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Tres escritores y un zumbido

La imagen se tomó alrededor de 1978 y se habría extraviado si hace unos años Eugenio Benet Jordana no la hubiese rescatado del olvido. Fue tomada en el poblado de Taos, un reducto encaramado en la sierra de la Sangre de Cristo, a un lado del Río Bravo, que acogió uno de los primeros asentamientos españoles en esa zona del Nuevo Mundo y que ya en el siglo XX adoptaron como residencia varios artistas y escritores. Uno de ellos fue D. H. Lawrence, que se instaló allí en 1924 con el propósito, pronto frustrado, de establecer una comunidad utópica. Quizá perseguían su sombra los tres protagonistas de la fotografía, que son quienes hacen que el negativo trascienda su condición de simple estampa viajera para convertirse en espejo y resumen de una parte en absoluto desdeñable de la historia reciente de nuestra literatura.

"El que aparece en el centro, manteniendo su característica elegancia aun en las circunstancias más adversas, es el escritor Juan Benet"

El que aparece en el centro, manteniendo su característica elegancia aun en las circunstancias más adversas —es de suponer que haría bastante calor aquel día en Nuevo México—, es el escritor Juan Benet, que debía de encontrarse en aquel tiempo inmerso en el dilema que terminaría definiendo sus últimos años. Había transcurrido poco más de una década desde que diese con Volverás a Región el golpe que tambaleó la mesa de las letras españolas y faltaba un bienio para que llegara a las librerías la que ha quedado para la historia como su novela más compleja. Probablemente tuviese ya bastante perfilado el borrador de Saúl ante Samuel, una obra oscura y nebulosa, según su propia definición, en la que acertó a volcar la esencia más depurada de su teoría novelística y también el meollo de unas opiniones que ya le habían convertido en uno de los polemistas más señalados de su época. Puede que también se estuviera preguntando ya hacia dónde debía dirigir el rumbo de su prosa en el futuro inmediato. Si con esa novela que le había tenido ocupado durante el lustro anterior, y en cuya escritura se demoraría aún dos años más, sentía que estaba tocando su propio techo, ¿tenía sentido perseverar en la defensa acérrima de ese grand style que le granjeaba adhesiones inquebrantables y odios feroces —cosa que no le disgustaba un ápice— pero le alejaba irremediablemente de los lectores? Quizá cuando sonreía a la cámara aquella mañana había tomado la determinación que tanto sorprenderá a sus fieles en ese mismo año de 1980, cuando no mucho después de que vea la luz su obra cumbre llegue a las librerías El aire de un crimen, el título con el que quedará finalista del Planeta y en cuyas páginas planteará una trama de regusto criminal, aunque inequívocamente benetiana, por ver si es capaz de epatar a ese supuesto gran público que o bien ignora sus libros o bien se acerca a ellos con excesiva reticencia.

"El de García Hortelano fue un nombre importante mientras vivió, pero su estela ha venido difuminándose, hasta casi extinguirse"

Aparece a la derecha, algo apartado de los otros dos, uno de los grandes amigos de Benet. No se recuerda hoy demasiado a Juan García Hortelano, pese a que tres de sus novelas estén entre las mejores que ofreció la literatura española en la segunda mitad del siglo pasado. Dos de ellas ya eran bien conocidas cuando se tomó esta instantánea en Taos. Tormenta de verano había ganado en 1961 el premio Formentor y en 1972 apareció El gran momento de Mary Tribune, considerada su indiscutible obra maestra. No falta mucho —se dará a conocer en 1982— para que salga de imprenta Gramática parda, que terminará definiendo la última etapa de su obra y cuyas páginas promoverán una reflexión, en tono paródico y hasta gamberro en ciertos pasajes, en torno a la propia creación literaria. El de García Hortelano fue un nombre importante mientras vivió, pero su estela ha venido difuminándose, hasta casi extinguirse, tras su fallecimiento. Es difícil dar hoy con sus libros en las librerías, y los títulos que le dieron merecida fama y situaron su nombre como uno de los escritores más originales e interesantes de su tiempo apenas se recuerdan salvo en cenáculos bien informados o en las oportunas efemérides.

"Al tercer personaje de la foto, el que se encuentra a la izquierda, le tocó una mejor posteridad que la de sus compañeros"

Al tercer personaje de la foto, el que se encuentra a la izquierda, le tocó una mejor posteridad que la de sus compañeros. Era el mayor de los tres y terminó siendo el más longevo. También el único que goza del favor de una mayoría de lectores, si es que se puede considerar que la poesía tenga algo de mayoritario. Sin duda su presencia en la imagen es obligada y hasta imprescindible, porque tuvo que ser él el responsable de que los otros dos se encontraran aquel día de 1978 en tierras norteamericanas. El poeta Ángel González había recibido en 1970 una invitación para impartir conferencias en la Universidad de Nuevo México, en Albuquerque, y ese ofrecimiento se terminó convirtiendo en una propuesta para que permaneciera dando clases allí durante todo un semestre. Comenzó entonces una relación con Norteamérica que le llevó a visitar en 1973 las universidades de Utah, Maryland y Texas como profesor invitado y terminó provocando que se instalara finalmente en Albuquerque para dedicarse a tiempo completo, y de forma definitiva, a la docencia universitaria. También él parece encontrarse, en este momento en que el fotógrafo aprieta el disparador en Taos, en pleno proceso de meditación en lo que a su trayectoria se refiere. El año anterior había preparado la última versión de Palabra sobre palabra —el título bajo el que iba ordenando y agrupando cada cierto tiempo su producción poética— y publicado el libro Muestra, corregida y aumentada, de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan, a su vez reelaboración de un texto anterior que había visto la luz en 1976. Aunque en 1979 dará a imprenta su célebre ensayo sobre Antonio Machado, tendrán que pasar otros siete años para que vea la luz su siguiente poemario, Prosemas o menos. Será en esa misma fecha cuando reciba el premio Príncipe de Asturias de las Letras, que iniciará una serie de reconocimientos que sólo se detendrán con su muerte, que ocurrirá en enero de 2008 y por tanto está aún lejana cuando se toma esta instantánea en Nuevo México.

"Es imposible saber si los tres amigos que esa mañana de 1978 posan tenían ese zumbido instalado en los tímpanos"

Dicen que en Taos se escucha un zumbido de baja frecuencia que anida en el aire del desierto. A lo largo de los años, residentes y visitantes han llamado la atención sobre el fenómeno, para el que no se ha encontrado una explicación cabal. Hay quien lo achaca a los sistemas de comunicaciones submarinas, que empezaron a operar en la zona en 1987, y quien dice que se trata de infrasonidos provenientes de las placas tectónicas. Hay algunos que incluso apuntan a la existencia de una base militar que desarrollaría allí experimentos secretos. Es imposible saber si los tres amigos que esa mañana de 1978 posan —al menos lo hacen González y Benet, García Hortelano parece abstraído en la contemplación de algo que queda fuera de cámara— tenían ese zumbido instalado en los tímpanos. Sí podemos deducir —a partir de lo que fue el antes y el después de sus obras, de lo que ya tenían hecho y lo que aún les quedaba por hacer, del modo irregular en que la memoria y las instituciones los tratarían en los que eran entonces los años venideros— que permanecían atrapados en sus propias distorsiones internas, instalados como estaban en un paréntesis que era creativo o vital, según el caso, y cuyo cierre se antojaba decisivo en ese momento en el que se disponían a embocar el que sería el último trecho de sus biografías.

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