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Bajo el signo de Walter Scott

Bajo el signo de Walter Scott

Amanece en Moulins, municipio de la región de Auvernia, Francia. En los alrededores, aislado en la campiña, se encuentra el castillo de Saint-Fiacre, una pequeña población en cuya fonda el comisario Maigret acaba de despertar. Son las cinco y media de la mañana y los primeros ruidos de la casa se mezclan en la mente del comisario con recuerdos de su infancia en ese mismo lugar: el frío, las campanas de la iglesia que llaman a misa… Simenon compone magistralmente el relato y por momentos sentimos la gelidez del lugar, las voces amortiguadas tras la puerta.

"El motivo de su regresión a la infancia de Maigret resulta tan azaroso como los recuerdos"

El padre de Maigret fue administrador de los condes de Saint-Fiacre y él mismo nació en una pequeña casa aledaña al castillo. El motivo de su regresión a la infancia resulta tan azaroso como los recuerdos: hace algunos días, la policía judicial de París recibió un escueto anónimo remitido por la policía local de Moulins: “Les comunico que se cometerá un crimen en la iglesia de Saint-Fiacre durante la primera misa del Día de Difuntos”. Maigret decide viajar al lugar y asistir a la misa.

Este es el punto de partida de la novela, pero apenas importa que el comisario vuelva a su infancia porque, tras el asesinato anunciado de la condesa, se muestra impasible y actúa como un espejo en el cual se reflejan el resto de los personajes con sus pasiones: el conde de Saint-Fiacre, un señorito manirroto que ha dilapidado la fortuna de su madre, la condesa asesinada; su novia, Marie Vasiliev, mujer dominante y caprichosa; el cura, un hombrecillo atormentado que trata de huir del pecado; Jean Metayer, secretario y amante de la condesa, un advenedizo. Por último, los Gautier, administradores del castillo, que encarnan a la burguesía biempensante.

"La irrupción de Walter Scott es un intento más de Simenon de ficcionar su propia ficción"

Ante el dramatis personae descrito, Maigret apenas interviene, apenas juzga, es una especie de director de escena que permite que la representación se desarrolle ante él. ¿Quién será el asesino? Esa es la pregunta clave y, al mismo tiempo, lo que menos importa saber, porque lo que realmente busca Simenon es reflejar a la sociedad en su lado más sórdido y humano.

El título de esta reseña parafrasea uno de los capítulos culminantes de la obra, donde la idea de la vida como representación se pone de manifiesto del modo más metaliterario. El conde Maurice de Saint-Fiacre reúne a todos los personajes a cenar con la intención confesa de desvelar quién es el asesino. Los candelabros del comedor iluminan con una luz tenue, debido a la escasa potencia del generador del castillo. Las caras de los presentes se iluminan en medio de la oscuridad. En el piso superior reposa el cadáver de la condesa, que será enterrada al día siguiente. Y el conde afirma: “¿No les parece esto una novela de Walter Scott?”    

La irrupción de Walter Scott es un intento más de Simenon de ficcionar su propia ficción, y de convertir la amargura, la tragedia de los personajes en literatura.

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AutorGeorges Simenon. Traducción: Lluís Maria Todó. Título: El caso Saint-Fiacre. Editorial: Acantilado Venta: Fnac

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