Mariana Enriquez, en el libro Archipiélago, dedicado a las lecturas de su vida, escribe: “La lectura y la escritura producen una dimensión alternativa donde las figuras creadas por otros escritores y por uno mismo viven. (…) Llevan a cabo este proceso, el de abrir el velo hacia eso otro latente que ya existe, pero necesita aparecer como escrito. Por eso leer y escribir se parecen tanto”.
Y ahora Un paraíso de escombros, en principio, sería un compendio de aquellos mitos, un diccionario personal de mitología griega en catorce entradas. Pero, ¿en qué se parecen las historias que aquí se narran —muchas son nouvelles— a las que, por ejemplo, pudo contar Robert Graves en sus libros sobre tal tema? Gustavo Martín Garzo desdibuja por principio la verdad canónica de ciertos mitos y figuras mitológicas, no deformándola o sacándola de contexto, sino poniéndola delante un espejo, un espejo vacío que se va llenando con nuevas historias y ramificaciones. Y todos acaban por ser mitos genésicos de origen, y por tanto amorosos, historias y cuentos de amor.
Varias veces se ha nombrado el espejo. No es el famoso de Stendhal, que se paseaba por un camino. Y el primer epígrafe de este libro es una frase de Antonio Machado: “No hay espejo, todo es fuente”. No se contradicen espejo y fuente, si en el espejo vemos la imagen fluida, brotar lo espejeante, la imagen espejeante de José Lezama Lima de las Eras Imaginarias, donde la Historia, los hechos mismos sucedidos se reflejan, espejean y alcanzan la Sobrenaturaleza.
Todo aquí es sobrenaturaleza. La figura mitológica de cada capítulo se ve reflejada en un título nuevo. Por ejemplo: “Historia de una oveja” (¿qué oveja?, ¿cualquier oveja?) y debajo “Teófanes”; y así capítulo a capítulo.
¿Una enciclopedia personal de los mitos griegos que acaba por ser Un paraíso de escombros? Que en una escombrera pueda hallarse un paraíso es a condición de que los hallazgos sean destellos, fragmentos relucientes. Necesitan siempre de la imaginación, como cuando tratamos de imaginar el Partenón recién pintado de colores.
Los escombros de un paraíso que es el subsuelo mismo de la narrativa de este escritor. Y su libro, como una vuelta en redondo a los orígenes, a la nutrición por el mito y el cuento, está más que nunca en un terreno o escombrera propios. Allí, una panorámica de su mundo narrativo, que es casi innumerable, como las escenas del escudo de Aquiles.
Vuelvo a la cita de la escritora argentina, “abrir el velo hacia eso otro latente que ya existe”. Sí, pero abrir el velo para dar el salto que da la imaginación hacia lo nuevo. Y lo nuevo (y muy antiguo a la vez) es una teoría del amor como un móvil perpetuo y contada por las ninfas, diosas, semidiosas, es decir, por mujeres. La mitología heroica, la bélica (y siempre están ahí y ahora los tiempos bélicos y los campos del honor —Mueran los cabrones y los campos del honor es un libro del poeta Benjamin Péret—) no es atendida aquí. Lo que hay, detallado y familiar, es lo cotidiano de un mundo doméstico animado por prodigios y maravillas, donde actúan ellas, diosas o mortales.
Se dan las condiciones de realidad de aquel mundo, algo así hacen poetas como Eugenio de Andrade, Saint-John Perse, Antonio Gamoneda, para llevarnos a su mito personal, a sus lugares. O Pier Paolo Pasolini, cuando reinventa el mundo de Las mil y una noches, esa especie de facilidad suya para entrar en él. A base de escenas ya vistas pero transformadas por lo cotidiano maravilloso. Y su modo de enlazarlas.
En este libro lo familiar y lo arcaico, sumados, dan lo poético, es decir, otra vez, el mito.
Un gran hallazgo es, me parece, el que cada figura no sólo tenga un carácter propio sino que represente algo más allá del mito tal como lo conocíamos. El caso de las sirenas es claro: asociar el canto y los gemidos de la cópula amorosa. En Penélope, el haber escuchado ya los cuentos de su amado, cuando estaba enamorada de su Odiseo, feraz en engaños y fecundo en ardides. Y así prácticamente todos. Cada episodio tiene su momento, el laberinto de Dédalo como barraca de prodigios o la tienda en medio del campo de la batalla suspendida, en la llanura de Troya, y allí un ménage à trois, la doncella Briseida haciendo pantomima de mitos para entretener a los otros dos.
Tampoco la mitología griega es un asunto de blasones y genealogías (donde algunos siempre nos liábamos). La familia de los dioses y semidioses e híbridos parecía ser imagen uránica de la familia humana, pero a nivel interminable. En Un paraíso de escombros se desplazan prototipos y relaciones al terreno más fecundo que es el de las metamorfosis y su proliferación por las palabras, en la ebriedad de la escritura. Es decir, a la imaginación escrita.
Todo el libro está puesto bajo la advocación de Proteo, aquel que sin cesar de ser él mismo, se transformaba en su imagen. Y de Eros, por naturaleza proteico, único y múltiple, una fuerza natural, transmigra fluyente. De ambos provienen las metamorfosis que animan de continuo el libro.
Tres veces se ha nombrado la palabra metamorfosis. Para una cuarta, Elias Canetti: “La tragedia mayor de la humanidad es haber perdido el don de las metamorfosis”. El don que poseen los animales, la naturaleza entera.
El reino animal y el humano confundidos, animalidad de dioses y semidioses, todos intercambiables.
Es un mundo de extremos y opuestos, amor, desamor, felicidad y desdicha, crueldad y compasión, dulzura y rechazo, es lo más contrario al in media virtus est que inauguró la civilidad moderna, alguien podría decir la mediocridad.
Un mundo donde no hay insignificancia todo significa, conduce a fines que no son utilitarios, todo se desvía de la utilidad, lleva al prodigio. Un estado de cosas donde todo está marcado por un valor que no es de uso ni cambio. Tal vez sea el mundo de lo sagrado. Podríamos llamarlo poético, como siempre quisieron los surrealistas.
Como antes ya se dijo, hay un discurso amoroso, es muy potente, sustenta el total. Es un discurso romántico, sin restricciones post y postmodernas. Y en este sentido, en medio de la proliferación de vida y deseo, prodigios, amor, juventud, hay también una melancolía grande. Tal vez porque, al moverse por la hermosa escombrera del libro, el lector, aunque de continuo maravillado, no olvida al papagayo verde de Antonio Machado (otra vez) en el balcón: “Se canta lo que se pierde”.
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Autor: Gustavo Martín Garzo. Título: Un paraíso de escombros. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todostuslibros.


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