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Una conversación con Emilia Pardo Bazán (IX): La religiosidad de Doña Emilia

Una conversación con Emilia Pardo Bazán (IX): La religiosidad de Doña Emilia

Era normal que los dos estuviésemos de bajón y con ganas de separarnos. Costaba volver a la normalidad después de lo ocurrido. Tras la efervescencia momentánea de los sentidos, ambos estábamos igual de agotados. Era como si la resaca se hubiera apoderado de nosotros, y costaba recuperar el tono vital. No queriendo desaparecer tan rápido, me detuve ante una pequeña virgen de Lourdes que había a un lado del pasillo sobre una alargada cómoda. Junto a ella vi una foto enmarcada de primera comunión de las dos hijas de la Pardo Bazán y otra en los mismos tonos sepia de Jaime, su único hijo varón, también de niño. Y un par de palmos por encima, un crucifijo.

—Otra de las cosas sorprendentes, Emilia, es esto.

—¿El qué, mi religiosidad?

—Exacto. Ya manda narices que la precursora del naturalismo en España, la madre de todos los escándalos, sea una señora casada y con hijos, pero mucho más lo es el que encima esta admiradora de Zola sea religiosa. A ti… a usted le pega más los colores de la vida borboteante y no la tétrica atmósfera que rodea todo lo que tiene que ver con el catolicismo.

—No me trates de usted, por favor. Hay confianza suficiente para mantener el tuteo.

—Lo siento. Creo que para el libro es mejor. Es el respeto que se le debe. 

"Ya que hemos hablado tanto de Zola tengo que decir que a mí lo que menos me gustó y me convenció de él desde el principio fue ese determinismo tan férreo"

—Como tú veas. Ya que hemos hablado tanto de Zola tengo que decir que a mí lo que menos me gustó y me convenció de él desde el principio fue ese determinismo tan férreo, el que se empeñase tanto en encontrar la causa de los actos humanos en la acción de las fuerzas naturales del organismo o del medio ambiente. Esa filosofía determinista es en realidad un fatalismo materialista que lleva directamente al pesimismo, al vacío, a la nada de la existencia y a negar el albedrío, la responsabilidad humana y, por lo tanto, toda moral. En el fondo se opone al idealismo de Hegel pero dándole la vuelta, como quien da la vuelta a un calcetín viejo.

—En vez de seres ideales lo que busca Zola es el caso patológico.

—Sí, pero ese fue el vicio capital de la estética naturalista: someter el pensamiento y la pasión a las mismas leyes que determinan la existencia de una piedra, considerar exclusivamente las influencias físicas o químicas prescindiendo hasta de la espontaneidad natural. Mostrar y poner de realce la bestia humana y explicar el drama de la vida por medio de un instinto ciego y de una concupiscencia desenfrenada. Y eso a lo mejor puede ser así en las clases bajas…

El hijo: Jaime Quiroga y Pardo Bazán

—Otra vez ese clasismo, doña Emilia. Le prevengo que en nuestros días resulta francamente antipático. Los lectores del siglo XXI no lo van a apreciar.

"Yo puedo ser positivista por el método, pero no por las creencias. Dios nos ha hecho libres."

—Si son inteligentes sabrán ponerlo en su contexto. En definitiva, decía que donde yo he diferido siempre de Zola, y en general del resto de naturalistas que le han seguido, ha sido justamente en ese punto. Luis Alfonso, uno de los muchos críticos con el que me peleé en su día, fue de los pocos que se dio cuenta del abismo que mediaba entre mis ideas, de fondo religioso, y las de Zola, porque yo siempre he procurado aplicar una fórmula más ancha y humana que la del naturalismo al uso. Yo puedo ser positivista por el método, pero no por las creencias. Dios nos ha hecho libres.

—Emilia, Emilio… Tiene gracia que compartan el mismo nombre.

—Y además romano. La fatalidad histórica lo ha querido así —sonrió—. Lo que sí me gustó siempre es equiparar el método de la ciencia y el arte. En eso siempre estuve de acuerdo con Zola. Y desde luego en la exuberancia descriptiva, en ese barroquismo acumulativo de una prosa novelesca que busca envolver al lector como en un torbellino vital. Pero si se fija uno en mis obras más naturalistas, como Los pazos o Madre naturaleza, siempre hay una figura que se salva de esa animalización. Como por ejemplo Nucha, la muchacha que acaba casada con uno de los caciques.

—Y Julián, que es cura.

"Es verdad que en Los pazos de Ulloa los personajes espirituales acaban siendo vencidos en la lucha por la vida por esos otros seres grotescos"

—Y el capellán, desde luego. Los dos son finos, espirituales, delicados, exquisitos. Son seres humanos en los que hay poco rastro del animal y en quienes el instinto ha sido oscurecido y sublimado por el espíritu. Ellos son los buenos, los puros, los civilizados. Es verdad que en Los pazos de Ulloa los personajes espirituales acaban siendo vencidos en la lucha por la vida por esos otros seres grotescos, rudos, seguramente más fuertes en lo físico, con una estructura biológica más resistente. Pero luego, en Madre naturaleza, quise dejar claro que el espíritu, el ideal cristiano, es invencible y permanece como una pura llama hacia lo alto, triunfando sobre la animalidad.

—¿Me está confesando, doña Emilia, que en el fondo siempre ha sido una espiritualista?

—Dejémoslo en que puede decirse que fui naturalista en el método y espiritualista en la filosofía. Siempre he creído que el hombre o la mujer pueden triunfar, con la fuerza de su voluntad y su creencia, sobre las circunstancias exteriores. Ahí es donde me despego de Zola.

—Y donde se topa usted con los escritores rusos.

—Ese fue mi segundo gran enamoramiento después de los franceses. Los descubrí a finales de los años ochenta. Ya hemos hablado de ello. Les dediqué una serie de conferencias en el Ateneo para presentarlos al público madrileño. A ellos pero sobre todo a Tolstoi, que fue quien encabezó el movimiento. Él nos arrastró a la deriva espiritualista. Ese espiritualismo fue lo que siguió, como reacción, al naturalismo, en aquellos años finales del siglo XIX. Tolstoi nos condujo de la mano para sacarnos de las inmundicias en las que se hallaba enfangado cada vez más el naturalismo. La fórmula de Zola ya había dado todo lo que podía dar de sí.

—A usted la pilló medio convencida, por lo que me dice.

"Incluso defendí que la mujer nueva debía edificarse sobre la fórmula de la mujer cristiana, fórmula feminista muy española"

—No lo niego. Siempre he creído en el triunfo del espíritu y la voluntad sobre el determinismo y la materia, y en que la santidad y la bondad enaltecidas son los ejes de la conducta humana. Incluso defendí que la mujer nueva debía edificarse sobre la fórmula de la mujer cristiana, fórmula feminista muy española.

—En Una cristiana.

—En Una cristiana y en La prueba, que era la continuación.

—Al mismo tiempo en Una cristiana también se recrea en detalle la juerga que se corren el tío y el sobrino con unas gachís madrileñas de tomo y lomo, y no se arredra a la hora de describir la intimidad física entre un anciano enfermo de lepra y una jovencita. Quiero decir que en esa novela no es todo idealismo y reflexión espiritual. También tiene su parte de crudeza.   

—Porque en la vida todo está mezclado, lo alto y lo bajo, lo espiritual y lo material. No se puede tener lo uno prescindiendo de lo otro, hay que quererlo todo, y la novela tiene que ser igual. Pero lo que prevalece en esa obra, lo puedo asegurar, es el sentimiento cristiano.

Escena familiar de Pardo Bazán.

—O sea que usted es una católica convencida. ¿Y dónde queda esa enfant terrible de nuestra literatura que se dedicó en el arranque de su carrera a escribir cuentos anticlericales de curas trabucaires?

"Soy una católica convencida pero no una beata tonta y mucho menos una meapilas"

—Soy una católica convencida pero no una beata tonta y mucho menos una meapilas que cree a pies juntillas todo lo que le dicen en la iglesia los domingos desde el púlpito. Es justamente porque creo en la dignidad de la religión católica y de su sacerdocio que me atrevo a criticar a los malos sacerdotes. También soy una condesa liberal que no me privo de poner en solfa a la mala aristocracia precisamente porque no soy así, y conozco muchos condes y marqueses que tampoco lo son. Con la religiosidad pasa algo parecido. No se olvide que yo misma soy dama de la Orden Tercera de San Francisco.

—Creo, después de todo lo que hemos hablado, que he llegado al meollo de su personalidad. En el fondo usted lo que pretendió lograr fue una síntesis entre lo tradicional y lo moderno en todos los aspectos: literatura, arte, sociedad, moral, religión.

—Puede decirse así. Mi filosofía fue puro eclecticismo. Y a mucha honra. Creo que es lo más inteligente en todo, el coger lo mejor de cada país, de cada región, de cada persona, de cada corriente estética. Yo he procurado siempre perfeccionarme, y esa ha sido la mejor manera que he encontrado.

—Se ve en La quimera ese ansia de perfección e inmortalidad, de deseo de perdurar, en la búsqueda de la eternidad a través de la obra perfecta. Lo que me atrae de esa novela es que ya hay cada vez un estilo más moderno, con frases más secas, a tramos casi telegráficas, con ínfulas de cosmopolitismo y hasta con un toque de japonismo que me es más antipático y que ha envejecido peor, a mi entender, que su naturalismo anterior.

—¿Le acompaño a la puerta?

—Sí, por favor.

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José Ángel Mañas es novelista. Su próxima novela, Una novela de bar en bar llegará a las librerías el 25 de marzo. Domingo Espinar va contándole su vida a un amigo escritor. En esas largas charlas, de bar en bar, le relata sus primeros amores, sus fracasos, habla de las personas que quiso, a las que perdió, sus primeros contactos con los movimientos sociales y hace un repaso por la historia político-social y económica de la España de las últimas décadas: desde el boom inmobiliario y la corruptela de algunos ayuntamientos, hasta su implicación en un proceso por violencia de género acusado por su penúltima esposa. No se puede tener una vida más completa ni un personaje más logrado. Después de haber ganado el premio Ateneo de Sevilla con La última juerga, Mañas deleita a sus lectores en la que posiblemente sea su mejor novela hasta la fecha.

 

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