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‘Tolkien’: La palabra y el significado

‘Tolkien’: La palabra y el significado

Anteriormente en este blog ya hablamos de la vida de Roald Dahl, y de cómo su participación en la Primera Guerra Mundial estuvo a punto de dejarnos sin el genio de su obra. Otro escritor a quien le pudo pasar lo mismo es JRR Tolkien, el creador de la Tierra Media, que muy posiblemente debió el resto de su vida… a una invasión de piojos. La película sobre su vida estrenada este año, después de varios más en desarrollo, trata principalmente de la época de su biografía entre los 19 y los 24 años, cuando tras sus últimos meses de colegio en Birmingham pasa a estudiar a Oxford, en medio de importantes decisiones sobre sus estudios, sus estrecheces económicas, sus amores y su incorporación a filas. Lejos aún del señor mayor con chaleco y pipa que aparece aún hoy en la mayoría de las solapas de sus libros, Tolkien pasa una buena parte de su metraje en torno al grupo de amigos que hizo en el colegio y también recibiendo ideas e influencias tanto de ciertas personas de su entorno como de las circunstancias en las que vivió, esas que un día le llevarían a coger una hoja de examen, misericordiosamente dejada en blanco por un estudiante, y empezar a escribir en ella: «En un agujero en el suelo, vivía un hobbit».

[Aviso de destripes a fuego de dragón en todo el texto]

Por muy interesantes que sean sus libros, no todas las vidas de escritores contienen lo suficiente como para sostener una biopic sobre ellos, y Tolkien encuentra el conflicto suficiente en la juventud del escritor para sacar algo de jugo dramático a la película. El film comienza con un escenario cinematográficamente ya conocido: una trinchera en la Primera Guerra Mundial y un soldado británico, concretamente un teniente, enfermo y chapoteando entre la mugre. Detrás de él va un solícito machaca diciéndole que no coja frío y que se vuelva al agujero. Es la primera imagen y ya tenemos el primer paralelismo entre la vida del escritor y una famosa escena de su obra: la del hobbit Frodo en plena misión en medio de peligros mortales en territorio hostil, junto a su fiel escudero Sam (que es además como ya veremos que se llama el segundo soldado), cuyo único cometido es velar por la integridad de su amo. Y sí, este tipo de relaciones se daban aún con mucha frecuencia entre los oficiales del ejército británico y sus batmen.

¿Cómo hemos llegado a esto? Corte a doce años antes. El futuro teniente es un chaval de once años que juega vigorosamente con espadas, escudos y estandartes por los bosques de las Midlands inglesas (aunque, curiosamente, lo de la «Tierra Media» no vendría de ahí, sino de un término ya existente en las sagas nórdicas). En los próximos diez minutos se nos resume la situación del jovenzuelo y su familia: nacido de Sudáfrica de padre inglés, este murió cuando Ronald, que así lo llaman en la familia (es la primera erre de «JRR») tenía tres años y ya estaba de vuelta con el resto de la familia en Inglaterra. La madre, Mabel, es una conversa al catolicismo cuya familia, de resultas de ello, le ha dado la espalda (detalle que no aparece en la película). Se instalan en las afueras de Birmingham, donde el paisaje puede pasar de idílico verde Comarca a demoníacas factorías de fuego, metal y suciedad que recuerdan a los lectores a Isengard o Mordor. Ronald pasa los disgustos de la vida con los latinajos que se intercambia con la madre y con la habilidad de esta para no solo leer historias de héroes y dragones, sino vivirlas y representarlas visualmente con luces y sombras. Ronald resulta ser un chico que aprendió a leer a los cuatro y a escribir poco después, y de la misma forma en que otros están muy bien dotados para la música o los números, o para trabajar con las manos, él es un as con los idiomas, tanto que el latín y el Middle English de Chaucer son pan comido para él, e incluso se inventa lenguas misteriosas él mismo, con su gramática y todo. También incluso corrige a los profesores que pronuncian mal su apellido, «Tolkin», no «Tolkain» (en la versión doblada al español se dice, muy adecuadamente, «Tolkin», no «Tol-quien», que es como aún lo pronuncia una parte sorprendentemente considerable de admiradores hispanoparlantes). Entonces, cuando él tiene doce años, muere su madre (en la película de repente, en la realidad tras una larga batalla con la diabetes, que solo dos décadas más tarde habría podido ganar con ayuda de la insulina).

Ronald y su hermano Hilary quedan entonces al cargo del padre Francis, un jesuita medio galés medio español que consigue meterlos en uno de los mejores colegios de la ciudad, el King Edward’s, y también en una especie de casa de acogida para huérfanos donde ya está Edith Bratt, una chica tres años mayor que Ronald. En el colegio, a pesar de ser un empollón de cuidado, es también un gran aficionado al rugby, así que combina la pluma con el balón ovalado sin problemas. Y sobre todo, acaba haciendo amistad con tres otros chicos en especial, con los que comparte el amor por las artes y la costumbre de ir a tomar el té a los salones Barrow’s. Tanto congenian que incluso forman una especie de sociedad secreta llamada Tea Club and Barrovian Society, o TCBS.

A menudo la película tiene un tono un tanto Shakespeare enamorado, aquella película de 1998 donde Joseph Fiennes y Gwyneth Paltrow atribuían la composición de varias obras de teatro shakespearianas a cosas que habían pasado antes en la vida del autor (y en el guion de la película). Es un estilo de hacer biografía literaria que desde entonces se ha quedado un tanto pegado a las siguientes películas del mismo género, y que incluso llegó a derivar en una parodia llamada George Lucas enamorado. Pero también con frecuencia recuerda a El Club de los Poetas Muertos, con esos adolescentes tan repeinados y trajeados, hablando redichamente y hasta bebiendo licor en copas de cristal a sus diecinueve años. La amistad entre los cuatro se convierte, de hecho, en el corazón de la película durante buena parte del metraje, que puede recordar a la de los cuatro hobbits al salir de la Comarca con el Anillo Único escondido. Cada uno de ellos tiene un talento artístico y el temor de no poder desarrollarlo bien, por culpa de presiones familiares que prefieren verlos de abogados o contables. El de Christopher es la música (a su edad ya ha publicado una pieza y todo), el de Geoffrey es la poesía y el de Robert es la pintura, junto a los relatos que va pergeñando nuestro Ronald para acompañar a su vocación filológica. Juntos incluso acaban encontrando una especie de grito de guerra («Helheimr»), que es lo contrario al Valhalla: es el sitio adonde van los vikingos que no han muerto con honor sobre el campo de batalla. En sus labios esto se convierte en lo que se dice para coger ánimos y sobreponerse a las dificultades de la vida, sea hablar con una moza, pedirle a tu padre (también director del colegio) que tus amigos se puedan quedar a dormir, o convencer a un catedrático de que te conceda no solo sitio en su curso sino una beca también.

Al mismo tiempo, Ronald y Edith también hacen migas, pero de otro tipo. Edith es el personaje que más claramente está escrito con la idea de tener una función específica en el relato: el de mujer joven que quiere «salir de aquí, ser libre, ir adonde no me sienta como una huérfana, ir a un lugar donde todos parezcan reyes y reinas». Ser apreciada, en suma, en vez de solo tocar el piano y acompañar a la dueña de la casa. Ronald se la lleva a tomar el té a otro sitio diferente, más para damas y parejas, de donde los echan por tirar azucarillos sobre los sombreros de las señoras (detalle completamente real). Antes de eso, los dos tienen una conversación donde Ronald intenta comunicar su amor por los idiomas, en especial por el sonido casi musical de las palabras, convirtiendo un simple «cellar door», o «puerta de la bodega» en el inicio de una leyenda sobre un templo en un bosque. En una comedia romántica al uso, esta sería la típica primera cita que no va del todo bien, pero que deja a ambos protagonistas intrigados por el otro. Aquí resulta un intento bastante digno por comunicar al espectador el grado hasta el que las historias de Tolkien, relatos enteros, salían de la semilla de un mero nombre dado a una ciudad, una región o una montaña. Lo interesante, sin embargo, es que en esta escena es Edith la que le dice a Ronald que todo eso del sonido musical está muy bien, pero que las palabras tienen que tener significado también, e incluso sensaciones físicas a las que asociarlas, como por ejemplo «mano», dicho mientras ella coge la de él. Esta es otra de las misiones del personaje: la de servir como musa, como gran mujer detrás del gran hombre, que cogió un diamante en bruto, un tanto disperso y perdido en tecnicismos gramáticos e impersonales, y le dio una dimensión humana, física, sensorial. Con ese toque de la mano, Cellardoor (Sélaadoo) pasa a ser un altar donde dos árboles, uno blanco y uno negro, entrelazan sus raíces, como ellos mismos sus manos sobre la mesa, hasta «finalmente convertirse en un solo tronco anudado», sus savias mezcladas, creando una poción que da «visión más allá de la visión, hasta lo más oscuro del corazón humano».

Volvemos un momento a las trincheras. El teniente Tolkien no para quieto en su agujero porque quiere encontrar desesperadamente a Geoffrey, uno de sus cuatro amigos, que lleva tiempo sin dar señales de vida («él haría lo mismo por mí»). Sam, inasequible al desaliento, lo sigue fielmente. De vuelta en Birmingham unos años antes, Edith se enfada con Ronald cuando tras presentarla a los amigos, ella se pone a hablar con Christopher sobre Wagner (y sus historias de seis horas sobre anillos, guiño, guiño), y él de repente se la lleva del grupo con demasiada premura: «Soy una prisionera, John, una acompañante que toca el piano, lee y cose. Para mí no hay sociedades literarias secretas». ¿Por qué me cortas el rollo?, en otras palabras. Más allá de la película, cuando Edith y Ronald (spoiler) tengan cuatro críos, esta será una de las partes menos recordadas de la biografía de ambos: los momentos en que ella cuidaba a la familia mientras él estaba en el pub con otro grupo literario de amigos, los Inklings esta vez, leyéndose historias mutuamente. Hacia el final de sus vidas, con Tolkien ya rico y famoso por sus obras (y jubilado), y ambos retirados a la costa en Bournemouth, ella disfrutará como nadie siendo la anfitriona perfecta de reuniones de amigos, cosa que él sabía que le debía tras tantos años de modesta domesticidad. Mientras tanto, Ronald usa la filología hasta para disculparse, entregando a Edith un «Drachenfutter», que en alemán antiguo significa «regalo ofrecido con temor tras una discusión». «Literalmente, comida para el dragón». El regalo resulta ser unas entradas para ver una ópera de Wagner, lo cual ofrece una segunda ocasión en la que Edith le dice a Ronald cosas que él seguramente ya debía de saber: tras la necesidad de asociar sonido y significado, ahora vienen óperas con anillos, enanos y amores difíciles. Cuando no los dejan entrar en el teatro, por no ir de frac y vestido de noche, la escena siguiente, donde se cuelan los dos en un almacén de vestuario vacío y se inventan sus propias acciones para la ópera mientras la escuchan de fondo, es pura invención romántica.

Al día siguiente de todo esto, Ronald suspende un examen y el padre Francis obliga al muchacho a dejar de ver a Edith, para no poner en peligro su futuro académico. Resumiendo mucho el tema, Ronald obedeció en esto, pero el día mismo en que cumplió 21 años, la mayoría de edad de entonces, escribió a Edith pidiéndole matrimonio. Ella, que entre medias se había echado otro novio, lo dejó y se casó con Ronald ANTES de irse él a la guerra, evitándonos el suspense que aparece en el film. Es decir, que para una vez que la realidad provee algo que habría quedado super-romántico en manos del director adecuado, no se aprovecha. A continuación, a medida que el grupo de jóvenes empieza a entrar en la universidad y comienza en serio su futuro, Ronald intercede ante la madre de Geoffrey, para que le permita cultivar su talento poético. El futuro académico de Ronald se arregla en un ataque de Helheimr, cuando nuestro hombre logra convencer al catedrático de gótico antiguo, el refunfuñón Professor Wright (Derek Jacobi nada menos, el mismísimo Cla-Cla-Claudio y gloria viva del teatro shakespeariano) que lo acepte en sus clases. Ambos conversan sobre la historia y cultura que puede encerrar una sola palabra («oak», roble) y sobre el origen y significado del apellido Tolkien: el anglosajón «Tollkühn», «imprudente, insensato» (cosa que después se ha demostrado incorrecta, pero que el propio escritor creía cierta).

Los interrumpen diciendo que ha estallado la guerra. En unos pocos minutos, Tolkien se alista (en realidad se resistió dos años, ante el ceño fruncido de familiares y conocidos), y por fin se unen las dos líneas temporales de la película. Entre el caos, las explosiones, el fuego, la muerte y demás, a Ronald lo visitan diversas visiones, entre la salud y la enfermedad, entre la realidad y el delirio febril, donde los lanzallamas se mezclan con fuego de dragón, los muertos caídos con espíritus negros que se llevan sus almas y una figura de armadura poderosa se yergue ominosamente sobre el campo de batalla cual Morgoth triunfante sobre las débiles creaciones de sus enemigos, los Maiar de Eru Ilúvatar. Aquí viene el lugar donde es obligatorio mencionar que mientras que Tolkien dijo ciertamente que algunas cosas de sus obras, como la ciénaga de los muertos, sí que estaban inspiradas en sus recuerdos bélicos, El Señor de los Anillos no es ninguna alegoría sobre la guerra (hubo quien lo llevó al extremo de comparar al Anillo Único que derriba definitivamante a Sauron, el señor del Mal, con la bomba atómica).

Al despertar de su fiebre, Ronald averigua que dos de sus camaradas del TCBS, Robbie y Geoffrey, han muerto, ambos en la batalla del Somme, y el otro, Chistopher, no va a quedar en condiciones de explotar su talento en el futuro. Él mismo solo se va a librar porque, debido a los piojos que infestaron las trincheras, pilló la fiebre que le vemos sufrir en la película, y al poco le darán la baja permanente. Después de volverse él, su batallón quedó casi completamente destruido.

Finalmente, en la posguerra, vemos a Ronald ya convertido en un joven Professor Tolkien, en bici y con birrete por Oxford, mientras la película vuelve a convertir a Edith en el aguijón del talento de su hombre: «Antes escribías por gusto. Desearía que decidieras qué quieres obtener de ello, Ronald, o que lo abandones por completo». Ronald va a ver a la madre de Geoffrey y le suplica que le deje publicar sus poemas, con prólogo suyo, como sentido homenaje al malogrado club. «Pregunta usted qué bien pueden hacer los poetas o escritores o nuestro arte… No se me ocurre nada más necesario, especialmente en una época como la nuestra». Y así es como entre eso, sus hijos a los que ya empieza a contar historias como lo hacía su madre, y una hoja de examen en blanco, un buen día John Ronald Reuel Tolkien se sienta y se pone a escribir…

 

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