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Troya en Londres

No deja de ser raro y hasta algo obsceno que la salida del Reino Unido de la Unión Europea —el tan manoseado Brexit— haya coincidido en el tiempo con la exposición en el British Museum sobre Troya. Pues, ¿acaso es posible encontrar algo más europeo que Troya? Sí, ya sabemos que la ciudad de Príamo estaba, stricto sensu, en Anatolia; en lo que ahora es la parte asiática de Turquía. Pero ocurre que eso de los cinco continentes, tal y como nos lo enseñaron en el colegio —Europa, Asia, África…— ya no rige, y todos hacemos la vista gorda cuando Azerbaiyán participa en el Festival de Eurovisión, Israel en la Champions League y Canadá en la Agencia Espacial Europea.

Sí, nada hay más europeo que Troya. Dicho sin exagerar, Troya es la plaza fundacional de nuestra cultura desde que Homero la convirtió en protagonista de su obra. Y Homero educó a Grecia (como señaló Platón). Y Grecia nos ha educado a todos.

"La reacción de gran parte de la crítica académica fue, primero, escéptica; luego, decididamente contraria y, finalmente, tan agria como solo las peleas entre científicos pueden llegar a ser"

Esta exposición del BritishTroya, mito y realidad— no puede por menos que traer a la memoria otra que casi con el mismo título —Troya, sueño y realidad— a principios de este siglo se exhibió en varias ciudades alemanas de la mano de Manfred Korfmann, el último gran arqueólogo que, desde 1988 y casi en régimen de exclusividad, había venido trabajando en el lugar. Conviene detenerse un momento en la repercusión que aquella muestra tuvo en los círculos académicos especializados, y para ello es necesario precisar que, si bien la ubicación de Troya en la colina de Hissarlik no está en duda desde que Schliemann metió allí la piqueta, la cuestión de si los hechos que Homero narra corresponden a sucesos reales, esto es, históricos, ha sido siempre motivo de debate.

Pues bien, aprovechando que jugaba en campo propio, Korfmann puso toda la carne en el asador para defender su punto de vista, que no era otro que la verosimilitud histórica de todo o gran parte del relato homérico. Se apoyaba para ello en sus descubrimientos e investigaciones sobre el propio terreno, que parecían revelar, en el nivel Troya VI, una gran ciudad ampliamente extendida a los pies de la acrópolis fortificada, así como indicios —el tan traído y llevado sello de bronce con la inscripción en luvita— que vinculan a Troya con el imperio hitita entonces dominante en la región. Todo ello ilustrado con impresionantes maquetas y abundantes gráficos por ordenador.

"Como a Korfmann, nos gustaría que tras los hexámetros de la Ilíada no solo hubiera lirismo y grandeza; también cóncavas naves, espadas y guerreros"

La reacción de gran parte de la crítica académica fue, primero, escéptica; luego, decididamente contraria y, finalmente, tan agria como solo las peleas entre científicos pueden llegar a ser. Korfmann falleció al poco tiempo, al parecer muy afectado por la polémica. En cierto modo, ha sido la última víctima del conflicto troyano y, si no murió como Aquiles, junto a las puertas Esceas, al menos creyó haber descubierto los cimientos de sus gruesos muros.

Así pues, teniendo en cuenta estos antecedentes —y sospechando que el ya mentado cambio de palabras en el título es toda una declaración de intenciones— entramos en la exposición algo prevenidos porque, como Korfmann, nos gustaría que tras los hexámetros de la Ilíada no solo hubiera lirismo y grandeza; también cóncavas naves, espadas y guerreros. La visita nos confirmará que, en efecto, los planteamientos del arqueólogo alemán no son hoy los más reconocidos.

La exposición

La muestra se despliega en tres secciones, y en cada una son los objetos los que soportan el peso de la narración. La primera parte cuenta, precisamente, el mito; la segunda está dedicada a la actividad arqueológica, con Schliemann como principal protagonista. Finalmente, una última división celebra la inspiración que al arte de todos los tiempos han aportado Troya y sus divinos personajes.

"La parte final es una gota en el infinito mar de las obras de arte que a lo largo de los tiempos han usado y abusado de la iconografía troyana, con una selección no especialmente afortunada"

Dentro, la demasiada gente y muchas mascarillas —tantas como chinos, y alguna más— no permiten la adecuada concentración y, como ya es inevitable en cualquier museo, uno termina optando por seleccionar pocas piezas, buscar la mejor perspectiva de cada una y defender la posición con pies firmes y codos prestos. Nos hemos detenido delante de un papiro del siglo I con el texto de la Odisea y frente a la tablilla de ejercicios escolares del siglo V donde se escribieron unas líneas de la Ilíada, pero las estrellas son los vasos: la legendaria copa de Néstor con esa inscripción que pasa por ser la primera en lengua griega —soy la copa de Néstor, buena para beber, el que bebe de ella inmediatamente es poseído por el deseo de la hermosa Afrodita…—, y las impresionantes ánforas y cálices con las escenas de Aquiles y Áyax jugando frente a un tablero; Aquiles cubierto con un manto penando su ira; Neoptólemo matando a Príamo mientras con la otra mano sujeta a Astianacte y, brillando sobre todas, la obra maestra de Exekis, con la figura negra de Aquiles en el momento de matar —y enamorarse, todo al mismo tiempo— de la amazona Pentesilea.

Schliemann tiene su homenaje con la exhibición de unas piezas del llamado tesoro de Príamo del que, como es sabido, no hubo noticias desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta que en los años 90 reapareció en el museo Pushkin de Moscú. Y también con el libro de 1819 donde, de niño, conoció la historia de Helena, Aquiles y el caballo de madera que marcó su destino. La parte final es una gota en el infinito mar de las obras de arte que a lo largo de los tiempos han usado y abusado de la iconografía troyana, con una selección no especialmente afortunada.

¿Es una exposición imperdible? Quizá no. Pero estamos en el Museo Británico, y basta con caminar unas decenas de metros para acceder a los mármoles del Partenón, al monumento a las Nereidas, los restos del Mausoleo y tantas otras maravillas (menos el friso del templo de Apolo en Bassae, cuya sala permanece cerrada), y es lo que hacemos. Aquí están, en gran medida, los fundamentos de nuestra civilización, y así lo sentimos, aunque el espíritu de Melina Mercouri nos posea una vez más y nos haga preguntarnos qué británicas razones pueden invocarse a estas alturas para no despachar de inmediato todo eso a Grecia, donde debería estar desde hace tiempo o, al menos, desde que se inauguró el museo de la Acrópolis en Atenas.

"Pero nos hemos acercado a contemplar la cariátide, solitaria, esquinada, y es la imagen misma de la melancolía. Se diría que no puede apartar del pensamiento a sus cinco hermanas, felices, impresionantemente bien expuestas en el museo de Atenas"

Un conflicto que, nos tememos, nunca se cerrará, porque unos no quieren y otros no pueden renunciar a sus planteamientos. Recordamos una antigua viñeta elaborada a partir de la metopa más famosa (se cree fue esculpida por el propio Fidias) donde se muestra a un centauro agarrando por el cuello al lapita, en la que se hace exclamar a aquél I want to go home, mientras que éste responde con un escueto This is home. Teniendo en cuenta que los centauros desde siempre han simbolizado la brutalidad, la intención propagandística de la caricatura era evidente: el representante de la razón, el logos griego, dice encontrarse como en casa, mientras que es el salvaje quien añora el hogar perdido. Hoy, con más sutileza, el museo pone a disposición de los visitantes unos trípticos donde se aportan justificaciones al expolio; excusas de mal pagador trufadas con afectadas alusiones a la grandeza de Grecia y su cultura.

No se nos interprete mal: apreciamos mucho al Museo Británico, que cumple un papel extraordinario en la difusión del conocimiento. Acceso gratuito en un horario extenso, amplias facilidades para los visitantes —incluyendo ahora unas sillas de tijera individuales y transportables—, buenas tiendas (aunque cada vez más orientadas al cachivache y menos al libro; signo de los tiempos)… una institución ejemplar, en suma. Pero nos hemos acercado a contemplar la cariátide, solitaria, esquinada, y es la imagen misma de la melancolía. Se diría que no puede apartar del pensamiento a sus cinco hermanas, felices, impresionantemente bien expuestas en el museo de Atenas. Esto es lo que nunca te podremos perdonar, British, nunca…

Libros

Sobre Troya y en castellano sobra decir que se dispone de infinidad de referencias, algunas ya clásicas como La guerra de Troya, de Robert Graves (Aleph), Troya y Homero, de Albin Leski (Destino) o Ítaca, el Peloponeso, Troya (Akal), los diarios de Schliemann donde cuenta detalles de las excavaciones. Más recientes, La guerra que mató a Aquiles, de Caroline Alexander (Acantilado), excelente repaso a toda la Ilíada; En busca de la guerra de Troya de Michael Wood (Tiempo De Historia), muy enfocado a los aspectos arqueológicos o La sentencia de las armas, de Eduardo Gil Bera (Antonio Machado Libros), un manual de referencia para quienes militamos en la secta de los corizontes. Finalmente, quien quiera revisar la polémica historicista con la que abríamos esta nota, dispone de dos textos esenciales: a favor, Troya y Homero: Hacia la resolución de un enigma (Destino) de Joachim Lacatz, colaborador de Korfmann; en contra, Troya, de Dieter Hertel (Acento).

Y de más está añadir que hay que tener siempre una Ilíada a mano. Afortunadamente contamos con excelentes traducciones, desde la tradicional de Segalá Estalella a las más recientes de Antonio López Eire (Cátedra), García Blanco y Macía Aparicio (CSIC, Alma Mater), Francisco Javier Pérez (Abada, estupenda edición bilingüe con magnífica introducción, aunque en un tomo poco manejable) o la inmarcesible e inclasificable de Agustín García Calvo (Lucina)… aunque, a decir verdad, cuando necesitamos consultar algo o queremos leer un rato, la que casi siempre terminamos sacando de la estantería es la de Emilio Crespo (Gredos).

Troy, myth and reality
British Museum, Londres
21 Nov 2019 – 8 Mar 2020

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