Toñi

“Juguetes, golosinas, pan, periódicos. Toñi”. Es el cartel de una pequeña tienda que subsiste por su cercanía a un colegio de monjas, la costumbre de los vecinos y algún turista que se acerca al museo próximo. Ella es pequeñita, como su carita de porcelana, su ropa de niña. Sólo tres aros en una oreja delatan que ya ha sufrido más de un desengaño.

Viste ropa de chándal y su voz es suave, monocorde, la misma cuando habla para ella misma que cuando se dirige a un cliente. Tiene cierto sentido del humor, ocurrencias con cierta gracia que susurra cuando te estás yendo, como arrepintiéndose. Su pelo es corto, ralo y desvaído.

Una mañana le dio por abrir el único libro que tenía a la venta, desde hacía años, de una colección de esas de kiosco, tipo El nombre de la rosa y El camino. Los otros los había ido saldando a precios irrisorios. Se aburría de ver caer la nieve entre los huecos de los juguetes y las revistas colgados del escaparate. «La insoportable levedad del ser».

—No me extraña que nadie lo quiera. ¿Quién lo va a comprar, con ese título?

"Le besó hasta ahogarse. Le desnudó lo necesario y se amaron con la urgencia del médico de la novela"

Lo fue leyendo entre una pereza inicial y cierto desconcierto. También con cierta incomodidad. “Quiero tener la valentía del protagonista”. Un martes acompañó al repartidor del pan candeal, chapatas, gallegas e integral hasta la trastienda para colocar en las estanterías de madera el pedido diario, cerró la puerta con llave tras de sí y sin hablar se puso de puntillas y le acercó la cabeza con su visera. Le besó hasta ahogarse. Le desnudó lo necesario y se amaron con la urgencia del médico de la novela. No medió palabra alguna, ni antes ni durante ni después.

Cuando se volvió a quedar sola, mientras seguía cayendo la nieve, sólo acertó a decirse que ahora entendía por qué el libro de Milan Kundera había sido incluido en la colección «La mejor literatura para el mejor lector», entre títulos de Umberto Eco y Miguel Delibes.

"Desconozco cómo fue el día siguiente. Qué pasó cuando el repartidor volvió. Si ni siquiera se miraron a los ojos, como si nada hubiera ocurrido"

PS. Días después de escribir esto me he enterado de que Toñi tiene dos hijos. “Uno de ellos con el cristal de un ojo ahumado. Son chiquitos, como ella, un poco…” ¿Desvalidos?, me dije. Como si les faltara protección. Alguien que les hubiera abrazado con fuerza durante cinco segundos seguidos. Tal vez alguno de esos niños dentro de unos años lea el relato «Pulso», de Julian Barnes, en el que la novia del protagonista (luego todo se lía) reflexiona así: “Nunca sabes a qué atenerte con los padres. Cuando por fin eres capaz de entenderlos, ya es demasiado tarde (…). Probablemente hay algún secreto en la vida de tu madre que jamás has sospechado”. Ese secreto puede ser este, si es que no hay otros. Quien no tiene secretos no tiene nada, es un hombre «blanco». Tener varios, de esos que son inconfesables, es «contraproducente», difícil de soportar.

Desconozco cómo fue el día siguiente. Qué pasó cuando el repartidor volvió. Si ni siquiera se miraron a los ojos, como si nada hubiera ocurrido. Si continuó aquéllo de vez en cuando. Si él intentó que hubiera una segunda parte y ella lo rechazó. Prefiero la primera posibilidad. La segunda se iría diluyendo y podría arañar el lazo laboral entre ellos.

Yo sigo yendo a comprar el periódico cuando voy por esa ciudad de provincias por si algún gesto, alguna palabra caída al azar, me dijera algo. Pero Toñi mantiene su despiste, su voz, sus quejas, su aburrimiento marrón. Sin ningún libro de Kundera a la vista. Ni de D. H. Lawrence.

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