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Una historia de pasión y muerte

Shirley MacLaine, en «Irma la dulce».

«Hay otras vidas, pero están en ti», dicen que dijo el poeta Paul Éluard. En mí está, entre otras vidas, la de Lea Pérez, una escritora desesperada, que pasa por Zenda, con otros convivientes, los miércoles.

Puedo ser Homero. Ante la página en blanco, también puedo ser Cervantes. Y Borges, otro Borges. Pero desde que escribo una letra, antes de terminar una palabra, sólo soy yo. Y los otros se largan y se quedan en mi imaginación. Y en sus libros.

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Soy poeta. Eso me digo. Y traductora, así me gano la vida. Y ensayista, porque publiqué un ensayo que no fue mal acogido. ¿Seré novelista? Aunque todavía no me he lanzado a escribir una novela, la idea me tienta, me atrae. Anoche, tirada en el sofá, me iluminaron estas palabras con las que Billy Wilder abrió una de mis películas predilectas: «Esta es, pues, la historia de Irma, la Dulce. Una historia de pasión, de violencia, de deseo y de muerte: todo lo que, en realidad, hace la vida digna de ser vivida». ¡Sí!, exclamé y exclamo ahora. ¡Quiero escribir una historia pasional y violenta, una historia de amor y muerte, digna de ser leída! Y dulce, como Irma.

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"Amigo escritor, amiga escritora: no desfallezcas, resiste. Igual has escrito, o puedes escribir, una obra maestra. Aunque nadie dé un duro por ti."

Sobran libros, dije el otro día. Creo que fui precisa, además de irónica, y dejé claro que sobran en las bibliotecas y en librerías. Pero nunca sobran en los cajones, las estanterías o los ordenadores de los autores que los alumbran. Las posibilidades de que uno de los miles de escritores actuales llegue a las suelas de los zapatos a gigantes literarios como Homero, Cervantes o Shakespeare son escasas. Pero existen. Y no sería extraño que incluso hoy, a pesar del aluvión de novedades que arrasa las librerías un día tras otro, un genio literario no sea capaz de encontrar una editorial que quiera publicar sus libros. Basta con recordar libros póstumos como El Gatopardo o La conjura de los necios, por no hablar de los que pudieron perderse para siempre, abrasados por el fuego, de Franz Kafka o Emily Dickinson. Amigo escritor, amiga escritora: no desfallezcas, resiste. Igual has escrito, o puedes escribir, una obra maestra. Aunque nadie dé un duro por ti.

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«Ser honesto en un mundo deshonesto es como desplumar una gallina contra el viento: se llenará usted la boca de plumas», dice en Irma la dulce Moustache. Es un sabio, como todos los que trabajan detrás de la barra de un bar. Intentaré ser honesta, aunque el mundo no lo sea. En el mundillo literario me miran mal. Con condescendencia. Soy, o mejor dicho era, cuando salía con mi ex, la novia de. La chica de. O la traductora que ahora va de poeta. O Lea, la que se ha hartado de leer. Pues que digan lo que quieran. Voy a intentar escribir una novela. Aunque fracase en el intento, la experiencia merecerá la pena. Todos nuestros pasos, también los perdidos, hacen nuestro camino.

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Entregas anteriores de Lea Pérez:

· Una mujer desesperada

· Tangana (Historia abreviada de un amor portátil)

· Convencer es estéril (para hombres)

· Demasiados libros

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