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Stephen Hero, «Arte y Vida»

Stephen Hero, «Arte y Vida»

La editorial Firmamento, en plena eclosión joyciana por el centenario del Ulises, acaba de publicar una nueva edición de Stephen Hero, con prólogo y esmerada traducción de Diego Garrido. Una edición bellísima que hará las delicias de cualquier lector de Joyce, y de cualquier lector en general. Son muchas las recomendaciones y los consejos que últimamente han dado todo tipo de especialistas y de lectores para abordar la abisal obra de James Joyce; yo, si tuviera que ofrecer alguno, aconsejaría a cualquier lector que comenzase por leer Stephen Hero, quizá una de las puertas más diáfanas para acercarse a las subrepticias connotaciones escriturales del exiliado irlandés.

Se suele considerar el Stephen Hero de James Joyce como una obra fallida, casi como un deslucido borrador del Retrato del artista adolescente. Una malograda novela de formación que el escritor irlandés desistió de culminar, a pesar, o abrumado por ello, de que en sus páginas se fraguasen y forjasen aquellos supuestos creativos que determinarían los planteamientos estéticos de su escritura; y cuyo manuscrito —según cuenta el hacedor del Ulises y de Finnegans Wake— terminó «arrojándolo al fuego». Un gesto que de haberse producido, aunque un tanto melodramático y sobreactuado, parece bastante acorde con una Bildungsroman: ¡qué otro lector puede haber más apasionado para un credo artístico de juventud!

"Y sin embargo, a pesar de sus expurgos y amputaciones, este libro primero que fue póstumo se nos muestra como una obra fundamental, casi como un documento de primera mano"

Sea por el fuego o por la propia voluntad selectiva de su autor, el caso es que el texto de Stephen Hero ha llegado a nosotros incompleto, por lo que comienza en el capítulo XVI y finaliza en el XXVI, con dos adiciones fragmentarias que jalonan y culminan estos capítulos como dos columnas maltrechas de un edificio depauperado, cuyos materiales —el lector no lo olvida— han servido para reescribir, desde una perspectiva más objetiva, buena parte de los contenidos del Retrato del artista adolescente.

Y sin embargo, a pesar de sus expurgos y amputaciones, este libro primero que fue póstumo se nos muestra como una obra fundamental, casi como un documento de primera mano en donde los deslumbramientos y hallazgos creativos del bisoño Joyce permanecen intactos. Debido a ello, en las páginas de Stephen Hero podemos vislumbrar —mejor que en cualquiera de sus ulteriores obras— la magnitud de los desajustes vitales que la fiebre creativa desató en el joven estudiante de los jesuitas. Unos desajustes y cuestionamientos que condicionarán para siempre su vida y su escritura. James Joyce cambiará el fervor religioso por el fervor poético, la teología por la estética, hasta convertirse, como precisará en el Retrato del artista adolescente, en un «sacerdote de la imaginación imperecedera, capaz de transmutar el pan cotidiano de la experiencia en materia radiante que vive eternamente».

"En Stephen Hero somos testigos directos de la profunda transformación que la inflamación creativa desencadena en el joven Stephen Dedalus, alter ego de James Joyce"

James Joyce, siguiendo los preceptos de Santo Tomás de Aquino, no solo reformula una estética que refuerza sus incipientes postulados creativos, sino que desde ella plantea una crítica general a la sociedad dublinesa de su tiempo. El autor de Stephen Hero se muestra refractario a la utilización del gaélico como seña de identidad tribal, así como del nacionalismo irlandés y de su anclada noción de patria. Esta tríada, lengua, patria y religión, adquiere en Joyce cierta analogía con la Santísima Trinidad, siendo el Padre el romano pontífice y las órdenes religiosas, el Hijo la patria, y el Espíritu Santo el gaélico. Para Joyce estas son las principales causas que determinan la parálisis que aflige a la sociedad dublinesa de su tiempo, cuyo alejamiento y antagonismo personal le impulsará no solo al exilio, sino a adoptar una significativa perspectiva literaria y un singular posicionamiento personal, que el egresado de los jesuitas sintetizará en la despedida de su amigo Cranly en el Retrato del artista adolescente:

«No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia».

En Stephen Hero somos testigos directos de la profunda transformación que la inflamación creativa desencadena en el joven Stephen Dedalus, alter ego de James Joyce, brillante estudiante y alumno ejemplar desde la óptica de los jesuitas, hasta ser picado, en sus devaneos con los libros de estudio, por el venenoso escarabajo de la poesía. En el nombre elegido de su alter ego, James Joyce ya nos revela algunas claves de su radical concepción de la literatura. Conviene recordar que Stephen, San Esteban, fue un protomártir del cristianismo, tal como el escritor de Stephen Hero estaba dispuesto a serlo por la literatura; en realidad, James Joyce acabó siendo un mártir de su escritura, al no dudar nunca en poner en juego sus intereses por su alta concepción del valor estético de las palabras. Y, como es de todos conocido, el apellido Dedalus no solo evoca al constructor de laberintos, sino también al dilucidador de los significados ocultos de las palabras.

"Son muchas las páginas memorables que el lector puede encontrar en Stephen Hero, como las que narran la muerte de su joven hermana, o la reafirmación ante su madre de su perdida fe"

James Joyce, a través de Stephen Dedalus, se muestra persuadido de que «al artista le estaba obligado trabajar de continuo en su arte si deseaba expresar la verdad del concepto más pequeño», por lo que «el poema se hace, no nace» (pág. 27); asimismo, «[i]maginaba al artista erguido en la posición de mediador. Mediador entre el mundo de la propia experiencia y el mundo de los propios sueños» (pág. 81). Esto le lleva a considerar al poeta como «el centro intenso de la vida de su tiempo», por lo que «[s]olo él es capaz de absorber en su sola persona la vida que le rodea y arrojarla de nuevo al exterior envuelta en una melodía universal», para que así «el espíritu del hombre realic[e] una vez más su eterna afirmación» (pág. 85).  Y es que «[e]l arte no es una escapatoria de la vida. Es exactamente lo contrario. El arte es la misma afirmación de la vida» (pág. 92).

Toda una poética y una declaración de principios, tras la que su autor llega «a considerarse a sí mismo seriamente como un artista literario» y a profesar, como consecuencia de ello, «desprecio por el populacho y desprecio por la autoridad» (pág. 137), adoptando desde entonces «una posición silenciosa, egolátrica, despectiva» (pág. 165). Ideario que otra vez sintetizará ante su amigo Cranly: «Mi arte emanará de una fuente noble del libertad. Adoptar los modales de esos esclavos me parece demasiado molesto. Me niego a dejarme aterrorizar por la estupidez» (pág. 211).

En definitiva, son muchas las páginas memorables que el lector puede encontrar en Stephen Hero, como las que narran la muerte de su joven hermana, o la reafirmación ante su madre de su perdida fe, o la descripción metafórica de Dublín —en el capítulo XVIII— como un seminario. Pero el núcleo argumental de Stephen Hero gira en torno a la preparación, la lectura y sus consecuencias, del trabajo que el aplicado alumno tiene que presentar en la Sociedad de Historia y Literatura de su Universidad. Un trabajo en el que formula su particular noción de la literatura y de los supuestos estéticos en los que reafirma su escritura, fundamentándose en los escolásticos axiomas de Santo Tomás de Aquino y en los novedosos supuestos creativos de su admirado Henrik Ibsen. Trabajo que Stephen Dedalus  —James Joyce— tituló «Drama y vida», pero que, como él mismo reconoce, debería haber titulado «Arte y Vida»: lo que definitivamente es su Stephen Hero.

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Autor: James Joyce. Traductor: Diego Garrido. Título: Stephen Hero. Editorial: Firmamento. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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