Eran las 4:53 de la madrugada del 12 de enero de 2010 cuando la tierra decidió cambiar la historia de Haití. En apenas treinta y cinco segundos, el país más pobre de América quedó reducido a una montaña de ruinas. La mayoría de sus habitantes dormía. Miles de viviendas se desplomaron sobre familias enteras, y mientras el mundo todavía intentaba comprender lo que había ocurrido, en la redacción de Televisión Española ya sabíamos que había que salir inmediatamente.
Había que improvisar una pequeña expedición.
Desde Madrid comenzamos a organizar todo aquello que sabíamos que necesitaríamos para sobrevivir y trabajar durante los primeros días. Contactamos con una agencia en Santo Domingo para que nos preparara un todoterreno con conductor, un generador eléctrico, combustible, focos, cables, herramientas y tiendas de campaña. En un país completamente destruido no puedes depender de que exista electricidad ni de encontrar gasolina cuando llegues.
También les pedimos alimentos que pudieran aguantar varios días sin refrigeración: frutos secos, conservas, agua y cualquier producto no perecedero.
Por mi parte, entré en El Corte Inglés y llené una bolsa entera de barritas energéticas. Era una compra casi instintiva. No sabía cuánto tiempo podrían convertirse en nuestro único alimento, pero intuía que acabaríamos agradeciendo cada una de ellas.
Con todo preparado embarcamos en el primer avión disponible.
Al aterrizar en Santo Domingo nos esperaba el conductor, junto al vehículo completamente cargado. Mi compañera era Teresa. Comprobamos que todo estuviera en su sitio y salimos inmediatamente hacia la frontera.
Nuestra primera parada no estaba prevista.
Antes de cruzar a Haití encontramos un colegio convertido en hospital de campaña. Desde distintos puntos de la República Dominicana habían llegado médicos voluntarios para atender a quienes conseguían escapar del terremoto. Las aulas estaban llenas de heridos tumbados directamente sobre el suelo. Había fracturas abiertas, amputaciones de urgencia y personas que llevaban horas esperando ser atendidas. Aquel colegio había dejado de ser un lugar donde se enseñaba para convertirse en el primer refugio sanitario de un país que se estaba desangrando.
Permanecimos allí algo más de un día informando sobre aquella situación, pero nuestro destino estaba mucho más adelante.
Al cruzar la frontera vivimos una escena que todavía hoy permanece grabada en mi memoria.
En mitad de un camino, lejos de cualquier pueblo, vimos avanzar lentamente a varios trabajadores transportando un féretro sobre los hombros.
Aquello nos llamó la atención. No había ninguna población cercana ni un cementerio donde pudiera celebrarse un entierro.
Pedimos al conductor que detuviera el coche.
Me acerqué a ellos y les pregunté si llevaban dentro el cuerpo de alguna víctima.
Uno de los hombres negó con la cabeza.
—No. Vamos a buscarlo.
Nos explicó que unos cientos de metros más adelante había una mina. Cuando comenzó el terremoto varios trabajadores se encontraban en su interior y habían quedado sepultados. Caminaban hacia allí con el ataúd vacío porque estaban convencidos de que ninguno seguía con vida.
Aquel féretro vacío avanzando por un camino perdido resumía mejor que cualquier cifra la tragedia que nos esperaba.
Seguimos viaje.
Las carreteras empezaban a desaparecer bajo las grietas. Algunos puentes estaban abiertos por la mitad y en muchos tramos era necesario abandonar el asfalto para continuar por pistas de tierra.
Cuando finalmente llegamos a Puerto Príncipe resultaba imposible reconocer la ciudad.
No existían referencias.
Calles enteras habían desaparecido bajo montañas de hormigón.
Pensamos que el aeropuerto sería el mejor punto para comenzar a trabajar. Aunque estaba muy dañado, los helicópteros militares empezaban a establecer un puente aéreo con la ayuda internacional.
Allí montamos nuestras tiendas de campaña.
Dormimos aquella primera noche junto al coche Teresa, el conductor y yo.
Al amanecer comprendimos que el vehículo apenas serviría para movernos. Las calles estaban completamente colapsadas. Solo quedaba una opción: caminar.
Cada mañana cargábamos únicamente con la cámara, el micrófono, una mochila y agua suficiente para aguantar la jornada. El resto del equipo permanecía en el campamento.
No hacía falta recorrer demasiados metros para encontrar la tragedia.
Las casas se habían desplomado sobre quienes dormían en ellas. Los supervivientes vivían en plazas, parques y descampados por miedo a las réplicas. En cada esquina alguien nos pedía agua, comida o ayuda para levantar una losa de hormigón bajo la que todavía creían que podía encontrarse un familiar con vida.
Mientras recorríamos la ciudad llegamos hasta la catedral de Puerto Príncipe.
La fachada estaba destrozada.
Comencé a grabar distintos planos del edificio cuando apareció una mujer haitiana.
No nos miró.
No vio la cámara.
No parecía consciente de que hubiera nadie a su alrededor.
Se colocó frente a la catedral, cayó de rodillas, levantó los brazos y comenzó a rezar en voz alta mientras lloraba desconsoladamente.
Yo no dejaba de moverme a su alrededor buscando el mejor encuadre posible, intentando que en la misma imagen aparecieran ella y la catedral destruida.
Pero para aquella mujer yo no existía.
No hablaba para nosotros.
Hablaba con Dios.
O quizá con la única esperanza que todavía le quedaba.
Nunca supe quién era ni qué había perdido. Tampoco entendía las palabras que pronunciaba. No hacía falta. El dolor tiene un idioma que no necesita traducción.
Las jornadas empezaban antes de amanecer y terminaban ya de noche. El calor era sofocante, el polvo se metía por todas partes y el olor era cada vez más difícil de soportar. Al principio era el olor del cemento pulverizado. Después empezó a mezclarse con otro mucho más difícil de olvidar: el de los cuerpos que seguían bajo los escombros.
La maquinaria pesada era escasa para una ciudad completamente destruida. Los equipos de rescate hacían todo lo que podían, pero había barrios enteros a los que todavía no habían podido llegar. Cada edificio requería horas de trabajo y las posibilidades de encontrar personas con vida disminuían con el paso del tiempo.
Sin embargo, de vez en cuando ocurría un milagro.
Diecinueve días después del terremoto acompañábamos a uno de los equipos internacionales de rescate cuando comenzaron a escuchar golpes procedentes de un supermercado completamente derrumbado. Tras horas retirando toneladas de hormigón consiguieron abrir un pequeño hueco.
Dentro apareció un hombre.
Estaba deshidratado, agotado y apenas podía mantenerse consciente, pero seguía vivo. Durante aquellos diecinueve días había sobrevivido refugiado en un pequeño espacio que se había formado entre las vigas del edificio y alimentándose únicamente con botellas de Coca-Cola que habían quedado atrapadas junto a él.
Aquella escena devolvió durante unos minutos la esperanza a todos los que trabajaban allí. Demostraba que, mientras existiera una mínima posibilidad, había que seguir buscando.
Pero la realidad cotidiana era otra.
Recuerdo caminar por una calle en la que apenas habían comenzado los trabajos de desescombro. Entre los cascotes sobresalía parte del cuerpo de una persona que seguía atrapada donde el terremoto la había sorprendido.
Lo primero que me llamó la atención fue que le faltaba completamente la cara.
Mi reacción inmediata fue pensar que era consecuencia del calor y del paso de los días. Después de casi tres semanas bajo los escombros parecía una explicación lógica.
Estaba equivocado.
Uno de los miembros de los equipos de rescate me explicó que no había sido la descomposición.
Habían sido los perros.
En Puerto Príncipe ya casi no quedaban alimentos. Si las personas apenas tenían qué comer, mucho menos los cientos de perros callejeros que deambulaban por una ciudad donde miles de cadáveres seguían atrapados entre las ruinas, inaccesibles por la falta de maquinaria pesada.
Aquella explicación me impresionó tanto como cualquier imagen que hubiera grabado durante aquellos días.
Comprendí que una catástrofe no termina cuando deja de temblar la tierra.
Continúa mucho después.
Mientras tanto seguían llegando equipos de ayuda de todas partes del mundo. En el aeropuerto se instalaron militares, bomberos, médicos, especialistas en rescate y cooperantes. Recuerdo especialmente la llegada de la Unidad Militar de Emergencias española y de los equipos de Cruz Roja. Trabajaban sin descanso, organizando rescates, repartiendo ayuda y atendiendo a una población que había perdido prácticamente todo.
Con el paso de las semanas comenzaron a conocerse las verdaderas dimensiones del desastre.
Las cifras iniciales, que hablaban de unos centenares de muertos, quedaron completamente desbordadas.
Las estimaciones más aceptadas situaron el número de fallecidos entre las 220.000 y las 300.000 personas. Más de 300.000 resultaron heridas y alrededor de un millón y medio de haitianos se quedaron sin hogar. Hospitales, escuelas, ministerios y edificios públicos desaparecieron prácticamente del mapa.
La solidaridad internacional fue inmediata.
Se anunciaron compromisos de ayuda superiores a los diez mil millones de dólares para reconstruir Haití.
Pero con el paso de los años también quedó claro que una parte importante de aquella ayuda nunca llegó a materializarse y que gran parte de los fondos terminaron siendo gestionados por organismos internacionales, mientras la reconstrucción avanzaba con una lentitud desesperante.
Nueve meses después regresé a Haití.
Quería comprobar cómo evolucionaba un país que había sufrido una de las mayores tragedias naturales de nuestro tiempo.
Lo que encontré fue desolador.
Prácticamente nada había cambiado.
El Palacio Nacional seguía gravemente dañado.
Frente a él continuaba extendiéndose un inmenso campamento de tiendas de campaña donde miles de personas seguían viviendo porque todavía no tenían una casa a la que regresar.
La reconstrucción apenas había comenzado.
Pero Haití todavía guardaba otra tragedia.
Mientras recorríamos aquellas mismas calles empezaron a aparecer los primeros casos de una enfermedad que el país no sufría desde hacía más de un siglo.
Era el cólera.
Las investigaciones demostrarían después que la bacteria había sido introducida accidentalmente por un contingente de mantenimiento de la paz de Naciones Unidas procedente de Nepal debido a un grave fallo en el sistema de saneamiento de su base. Años más tarde la propia ONU reconocería su responsabilidad moral.
Pero aquella enfermedad encontró un país completamente indefenso.
Las conducciones de agua seguían destruidas.
El alcantarillado prácticamente no existía.
Cientos de miles de personas continuaban viviendo hacinadas bajo lonas y plásticos.
Recuerdo caminar por la gran plaza situada frente al Palacio Nacional y encontrarme con personas desplomadas en el suelo.
Ya no eran víctimas del terremoto.
Eran víctimas del cólera.
Algunos cadáveres permanecían durante días en la calle porque quienes pasaban junto a ellos tenían miedo de acercarse y contagiarse.
Aquellas imágenes eran tan duras como las que había visto nueve meses antes.
La epidemia terminaría afectando a más de 820.000 personas y provocaría cerca de diez mil muertes.
Haití había sobrevivido al terremoto para enfrentarse inmediatamente a una segunda catástrofe.
Hoy, mientras escribo estas líneas, otro terremoto vuelve a ocupar los informativos. Las primeras noticias llegan desde Venezuela y, como ocurre siempre en las primeras horas, las cifras de víctimas cambian constantemente. Ojalá esta vez sean menores de lo que todos temen.
Pero la experiencia me ha enseñado que el verdadero peligro no termina cuando dejan de caer los edificios.
Empieza entonces.
Empieza cuando desaparecen las cámaras de televisión, cuando la atención internacional se dirige hacia otra noticia y cuando millones de personas siguen esperando agua potable, atención sanitaria, un techo bajo el que dormir y la posibilidad de reconstruir su vida.
Haití me enseñó que una catástrofe no se mide únicamente por el número de muertos que deja un terremoto. También se mide por lo que ocurre durante los meses y los años siguientes. Por la capacidad del mundo para mantener la ayuda, reconstruir un país y evitar que la primera tragedia acabe convirtiéndose en una segunda.
Ojalá dentro de unos años nadie tenga que regresar a Venezuela para contar una historia parecida a la que yo tuve que contar dos veces en Haití.







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