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Un no-lugar llamado hogar

Un no-lugar llamado hogar

Ciertos lugares tienen la capacidad de ponernos a prueba, como esos laberintos en donde quedarse encerrado es una posibilidad real. En ellos uno corre el riesgo de perder su nacionalidad y hasta su identidad, como le sucedió al tristemente célebre Sir Alfred en el aeropuerto de Charles-de-Gaulle, al norte de París.

El antropólogo francés Marc Augé los definió como no-lugares: “espacios intercambiables donde el ser humano permanece anónimo”. Son lugares de paso, cuya configuración se repite en cualquier parte del mundo, en donde nos resulta difícil establecer vínculos y que ponen en evidencia nuestra soledad como individuos. Son cadenas de hoteles, centros comerciales, estaciones o aeropuertos, entre otros.

"Su caso despertó la curiosidad y la simpatía del personal del aeropuerto. Un abogado luchó durante siete años por conseguir sus ansiados papeles"

Un día de agosto de 1988, los azares de la vida llevaron al iraní Mehran Karimi Nasseri al aeropuerto de Roissy-Charles-de-Gaulle, del que no saldría hasta dieciocho años más tarde. Su historia es rocambolesca y merece ser contada (al menos una de las versiones que conocemos de ella). Mehran estudió en Inglaterra, en donde participó en una manifestación contra el sha, rey de Irán, en 1974. Como consecuencia, a su regreso a Teherán, fue apresado en el aeropuerto y expulsado del país. Pidió asilo a varios países, sin éxito, hasta que fue aceptado por la Comisión de las Naciones Unidas para los refugiados, situada en Bruselas, en 1980. Vivió en Bélgica hasta 1984, cuando decidió volver a Inglaterra para buscar a su supuesta madre. Una vez allí, devolvió su permiso de refugiado al Alto Comisariado de las Naciones Unidas de Bruselas, pensando que no le haría falta volver a Bélgica. Pero no pudo anticipar que sería expulsado de Inglaterra, por razones que se desconocen, y se encontraría sin papeles, atrapado en un aeropuerto francés. Su caso despertó la curiosidad y la simpatía del personal del aeropuerto. Un abogado luchó durante siete años por conseguir sus ansiados papeles, pero cuando al fin, en 1999, los recibió, Sir Alfred (como le llamaban por facilidad) los rechazó, alegando que “ya no era el que había sido” y declarándose apátrida. Así es como decidió voluntariamente seguir viviendo en el sótano de la terminal 1 de Roissy.

Un día, el Wall Street Journal publicó un artículo sobre su historia, que leyó un tal Steven Spielberg. Cuando la película La terminal, inspirada en la vida de Sir Alfred, salió en cines en 2004, le convirtió en toda una celebridad, aunque no fue la única película que se inspiró en su historia, pues la francesa Tombés du ciel ya lo hizo en 1994. Por extraño que parezca, Sir Alfred no utilizó el dinero obtenido gracias al éxito de La terminal para empezar una nueva vida lejos del aeropuerto. Lo único que le sacó de allí, en 2006, fue una intoxicación alimentaria que le mantuvo hospitalizado durante seis meses. A su salida acabó en una residencia de Emmaüs, en París.

"Hace unas semanas, Sir Alfred, ya muy debilitado, regresó al aeropuerto que le hizo famoso, en donde murió el pasado doce de noviembre"

A diferencia del simpático personaje que encarna hábilmente Tom Hanks, Sir Alfred no estuvo retenido en la zona de tránsito, de la que pudo haber salido de forma legal. La compleja trampa burocrática en la que estaba atrapado le impedía salir de Francia, pero nada le obligaba a permanecer en la terminal. La historia real no tiene nada de comedia romántica, pero quién sabe, porque dieciocho años, que se dice pronto, dan para mucho. También hay que decir que su salud mental estaba tocada. Dicen que el declive empezó cuando le expulsaron de Inglaterra y le cerraron la frontera belga. Su integración en un nuevo país nunca le interesó, como si aquel no-lugar le hubiera alienado y borrado como individuo. Como todo expatriado que pasa demasiado tiempo lejos de su tierra, siente que los lazos que le unen a ella desaparecen (sobre todo si está en desacuerdo con determinadas políticas que condicionan el devenir de su país) y no acaba de adaptarse a su país de acogida.

Hace unas semanas, Sir Alfred, ya muy debilitado, regresó al aeropuerto que le hizo famoso, en donde murió el pasado doce de noviembre. Intuyó que su fin estaba cerca y quiso volver al único sitio que pudo considerar como un hogar. Paradójicamente, su poética acción dio sentido a ese no-lugar, al que acabó debiendo su propia identidad. Su historia nos enseña que el día menos pensado podemos caer en la trampa de la vida. Que la compleja maquinaria de la sociedad en que vivimos, que tantas cosas nos ofrece, es capaz de aplastarnos en cualquier momento, si bajamos la guardia. Que vivimos en un sistema que, cuando no encajamos en él, nos puede quitar todo. Hasta la razón de vivir.

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