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Stella Stevens, aquella Hildy que sintetizó la nostalgia del western crepuscular

Stella Stevens, aquella Hildy que sintetizó la nostalgia del western crepuscular

Muertas con setenta y dos horas de diferencia en febrero de 2023, la noticia del deceso de Stella Stevens —el día 18— llegó solapada a la del de Raquel Welch. Esta segunda se fue primero —el 15— y aún escribía sobre ella cuando supe que la Hildy de La balada de Cable Hogue (Sam Peckinpah, 1970), el personaje por el que siempre he de recordar a Stella, también había expirado. Una y otra fueron dos genuinas representantes de esa concepción de la interpretación femenina imperante en el Hollywood de los años 60 —y por ende en la cartelera mundial—, basada, principalmente, en la pulsión erótica que pudiera irradiar la actriz. Así que, con el óbito de ambas, eso que cuando Madrid era mi pequeño reino afortunado, donde yo era el niño más feliz del mundo, se decía sex appeal —me da por pensar que en la vieja España se consideraba pecaminoso llamar por su nombre a la atracción sexual— tocó a su fin un poco más de lo que ya venía haciéndolo de antiguo, con la desaparición de dos de sus musas más destacadas en tan corto espacio de tiempo.

Aquel erotismo del cine de los 60 tuvo un modelo a imitar indiscutible: Marilyn Monroe. Es más, pese a que toda esa sensualidad pretérita hoy también debe de ser fascismo, ello no ha impedido que Marilyn, en nuestro 2026, siga inspirando a las más radicales antifascistas, anticapitalistas, ultrafeministas y todo lo demás. Verbigracia, el último ridículo de la buena de Irene Montero, cuando, el pasado 16 de junio, tuvo a bien cantarle, al también bueno de Donald Trump, el “Happy Birthday” en la tribuna del parlamento europeo con ripios y todo. Se diría que el azote —o la azotaina— del machirulo acababa de ver a Marilyn entonando ese mismo “Happy Birthday” a John Fitzgerald Kennedy, el 19 de febrero de 1962, en el Madison Square Garden de Nueva York. Y bien pudo ser así, considerando los numerosos documentales sobre la desdichada estrella que se han emitido en estos días, con motivo del centenario de su nacimiento el pasado primero de junio, y la obsesión con Estados Unidos de la formación política que lidera la joven pastora de las masas femeninas, que toma su nombre del eslogan de la primera campaña presidencial de Obama, aquel Yes, we can.

"La antigua prostituta que fue Hildy, repudiada por la gente decente del pueblo, y el antiguo forajido, injuriado y abandonado por los que cabalgaron junto a él, comienzan a vivir su historia de amor en Fuentes Cable"

Mucho menos iracunda que las cantantes espontáneas de la tribuna del Parlamento Europeo, y menos ebria que Marilyn al cantarle a JFK en el Madison Square Garden, Stella Stevens entonaba aquello de “butterfly mornings and wild flower afternoons” en esa elipsis en la que el viejo Sam nos resumía los primeros días de la convivencia ente Hildy y Cable (Jason Robards). Hace medio siglo que asistí a la proyección de esa secuencia por primera vez, y todavía se me antoja el mejor retrato del amor que se haya visto en el western crepuscular.

Hildy, ese es el personaje por el que recuerdo a Stella Stevens. “Las buenas personas me han echado”, comenta apenada a Cable, cuando se presenta en Cable Springs. “Fuentes Cable”, se llamó en el primer doblaje español a esa suerte de parada de postas en el desierto que regenta Cable, allí donde sus compinches le dejaron abandonado, hundido y humillado. “La única persona buena que hubo allí fuiste tú”, afirma Hogue al recibir a Hildy en su establecimiento. Y la antigua prostituta que fue Hildy, repudiada por la gente decente del pueblo, y el antiguo forajido, injuriado y abandonado por los que cabalgaron junto a él, comienzan a vivir su historia de amor en Fuentes Cable, o Cable Springs —como el lector prefiera—. Un romance que, como tantos, parece nacido con el tiempo limitado, y no va a ser así.

Recuerdo a Cable cuando la descubre, aún sobre su montura. Va a registrar el trozo del desierto donde será feliz y hallará prosperidad, a la oficina correspondiente, cuando el escote de Hildy le magnetiza. Ella se da cuenta, le sonríe y su sonrisa resulta aún más magnética. La de Stella Stevens fue una de las sonrisas más radiantes y sinceras del Hollywood de su tiempo. Fue catapultada al estrellato en ausencia de Marilyn. Y bien es cierto que, en una primera apreciación, ambas podían atenerse al prototipo de la rubia ingenua. Pero había un punto en que la ingenuidad de Marilyn se tornaba picardía. Era entonces, llegando a eso, cuando Stella, más allá del sex appeal, resultaba como una de esas personas con las que a veces te sorprende la vida real, esos desconocidos —y desconocidas— que, de pronto, por generación espontánea, descubres que te sonríen de verdad. Antes que por el escote, yo recuerdo a Stella Stevens por la sinceridad de su expresión.

"La dulce Stella comenzó a ser contratada en ausencia de Marilyn. El primero en hacerlo fue Vincente Minnelli en El noviazgo del padre de Eddie"

Sin embargo, los encargados de escribir sus primeras noticias biográficas solo parecían atender a ese milagro que había obrado en ella la biología. De modo que consideraron oportuno apuntar que había nacido en un lugar llamado Hot Coffee (Misisipi), cuando en realidad vio la luz por primera vez en Yazoo, otro rincón del mismo estado, aunque de nombre menos tórrido. Fue en 1938, y tan solo quince años después estaba embarazada de su primer y único hijo, el también futuro actor Andrew Stevens.

Compartió los comienzos de su carrera actoral con los primeros trabajos como modelo más o menos erótica: fue la playmate de enero de 1960 en la revista Playboy. No mucho después se pasaba al cine independiente para ponerse a las órdenes de uno de sus grandes artífices, John Cassavetes, para dar vida a Jess, la vocalista del grupo de jazz en torno al que giraba el argumento de Too Late Blues (1961). Pero Stella no era una musa del cine off Hollywood, y su destino iba a tener un primer jalón en el rock ‘n’ roll, que no en el jazz. Contratada por Norman Taurog para incorporar a la Robin Gantner de Chicas!, Chicas! Chicas! (1962), una de las cintas canónicas de todas las protagonizadas por Elvis Presley, en sus secuencias quedó acrisolada su imagen de chica de los gloriosos días del rock ‘n’ roll seminal.

Sin embargo, acto seguido, en lugar de protagonizar comedietas de playa, como aquellas con las que Frankie Avalon y Annette Funicello, dirigidos por William Asher, causaban sensación en la cartelera adolescente, cintas que empezaban a ser el destino de las actrices que bailaron junto a Elvis, la dulce Stella comenzó a ser contratada en ausencia de Marilyn. El primero en hacerlo fue Vincente Minnelli en El noviazgo del padre de Eddie (1963), cinta impecable, sin fisura alguna, no en vano es debida a uno de los grandes del Hollywood clásico. Con todo y con eso, el personaje de Dollye Dally no estaba escrito para ella. Bien distinto era el caso de la Stella Purdy —hasta llevaba su nombre de pila— de El profesor chiflado (Jerry Lewis, 1963). Ambientada en un instituto estadounidense, aquella singular adaptación de El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886), la célebre novela de Robert Louis Stevenson, con la que Jerry Lewis hizo su obra maestra, proporcionó a Stella la última y mejor de sus teenagers.

"Lo que tiene Hildy que no tienen las otras creaciones de la difunta es toda esa nostalgia del western crepuscular, que en gran medida sintetiza el personaje"

Aunque con el tiempo sería la partenaire de Glenn Ford y Dean Martin, ya andando los años 60, empezó a dar la impresión de que la suya fue una estrella fugaz, una de esas actrices que pasan de jóvenes promesas a viajas glorias de un título a otro, sin cintas de transición entre ambas condiciones. La experiencia errática que al cabo fue para ella —una musa del universo juvenil— ser lanzada a la comedia para “mayores con reparos” empezó, ya digo, en El noviazgo del padre de Eddie. Los que quisieron hacer de ella la nueva Marilyn se sintieron defraudados y todo lo que prometía Stella se quedó en nada. Bueno, en nada no. En producciones menores aún habríamos de aplaudirla emocionados durante muchos años. La balada de Cable Hogue fue una de ellas.

Lo que tiene Hildy que no tienen las otras creaciones de la difunta es toda esa nostalgia del western crepuscular, que en gran medida sintetiza el personaje. Y otra cosa, pero esto es algo subjetivo —como todo lo que escribo por otro lado, dejo la objetividad para quien le interese—: ese crepúsculo de la exhibición cinematográfica a la antigua usanza, que fueron para mí las películas que vi a finales de los años 70. Justo antes de hacerme cinéfilo, cuando sólo era un espectador aplicado que asistía encandilado a las salas de sesión continua y programa doble desde las cuatro o las cinco de la tarde, aguardaban al espectador. En ellas vi por vez primera cintas como Perros de paja (Sam Peckinpah, 1971), La huida (San Peckinpah, 1972) o ese neowestern, Junior Bonner (Sam Peckinpah, también del 72), que nunca he podido referir por su título español: El rey del rodeo.

Hay un par de elipsis, en sendos westerns crepusculares de los 70, que me emocionan sobremanera. Una es la que sigue a la muerte de Roy Bean (Paul Newman) en El juez de la horca (John Huston, 1972), luego de que “la única ley al oeste del Pecos” entre a caballo, vitoreando a Texas y a la señorita Lillie Langtry (Ava Gardner), en el salón en llamas de Vinegaroon, allí donde él y sus alguaciles impartían su ley. En unas cuantas sobreimpresiones, esa gran ciudad que acabó siendo Vinegaroon se ve reducida a poco más que esa parada del ferrocarril y el pequeño museo que recuerda a Bean, donde Tector (Ned Beatty) cuenta a la señorita Lillie Langtry la historia del juez y la admiración que siempre le profesó.

"Esa decadencia de Fuentes Cable, en mi fuero interno, más allá del crepúsculo del western también sintetiza la de aquellos programas dobles en sesión continua de los que guardo tan buen recuerdo"

La otra elipsis que me subyuga es anterior; en efecto, es la de La balada de Cable Hogue. Decía antes que Stella/Hildy sintetiza el ocaso del western y que su amor por Cable tiene vocación de eterno porque, al volver a Fuentes Cable —me gusta más llamarlo así— a buscarle para llevárselo, siendo ya toda una señora del Este, que viaja en coche con chófer y todo, es ese automóvil precisamente el que provoca la muerte accidental de Cable. Tras su entierro, ya en la concatenación de planos que suceden —también sobreimpresionados, creo recordar, pues la sobreimpresión era el procedimiento más frecuente para la elipsis en esas películas de los años 70 de tan dulce recuerdo— se nos lleva al abandono de Cable Springs, que acaba siendo unas ruinas en las que olisquea un perro.

Ya cinéfilo, le he dado muchas vueltas —tantas como veces la he visto— a La balada de Cable Hogue. Bajo esa apariencia de parodia, se me hace mucho más nostálgico que Duelo en la alta sierra (1962). Y creo que esa decadencia de Fuentes Cable, en mi fuero interno, más allá del crepúsculo del western —del que Peckinpah fue el gran maestro— también sintetiza la de aquellos programas dobles en sesión continua de los que guardo tan buen recuerdo.

Admiré a Stella Stevens en otro westernUna ciudad llamada Bastarda (Robert Parrish, 1971)—, éste, además, rodado en mi amado Madrid, en Daganzo más concretamente. Pero mi personaje, de los muchos recreados por Stella Stevens, es Hildy. Después, y por este orden, la Robin Gantner de Girls, Girls, Girls (Norman Taurog, 1962) y la Gail Hendricks de Los silenciadores (Phil Karlson, 1976), una de aquellas simpáticas aventuras de Matt Helm en la que compartió cartel con Dean Martin.

Honor y gloria a Stella Stevens, aquella Hildy que sintetizó toda la nostalgia del western crepuscular.

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