Remil es el protagonista de una exitosa trilogía literaria de espionaje político escrita por el periodista y escritor Jorge Fernández Díaz. La nueva serie del escritor, Política Ficción —que lleva un lema sarcástico: “Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad”—, se publicará todos los martes en Zenda. A continuación, compartimos la siguiente entrega, “Un espía bolivariano”.
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Estoy siguiendo en mi 4×4 a un agente venezolano desde hace horas y creo que se ha dado cuenta: primero me paseó por toda la ciudad y ahora me está llevando tierra adentro, hacia zonas rurales. Recuerdo que hace veinte años, cuando yo utilizaba la “cobertura” y las credenciales de un alto miembro de la Policía Federal y andaba siguiendo la pista de un misterioso proveedor de marihuana a gran escala, crucé al Paraguay y decidí, por cortesía profesional, presentarme al comisario de una ciudad fronteriza y explicarle qué tareas me encontraba desempeñando. El tipo me recibió con gran urbanidad y me invitó a un almuerzo; me habló de su afición por la agricultura y me confesó que tenía unos campos cultivados porque la pensión policial era una miseria. Luego llamó a un suboficial y le pidió que me mostrara sus campos. Quise rechazar la invitación, pero el comisario insistió y fue imposible negarme. El suboficial, en absoluto silencio, se internó por zonas solitarias, y hubo un momento en el que pensé sinceramente que el plan consistía en liquidarme. Me acomodé en el asiento trasero, y acaricié discretamente la Glock pensando que debería desenfundarla más temprano que tarde, pero no fue más que una falsa alarma. Hubo un momento en que el coche atravesó unos interminables sembradíos a derecha e izquierda, y fue entonces cuando advertí que eran plantas altas de cannabis. Unas praderas extensas, labradas y cuidadas con mucho esmero. En ese punto, el suboficial abrió por primera y única vez la boca: “Estos son los campos del señor comisario”, dijo. Salió a una ruta, dio vuelta en una rotonda y me devolvió al hotel. Al día siguiente me presenté en la comisaría, lo felicité al hombre por su vocación agrícola y le anuncié que regresaba de inmediato a Buenos Aires. Crucé la frontera mirando por los espejos retrovisores y tardé varios kilómetros en recuperar la calma. Evoco este episodio porque, siguiendo al venezolano, tengo exactamente la misma sensación en el cuerpo que aquella vez. Sé positivamente que en esta ocasión no se trata de un corrupto ni de un operador de la política, sino de un colega, y eso sube mucho las chances de que se invierta el juego del gato y el ratón, y de que la cosa termine a los cohetazos. Santiago Gabriel Henríquez es teniente del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) y trabaja desde el primer gobierno kirchnerista en área adjuntas al Ministerio de Defensa. Es un experto en la materia, su “leyenda” es un prodigio, su pronunciación del “argentino” es impecable y ningún funcionario de ninguna otra gestión, y mucho menos los servicios de Inteligencia correspondientes, fueron capaces de descubrir que se trataba de un infiltrado. Lo detectamos nosotros únicamente porque tenemos la misión de peinar con rigor la burocracia libertaria, y porque nos han contratado los norteamericanos para proteger al gobierno de su propia desidia. Henríquez operaba para Chávez y hasta hace cinco minutos espiaba para Maduro; sirvió alguna vez de enlace secreto a gran profundidad entre dos “regímenes hermanos”, y hoy se dedica simplemente a anticipar desde adentro hipótesis de conflicto y compra de armamentos, y recolectar cuanto rumor corra acerca de la estabilidad política y económica de la Casa Rosada y los múltiples vínculos que ésta mantiene con Donald Trump. Su aspecto es opaco, como corresponde a un buen agente encubierto, y logró pasar desapercibido e intocado dentro de las distintas capas geológicas de la administración nacional; nos tropezamos con él por casualidad, investigando a otro funcionario que sólo era un pícaro. El hallazgo es vistoso, pero no sabemos cuánto tiene de rentable: aun si un diario lo publicara no podría hacerle demasiado daño al Presidente; a lo sumo acusarían al Señor 5 de una cierta negligencia. Las principales culpas recaerían en anteriores gestiones. El director de la agencia, sin embargo, habló con Langley y nos ha pedido que profundicemos la pesquisa, a riesgo de que el pájaro se asuste y eche a volar. O haga lo que me parece que está haciendo: llevarme lejos para coserme a balazos sin testigos; sabemos que porta una Browning GP-35. “Lo más simple, en este caso, sería entregárselo con moño y todo a las autoridades para que se anoten un poroto con la Casa Blanca, y para usarlo como piedra arrojadiza contra la oposición –medita Cálgaris–. Pero por alguna razón los gringos no están interesados en hacer ese regalo.”
La carrera de los autos locos continúa por rutas laterales, y después incluso por caminos de tierra. En un giro, y a pesar de la llanura, lo pierdo de vista, y freno y retrocedo por donde venía, lentamente, con el dedo en el gatillo. De pronto siento una bomba: su camioneta choca la mía de costado y la desestabiliza y la arrastra hasta que cae en una banquina de barro. Me preparo para recibir una andanada de disparos, pero sólo escucho que Henríquez se detiene y apaga el motor. Salgo agachado y cubierto por la carrocería, listo para un tiroteo, y de nuevo el teniente me sorprende: baja de su 4×4 y lanza lejos su pistola para que yo la vea. Cuando me incorporo apenas, alcanzo a distinguirlo a unos metros: permanece de pie, en mangas de camisa, y tiene los brazos levantados y las manos entrelazadas en la nuca. Me mira directamente a los ojos mientras me acerco despacio; sé que debería obligarlo a arrodillarse y que convendría esposarlo, pero un cierto escrúpulo de camarada de armas me obliga a desistir de esa vejación. Bajo la Glock, pero no la enfundo, y él baja los brazos. “Hablemos”, propone, porque en ese descampado no hay micrófonos ni peligros. Hablamos un buen rato, mientras cae el sol y acuden los mosquitos y los tábanos. Percibió hace dos o tres días que algo andaba mal, y sospechó que el momento tan temido había llegado, pero no avisó a su embajada ni se puso en comunicación con La Tumba: “La revolución está muerta, no hay dónde volver”, dice con acento argentino. Fue un sueño, es una pesadilla. Preso o deportado vale poco, argumenta, pero como doble agente puede traer altos beneficios, no a los locales sino a los norteamericanos. Piensa con la misma lógica que nuestro socio mayor; no creo que Langley se oponga a semejante boccatto di cardinale. Le ofrezco un cigarrillo, fumamos en silencio, como enemigos íntimos en una frontera imaginaria. Luego vacío su Browning y se la devuelvo, y hago dos llamados para informar la situación y para que vengan a rescatarnos. En los días que siguen el venezolano se somete a interrogatorios, muestra docilidad razonable sin perder la dignidad, acepta una “reeducación” y también que yo ejerza el “control” durante los primeros meses. Pasa fruta a los generales chavistas que quedaron en pie (todavía este régimen híbrido es un enigma) y da diversas muestras de fidelidad a nuestro socio; entre ellas, un peligroso viaje a la frontera de Colombia donde conversa en persona con un jerarca del Sebin y le transmite datos errados sobre Balcarce 50. Cuando termina el “período de vigilancia” no dejamos de tomarnos unas cervezas por nuestra cuenta: nos gusta pasar el tiempo juntos y poder hablar de armas cortas y largas, de nuevas tecnologías del oficio y de las artes de combate cuerpo a cuerpo que enseñan en las Fuerzas Especiales. Me interesa el Krav Magá, que es un sistema israelí muy completo, combinado y letal. Hay una enorme prudencia entre nosotros, jamás aludimos a hechos concretos de nuestra profesión, pero sí evocamos nuestros comienzos en el ejército: él se dedicó inicialmente a la lucha antinarcóticos y tiene anécdotas muy divertidas. Suele también interesarse mucho por la guerra de Malvinas, y especialmente por la batalla de Monte Longdon, donde hicimos lo que pudimos, y más. Al despedirnos siempre nos asalta el mismo pensamiento: es una suerte que no hayamos tenido que matarnos.
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Otras entradas de esta serie:
Una sorpresa en el tren fantasma
Relatos publicados en el diario La Nación de Argentina


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