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Soy, de Florencia del Campo y María Luque

Lola es medio inmigrante, medio huérfana, feminista, consciente, contradictoria, cinéfila, hermana y amiga, pero todavía tiene mucho por descubrir sobre quién es y quién quiere ser; sobre lo que siente y sobre su identidad. Recién aprobada la selectividad, empezará a enfrentarse, una a una, a todas las cosas que la rodean: la familia, el deseo, el cuerpo, la mujer, el duelo, los vínculos y el amor. En busca de independencia económica y de nuevas experiencias, decide, junto a su mejor amiga, viajar a una ciudad costera para buscar trabajo en verano. Este viaje iniciático hará que se encuentren con ellas mismas. Una novela juvenil para reflexionar, que esconde en su cubierta un divertido juego de mesa que igual te suena: «¿Quién soy quién?».

Este texto de Florencia del Campo, bajo el título Soy Linda, fue finalista del Premio El Barco de Vapor 2011 de la Editorial SM (Argentina), pero no ganó, quizá entre otras razones, por tratar abiertamente el tema del aborto. Esta publicación, revisada, actualizada y potenciada por los maravillosos dibujos de la ilustradora María Luque, nos da la oportunidad de mostrar un texto que antes podía ser tabú, pero que ahora es urgente.

Zenda publica dos capítulos de Soy, la primera novela juvenil que edita la editorial Barrett.

Florencia del Campo.

María Luque.

15.

Tal vez responder sea un acto provisorio

Es nuestro segundo día aquí. Por ahora no hemos trabajado más que en ponernos morenas. También nos hemos ocupado de recorrer bares que nos gustaron, donde pensamos que nuestros servicios de camarera podían ser requeridos, pero nos han respondido que no sin darnos ninguna oportunidad de vendernos un poco. O no nos han creído cuando dijimos que sí teníamos experiencia, o, peor, en algunos casos ni nos atrevimos a preguntar porque nos dio vergüenza al ver que la gente que allí trabajaba llevaba las bandejas como nosotras un moño en el pelo. Pero los chicos que conocimos en la playa nos dieron el dato de un café que paga por horas por poner desayunos o helados, y mañana sin falta vamos a ir. Laura me está prestando pasta. Mi madre me dio solo esos cien euros, que estoy gastando en el alojamiento. Cada vez que queremos una cerve, tengo que mirar a Lau como si fuera mi mamá para pedirle dinero. No puedo más. Necesito independencia económica urgentemente.

Para evitar gastar dinero esta noche, le propongo a Laura ver una peli en una de las zonas comunes del albergue. Le parece un plan de mier­da y no me extraña, lo es, pero yo no voy a salir. Mal que me pese. Tengo que aguantarme esta miseria.

Me dice que vale, que se queda conmigo, pero que si el chico de la playa, con el que estuvo chateando las últimas horas, le escribe para salir, que se va con él. Me jode mogollón esa advertencia, porque me lo dice en ese tono, pero al mismo tiempo la entiendo. Es el que intentaba hacerle una trenza en el pelo mientras su amigo del tatuaje en el hombro me mostraba en Google Maps el café al que iremos mañana. Tiene veinticinco años y un cuerpo enorme. Están tonteando, y cuando le pregunto a Laura si le gusta es incapaz de responderme. Anoche creo que se hartó y me dijo: Ay, ¿por qué las respuestas tienen que ser de sí o no?, no lo sé, voy a experimentar. Le dije que no se enfadara, que era una pregunta de amiga, una pregunta normal, pero estaba como irritada, como saturada. Luego agregó: Es que estoy cansada de ciertas cuadrículas y de tener que ordenar las cosas en los recuadros. Caja, cajita, cajita. Va a ser al revés: sabré si me gusta o no después de follármelo. Vale. Estaba superborde. Pero entiendo esas ganas locas de dejar las cosas en las líneas que dibujan los recuadros y nunca dentro del espacio en blanco que forman. Escribir en un reglón en vez de sobre, algo así. Como una manera de decir algo que en el mismo acto de la mención se tacha. No sería ya mover la raya sino mover las cosas en función de una raya previa. Como un desdecir al decir. La posibilidad de una contradicción, supongo. De que la palabra no condene otras posibilidades. Pero no por marear la perdiz, sino por experimentación y por libertad. Creo que es algo así aunque me cuesta hasta pensarlo.

Ponemos la peli en la zona común que tiene sofás. Como es la hora de la cena y de pasárselo de puta madre fuera, estamos solas con un chino que no habla y lee con gafas que rozan las páginas de su libro. Si habla, será en inglés y el mío, en cualquier caso, es desastroso. Estoy a punto de poner una que se llama Soy basura, pero Laura está per­diendo la paciencia con mi autodestrucción. Pongo entonces otra que se llama Yo soy el amor. Esta le pega más con su jueguito con el móvil.

Es una peli italiana insoportable y Laura no le presta nada de aten­ción. Está en el móvil o mirándose las uñas rojas de los pies o retocán­dose el maquillaje de los ojos. Le pregunto si ya le escribió, porque veo que contesta mensajes muy seguido. Me dice que aún no. Tengo ganas de preguntarle con quién se está escribiendo entonces, pero no lo hago. Me contengo. De pronto, siento que si hago la pregunta la haré desde unos celos infundados y ridículos.

Ya ni sé qué es lo que me da celos: si sus uñas, si su móvil, si su madre, si su potencial chico, si su cuerpo, si su pelo, si su ser hija única, si su ser.

—Tía, ¿te puedes quedar quieta?

—¡¿Quieta?! ¿Qué es esto, el dentista?

—Es que no puedo ver una peli así.

—Bueno, no la mires, es un albergue, no un cine.

—Es un albergue, pero no tengo nada mejor que hacer en este albergue de mierda que ver una peli.

—Esa es tu película, Lola. Estás en la puta playa, ¿no se te ocurre nada mejor que ver una peli? ¿Qué coño es este plan de invierno? ¿Quieres también que te haga un té con miel y te pase una manta? ¡No me jodas!

Me pongo de pie.

—¿Qué coño tiene que ver la temperatura con el cine? Me gusta ver pelis, y no se miran así ni solo en invierno.

—Perdón, perdón que no sea una experta en ver pelis.

—Eres muy mala espectadora, sí, aguántatela. Es la verdad.

El chino también se pone de pie. Nos mira a través de las gafas de montura roja.

—Y tú eres muy mala amiga.

—¿Qué dices?

—Nada.

—No, repítelo.

—Ay, tía, ¿qué te crees que es esto?, ¿una telenovela?

—No, pero yo no te estoy atacando gratuitamente.

—Lola, que vinimos a la puta playa, ¡espabila!

—Estamos en un puto albergue con un chino que nos mira, ¡esto de playa no tiene nada!

Laura se da vuelta y mira al chino, que le queda a sus espaldas.

—¿Qué miras?

English? —pregunta el chino.

—¡English! ¡English, quiere! ¡English!

—Pues dáselo. Eres una experta en satisfacer a todos los que se te cruzan.

—¿Cómo? ¿Qué dices?

Laura tiene las manos sueltas, lejos del cuerpo, como si de un segundo a otro fueran a salir volando de sus brazos, convertidas en balas de plomo, hacia mi cara, mi pelo.

—Ahora tú haces preguntas de telenovela.

—Vete a la mierda. No sé lo que te pasa.

Dice. Y coge su bolso y empieza a andar hacia la puerta. Hacia la calle. Hacia la salida.

—¡¿No sabes lo que me pasa?! ¿Eres imbécil o qué?

La segunda pregunta coincide con su cuerpo ya fuera del albergue.

Es un diálogo breve, pero cuando lo vives es eterno.

Qué diferencia entre la escritura y la vida.

16.

Hacerse la película también es ir haciendo vida

Me despierto. Son ocho camas. Yo duermo en una de abajo y Laura en la de encima. Pienso en levantarme para ver si está, pero no me atrevo. No sé qué me va a poner peor: si descubrir que no está, o si ver que está y que tengo que enfrentarla en cuanto se despierte. Tampoco sé qué hora es. Todas las camas de abajo que puedo ver desde la mía tienen un bulto. O es muy temprano y por eso nadie aún se levantó, o salieron anoche y están durmiendo sus resacas.

Mi resaca es de película, no de alcohol o sueño. Tengo resaca de la peli que vi anoche. La italiana no terminé de verla, era realmente aburrida y no me interesa para mi registro de pelis con «soy». En cambio vi otra que se llama Soy una cámara. Una vez que Laura se fue, el chino se me quedó mirando y yo le grité: ¡No english!, ¿te enteras?, ¡no english! El tío dio media vuelta con su libro en la mano y se metió en el pasillo que conduce a las habitaciones (la suya por suerte no es la nuestra). Recién entonces, cuando ya había espantado a dos personas en una misma noche, yo me puse esa peli. Sí. Y un té con miel, por qué no. Pero bebí una cerveza que me compré en el bar del albergue. Una cerveza no me iba a hacer más pobre. Y me la merecía.

La peli es en blanco y negro. Una típica comedia de los años cin­cuenta. Él es escritor y es el que cuenta la historia. Es una peli en primera persona, como las que me gustan a mí. En un momento él le dice a ella (siempre hay un él y una ella) que escribir es absurdo y ella le pregunta qué cosa no es absurda. Quiero levantarme a hacer el cuadro de esta película. Pero tengo miedo a ponerme de pie y descu­brir que la cama de Laura está vacía. Me siento. Al menos soy capaz de hacer las cosas por la mitad. Y con los pies sobre el suelo, el culo en el colchón y la cabeza un poco gacha para no dármela con la cama de arriba pienso que sí, que todo es absurdo. Y como si acariciaran mi pensamiento, unos dedos se meten en mi pelo. Es Laura.

Desayunamos en el albergue. No está enojada, tampoco especial­mente contenta. Está al natural, está como es o como yo la hago. Me cuenta que anoche el chico no le escribió y que entonces lo hizo ella. Que él le dijo que estaba en tal bar con los amigos, que si queríamos podíamos acercarnos. Dice que le mintió, que le dijo que yo estaba un poco malita, pero que se acercaba ella sola. Nos reímos.

—Menos mal que había té con miel para curarme —le digo.

Nos morimos de risa.

—¿Y qué pasó? ¿Fuiste?

Me cuenta que fue. Y que no pasó nada. Que tomó unas cervezas con ellos pero que nadie le hacía mucho caso. Que su chico muy poca, de hecho. Cada vez que digo tu chico me corrige y me dice que no lo es. Está desanimada y yo también. No nos pedimos explicaciones de nada ni nos hacemos reclamos. Sí que sabemos lo que nos pasa. Hoy es como si anoche no hubiéramos discutido.

Decidimos que vamos a ir al sitio de los cafés y los helados a pedir empleo. Ahora, después del desayuno. No podemos seguir perdiendo el tiempo.

Preguntamos en la barra por el encargado. La chica a la que le preguntamos es peruana. Le cuento que yo soy argentina, pero no parece procesar el dato. Cuando el encargado por fin aparece, me sorprendo: me imaginaba alguien un poco mayor. Debe tener treinta y tantos años. Le confesamos que no tenemos experiencia y no le importa. Nos explica que es la heladería de moda en ese pueblo seco a pesar del mar. No nos pregunta nada, excepto la edad, y se queda tranquilo cuando le decimos y le mostramos en el documento que ya cumplimos los dieciocho años (¡por los pelos en ambos casos!). Es él quien explica y advierte las condiciones. Da por hecho que por nuestra parte hay un sí, acepto. Y lo peor es que lo hay. Pero es increíble que lo dé por hecho. Probablemente lo que nos dice que paga es una mierda, no sé, ni siquiera sé a qué se debe aspirar hoy en un empleo así. Con todo, parece estar seguro de nuestra necesidad y de su poder. Nos mira el cuerpo cada tanto. Me da asco por momentos y mucha rabia todo el tiempo. Empezamos mañana, sentencia. Nos pregunta la talla para prepararnos uniformes y mientras lo hace nos mira de arriba abajo. Estoy por responderle que se vaya a la mierda y se meta los cafés y los helados en el culo, pero me quedo callada. Mediana, dice, y nos da la mano para despedirnos.

Le digo a Laura que no me gusta, me dice que tendremos que apre­tar los dientes, le digo que eso es de cobardes. Se para. Me ataja de los hombros.

Justo va a preguntarme eso a mí.

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Autora: Florencia del Campo. Ilustradora: María Luque. Título: Soy. Editorial: Barrett. Venta: Todos tus libros, AmazonCasa del Libro.

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