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Una máquina de guerra

En 2002, un amigo con el que compartimos viajes, obsesiones y lecturas me regaló una novela larguísima, con una ilustración de tapa sencilla, un granjero, una oveja y un coche celeste. El autor era Tristan Egolf, la novela se llamaba Lord of The Banyard: Killing the Fatted Calf and Arming the Aware in the Cornbelt y era su debut de 1998. La empecé con confianza, porque mi amigo me conoce mucho, y en seguida entendí por qué me la había recomendado: el maximalismo frenético del texto —muy complejo de leer— producía esa hipnosis ambiciosa que logra todo intento de Gran Novela Norteamericana, incluso uno fallido, ese quedarse sin aliento antes de alcanzar un Everest imaginario. La novela contaba la desventura de John Kaltenbrunner en el pueblo de Baker, un lugar embrutecido del Medio Oeste de los Estados Unidos. Los narradores son sus apóstoles, pero de esto uno se entera bien entrado el libro: en las primeras páginas el “nosotros” es misterioso. John crece con su madre, huérfano de padre, y contra todo pronóstico arregla la destruida granja familiar y cría pollos con mucho éxito. El padre murió a causa de una explosión en la mina de carbón donde trabajaba y John, en un golpe del destino, encuentra en la granja un tesoro que el progenitor descubrió en las entrañas de la tierra, y ocultó sin poder contárselo a su familia. A partir de ahí ocurren una serie extensa de locuras que incluyen la cárcel para Kaltenbrunner; cuando sale, consigue trabajo como basurero y encabeza una revolución quijotesca.

"Se suicidó de un disparo en 2005, en Pennsylvania, pero por esa época el escritor suicida fetiche era David Foster Wallace"

En el libro había ecos de Thomas Pynchon y de John Kennedy Toole, pero también de sátira barroca y glotona, más Rabelais que William Faulkner. Poco después, ese mismo amigo me regaló la segunda novela de Tristan Egolf, más breve, The Skirt and the Fiddle. Tenía algo parecido a Lord… pero condensado. El antihéroe era un violinista y la acción ocurría en una ciudad muy opresiva donde, junto con su amigo anarquista, terminaban matando ratas en las alcantarillas. Era más sencilla, con menos léxico inventado y menos referencias ultralocales, pero le faltaba esa euforia desatada del debut. Después me compré por mi cuenta Kornwolf, que es de nuevo extraordinaria, la historia de un chico Amish de la Pennsylvania rural que es un licántropo, con humor, terror y heavy metal.

Si me apuran, Kornwolf me parece mejor que el celebrado debut.

Pero entonces, hacia 2007, ya nadie hablaba de Tristan Egolf, al punto de que supe que Kornwolf era una novela póstuma mucho tiempo después de leerla, cuando Egolf ya llevaba años muerto y yo seguía esperando algún libro más. Se suicidó de un disparo en 2005, en Pennsylvania, pero por esa época el escritor suicida fetiche era David Foster Wallace, con su vincha, su tenis, su ironía posmoderna y su intelecto matemático.

No pensé más en Tristan Egolf. Me dije qué pena, un gran escritor, qué le habrá pasado. Y eso fue todo.

El año pasado mi editor francés, el escritor Adrien Bosc, me contó que había terminado un nuevo libro. Fue casual, un mensaje más entre los que intercambiamos por trabajo y por amistad. Cuando me contó que era sobre Tristan Egolf di un grito, porque me trajo de golpe el recuerdo de ese escritor apasionado y apasionante que había quedado en un estante del olvido. Soy fan, mandámelo ya, le pedí. Adrien es un excelente novelista de no ficción: Constelation, su debut, reconstruye las vidas de los pasajeros del vuelo de Air France del 27 de octubre de 1949 que iba de París a Nueva York y se cayó antes de alcanzar las islas Azores. Uno de los pasajeros muertos era Marcel Cedran, el boxeador amante de Edith Piaf; otra era la violinista prodigio Ginette Neveau, de apenas treinta años. La columna, traducida al español, acompaña a Simone Weil y Georges Bernanos durante sus días en la Guerra Civil Española. La invención de Tristan, su investigación novelada sobre Tristan Egolf que acaba de publicar Tusquets, sería la primera investigación en Estados Unidos, pensé. Estaba equivocada, porque la historia de Egolf empieza en Francia, y yo no tenía la menor idea.

"Una chica paró a escucharlo y a charlar. Era Marie Modiano, la hija de Patrick. Empezaron a verse y Tristan se enteró de que el padre de Marie era escritor"

En 1994, Tristan Egolf tenía 23 años y cargaba con el manuscrito de El amo del corral —es la traducción en castellano—, en el que trabajaba como un demente. Estaba en París, porque es lo que hacían los escritores románticos cuando esa mística aún no se encontraba con el cinismo y la absoluta precariedad actual. Egolf no tenía un peso, pero vagaba por Europa, y en ese momento tocaba covers de Bob Dylan en el Pont Des Arts para hacer un poco de dinero. Una chica paró a escucharlo y a charlar. Era Marie Modiano, la hija de Patrick. Empezaron a verse y Tristan se enteró de que el padre de Marie era escritor, pero su nombre no le decía nada. Escribe Bosc: “Patrick Modiano aún no había ganado el Nobel… su aura, su influencia eran sobre todo francesas. Un novelista de la posguerra perdido en un París ya inexistente, que sondea de forma incansable un pasado brumoso impregnado de recuerdos envueltos en la niebla… una escritura anclada en una geografía y un tiempo, la Francia del colaboracionismo… Tristan Egolf no ha leído a Modiano. Sabe que es escritor pero, por encima de todo, es el padre de su novia”.

A Modiano le cayó bien Tristan, pero no leía inglés, así que no podía saber si ese mamotreto con el que andaba el chico era una buena novela o no. No debería importarle después de todo: su hija y su novio gringo eran muy jóvenes, no tenía obligación alguna con él. Pero un día vio el manuscrito, tuvo un presentimiento, y se lo dio a Dominique Zehrfuss, su esposa, pintora y buena lectora del inglés. Dominique le dijo “es buenísimo”, y le tradujo un poco. Modiano confirmó su corazonada.

"Tristan Egolf recomenzó El amo del corral más de cincuenta veces, perdió un manuscrito, lo rechazaron decenas de editoriales"

Tristan Egolf recomenzó El amo del corral más de cincuenta veces, perdió un manuscrito, lo rechazaron decenas de editoriales. En 1996, cuando la terminó, la cerrazón editorial era un poco más leve que hoy, pero ya era difícil publicar sin agente, sin premio a texto inédito, sin recomendación. Egolf se aferraba al mito de John Kennedy Toole y La conjura de los necios, pero no quería pasar por lo mismo. Patrick Modiano, mientras tanto, decidió recomendar el manuscrito a Antoine Gallimard. El equipo encargado de evaluar la novela se formó con Christine Jordis, editora de narrativa en inglés de Gallimard —es decir, de Philip Roth o Saul Bellow— y Serge Chauvin, el lector experto de la editorial. Chauvin escribió en su recomendación: “La invención de metáforas siempre imprevisibles, y las hipérboles repetidas y deliberadamente injuriosas convierten el libro en una auténtica máquina de guerra lingüística contra la retórica rígida y falaz”. Ocurrió entonces el caso rarísimo de un escritor norteamericano y una novela en inglés que empezó su recorrido en Francia, respaldada por el enorme prestigio de Gallimard.

El dispositivo de La invención de Tristan utiliza a un narrador de ficción, Zachary, un periodista que escribe sobre Egolf para The New Yorker, pero salvo eso, todo lo demás es real. El libro no es una biografía cronológica, salta en el tiempo, va desde entrevistas a editores y amigos hasta el paso de Egolf por el activismo y el punk. Suma charlas con sus parejas y con el temible agente Andrew Wylie, pasea por Alphabet City y Ámsterdam, cita la novela Distante, de Marie Modiano, se ocupa de la figura de un padre trastornado. Hay misterios que se revelan, como por qué Tristan Egolf nació en España, en El Escorial. Se lee como un thriller del que sabemos el final y quién disparó el arma. También es una reflexión sobre la escritura y el mercado editorial. ¿Qué es un escritor autodidacta? ¿Se nos puede ir la vida en una novela? ¿Vale la pena ser Malcolm Lowry? ¿Es posible canalizar y conjurar la locura de una sociedad? Habla de mitos, de la Gran Novela Norteamericana, del genio desconocido y la obra maestra jamás publicada, y también desnuda las fantasías de gloria de los escritores, que casi nunca se concretan y el peso enorme de sentir la obligación de repetir la hazaña de un buen libro. También revela la generosidad de Modiano que, como Autor Consagrado, esa categoría espeluznante, se juega por un chico a quien apenas conoce. Dice Chauvin: “Modiano celebraba una potencia novelesca totalmente distinta de la suya. El barroco frente a la línea clara. Me pareció un gesto muy generoso por su parte. Reconocer a un genio que le era por completo ajeno”.

La invención de Tristan se publica acompañada de la nueva edición de El amo del corral por Seix Barral, con una valiente traducción de Jaime Zulaika en 530 páginas desenfrenadas. Con el regreso, aquella estrella fugaz que se desvaneció en la depresión desafía desde el pasado con una novela violenta y lúcida, una broma infinita fatalmente seria.

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Patricia García
Patricia García
3 horas hace

¡Qué historia! No tenía ni idea. Ahora todo se ve bien distinto. Me voy en busca de Kornwolf que me falta.