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Santiago Posteguillo: “Quiero que se me reconozca, ante todo, como novelista”

Santiago Posteguillo: “Quiero que se me reconozca, ante todo, como novelista”

Sus padres lo llevaron a Italia cuando tenía seis años. De aquel viaje en coche desde Valencia hasta Roma, Santiago Posteguillo (Valencia, 1967) regresó con el Coliseo por botín y un hermano menor que lo destronó como benjamín de la familia. La vocación no tardó demasiado en mostrarse, pero adquirió su versión definitiva con el paso de los años. Su obra es sólida y rocosa, como el anfiteatro que le robó la respiración de niño.

Santiago Posteguillo se dio a conocer con su serie de novela histórica dedicada al Imperio Romano. Tras vender más de 300.000 ejemplares con su trilogía dedicada a Trajano (La muerte del emperador, Circo máximo y La legión perdida) y luego de publicar sus primeras dos entregas divulgativas La noche en que Frankenstein leyó el Quijote y La sangre de los libros, el escritor y profesor de literatura  siguió conquistando lectores.

Tras reinar entre Césares y emperadores, en 2018 ganó el Premio Planeta con Yo, Julia, una novela que transcurría en el año 192 y en cuyas páginas contaba la historia de Julia Domna, una hija de reyes, madre de césares y esposa de emperador, que consiguió habitar por encima de su tiempo. Un personaje que pensó, no ya en un imperio, sino en una dinastía que lo dominase. Aquella mujer de origen sirio se convirtió en uno de los personajes más importantes y desconocidos.

Tras el éxito de una novela que pretendía tan sólo una entrega, Posteguillo se dejó guiar por su intuición y acometió Y Julia retó a los dioses (Planeta). Si en aquella entrega narró el ascenso al trono del Imperio romano de Julia Domna, aquí Posteguillo describe las emboscadas y calumnias que tendrá que enfrentar, al ser acusada de extranjera por su origen sirio. La muerte de su marido compromete su situación política en medio de la lucha fratricida por el trono de Roma que libran sus dos hijos.

Posteguillo, profesor de la Jaume I de Castellón y doctor por la Universidad de Valencia, exprime muchos otros temas en esta novela: la enfermedad y el conflicto, también la muerte y el descenso al reino de los muertos. Se permite, además, una licencia que tiende puentes con la Ilíada y la Odisea, pues opone el destino de esta mujer contra un Olimpo dividido. Emperador del best seller histórico, Santiago Posteguillo quiere que se le tome como un novelista, un oficio en el que él libra su propia batalla, folio a folio, cual gladiador en la arena de las galeradas. 

—Viudez, enfermedad, dos hijos enfrentados y además una pelea, literal, contra unos dioses divididos. ¿Quién vence, Julia o la enfermedad?

"Era muy trágico el final de su vida y tenía que encontrar una estrategia narrativa para que el mensaje que le llegara al lector no fuera el de un final en el que ella no gana"

—Vence Julia. Su objetivo es la permanencia de su familia en el control de Roma, y eso lo consigue. No puede derrotar a la enfermedad en vida, pero lo deja todo organizado para conseguir esos objetivos. Era muy trágico el final de su vida, y tenía que encontrar una estrategia narrativa para que el mensaje que le llegara al lector no fuera el de un final en el que ella no gana. Si conseguía una fórmula en la que pudiese contar qué es lo que pasa después de su muerte podía conseguir un final en alto. Y así lo hice.

Por eso el Hades, entonces.

—Y por eso los dioses. Podría simplemente haber seguido contando lo que pasa en vida, pero es mucho más épico transmitir el descenso al reino de los muertos y transmitir la justicia poética de su venganza contra Macrino, el reencuentro con el amante en vida. Hasta ese punto el lector ha sufrido mucho, y quería que quedara satisfecho. Odio esas películas donde todo va mal, y de pronto comienzan a ir bien diez segundos, y ya. ¡Que no tío, llevo dos horas sufriendo, dame 15 minutillos de felicidad!

—Julia no es un personaje excelso. Ella misma inocula el odio entre sus hijos. Es una heroína con fisuras tremendas.

—Eso la hace un personaje mucho más apasionante. No es la heroína perfecta. Alguna persona me dijo acerca de la primera parte: «Es que Julia es muy perfecta». Espérate, que como continúe… En la segunda parte te vas a enterar. Ella era un personaje mucho más complejo, con dobleces, con sombras muy oscuras, con cruces de la moral y la convención: crear el monstruo del hijo para defenderse de una traición o utilizar el incesto para controlar a un hijo incontrolado. Creo que eso está contado de una forma en la que se entiende que no lo hace por entretenimiento o psicopatía, sino porque no ve otra opción para solucionar los problemas. Tiene a la mitad del Olimpo en su contra, por ejemplo. Esto es algo que añado para poder tener el final. Aprovecho para hacer guiños a la Ilíada y la Odisea, donde los dioses están divididos.

—Como Cleopatra, Julia es objeto de xenofobia. ¿Qué más las asemeja y las diferencia?

"Lo que puede diferenciar a Julia de Cleopatra está en el hecho de que Cleopatra no vence, Julia sí"

—El hecho de padecer la xenofobia de las élites romanas las iguala. Berenice, amante de Tito, también sufre xenofobia, por ser oriental y Tito lo que hace es repudiarla, porque ve la impopularidad que genera su relación en el senado y el pueblo. Sin embargo, Severo no repudia a Julia, porque él la quiere y está con ella hasta el final. Eso le ocasiona un enfrentamiento constante con el senado, que continúa con ella. Lo que puede diferenciar a Julia de Cleopatra está en el hecho de que Cleopatra no vence, Julia sí. La historia de Cleopatra se conoce, pero en el caso de la de Julia, que sí consigue cumplir sus objetivos, corremos un tupido velo.

—La idea del enfrentamiento es central: entre los hijos, los dioses, el senado. ¿Qué papel juega el desencuentro en esta historia?

—Me generaba mucho respeto hacer la segunda parte de un premio Planeta. Ninguno ha tenido una. Quería asegurarme muy bien de lo que es la esencia de la novela, y la esencia de cualquier relato es el conflicto. Una novela sin conflictos no interesa a nadie. Pero si tienes violaciones, incestos, traiciones, a los dioses en tu contra, ¡eso es una novela! Quería meterle todos los mimbres y que nadie me pudiera decir: «¿Para qué has escrito esta segunda parte?».

—Usted suele trabajar con la estructura de las trilogías. ¿Aplicará esa lógica con Julia?

—Yo no me ato a una estructura fija. Me la planteé como una sola entrega. El ascenso de Julia me pareció una novela bonita y pensaba que iba a funcionar. Lo que no tenía claro es que la premiaran. Es curioso, porque ha sido el Planeta con más número de páginas. Una cosa: siempre deseas una buena respuesta, pero no tienes garantizado un éxito como el que tuvo, con tantas ediciones y con muchas peticiones de quienes querían que continuara la historia de Julia. Evalúo, veo lo que quiero contar y me doy cuenta de que hay una muy buena segunda parte, pero no una trilogía. No me siento atado a estructuras que ya he utilizado. A pesar de eso, el paralelismo de Yo, Claudio y Claudio, el Dios, de Graves, me cuadra con Yo, Julia y otra novela sobre Julia haciéndose divina.

—Otro de los rasgos distintivos de la obra de Santiago Posteguillo es el detalle. La enfermedad como tema se lo permite. ¿Fue una licencia?

"Todos hemos tenido en nuestro entorno personas aquejadas de cáncer, y hoy hay muchos más medios para superarlo, pero no deja de ser una experiencia traumática"

—Julia muere por cáncer de pecho, tratada por Galeno, y según las fuentes, Galeno tenía capacidad de detectar el cáncer en hombres y mujeres. Él era médico de gladiadores, y por eso se dio cuenta de que si no se trataban, las heridas se tumorizaban. Hipócrates ya había definido el cáncer como el «carquino», que es algo que explico en la primera parte. Todos hemos tenido en nuestro entorno personas aquejadas de cáncer, y hoy hay muchos más medios para superarlo, pero no deja de ser una experiencia traumática. En este personaje que se oscurece, la enfermedad iba a generar un punto de empatía con los lectores, y puede incluso que con las lectoras más. Ver a una mujer que está pasando esa enfermedad y que a eso se le añaden un montón de problemas, y ver cómo ella los afronta con dignidad y solvencia…

—Y con soberbia, también, porque aquello de “gobernaré Roma desde mi tumba”…

—Tiene un puntito de vanidad.

—Dentro del bestiario de ficción de Posteguillo, ¿a quién se parece julia? ¿A Adriano o a Trajano?

—Diría que es más Trajano que Adriano, pero tiene elementos de los dos. Posee una inteligencia y una capacidad de administración y liderazgo muy similares a las de Trajano, pero a veces, por necesidad, recurre a unas manipulaciones y planes retorcidos que son más de Adriano.

—Persiste en el reto de confeccionar una voz femenina. ¿Nota alguna diferencia técnica con respecto a la anterior?

—Tampoco he sido emperador de Roma ni gladiador, pero soy hombre. No soy emperatriz, pero tampoco mujer. Eso supone un reto adicional. La cuestión es estar mucho sobre uno mismo y potenciar la capacidad de empatía, para que, al momento de resolver una situación de determinada manera, sea capaz de preguntarme: ¿una mujer lo resolvería así? ¿Y una mujer atractiva e inteligente qué haría en este contexto? Te paras y piensas más.

—Hay una sensibilidad más beligerante con el tema femenino. ¿La mirada sobre Julia está removida por este clima?

"Comienza a notarse una evolución con los personajes femeninos más potentes y relevantes. Julia fue el resultado natural de ese proceso"

—No decidí trabajar a Julia empujado por el movimiento del MeToo, ya me interesaba mucho antes. Sí que hay un cambio mío hacia el personaje femenino desde Africanus hasta Las legiones malditas. Una compañera de departamento me dijo que en Africanus mis personajes femeninos no estaban muy desarrollados. Eso me hizo reflexionar y me di cuenta de que, al dejarme llevar por las fuentes clásicas, que son hombres… Empecé a escarbar más, y en la segunda y tercera novela de Escipión ya hay más personajes femeninos, creados o históricos. En Trajano ya empiezo con una Domicia Longuina, que ya era un pedazo de personaje importante. En Circo Máximo estaba Menenia, la vestal, y en La legión perdida estaba Tamura, la hija del gladiador y guerrera de Sarmacia. Es decir, comienza a notarse una evolución con los personajes femeninos más potentes y relevantes. Julia fue el resultado natural de ese proceso. Eso no quiere decir que ahora escriba sólo sobre heroínas, porque no me ato a modas.

—¿Cómo lleva eso de que los lectores le piden que haga o no esto o aquello?

—Es cierto, tengo muchas peticiones: «Haz esta figura histórica o este personaje». Puedo tomar ideas, pero aunque escucho y presto atención, sigo mis intuiciones literarias sobre qué personaje puedo hacer bien para que le interese a mucha gente. Creo que han funcionado.

—Usted se hace novelista entre Césares o con Césares, eso marca una impronta. ¿Cómo se define a sí mismo como autor hoy?

"Aunque sé que estoy encasillado, y sin molestia alguna, en el ámbito de la novela histórica y que me reconozco como tal, me gustaría que se me reconociera como novelista"

—Aunque sé que estoy encasillado, y sin molestia alguna, en el ámbito de la novela histórica y que me reconozco como tal, me gustaría que se me reconociera como novelista. Que aprendiéramos a reconocer que en las novelas de genero, sea romántica o thriller, hay novelistas. El que hace novela intimista, psicológica, reflexiva y a lo mejor repite ese modelo, no deja de repetirse y sin embargo sí es más fácil que a ese se le reconozca como novelista. En mis libros intento, sin perder que puedan entretener y llegar a mucha gente, que alguien pueda pensar que está ante grandes novelas.

—Sus dos volúmenes de ficción delatan un lector voraz y muy del siglo XX y XIX, por cierto.

—Soy un lector bastante ecléctico.

—Pero en el caso de la novela histórica, el escritor debe tener más contención. Eso implica dar un paso atrás estilístico a favor de los datos.

—Estoy intentando buscar un equilibrio justo para no tener que dar el paso atrás en lo literario. Otro salto, por ejemplo, meter a los dioses, fue uno de esos recursos. Intento dar otra muestra de estilo literario. Claramente es una invención. No creo que sea necesario explicar a nadie que la parte de los dioses es ficción. Me gusta imaginar, pero tengo que hacerlo de forma congruente con el universo en el que me muevo. Intento dar esas muestras de que aquí hay un novelista. Otra cosa es que me mueva en el género de la novela histórica.

—El lector que ha sido, que es, Posteguillo devino en escritor. ¿Qué lo empujó hacia allí? ¿Qué circunstancia lo desencadenó?

—Me recuerdo a mí mismo escribiendo desde la adolescencia, incluso de niño. Con veinte años, aún en la universidad, escribí un par de novelas, pero no conseguí publicarlas, no interesaron a nadie. Tuve un gran lector, que fue mi padre, que me dijo: «A mí me ha gustado». Él valoraba mucho a la gente, muy pocas veces fallaba. Él trabajaba como director comercial de una gran empresa papelera, pero al comienzo había sido maestro…

—¿Fue él quien lo hizo lector?

"En lugar de escribir el tipo de novela que había hecho antes, novela negra o novela erótica, pensé en añadir un elemento que me fascinaba: la historia"

—Sí, tuvo una gran influencia. Mi madre, que también fue maestra, era una excelente lectora. Los dos fomentaron en mí la lectura, la cultura. Con seis años me levan a Roma. Fuimos en coche. A mi me impresionó. Vi el Coliseo y me quedé flipado. Volvimos hasta Génova pasando por Pisa, cogimos un barco y volvimos. Yo tenía seis años, era el pequeño de cuatro hermanos y de ese viaje llegó un hermano más. En ese momento no hice ninguna conexión, sólo después. Cuando gané la oposición en la universidad y procuré retomar la escritura, en lugar de escribir el tipo de novela que había hecho antes, novela negra o novela erótica, pensé en añadir un elemento que me fascinaba: la historia. De ahí salió Africanus. Había conseguido reunir todas esas pasiones y lo que ansiaba: contar historias y que le lleguen a la gente.

—¿Con qué autores conversa?

—Tengo una influencia muy notable del mundo anglosajón, por mi formación Jane Austen me parece un genio. Dostoievski por el tratamiento psicológico de los personajes. Charlotte Brontë con Jane Eyre es un regalo de justicia poética. Dickens, Carson McCullers. Tengo la fortuna de que me la paso hablando de estos autores en la universidad. Por la mañana estoy hablado de Tennesse Williams  y por la tarde hago mis libros. Se complementan.

—En una ambientación histórica, ¿hasta qué punto la verificación no ayuda a procrastinar?

"Ahora me obligo a escribir, incluso cuando no tengo toda la documentación"

—Eso me ha pasado. Ahora me obligo a escribir, incluso cuando no tengo toda la documentación. En Julia retó a los dioses, escribí casi todo antes pero luego cogí y me fui, verifiqué todo, contratará un barco bueno, para intentar reproducir el viaje de una emperatriz. Veo los espacios y digo «tengo que modificar este atardecer», o determinados escenarios que no están del todo bien escritos en las fuentes. Son detalles que un lector que haya estado ahí los reconoce. Me obligo a escribir y avanzar.

—¿Se lee a sí mismo?

—Mientras escribo la novela sí. Después no. En la medida de que todo es el mismo universo, a veces, y si tengo una duda, compruebo algunas situaciones para ver cómo las resolví. Es un asunto de comprobación. Yo cogería a Africanus y le corregiría muchas cosas, pero… ¿para qué?

—¿Escribía mejor cuando era más joven?

—Tenía más vista, no tenía que engrandecer las letras del ordenador. Podía leer la letra pequeña de editoriales como Gredos y Austral, y a veces tengo que usar una lupa. Entonces no tenia un pinzamiento aquí —señala su nuca por escribir en el ordenador—. Tenía más capacidad de resistencia. Todo eso se pierde, pero ganas en experiencia, en saber resolver atascos. Tienes más conocimiento del medio en el que te mueves y unas cosas compensan a otras. Evolucionamos.

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