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Una temporada en el infierno de Céline

Una temporada en el infierno de Céline

Los pájaros se desentienden de nosotros. Oigo su canto a través de la puerta abierta del balcón. Parecen mirlos. En la calle apenas hay personas. Una mujer vuelve con la bolsa de la compra llena de lo necesario para resistir algunos días la cuarentena impuesta por el Gobierno a causa del coronavirus, y dos jóvenes hacen footing, cada uno por una acera, hablándose a gritos, con una distancia de seguridad exagerada y un reguero de sudores y saliva que invita a mantenerse lejos de ellos. La mujer lleva mascarilla, los jóvenes también, pero las suyas están bajadas hasta la barbilla, como si quisieran protegerse el cuello del frío en vez de impedir la transmisión del virus.

En la pantalla de mi ordenador me espera el texto que estoy traduciendo, la trilogía del Norte de Louis-Ferdinand Céline. De un castillo a otro, Norte y Rigodón. Tres novelas que en realidad conforman una sola, gigantesca, atroz, violenta y temible, llena de odio, miedo, resentimiento, humor, desesperación, amargura. Un texto de una dificultad de traducción extraordinaria, cada frase una trampa, cada palabra encajada de un puñetazo en la frase, desplazando a las otras, haciéndose un hueco en guerra con la lógica, con la gramática y con el lector, porque Céline le habla al lector pero no le da tregua ni ayuda, lo increpa, lo extravía con disquisiciones y desvaríos, lo martillea con nombres y referencias cifradas, alusiones y juegos de palabras nacidos de su proceso mental.

Y ahí está el truco para que el traductor, lector tenaz donde los haya, no se pierda: no atenerse sólo al texto escrito, sino seguir también y sobre todo el curso del pensamiento feroz y caótico del autor. Lo no dicho, lo que no está escrito. Porque el texto, en esta trilogía de Céline, es una sucesión de frases cortas, fugaces, acotadas entre puntos suspensivos, que van salpicando como epifanías un hilo de pensamiento que permanece en su mayor parte oculto. Chispazos del paso del tren de las palabras por la oscuridad de la mente del autor. Y lo que esos chispazos alumbran momentáneamente es un paisaje de horror: el infierno de Céline.

"Céline odia el mundo, pero es médico y por tanto su odio limita con la imperativa, incongruente, inevitable ayuda al prójimo"

El escritor cuenta su fuga hacia el Norte, por Alemania, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Huye de Francia, su país, por temor a represalias por su actitud colaboracionista con las fuerzas nazis de ocupación y su apoyo al gobierno de Vichy. El texto se llena de ciudades arrasadas, gente en andrajos, hambrienta, capaz de cualquier cosa, asesinos, violadores, jovencitas dispuestas a entregarse por un plato de sopa, militares feroces, militares altaneros, nazis sádicos, nazis chistosos, policías enamorados que acaban entre cadenas, bandadas de niños que arrasan trenes y campos como plagas de langosta, políticos tan acobardados como soberbios que pretenden guardar las formas en el refugio del castillo donde se alojan mientras afuera el mundo se hunde…, y en medio de todo, la conciencia del autor, un lodazal de palabras que todo lo mezcla, sus rencores, su indignación ante la crueldad, su ternura ante los animales, el desprecio a los judíos, su repulsión ante el mestizaje, su odio a la burguesía, y su miedo, todo su miedo, y la cólera por lo que le han quitado, y litros y litros de tinta para emborronarlo todo, para meter en un mismo saco a nazis y resistentes, a Hitler y a De Gaulle, a víctimas y a verdugos… Céline odia el mundo, pero es médico y por tanto su odio limita con la imperativa, incongruente, inevitable ayuda al prójimo…

"Salgo de Internet espantado. El infierno de Céline está ahí afuera. Un infierno de condenados y satanes en el que parece escucharse el eco de las palabras de Arthur Rimbaud en Una temporada en el Infierno"

Me detengo un momento en la traducción. Lo hago todo el tiempo. Su infierno me agobia, me irrita y fascina al mismo tiempo. Me deslumbra con su lenguaje y su ferocidad, me repugna con su victimismo y su autojustificación. Abro la página del periódico en Internet. Lo hago cada tanto, para escapar de ese Norte apocalíptico. Y es nuestra Apocalipsis microbiana la que me asalta. Las residencias de ancianos en la ciudad de Madrid, en las que los bomberos han encontrado cadáveres de viejos que llevan días muertos, a los que el gobierno de la Comunidad Autónoma impidió trasladar a hospitales, para dar así prioridad a otros enfermos con “mayores expectativas de vida”, ancianos abandonados a una soledad final tan despiadada que me extraña no estar oyendo sirenas de bombardeo, porque sólo una guerra sin cuartel explicaría tanta crueldad. La figura mussoliniana de Donald Trump, quien acaba de acaparar el 90% de las existencias del primer medicamento aprobado por la OMS como eficaz para luchar contra el Covid-19. Que el resto del mundo se las apañe con el 10% restante. A él le importa una mierda. Veo a un loco que bien podría haberse evadido de algún hospital psiquiátrico y que ejerce de presidente en Brasil, y cuya mirada delirante me hiela la sangre. Veo manifestaciones de energúmenos que enarbolan fusiles y le echan la culpa de la pandemia a China, a los chinos, a todos-esos-que-vienen-de-no-sé-dónde, y sus bocas se agitan deformadas escupiendo un odio lleno de banderas y patrias y ganas de matar. Veo a un gobernante en Israel que aprovecha que el mundo entero está pendiente de estadísticas, vacunas y microscopios, para apropiarse de buena parte de lo poco que les queda a los palestinos. Y a un presidente ruso que lo aprovecha para lograr que se apruebe una constitución que parece del siglo XIX y que le otorga poderes decimonónicos. Y a políticos corruptos y policías que matan a detenidos esposados delante de las cámaras y manifestaciones de protesta y quemas de edificios y gritos de desesperación en las televisiones y lágrimas y sangre y rabia y miedo, todo el miedo del mundo. Salgo de Internet espantado. El infierno de Céline está ahí afuera. Un infierno de condenados y satanes en el que parece escucharse el eco de las palabras de Arthur Rimbaud en Una temporada en el Infierno: “¡Oh, es eso! El reloj de la vida se ha detenido por un momento. Ya no estoy en el mundo”.

Está atardeciendo. Los atardeceres en mi apartamento de Lisboa son magníficos. Las nubes se esfuerzan en componer algo que se parezca a la belleza, desentendidas también de nosotros. Eso me alivia. Quizás Céline fuera un canalla y, ciertamente, me alegro de no haberlo podido conocer en persona, así me resulta más fácil traducirlo. Ahora que los escritores tienen que pasarse la vida opinando en los medios y en las redes sociales, hablando de lo que sea para lograr una pizca de visibilidad para sus obras, no creo que pudiera soportar las peroratas de Céline. Sin embargo, quizás a su pesar, a pesar de sus excusas y sus ideas, o quizás precisamente también por lo que éstas involuntariamente revelan, en su escritura hay una verdad profunda: el atisbo de nuestro infierno como especie, un infierno atizado por el miedo y en el que, más fácilmente de lo que uno piensa, se puede acabar ejerciendo de demonio. No sé cuánto demoraré todavía en acabar de traducir la tercera novela de su trilogía, Rigodón. No sé cuánto nos falta todavía para salir de esta pandemia. Sólo espero que esta doble temporada infernal termine pronto.

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