaban, iba haciendo la ruta de bares y, cuando llegaba a su casa, a las tres o cuatro de la mañana, iba doblado. Había un grupo de chavales, empezaron a vacilarle y le iban a pegar. Y la persona que se esconde tras el personaje de Matei y yo le salvamos de que le pegaran. En más de una noche hemos tenido que intervenir con él.

—¿Ha dejado muchos enemigos por Malasaña?

—He hecho más después. Hace no tanto fui a Malasaña, y la gente de los bares, los porteros, la gente de la noche en sí, me saludaba y todo está bien con ellos: hay buenos recuerdos, la gente me decía que “a ver si quedamos”…, pero en Malasaña hay mucha gente de tribu urbana, muy apegada a determinadas ideologías, vamos a decirlo así, que es muy intolerante y que me ve como el hombre del saco. Seguramente, sí hay mucho enemigo mío hay, entre ese tipo de gente, pero no entre la gente de la noche y la gente que yo conocí en la noche. En general, la gente va cumpliendo años, deja esos ámbitos, se vuelve más racional y no pasa nada. Me ha pasado con personas de esa época. Pero la gente joven, a veces, es más intolerante. Y cuando están atrapados en algo que es como una secta, con alcohol, drogas…, sí, me habré ganado enemigos, pero después.

—Entiendo que tras su Vicente se encuentra David Krahe.

—(Risas) Yo pasé la novela por mi abogado antes. Hubo cosas que tuve que cambiar, como los nombres.

—El de “Juan Carlos Sumidero” no lo cambió mucho.

—Todos eran así al principio. A esta no te voy a contestar, ¡no me quiero ganar una denuncia! Cada uno que piense lo que quiera.

—Hábleme del personaje de Tomás.

"La gente en la noche se protege entre sí. Hay alimañas, pero conocí a gente muy buena"

—Tomás era un camarero de uno de estos bares. Tuvimos que darle un aviso porque abusaba de chiquitas. No es como en la novela, que ha quedado muy peliculero, pero sí le dimos un toque: “Cuidado con lo que haces”. Y desapareció. Se cambió de trabajo y apareció en otro trabajo muy lejos. La gente en la noche se protege entre sí. Hay alimañas, pero conocí a gente muy buena.

—Hábleme de los policías. Policías como Rafael, quien lamenta que “tenemos las manos atadas” y anima a Juan a “hacer algo”.

—He conocido a policías y a gente así. Nos hemos encontrado haciendo patrullas y vigilancias. Durante y después. Para hacer la parte de los policías, me reuní con policías. No hay fantasmadas de ninguno. Uno de ellos me dijo: “Lo que me gusta de tu novela es que lo que cuentas es verdad, no hay exageración, es lo que vivimos”. Si los detalles están tan cuidados es porque me reuní con policías para detallar y revisar lo que estaba haciendo.

—“Si gritas o ti resistes ti mato, sorra”, dice el violador.

—Me ha escrito bastante gente, incluso escritores a los que les va muy bien, diciéndome que soy el único con valor para mostrar esto, que ya era hora de que alguien lo hiciera. Yo me he peleado para mantenerlo. Hay gente que me ha dicho: “Esto quítalo”.

—¿Quién?

"o asumí el riesgo. Si no me lo hubiera sacado HarperCollins, lo hubiera sacado con otra editorial"

—(Risas) Escritores y gente con la que he trabajado para terminar este libro. Querían que lo blanqueara. Todo el mundo blanquea esto. Siempre que se habla de alguien de determinado sitio, es un ser de luz, fantástico. Pasa en casi todas las novelas. Yo quiero demostrar que hay seres de luz y seres de oscuridad, como en todos los sitios. Y yo creo que la ficción política contemporánea debe mostrar los problemas que hay, no las cosas que pasaban hace cuarenta o cincuenta años. Hay muchos libros y series que hablan de los yonquis, de la época de los ochenta, etcétera…, ¿por qué no hablamos de los problemas de ahora? Porque hay editoriales que te van a decir: “Esto no, que me va a crear un problema”. Yo asumí el riesgo. Si no me lo hubiera sacado HarperCollins, lo hubiera sacado con otra editorial.

—Por cierto, antes lo mencionó: Juan, amén de puerta, hace sus pinitos como detective.

—He tenido amigos y familiares que han trabajado de esto: hacen fotografías, seguimientos…, se ocupan de asuntos de engaño, sobre todo. A uno, en concreto, le acompañaba e intentaba sacar la información por la que le habían contratado. Me he vuelto a reunir con él y le he pedido ayuda para la documentación de la novela.

—Vamos acabando, Rober. ¿Le queda alguna resaca de aquella etapa de su vida?

—Es una resaca agridulce. La memoria ya sabes cómo es: te quedas con lo bueno. Hay recuerdos muy buenos, pero también los hay muy malos. Tengo una sensación de añoranza de la juventud, que ya pasa, pero recomiendo que la gente que trabaja en la noche, si puede, a no ser que encuentre un lugar con unas condiciones especialmente buenas, se busque la vida fuera de esto. Debería ser algo puntual.

—Y, para finalizar: ¿algún aludido le ha puesto su correspondiente reclamación?

—Todavía no, es pronto. Estoy contento con la recepción del libro, pero todavía es pronto para que le llegue a determinada gente. De todas maneras, los personajes están inspirados en, la mayoría son ficticios, no pasa nada.

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