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Sacrificio, de Lola López Mondéjar

Sacrificio, de Lola López Mondéjar

En los albores de un tiempo pretérito una mujer alumbra en soledad a su hijo. En un mundo futuro, distópico, una pareja se sacrifica para proporcionarle un lugar al suyo. Este amplio arco temporal engloba once historias que nos hablan de la belleza y de la fealdad del mundo, de sus profundas e inquietantes ambivalencias. Realidad, apariencia; amor, desamor; confianza, sospecha; el complejo entramado de los afectos se despliega en unos personajes vulnerables, dubitativos, amenazados por la fragilidad del mundo, de los otros y de ellos mismos en estos relatos que conforman el libro Qué mundo tan maravilloso (Páginas de Espuma), de Lola López Mondéjar (Murcia, 1958), de los que Zenda publica Sacrificio.

De su literatura ha escrito Hipólito G. Navarro: “Me duelen los libros de Lola López Mondéjar. Los concluyo y me dejan el alma en carne viva, tiritando. Pareciera que entre sus palabras impresas y mis entrañas hubiese algo más que literatura, mucho más que literatura. No son lazos de sangre lo que establece la autora con sus lectores, es algo más misterioso y profundo todavía. Tenga cuidado el lector con estos cuentos: sin que apenas lo advierta, le van a mirar muy adentro”.

 

Papá y mamá estaban contentos, siempre se habían sentido orgullosos de permanecer unidos mientras que, a su alrededor, las parejas se rompían, y los trámites que íbamos a iniciar se convertían en un laberinto infinito, repleto de consideraciones miserables y torturantes demoras. Ellos no, ellos ofrecían, generosos, a su hijo una oportunidad y, en agradecimiento, les habíamos organizado una fiesta.

Su decisión había sido tan inesperada, apenas tenían sesenta años, que Mayka y yo no dábamos crédito a lo que iba a ocurrirnos. No conocíamos a nadie que se hubiera comportado así tan prematuramente. Nada nos hizo sospechar con antelación su propósito, como si hubiesen tomado la decisión en secreto, o de un modo imprevisto o precipitado, aunque, conociéndolos, nos extrañaba que hubiese sido así. La oportunidad que nos brindaban nos hacía tan felices que apenas nos detuvimos a preguntarles. Los padres de Mayka, cuando se lo comunicamos, rehuyeron incómodos cualquier comentario.

—Ah, ¿sí? Enhorabuena.

Fue su única respuesta. Su hijo mayor, Luis, esperaba su decisión desde hacía cinco años. Iba a cumplir los cuarenta y no veía la hora de que la tomasen. Aunque no se atrevía a sugerir nada en su presencia, sus comentarios no dejaban lugar a dudas: estaba impaciente. Mayka se lo reprochaba a veces.

–Eres un egoísta, Luis, no puedes presionarles.

—Los egoístas son ellos—contestaban mis cuñados con firmeza.

Nosotros no sabíamos qué añadir. Pero papá y mamá son distintos. Siempre fueron unos padres generosos. Desde que era un niño velaban por mi bienestar por encima del suyo. Mayka me lo hizo notar al poco de conocerlos, pues yo mismo, educado en ese ambiente de sacrificios constantes, que llevaban a cabo, eso sí, con una sonrisa sin mácula, no había reparado en ese particular.

–Tus padres son increíbles –decía Mayka–, siempre se ponen en segundo lugar.

–No lo había notado.

Esta sería la demostración definitiva de que ella tenía razón.

 

La fiesta es esta tarde, en nuestra casa. Papá y mamá han decidio que sea cuanto antes y en la última semana lo han dejado todo preparado. Un marasmo burocrático que es preferible realizar con meticulosidad para evitar después desagradables sorpresas que podrían anular el sacrificio. Como soy hijo único su gesto nos convierte en unos afortunados. Mayka me tanteó anoche, después de hacer el amor.

–¿No crees que sería bueno compartir con Luis nuestra suerte? Sería una manera de seguir el ejemplo de tus padres, de mostrar nuestra generosidad como ellos mostrarán la suya. Pero no supe qué decir. Era todo tan precipitado.

–Podemos pensarlo.

En realidad, creo que no estoy a su altura. Quizás sea, precisamente, su altruismo el que me ha hecho desconsiderado o poco atento a las necesidades de los demás, quizás su magnanimidad haya hecho de mí un egoísta como mi cuñado. Tengo que pensarlo también.

Mayka insistió, cariñosa.

–Sería bueno para nuestro hijo tener un primo… Ya casi nadie tiene familia extensa.

–Eso sí. Pero se educaría tan solo como yo.

–Quién sabe, están mis padres…

–Para cuando ellos lo decidan Luis ya no podrá hacer nada.

—Creo que llevas razón agotarán su límite. A veces les odio –concluyó casi involuntariamente, y se volvió hacia su mesita de noche para apagar la luz, avergonzada, como si no soportase la rabia que transmitían sus palabras.

–Ya veremos cómo nos comportamos nosotros cuando llegue el momento, no seas tan dura con ellos –me oí decir a mí mismo en la oscuridad.

 

La ceremonia fue muy hermosa. Luis y Ana, su mujer, intentaron mostrarse alegres. Estábamos todos: Mayka y yo, los padres de Mayka y los míos. Mis amigos más íntimos y los de Mayka llegaron con vinos y delicatessen.

Habíamos previsto una fiesta en la terreza, que ella decoró con flores y velas, y en la que instaló unas hamacas recién compradas, dispuestas con discreción al fondo, donde se efectuaría la ceremonia.

Papá y mamá estaban contentos, incluso diría que demasiado. Iban vestidos de blanco, como si de repente hubieran abrazado el budismo o alguna de esas religiones exóticas a las que nunca antes habían prestado atención. Se les veía serenos, llenos de vitalidad. Por un momento tuve pena de ellos, les abracé y les besé en la frente varias veces. Mamá se reía.

–Pero qué sobón has sido siempre, príncipe mío.

La cena también fue perfecta. Ligera y sencilla. Lo habíamos previsto todo. Sonaba una tenue bossa nova de última generación que mamá agradeció apretándome la mano en los primeros compases. Ella la amaba. Decía que escucharla le resultaba balsámico.

La noche cayó de repente, era así desde hacía dos décadas, como si el sol se ocultase de inmediato detrás de otro astro más grande y oscuro, produciendo una sensación de amenaza difícil de definir. A las diez en punto, como estaba convenido, llegaron los representantes del ministerio. Vestían de oscuro, pensé que su trabajo era delicado, que no me gustaría encontrarme en su lugar.

En un aparte, papá y mamá les mostraron sus documentación y sus tarjetas de identidad.

Hicimos un círculo, éramos unas veinte personas, nos dimos las manos y nos miramos a los ojos como una tribu ancestral. Mayka estaba a mi lado, se la veía radiante, por fin podríamos cumplir nuestro sueño. Papá y mamá, frente a nosotros, seguían aparentando tranquilidad. Cuando deshicimos el círculo nos besaron uno a uno, dejándome para el final.

–Que seas tan feliz como nosotros lo hemos sido –me deseó mamá, olvidando lo malo.

–Bueno –añadió papá–, la felicidad no se persigue, viene sola… o no viene.

Me pareció que seguía siendo fiel a sí mismo hasta el final, a su racionalidad a prueba de emociones.

Se alejaron hacia las hamacas y se tumbaron en ellas. Nosotros no sabíamos qué hacer. Con disimulo, observábamos a distancia los preparativos. Los representantes del ministerio, que habían permanecido apartados mientras tanto, acudieron prestos a atenderlos. Papá y mamá permanecían con sus manos cogidas, como hacíamos los tres desde que era niño durante el despegue o el aterrizado del avión, en el único viaje anual que teníamos permitido.

Les acercaron un vaso con un precioso líquido azul índigo –del color del curaçao–, que ya había visto en otras ceremonias. Dicen que produce una paz inmediata, yo también lo probaré cuando me toque. ¿Haré lo mismo por mis hijos que lo que ellos han hecho por mí?, ¿o les condenaré a no tener descendencia como mis suegros condenan a Luis?

Mamá me miró, sonriente, dándome desde la distancia su último adiós. Estaban solos, pero se sentían acompañados.

A los pocos segundos los caballeros de negro vinieron hacia nosotros para comunicarnos que todo había terminado.

–Pueden abrazarlos, dentro de una hora vendrán a retirar los cuerpos.

La sugerencia del abrazo me resultó extraña en sus labios fríos, inapropiada para sus modales higiénicos. De las muñecas de mis padres colgaban unas placas de acero con sus respectivos nombres: Aurora, Horacio.

–Los trámites han sido cumplimentados, ahora podemos proceder con ustedes —afirmó ceremonioso el más bajo.

Parecían máquinas articuladas, sin sentimientos. Quizás lo fueran. Su compañero nos alargó las dos tarjetas verdes que tanto habíamos anhelado.

–Ya saben, tienen derecho a reproducirse dos veces o ceder este derecho a otra pareja, si así lo desean, en el plazo máximo de dos años. También pueden elegir el sexo de su descendencia.

Desde el extremo opuesto de la terraza, Luis y Ana nos observaban con envidia.

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Autor: Lola López Mondéjar. Título: Qué mundo tan maravilloso. Editorial: Páginas de espuma. Venta: Fnac y Casa del libro