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Sobre «Sexo y silencio»

Sobre «Sexo y silencio»

A pesar de la deserotización producida por el ruido político e informativo, a pesar también de los ríos de tinta vertidos sobre la sexualidad, poco se puede decir que esté a la altura de los placeres de la carne, de sus mil delicias compartidas. Deshacer las camas, apartar de un empujón los muebles, quitarse la ropa en desorden. Perder la compostura, amarse, desbaratar en secreto las reglas de la decencia y la falsa civilización del día. Existe una inteligencia subversiva en el sexo, una verdad enlazada al feliz subdesarrollo de los afectos. Inseparable de la pasión, de un deseo por fin liberado, es posible que el sexo sea una experiencia que arma al blando de corazón y desorienta al poderoso e insensible. Indisociable de una ampliación de los vínculos con otra humanidad, con una osada juventud que nunca habíamos perdido, la sexualidad nos devuelve el calor de un tiempo sin contabilidad posible, por fin detenido. La intimidad con alguien que nos prolonga al entregarse dona otra fuerza en cada uno de nosotros. Poseyendo somos poseídos. Y no precisamente para aumentar nuestro egoísmo, sino para conquistar el atrevimiento de un encuentro que anula todas las reservas.

La pervivencia del sexo entre nosotros, con su inseparable excitación afectiva e intelectual, mantiene activa una naturaleza impetuosa y amoral que creímos dejar atrás. El impulso sexual es un obstáculo para la homologación de las almas en una sociedad que teme al deseo, a la inteligencia de su sangre, como si fuera la peste. En sus distintas variantes, del sensacionalismo informativo a las grabaciones más impúdicas, la pornografía es un intento cultural, por inculta que sea, de colonizar una vida primitiva que no cesa. Pero se trata de un intento condenado al fracaso. Como nos recuerda un clásico del pasado siglo, la cultura es el terreno donde lo reprimido retorna.

"No existe lo sexual como algo que pudiera ser aislado del resto de nuestro universo anímico"

Detrás de Sexo y silencio está, pues, un personal hábito amoroso que nunca quiso renunciar a la intensidad corporal, afectiva y cognitiva, incluso poniendo en cuestión que ahí se trate de reinos distintos. El sexo es una de las cosas más espirituales del mundo. Es el placer de concentrarte por fin para expandirte, levantando las barreras y entregándote a un encuentro sin testigos. Te libras a la vez del agobiante control social y también de las prohibiciones interiorizadas. Con la sexualidad nos liberamos hasta de las angustias médicas y estéticas del cuerpo, interrumpiendo la vigilancia que sobre él ejerce la conciencia. Es lo que también se puede conseguir bailando, tocando un instrumento, cantando, hablando u orando. Debido a esta espiritualidad de lo sexual no existen ni el puro amor platónico, que no mueva afectos inconfesables, ni el sexo animal en estado bruto, que exista sin velos, sin imperativos ni prohibiciones intelectuales. No existe lo sexual como algo que pudiera ser aislado del resto de nuestro universo anímico. A la inversa, cualquier pasión intelectual arrastra morrenas libidinales.

Incluso las pasiones que otros llamarían perversiones resultan de la fiebre de un amor que no debe dejar nada fuera, que no debe despreciar ningún defecto, ninguna inmundicia. En realidad, al margen de la moralidad reinante, siempre hemos sentido que las pequeñas perversiones son las licencias de un amor que, precisamente para ser pragmático, ha de atreverse a amar sin condiciones. Las tentativas para desromantizar el amor y el sexo chocarán con esa zona de sombra donde todos somos muy inmaduros.

"Después de un encuentro corporal íntimo cuesta mucho casar la turbulencia de esa intensidad carnal con la duración fiel de una relación"

Por tal razón, nunca tendremos seguridad en el plano corporal. No hay un posible «preservativo» para el sexo y su inevitable descendencia afectiva, la hilera de consecuencias personales imprevistas a la que nos puede llevar. Amando hemos hecho y nos han hecho mucho daño. Pero no podemos curarnos de esta toxicidad de las relaciones con una nueva moralidad preventiva, que solo consigue que los daños sean desplazados debajo de la alfombra y queden ocultos, para reaparecer de otra forma.

Después de un encuentro corporal íntimo cuesta mucho casar la turbulencia de esa intensidad carnal con la duración fiel de una relación. Tímidos o insolentes, el problema nunca ha sido el sexo, que considerado aparte es algo relativamente fácil. El problema es mantener una relación amorosa. Amar y trabajar es todo un reto en la dispersión contemporánea. Tenemos problemas para quedarnos y comprometernos con una sede y un cuerpo, con el rostro de un par, que también implica la humildad de aceptarse, de reconocer unos límites.

Tenemos terror a romper con el estrés del nomadismo, con un reemplazo que ha acelerado la velocidad de escape que nos mantiene en la visibilidad. Si este mundo corre tan deprisa es porque teme lo que podría ocurrir en el reposo de los cuerpos, en sus percepciones y su intercambio sensitivo, con la intimidad y con los entornos.

"Estamos rodeados de consejos morales, tanto en la dirección de una nueva castidad como hacia un control alternativo y minoritario"

Así pues, también late en Sexo y silencio la voluntad de liberar a nuestra sexualidad de un sinfín de equívocos, incluida una batería de amenazas neo-puritanas que hoy asedian los cuerpos. Del afán pedagógico al control médico, de la conminación social hacia un sexo «sano y responsable» a la incitación vanguardista hacia un sexo elegido y controlado, usado como una prótesis más, pocas veces el sexo ha sido más objeto de polémica, de una enorme voluntad de predicación social. Estamos rodeados de consejos morales, tanto en la dirección de una nueva castidad como hacia un control alternativo y minoritario que, con la ayuda de la medicina y el espectáculo, cree en la transparencia. Como si el sexo no formase parte del secreto de una vida que, lo quiera o no, nunca podrá rendir cuentas a nadie que no sea el templo del propio cuerpo.

Para contribuir a liberarnos también de una «salida del armario» que hoy parece haberse vuelto obligatoria, Sexo y silencio se ha tomado la molestia de repasar con detalles múltiples aspectos de nuestra vida corporal. Y ello sin reparar en incursiones carnales que algunos considerarán impúdicas, sin reparar tampoco en algunos lugares comunes y prohibiciones que otros considerarán tradicionales. Nuestra sexualidad no tiene ideología, ni una moralidad unívoca, y tal vez deba volver a estar libre de cualquier horizonte que no nazca del deseo, unas inclinaciones que solo el absoluto mortal de cada vida puede juzgar como virtuoso o perverso. Lo que es sano para unos puede ser un veneno para otros, lo que es normal para unas puede ser dañino para otras. Ni la «castidad» ni las «perversiones» son en sí mismas malas. Cada cual debe ensayar un arte de las dosis, debe apañarse como pueda en un terreno donde los consejos son difíciles y donde es fácil cometer errores, de exceso o defecto, que siempre tendrán un coste psíquico. Sin necesidad de instrucción social alguna, cada cuerpo debe acabar sabiendo su verdad mejor que cualquier «educación sexual» que se proponga imponernos un modelo. No podemos sustituir la vieja predicación cristiana de ayer, especialmente puritana en las naciones frugales del norte, por una nueva prédica progresista que cree saber qué son las relaciones sanas y deseables.

"Con frecuencia da la impresión de que nuestra preocupación neurótica con la sexualidad es propia de una estirpe de prisioneros. ¿Lo somos?"

Por tanto, a la fuerza un poco impúdicas, las páginas de Sexo y silencio intentan una comprensión de nuestro imaginario sexual compartido. Ensayan asimismo una crítica de la ilusión carnal que pretende calentar una sociedad seriamente desangelada por la frialdad despiadada de la economía. Sexo y silencio no olvida nunca la defensa de un sur de los sentidos, una cultura antropológica donde esta inmensa marea norteña de rigor selectivo, a veces disfrazado de lo que suele llamarse sexo, jamás había sido una obsesión de masas. Al menos hasta la llegada de esta última edad moral de la corrección política, con el encadenamiento serial de sus coacciones.

«Nunca tengo nada que decir. Me limito a tocar y cuidar los cuerpos», confiesa una adorable e insignificante fisioterapeuta perdida en el reparto grandioso de una película reciente. Así son el erotismo, el amor y el sexo, una triada inseparable de los sótanos oscuros que nos adiestran en la aventura de vivir. Tal como es de angustiosa esta sociedad para las almas sencillas, no descartemos que en la sexualidad, en sus múltiples variantes todavía libres de normativa y liturgia, hayan encontrado refugio los seres más cándidos de la actual condición humana.

Con frecuencia da la impresión de que nuestra preocupación neurótica con la sexualidad es propia de una estirpe de prisioneros. ¿Lo somos? Si fuera así, algún día habría que preguntarse de qué somos cautivos. Mientras tanto, también en el sexo y en el amor, no estaría mal aprender a vivir sin doctrina, reinventándose cada día y absteniéndose de juzgar moralmente.

"Acaso lo más impertinente de Sexo y silencio, a contrapelo de la pesada letanía moral de un sexo saludable, es apostar por el acontecimiento del encuentro"

Sexo y silencio no debería tener enemigos frontales, por mucho que critique tal o cual aspecto de nuestras costumbres y cierto creciente puritanismo progre. De paso que entra a fondo en las pasiones carnales, este libro pretende combatir un sistema general de hostilidad, incluso de indiferencia, que instituye muchas de nuestras selectas minorías contra algo exterior, el atraso de una comunidad humana despreciada como tradicional para no entrar en sus infinitos matices. La obsesión actual por el diseño de las identidades se basa casi siempre en lo que nos separa, en la crispación de unas pequeñas diferencias que parecen librarnos del maltrato que se ha vuelto masivo. Vivimos en la furia de una agitación binaria que liquida la hermandad común, convirtiendo a los pueblos, en cuyo nombre hablamos, en rehenes del maniqueísmo que ha inundado nuestras conciencias.

Crecimos tan solos, incluso en medio del estruendo de la comunicación, que nos pasamos la vida imaginando encuentros. Bajo esta fiebre, ¿subsiste todavía un dios de la sensualidad, a pesar incluso del desánimo generado por la velocidad de los contactos programados? Acaso lo más impertinente de Sexo y silencio, a contrapelo de la pesada letanía moral de un sexo saludable, es apostar por el acontecimiento del encuentro y el peligro de los afectos. Las referencias intelectuales de un enfoque así son por fuerza híbridas, tanto como lo es una vulgar vida ordinaria que en estas páginas es una constante referencia de fondo. No es de extrañar entonces que, incluso en momentos cruciales, la investigación de este libro utilice con frecuencia lugares comunes. Se trata de ahondar en ellos, buscando la intensidad de su laberinto oculto.

"Estar vivo es una enfermedad mortal. ¿Cómo recuperarse de ella?"

Sexo y silencio usa con naturalidad abundantes referencias eruditas. Pero intentó hacerlo desde una experiencia vivida en estado bruto. Y esto también obliga a serle fiel a los pocos nombres propios que admiramos. Al fin y al cabo, los clásicos lo son no por lo que dijeron, sino por lo que hicieron: reventar la visión edificante y elitista de nuestras costumbres. Mi libro querría estar guiado por una vieja pasión humanista, tal vez el humanismo un poco desesperado que corresponde a nuestro enfriamiento anímico. Además de disculpar algunas crueldades exigidas por el guión, el lector juzgará en qué medida esta tentativa de revitalizar el campo trillado del sexo se ha cumplido, librándonos en alguna medida del tedio reinante.

Finalmente, es propósito de Sexo y silencio mostrar que el desorden de lo más primario sigue siendo capital, precisamente bajo el preventivo control con el que intentamos someterlo. Estar vivo es una enfermedad mortal. ¿Cómo recuperarse de ella? La sexualidad y los afectos son algunas de las herramientas que tenemos para encontrar un modo de cura, aceptando que es imposible superar el mal de vivir. Solo se trata de entrar en él, dándole forma.

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 Autor:  Ignacio Castro Rey. Título: Sexo y silencio. Editorial: Pre-Textos. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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