Hay libros a los que se llega por una intuición. En mi caso, Historia natural, de Marina Yuszczuk, fue uno de ellos. Fue suficiente saber que parte de la historia transcurría en un museo de ciencias naturales para sentir esa curiosidad casi infantil que me despiertan esos lugares donde el tiempo parece conservarse tras las vitrinas: esqueletos de animales imposibles, insectos clavados con alfileres, minerales, cráneos, mapas, especies extinguidas… Supongo que tiene mucho que ver con la fascinación que siempre me han provocado los antiguos gabinetes de curiosidades, esos espacios que todavía combinaban ciencia y asombro.
Porque Historia natural podría presentarse, en apariencia, como una novela histórica. Estamos en la Argentina de finales del siglo XIX, en un país que intenta construirse a sí mismo como una nación moderna y civilizada. Existe el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Existió Francisco Pascasio Moreno. Existen muchos de los acontecimientos históricos que aparecen de fondo. Sin embargo, Yuszczuk hace algo mucho más interesante que reconstruir fielmente un periodo: reinventa la historia desde la ficción. Y ella misma lo advierte desde el principio. La protagonista de la novela, Virginia Venecia Moreno, es una hija inventada del propio Moreno, una chica que nunca existió y cuya voz abre la novela con una presentación imposible de olvidar: «Virginia, por lo que soy. Venecia porque es la ciudad a la que mis padres viajaron en su luna de miel, la cuna acuática que meció el primer sueño de nuestra familia antes de los niños muertos, uno detrás del otro, y el veneno y la locura. Moreno porque es el apellido de mi padre».
Ya desde esas primeras líneas tuve la sensación de encontrarme ante una de mis novelas favoritas, también inclasificable: Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson. No porque ambas novelas compartan argumento, sino porque Virginia posee esa misma mirada extraña que tenía Merricat Blackwood. Las dos contemplan el mundo desde un lugar ligeramente desplazado, donde la lógica infantil convive con una imaginación capaz de justificar cualquier decisión. No son narradoras poco fiables en el sentido clásico; son niñas que todavía creen que los deseos pueden alterar la realidad y que, precisamente por eso, resultan mucho más inquietantes. Como Merricat, Virginia también intenta preservar un pequeño universo que siente amenazado. Solo que aquí ese universo no es una casa aislada, sino un museo. En el fondo, si algo caracteriza a la literatura gótica es la importancia del espacio. Castillos, mansiones, casas decadentes… lugares que dejan de ser simples escenarios para convertirse en organismos vivos que condicionan a quienes los habitan. En Historia natural ese lugar es el museo. Virginia ha crecido, como ella misma recuerda, «entre esqueletos, animales embalsamados, puntas de flecha y restos de vasijas». Basta esa enumeración para comprender que el museo funciona como un auténtico personaje. Un edificio lleno de sombras donde conviven animales disecados, restos humanos, huesos y objetos arrancados a otros lugares y otras culturas. Hay algo profundamente inquietante en esos espacios dedicados a conservar aquello que ya no vive. Como si todo el edificio fuera una especie de ars moriendi permanente que recordara, a cada paso, la fragilidad de cualquier existencia. En ese sentido, el museo acaba convirtiéndose en una metáfora perfecta del propio proyecto civilizador que atraviesa la novela: conservar, clasificar, ordenar… aunque para lograrlo sea necesario arrancar a personas y objetos de su contexto. Los museos de historia natural nacieron para clasificar el mundo. La novela de Marina Yuszczuk demuestra, en cambio, que hay cosas imposibles de catalogar: el duelo, la obsesión, el deseo, la culpa o el amor filial cuando se convierte en una forma de locura. Y también en fantasmas que no necesitan aparecer y representan silencios, traiciones, mentiras de toda una familia.
La infancia de Virginia transcurre rodeada de pérdidas y relaciones enfermizas. Después de su nacimiento, todos sus hermanos nacen muertos. Su padre permanece siempre ausente, absorbido por sus expediciones y por el museo. La madre vive enferma. La institutriz parece esperar únicamente la posibilidad de casarse para abandonar esa casa. Los hermanos mayores apenas consiguen llenar el enorme vacío afectivo que atraviesa la familia. Yuszczuk entiende muy bien una de las grandes transformaciones del gótico contemporáneo: los monstruos ya no necesitan habitar castillos embrujados; muchas veces viven dentro de las propias familias. Resulta admirable, también, la economía con la que construye a los miembros de esta familia. Apenas unos gestos bastan para definirlos. El padre, por ejemplo, aparece continuamente acariciándose el bigote. Virginia observa ese movimiento con auténtica fascinación porque le parece «una manera de poner las cosas en su lugar con un solo movimiento rápido desde las raíces hasta las puntas». En apenas una imagen entendemos tanto la autoridad casi absoluta que ese hombre ejerce sobre su hija como la necesidad desesperada que ella siente de ser vista. Virginia vive obsesionada con agradar a su padre. Busca constantemente su aprobación. Intenta convertirse en la hija perfecta para un hombre incapaz de mirar realmente a quienes tiene cerca. Esa adoración casi religiosa termina aislándola del resto del mundo y alimentando una lógica propia donde cualquier acto puede justificarse si sirve para obtener una mínima muestra de afecto.
La llegada de sus primas introduce otro de los grandes temas de la novela: el despertar del deseo. La prima mayor, hermosa y mucho más adulta, despierta inevitablemente un nuevo equilibrio dentro de la casa. De nuevo resulta difícil no pensar en las relaciones entre Merricat y Constance. Y es entonces cuando aparece otro de los personajes fundamentales del libro: un joven indígena llevado al museo, convertido casi en un objeto de estudio más dentro de esa inmensa colección científica. Con su llegada, la novela termina de mostrar su verdadero rostro. Porque aquello que parecía una historia íntima empieza a dialogar directamente con la violencia histórica que sostiene el propio museo. Los indígenas que llegan confiando en Francisco Moreno descubrirán muy pronto que la ciencia puede convertirse también en una forma de posesión. Que detrás del prestigio, del progreso y del conocimiento pueden esconderse la ambición personal, el deseo de reconocimiento y una profunda deshumanización. Mientras Virginia es capaz de cualquier barbaridad por conquistar el amor de su padre, Moreno demuestra estar dispuesto a sacrificar casi cualquier cosa por alcanzar la gloria científica. Las dos obsesiones terminan reflejándose mutuamente. Y el museo deja entonces de ser únicamente un lugar dedicado a conservar la memoria para convertirse en una inmensa galería de vergüenzas.
Quizá esa sea la mayor virtud de Marina Yuszczuk: conseguir que una novela que parecía hablar de la construcción de un museo termine hablando de la construcción de los monstruos. No los monstruos fantásticos, sino los que nacen del deseo de ser amado, de la ambición, del poder y de esa capacidad tan humana para convencernos de que cualquier acto puede justificarse si creemos perseguir un bien superior. Al terminar Historia natural comprendí que lo perturbador había sido descubrir que los mayores monstruos nunca estuvieron expuestos detrás del cristal, sino caminando por los pasillos, ocupando los despachos, sentándose a la mesa familiar o buscando desesperadamente el amor de un padre. Y quizá esa sea la gran virtud de Marina Yuszczuk: recordarnos que la historia natural siempre termina convirtiéndose, inevitablemente, en historia humana.
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Autora: Marina Yuszczuk. Título: Historia natural. Editorial: Almadía. Venta: Todos tus libros.


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