Miguel Ángel Serrano (Madrid, 1965) cuenta con una sólida trayectoria como narrador y ensayista. De hecho, su libro anterior a este poemario, Androiceno (Almuzara, 2024) es un magnífico ensayo sobre la IA y las amenazas que se ciernen sobre el oficio de escritor y sobre la creatividad humana (no en vano ha sido presidente del Consejo Europeo de Escritores entre 2022 y 2025). Lejos de la teoría literaria y del ensayo, Serrano cuenta con dos poemarios atípicos, sin parentesco alguno con las corrientes en boga: de un lado, la experiencia en su relación con la naturaleza y el paisaje, en Un presagio (2013), y de otro, la indagación en la memoria personal, en Lobos del olvido (2019).
La canción de Esther está compuesto por treinta y seis poemas, en los que respira la esencia de una relación que funde en el canto a la amante, a la amiga y compañera con una suerte de apuesta de vida, contando con ella como complemento y, hasta cierto punto, como guía. El lector advierte, siempre, el latido de la mirada correspondida, el reflejo de un amor sin esquinas que se traduce en lenguaje poético, en lo que el propio poeta imagina como “una mezcla / aventurada de sonidos”. Aunque se apuntan zonas de melancolía, de temor e incertidumbre, en el libro domina un tono moderadamente gozoso que a veces recuerda a Pedro Salinas
La canción de Esther tiene, en su concepción y desarrollo, un fuerte carácter unitario. De tal modo es así que podemos considerar, con muy escaso margen de error, que los poemas que lo componen pueden leerse como capítulos de un texto único (poema-libro o libro-poema), como el caleidoscopio en el que la aventura vivida (y recreada por el sujeto poético) se dibuja en sus distintas caras o “sub aventuras” emocionales o estéticas, en cada poema. El viaje (“era viajar a ti para ofrendarme”) y los pequeños mundos vividos bajo ese término —Siena, Florencia, los caminos y aldeas perdidos de la España interior, los bosques, una ermita perdida, una era—), que llevan al poeta a identificar cada lugar con la compañía de Esther, con la imprescindible complementariedad de su mirada sobre el paisaje o sobre el entorno urbano (“Y por esos lugares, como niños / en tropel, transita sin temores / nuestra historia”), la cotidianidad doméstica, los recuerdos (la memoria común sobre todo) y las incertidumbres y dudas que comporta toda relación amorosa están presentes en estos poemas, escritos con un lenguaje que busca la revelación, a veces el desajuste, en una mezcla de tradición y ruptura, de ensoñación y vigilia… Todo ello está presente en esta peculiar Canción…
Y, como en sus poemarios anteriores, en el conjunto del libro encontramos, también, como un telón de fondo, la naturaleza, la esencia de los paisajes vividos o simplemente recorridos, y está presente una curiosa fauna, cuyos protagonistas actúan como metáforas o excusas para adentrarse en un anecdotario de vivencias íntimas o sentimientos evocados: el azor, las aves migrantes, la libélula, el pelícano, el gamo o el corzo, el topo…. son símbolos que tienen su desarrollo en poemas que, nacidos de la visión o de la evocación de tales imágenes, acaban por integrarse en las emociones que aporta la intimidad, el sentimiento compartido, tal vez el puntual desencuentro. El tiempo, las esperas y la impaciencia, el refugio (“si pudiera elegir yo una vida, / a salvo de la lluvia inclinada, / estarías al fondo de mi alma”) y los destellos del futuro deseado completan el catálogo de impulsos que activan el canto. Un canto de amor en tiempos de guerra e incertidumbre. Acaso sea el más propicio refugio para la felicidad, una vacuna contra el acoso de las sombras. Poesía al fin y al cabo, ese “pequeño pueblo en armas contra la soledad” al que se refiriera de modo certero, Javier Egea hace más de tres décadas.
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Autor: Miguel Ángel Serrano. Título: La canción de Esther. Editoriales: El sastre de Apollinaire. Venta: Todos tus libros.


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