Toda investigación es una liturgia que busca dar voz a los muertos, según Grafton Tanner en la obra que ha editado pulcramente Mutatis Mutandis, Purgar al Diablo. Una tesis muy derridiana, por cierto. Hay algo de exorcismo en la escritura, de respuesta a una llamada procedente de un vacío que inflama la creatividad de la misma forma que reaviva nuestro afán por investigar los rincones abismales de lo real. Ese vacío horada cualquier voluntad de dar por concluido cualquier tema. Toda clausura no deja de ser una ilusión, un trampantojo de unidad. Nada está cerrado porque la realidad se abre a una interpretación perpetua que atenta ante cualquier prurito de fidelidad exhaustiva para con los hechos. Y es que no hay hechos, sino interpretaciones, decía Nietzsche. O bien, cualquier teoría es válida, pero debe falsarse continuamente, dirá Popper.
Lo demoniaco es la fuerza que invade y trastoca identidades e integridades, de modo que el exorcismo será visto como cualquier acto que busque derrotar ese trastrocamiento. Es una necesidad de ordenar lo que se ha derrumbado, de volver a la integridad lo que se ha sedimentado fatalmente por el peso de lo anómalo. Pero la cosa es mucho más compleja, y en este punto es donde emerge una de las tesis más sugerentes de la obra de Tanner: el exorcismo, y sus rituales, no dejan de ser performances que se rigen por un guion cultural que tanto poseídos como exorcistas han interiorizado. Dicho en otros términos, el exorcismo funcionaría como una representación teatralizada de forma más o menos inconsciente en la que cada participante conoce, de manera más o menos velada o subrepticia, su función y pautas de acción a seguir (según las expectativas interiorizadas).
Se trata de una tesis muy interesante, en la que el exorcismo se enmarca más allá de la posesión infernal o la enfermedad psíquica. La ciencia y la religión colindan en este sentido porque lo científico, si se analiza detenidamente, no deja de llevarnos por terrenos verdaderamente misteriosos. Tanner, en esta tesitura, se sirve de la tesis de Jean-Michel Oughourlian del carácter mimético de la posesión (exorcismo y posesión responden a un marco cultural claramente definido). Evidentemente que en esta mímesis todo depende las capacidades de interiorización y reproducción de los diferentes integrantes de la representación (más allá de que se ignoren sus lógicas o no).
Y es que la sumisión juega un papel importante en todo este proceso. El exorcismo puede ser leído en términos de interpelación ideológica (sería muy interesante hacer dialogar las tesis de Tanner con la célebre teoría de los AIE, Aparatos Ideológicos de Estado, de Althusser). Para los exorcistas, la única prueba de sanación radica en la sumisión a sus dictámenes, órdenes y prerrogativas. Cualquier otro comportamiento que se desvíe de lo enunciado por el ritual, se lee como un síntoma de posesión. Y aquí es donde Tanner juega a la equivalencia entre posesión demoníaca y lavado de cerebro sectario, si entendemos por esto último la anulación de la capacidad crítica mediante la implantación forzosa de ideas, creencias… y de la necesidad de la desprogramación (muy sugerente el paralelismo entre exorcismo y desprogramación) para retornar al sujeto a sus plenas capacidades. Un juego de delirios, en definitiva, que remite a la paranoia de una sociedad esclavizada por sus miedos y atenazada por una angustia radicalmente insoportable.
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Autor: Grafton Tanner. Título: Purgar al Diablo. Traducción: Federico Fernández Giordano. Editorial: Mutatis Mutandis. Venta: Todos tus libros.


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