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Una historia de valores sustantivos

Una historia de valores sustantivos

Ilustración de portada: Augusto Ferrer-Dalmau

Si, acabada El italiano, nos quedamos con una impresión epidérmica, diremos que Arturo Pérez-Reverte ha escrito una intensa novela de aventuras en la que conjuga notas características de los mejores ejemplos del género: peligros extraordinarios y viva trama amorosa. Y concluiremos que maneja ambos factores con tal pericia que nos ha proporcionado unos largos ratos de placentera inmersión en interesantes vidas ajenas y absorbentes peripecias. En ello despliega el instinto del narrador nato que tantas veces ya ha demostrado. Ese efecto será suficiente para muchas personas que buscan en la novela una forma de entretenimiento refinado.

"Pérez-Reverte juega fuerte con la situación y no le hace ascos a un recurso de la tradición renacentista, el amor a primera vista"

Quizás no habría que ir más lejos, ni pedir más a un relato hecho con seriedad y solvencia. Ocurre, sin embargo, que dicha impresión resulta insatisfactoria e incompleta a poco que tengamos en mente que el protagonista, un valentísimo submarinista de la marina de guerra italiana, gasta el nombre de Teseo y que la chica de sus amores, joven atractiva viuda, se llama Elena, regenta la librería rotulada Circe y su vigilante perro responde como Argos. Semejante onomástica no puede ser casual —nada lo es en una narración exigente— y nos dice que se juntan en el libro un plano real que no deja de acreditar su virtualidad verista, la relación entre Teseo y Elena, y otro superior, legendario, ligado a un arquetipo homérico fundacional. Así que hemos conocido —disfrutado— expectantes una aventura potente a la vez que se nos ha trasladado a horizontes trascendentes y hemos sabido de otros motivos de mayor enjundia.

El empeño tampoco se formula de forma críptica, pues ya sería casualidad que Elena adorne su despacho con un reproducción del pasaje clásico en que Ulises se encuentra con Nausícaa, situación de la mitología griega que la novela viene a duplicar en el plano real, expuesto este con tintas testimoniales. Elena encuentra en la playa, inconsciente, en un punto de la bahía de Algeciras, a un desconocido a quien traslada a su casa cercana y salva la vida. Pronto será rescatado por unos extraños y el momento se convierte en el arranque de discontinuos reencuentros de la pareja nimbados de misterios y secretos. Pérez-Reverte juega fuerte con la situación y no le hace ascos a un recurso de la tradición renacentista, el amor a primera vista. Solo que lo galvaniza con suspicacias y riesgos, y aprovecha un contexto histórico especial para hacer verosímil lo difícil. En el año 1942 una unidad especial del ejército italiano causó grandes daños a la flota aliada fondeada en Gibraltar por medio de arriesgadísimas operaciones de pequeños submarinos pilotados por heroicos marinos. Teseo es uno de aquellos valientes. Elena mostrará también un gran arrojo.

"Este instinto de consumado contador de historias nunca se contenta, sin embargo, con la simple espontaneidad formal, y siempre dispone una calculada organización del texto"

Esta historia de amor, matizada su línea general romántica por una estricta vigilancia de los matices psicológicos y desarrollada con puntillosas precisiones anecdóticas, discurre con la flexibilidad y seducción que le imprime la cualidad de narrador nato que viene mostrando Pérez-Reverte desde hace más de tres decenios. Este instinto de consumado contador de historias nunca se contenta, sin embargo, con la simple espontaneidad formal, y siempre dispone una calculada organización del texto. Ahora consiste en implicarse el propio autor en el relato, en escribirlo desde un presente en que explica cómo años atrás ya pensó que tendría que escribir la novela que leemos y detalla las averiguaciones detectivescas que le han permitido reconstruir los hechos y perfilar los personajes, los protagonistas y otros complementarios.

La novela histórica que en el fondo es El italiano cobra con este procedimiento una actualidad que elimina el distanciamiento cronológico. Entre idas y venidas en el transcurso del tiempo y entre desplazamientos espaciales se van anudando sucesos sugestivos: las proezas de aquellos submarinistas, sus diferencias ideológicas, el temor de los ingleses a los ataques de incierto origen, el ambiente en el Peñón, el comportamiento de la policía militar inglesa, la madeja del espionaje internacional, la España regida por una dictadura que simpatiza con el fascismo… Semejante variedad de materiales constituye la trama anecdótica de una historia en todo momento amena, con tipos curiosos y atractivos, con dilemas sentimentales y conflictos de lealtades y con un hilo de intriga suave pero eficaz.

"Ya su penúltima Línea de fuego va con toda intensidad y transparencia en la misma dirección: suprimir el reduccionismo de buenos y malos"

La buena materia novelesca supone un aliciente por sí misma, pero su sentido no acaba en ese gancho. Apuntes sueltos ya nos avisan de que está en juego otra cuestión. Todo va apareciendo, no obstante, en un nivel casi informativo de sucesos acaecidos en unos años peligrosos. Pero a medida que la acción avanza, que el argumento se va completando y emboca su cierre, vemos que Pérez-Reverte ha ido superponiendo materiales para dar un salto en altura. Nada menos que hacia la celebración de valores primordiales. Nada nuevo, por otra parte, en el autor. Ya su penúltima Línea de fuego va con toda intensidad y transparencia en la misma dirección: suprimir el reduccionismo de buenos y malos; contraponer al maniqueísmo principios generales de idealismo, lealtad, abnegación.

Sobre ello giran los dos últimos capítulos de El italiano. Los aliados reconocen el mérito de sus enemigos: eran “hombres valientes”, no despreciables saboteadores, admitirán; un oficial británico reconviene a un compatriota que ha maltratado a Teseo, lo mira con “rara mezcla de admiración y curiosidad” y le presenta sus “respetos”; también honran a los adversarios caídos con una ceremonia según las reglas honoríficas de la marina. Por su parte, los italianos avisan al barco que van a dinamitar para que no haya víctimas entre la tripulación; el objetivo era el barco y resultaba innecesario que murieran los tripulantes. A modo de tesis funciona el diálogo de un oficial inglés y los italianos presos. El comandante, que ha increpado a uno de los suyos por su falta de respeto (“—Cállese, idiota insolente”), se encarga de que proporcionen ropa y calzado a los submarinistas y charla afable y distendido con ellos:

—Pero si alguna vez nos encontramos —dice—. una vez terminada la guerra, haré algo que hoy no puedo hacer: estrecharles la mano.

Pestañea sorprendido Lombardo.

—¿Y eso por qué, señor?

El rostro del comandante Fraser aún se mantiene un momento inescrutable. De improviso, una súbita calidez anima su mirada.

—Por ahorrar la vida de mis hombres y por el extraordinario valor demostrado al atacar mi barco”.

Este broche algo idealista otorga a la novela entera la categoría de relato moral al servicio de unos valores sustantivos. Lo cual supone —y es capital subrayarlo—, en estos tiempos relativistas, una apuesta fuerte de Arturo Pérez-Reverte; una valiente declaración de fe.

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Autor: Arturo Pérez Reverte. Título: El italiano. Editorial: Alfaguara. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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