Es extraña la memoria. Unas veces se niega a ceder ante nuestras pretensiones —si por ejemplo intentamos recordar un nombre o una cara, en qué libro se encontraba tal pasaje, qué película fue aquélla que tanto nos sobrecogió en esa noche ociosa en la que de casualidad nos dejamos enredar en su trama— y otras tiende puentes caprichosos que nos llevan a regiones del pasado por las que no habíamos vuelto a transitar. Ahora que veo llover por la ventana me ha venido a la mente aquella noche en que, desde mi habitación en un hotel del Temple Bar, escuchaba medio adormilado la música que provenía del interior de un pub dublinés que se encontraba en la misma calle, casi frente a mi ventana. Eran canciones populares, supongo, que arropaban mi duermevela de viajero solitario y muerto de frío y también exhausto tras una jornada de largas caminatas en la que había intentado cruzarme con el caballo blanco que cruza el puente de O’Connell antes de asomarme a las modestas alturas de la Torre Martello desde las que vio amanecer Stephen Dedalus aquel 16 de junio de 1904 que iba a cambiar para siempre la historia de la literatura. No reconocí ninguna de las piezas que interpretaron, salvo la última, pero eso no tiene ningún mérito: se trataba de una versión un tanto sui géneris de la canción que cuenta la historia de Molly Malone, aquella pobre vendedora callejera de pescado a la que matan unas fiebres y cuyo fantasma recorre desde entonces la ciudad. Unas horas antes había visitado su escultura ante la iglesia de Saint Andrew, con sus senos desgastados por esa incomprensible costumbre que tienen los transeúntes de manosearlos, y fue su triste historia una de las últimas cosas que escuché antes de caer dormido en aquella noche invernal de noviembre, vencido por el cansancio y también algo inquieto porque a la mañana siguiente debía levantarme muy temprano para tomar un tren a Belfast.
No es tan extraña la asociación de ideas —la lluvia al otro lado de los cristales, estas fechas que han dejado de ser estrictamente navideñas para volverse epifánicas— que me lleva desde la desdichada Molly Malone hasta la chica de Aughrim, porque una vez instalada la memoria en los parajes irlandeses, y a poco que haya uno leído lo indispensable, lo raro sería pasar por alto la referencia a aquella otra canción que entonaba el tenor Bartell d’Arcy en la planta superior de la mansión de las hermanas Morgan, propiciando el aplauso de los asistentes a la velada y, sobre todo, el embelesamiento de Gretta Conroy en su descenso hacia la calle. También es ésta una canción tristísima: una mujer abandonada invoca la piedad del amante que la ha despreciado, sin que éste se sienta interpelado por el hijo que tienen en común —y que ella lleva en sus brazos— ni por las penurias que atraviesan; más bien al contrario, responde con evasivas y hasta finge no conocerla para quitársela de en medio, a ella y al bebé. El patetismo de la escena, que transcurre en un anochecer gélido bajo una lluvia contumaz, se envuelve en una melodía que atenaza el ánimo y lo aboca a premoniciones melancólicas similares a las que tan magistralmente supo impostar Anjelica Huston en el célebre plano de Dublineses y que no dejan de ser las mismas que verbalizó Joyce en el no menos conocido monólogo final del que con toda justicia se considera uno de los mejores relatos cortos que se han escrito desde que la humanidad acertó a plasmar sus obsesiones en papel. Como hay ocasiones en las que no conviene resistirse a estos impulsos, he buscado en internet la grabación en la que John Feeley y Fran O’Rourke interpretan la canción en la Newman House. Feeley toca en el vídeo la guitarra que perteneció a James Joyce y con la que a buen seguro tocó el escritor más de una vez esa misma partitura, al fin y al cabo tan vinculada a su propia biografía amorosa como lo está en la ficción a los destinos de los Conroy, y hay algo hipnótico en la armonía con que se pliega el tañido de sus cuerdas a la voz virtuosa de su acompañante, conscientes ambos de que engendran al unir sus talentos una atmósfera singular y mágica, propicia para mecer un atardecer de invierno como éste en el que no llega a caer la nieve, pero sí se va derramando una de esas noches cenicientas en cuyo poso resuena el eco, silencioso e ineludible, que transporta los susurros de los muertos.


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