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Siri Hustvedt sin Paul Auster

Siri Hustvedt sin Paul Auster

Historias de fantasmas es el primer libro que Siri Hustvedt escribe sin las observaciones previas de su gran amor, Paul Auster. Se conocieron en un recital de poesía en Nueva York en 1981 y permanecieron juntos más de cuarenta años, compartiendo una misma pasión literaria, que también era una forma de vivir y amarse. En su casa de Brooklyn mantenían un ritual cotidiano: sentados en los sillones verdes de la biblioteca, se leían mutuamente las páginas escritas durante la jornada. Este libro solo podía nacer de una ausencia, aunque Hustvedt nos confiesa que sigue escuchando sus pasos por la escalera y el olor a tabaco, tapizando el hogar.

Antes de despedirse, Paul dijo que se convertiría en fantasma. Hustvedt, fiel a su pluralismo epistemológico y reacia a reducir el conocimiento a una única disciplina, busca comprender esa persistente sensación de presencia que continúa habitando la casa. Con la curiosidad científica y filosófica que la caracteriza —pues siempre ha defendido que la filosofía encuentra en la literatura una de sus encarnaciones más profundas—, halla cierto consuelo en la fenomenología de Merleau-Ponty, quien describió cómo las personas que han sufrido la amputación de un miembro siguen sintiéndolo durante mucho tiempo después de perderlo. Del mismo modo, el cerebro de Hustvedt continúa reconstruyendo la presencia de aquel otro que formaba parte de sí misma, una mitad ahora cercenada por la muerte.

"Si el duelo consiste en abandonarse a la pasividad del recuerdo mientras se afronta un futuro fracturado, la escritura introduce una dimensión activa que permite recomponer la existencia"

El libro adopta diversas formas. Por un lado, es un diario de la enfermedad de Paul y de la vida familiar, pero también del duelo. Por otro lado, reúne cartas dirigidas a amigos comunes en las que explica el estado de su marido, incorpora las cartas que Paul escribió a su nieto Miles, nacido pocos meses antes de su muerte, y recupera incluso algunas de las cartas de amor que ella le escribió cuando se conocieron. Surge así una cartografía de la intimidad, el retrato de una pareja cuyos personajes, argumentos e ideas se entrelazaban en una conversación que transitaba de las páginas a las sábanas. Ahora sin él, la escritura se convierte en una forma de sostener la pérdida, de habitar la nueva condición de orfandad amorosa. Estamos ante un libro que se asoma al abismo sin reiniciar por ello a la luz.

Las palabras desempeñan aquí una función profundamente terapéutica: a veces una frase puede salvarnos. Si el duelo consiste en abandonarse a la pasividad del recuerdo mientras se afronta un futuro fracturado, la escritura introduce una dimensión activa que permite recomponer la existencia. El libro resucita a la persona amada y prolonga el diálogo que la muerte ha interrumpido. El cuerpo pierde sus hábitos de contacto, pero la imaginación avanza con retraso respecto al sufrimiento que padece. En uno de los pasajes, Hustvedt relata cómo, tras participar en un tribunal de filosofía en Washington D.C., regresó a casa con el impulso inmediato de contarle a Paul todo lo vivido. Solo entonces recordó que ya no estaba allí para escucharla. A veces, sólo vivimos para contarlo a la persona amada. En el fondo, este libro narra un aprendizaje: el lento y doloroso ejercicio de modificar nuestras expectativas para poder seguir viviendo, porque la felicidad quizá consista en esa ardua tarea de reconciliar el deseo con la realidad.

"El libro no se alimenta únicamente de un amor idealizado. También está hecho de materia cotidiana: de discusiones, manías y desencuentros"

Dentro del conjunto de la obra de Hustvedt, Historias de fantasmas dialoga en cierto modo con una novela anterior: Todo lo que amé. La primera desde el diario y la segunda desde la ficción, ambas convergen en determinados momentos, por ejemplo, en la figura de Daniel Auster, hijo de Paul, fruto de su primer matrimonio con la escritora Lydia Davis. Daniel tuvo una existencia turbulenta, marcada por las mentiras, las adicciones y la tragedia. Cuando parecía posible cierta redención tras el nacimiento de su hijo, el bebé murió con apenas diez meses por intoxicación de fentanilo y heroína, después de pincharse accidentalmente con una jeringuilla. Daniel fue condenado a prisión y, tiempo después, falleció por sobredosis a los cuarenta y cuatro años durante un permiso penitenciario. Hustvedt sugiere en el libro que aquella sucesión de pérdidas pudo contribuir a la depresión de Paul, y de algún modo, formar parte de la oscura constelación que precedió a la aparición de su enfermedad.

El libro no se alimenta únicamente de un amor idealizado. También está hecho de materia cotidiana: de discusiones, manías y desencuentros. Hustvedt evoca el carácter obstinado de Paul Auster y lo compara con Bartleby, el célebre personaje de Herman Melville que siempre preferiría no hacerlo. Ella, por su parte, se describe como una mujer nerviosa y fácilmente irritable, una suerte de princesa del guisante contemporánea, capaz de percibir la más mínima incomodidad allí donde otros no advierten nada. Esa sinceridad aleja el relato de toda mistificación y le otorga una humanidad conmovedora.

Más allá de los éxitos, las desgracias y las inevitables imperfecciones de la convivencia, Siri Hustvedt y Paul Auster compartieron algo excepcional: la condición de que la literatura permite acceder a la vida interior del otro. Quizá por eso este libro, más que una elegía, es la prolongación de una conversación amorosa. Hay pérdidas que no pueden repararse, pero sí transformarse en palabras, porque leer y escribir siguen siendo la forma más profunda de habitar los sueños ajenos. Solo así, se construyen los propios.

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Autor: Siri Hustvedt. Título: Historias de fantasmas. Traducción: Aurora Echevarría Pérez. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros.

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