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No habrá muerte, de Toni Montesinos

No habrá muerte, de Toni Montesinos

Dos de las masacres humanas y los regímenes autoritarios más espeluznantes del siglo XX —la demencia nazi, junto con el Holocausto, y el sistema opresivo y sanguinario comunista— reciben desde hace años una atención inabarcable y cobran poco a poco más espacio a través de investigaciones, papeles desclasificados y novelas que parecen no tener fin, logrando una permanente actualidad según se van celebrando los distintos aniversarios. Con el paradójico y casi místico título de No habrá muerte (Edit. Fórcola) que remite a una cita de El doctor Zhivago, de Borís Pasternak, se ofrece una vista panorámica de lo que para cientos de escritores ha significado histórica y literariamente tanto la Revolución rusa y la creación de la Unión Soviética, más la dictadura de Stalin, como del nacionalsocialismo ascendente que eclosiona con la llegada al poder de Hitler y el asesinato indiscriminado de millones de personas en los campos de exterminio nazis.

Toni Montesinos revisa y comenta la más reciente bibliografía al respecto, convocando a un gran número de escritores que sufrieron la intimidación política y pese a ello desarrollaron una obra denunciadora y valiente. De tal modo que irán apareciendo los que tanto por un lado —Aleksandr Solzhenitsyn, Marina Tsvietáieva…— como por otro —Primo Levi, Imre Kertész…— quedaron marcados por esta violencia despiadada. Asimismo, surgirán otros, como Wisława Szymborska y Czesław Miłosz, o Iliá Ehrenburg y Joseph Brodsky, que optaron por el exilio, la resignación o la equidistancia, en unas páginas en las que se asoman también Josep Pla, Doris Lessing, Milan Kundera, George Orwell o Václav Havel. El ensayo, que se completa con una estremecedora cronología literario-suicida, se sumerge en los orígenes de ambos terrores —con el trasfondo además del mundo del espionaje y de las policías secretas— y alcanza hasta la desnazificación y la caída del Muro de Berlín.

Zenda publica las primeras páginas de No habrá muerte: Letras del gulag y el nazismo: De Borís Pasternak a Imre Kertész.

Las vías hacia el comunismo

Abril de 1917. Europa está librando una guerra fratricida que va a marcar el destino de todo el continente. En uno de sus extremos, la Rusia de los zares agoniza. Es también el año de la Revolución rusa, que ha estallado en febrero, con grandes movilizaciones en la capital, Petrogrado. Noticias que llegan a uno de los exiliados más famosos del momento, Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, que ante tamañas novedades regresa a Rusia en tren desde la Suiza en donde ha estado viviendo. Para el líder bolchevique no se trataba del primer exilio, pues en el tiempo de sus estudios universitarios había sido arrestado y enviado tres años a Siberia. Ahora, en ese 1917, el zar abdica, el país se transforma en una república, los exiliados se apresuran a volver y el júbilo se apodera de las clases populares.

El caso es que, como cuenta Catherine Merridale en El tren de Lenin. Los orígenes de la Revolución rusa, Lenin, «antes de finalizar el año, pasaría a ser el amo y señor de un nuevo estado revolucionario» haciendo de un conjunto de pensamientos escritos cuarenta años atrás por Karl Marx toda una «ideología de gobierno. Creó un sistema soviético que llevaría las riendas de un país en nombre de la clase trabajadora, estableciendo la redistribución de la riqueza y promoviendo diversas transformaciones igualmente radicales tanto en el campo de la cultura como en el de las relaciones sociales». Cambios que trascenderían sus fronteras y que, ya convertidos en un ideario político con el nombre de «leninismo», se convertirían en «el anteproyecto ideal para los partidos revolucionarios del mundo, desde China y vietnam hasta el Caribe, pasando por el subcontinente indio».

Todo esto empezaría, a ojos de Merridale, en «ese viaje trascendental en tiempos de la Gran Guerra». Un contexto este que no deja de recibir atención investigadora y acomodo editorial y que, durante el 2017 y años anteriores, obtuvo una mayor atención si cabe al sucederse los trabajos destinados a conmemorar la Revolución rusa de un siglo atrás. En aquel año estaba la clave, de lo pasado y de lo futuro. Novedades como un libro que contaba lo que le ocurrió a la nobleza rusa tras la revolución firmado por Douglas Smith, un tema tabú incluso en el propio país, al menos hasta la Unión Soviética de Gorbachov, El ocaso de la aristocracia rusa –faltaba incursionar en una clase perseguida y finalmente silenciada que aquí surge en el reverso de sus privilegios: sufriendo lo indecible–, y revelaba cómo la Rusia feudal, repleta de campesinos en situaciones de esclavitud bajo las órdenes y la explotación de los ricos, atravesaba las revoluciones de 1905 y 1917 y el llamado Terror Rojo de 1918 en contra de los «enemigos del pueblo». La solución estaba clara: acabar con todos aquellos que hubieran aplastado al proletariado, lo que acabaría de raíz con una sociedad fuertemente jerarquizada y en la que, de repente, los huidos y desposeídos de todo lo que tenían eran los ricos; algo que sucedería en verdad desde «una mentalidad inmisericorde y maniquea que condenaba a colectivos enteros a una represión despiadada e incluso a la muerte», aseveraba el autor.

Contemplar esta situación es primordial para embarcarnos en ese tren con Lenin e ir intuyendo lo que éste anhelaba cuando retomó su liderazgo hasta ser el presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de la Unión Soviética desde finales de 1922 hasta inicios de 1924. Atravesando Alemania, tardaría ocho días en llegar a Petrogrado (hoy San Petersburgo) en condiciones durísimas. Un recorrido que la propia Merridale (1959), profesora de Historia Contemporánea en la Queen Mary University de Londres y especializada en historia rusa, quiso realizar para entender mejor cómo fue este exitoso regreso de un Lenin que iba a cambiar el destino de su país para casi lo que quedaba de siglo. Más de tres mil doscientos kilómetros desde Zúrich que hoy se pueden hacer con seguridad y comodidad, pero que hace cien años Lenin protagonizó en una Europa llena de peligros que iba a ver cómo los bolcheviques ganarían la guerra civil, un conflicto de lucha de clases que se libró por medio de ejércitos numerosos, próximos a los campesinos y con una fuerte propaganda detrás.

Pudo seguirse la pista de todo ese proceso mediante un libro que se publicó en 1987, es decir, aún con el sistema soviético vivito y coleando aunque ya en su crepúsculo –y que vio una reedición, naturalmente, en 2017–, de Evan Mawdsley, Blancos contra rojos. La Guerra Civil rusa, que profundizó en el complejísimo entramado bélico que asoló al gigante ruso durante los años 1917-1920. Era tal su complejidad que, como dijo el autor, los historiadores no se ponen de acuerdo a la hora de fechar el inicio de la guerra (la mayoría, en el verano de 1918, relacionándola con un levantamiento de las tropas checoslovacas en mayo). Sin embargo, Mawdsley la situó en la Revolución de Octubre de 1917: «El espectro de un enfrentamiento entre rusos había acechado en segundo plano desde el derrocamiento del zar en febrero, pero el desencadenante de la apocalíptica lucha final, que duraría tres años y costaría más de siete millones de vidas, fue la toma de poder del partido bolchevique en Petrogrado». Ocupaban el poder ciudadanos de a pie que habían sido coordinados por los bolcheviques, «pero actuaban en nombre de los sóviets», esto es, los consejos de obreros y soldados.

Los revolucionarios no tardarían en asentar su dominio en gran parte del territorio, a lo que siguieron las elecciones de noviembre a la Asamblea Constituyente de toda Rusia. La victoria fue para el partido socialista de los campesinos (la mayoría social) por encima del marxista-bolchevique (centrados en las ciudades). La votación demostraba un país escindido, además con un minoritario partido constitucional-demócrata que rechazaba las reformas sociales y abogaba por la guerra y que era visto como reaccionario, y por otra parte, también con los mencheviques, la fracción moderada del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Con toda esta amalgama de diferentes tendencias políticas en un lugar con muchas minorías –ucranianos, bielorrusos…–, y la paradoja de que el partido mayoritario era ajeno al poder por su extracto social frente a la clase urbana que había regido el destino del país, el conflicto estaba servido.

Mawdsley seguía las diferentes etapas de dicho conflicto en un imperio que «era el mayor país de la Tierra y se extendía a lo largo de ocho mil kilómetros desde las trincheras de Occidente hasta la costa del Pacífico». y es que tanto en la periferia como en Petrogrado los enfrentamientos entre soviéticos y antibolcheviques se sucederán, e incluso Lenin llegará a afirmar que la guerra había acabado ya en la primavera de 1918 a partir de ser eliminado un importante contrarrevolucionario. Pero las cosas se complicarían aún más. El tratado de Brest-Litovsk, en el que Rusia renunciaba a Finlandia, Polonia o Lituania, entre otros, que quedaban bajo el mando de las Potencias Centrales –la coalición formada por los Imperios austrohúngaro y alemán durante la Gran Guerra, a la que se añadiría el Imperio otomano y el Reino de Bulgaria– supondrían «un punto de inflexión en la vida política de la Rusia soviética», como afirma el historiador. Muchos bolcheviques, así, se negaban a tal acuerdo de paz con los alemanes; unas diferencias internas que darían paso a un cierre de filas y a que Lenin restringiera debates públicos al respecto: era el origen del Estado autoritario.

También, el momento en que fuerzas extranjeras se introducían en la Guerra Civil rusa, con la ocupación de tropas alemanas, austríacas y turcas en diecisiete provincias rusas; con el añadido de que Gran Bretaña y Francia tomaron espacios del Cáucaso y Ucrania, situación que se hizo más complicada si cabe cuando el 25 de mayo de 1918 se produjo una gran contienda en Siberia occidental entre la Legión Checoslovaca y las fuerzas soviéticas, expandiéndose a lo largo de casi ocho mil kilómetros, la que coincidía con la ruta del ferrocarril Transiberiano. Lenin veía en todo ataque una ofensiva del imperialismo anglo-francés, y por eso se ha dicho erróneamente que la Guerra Civil rusa empezó con la intervención aliada en el verano de 1918. Con todo, aún habría por delante dos años más de hostilidad aliada contra la Rusia soviética hasta que Lenin pudo decir, en el teatro Bolshói de Moscú, en noviembre de 1920, que, en una sangrienta lucha de los obreros, de victoria en victoria, «la República de los sóviets ha vivido y combatido, sosteniendo en sus manos tanto el martillo como el fusil».

Hay sitios, lo demuestra Merridale, que actualmente recuerdan el paso del político cuya alusión al martillo y al fusil hace evocar la bandera de la URSS, la cual tendría una primera versión en diciembre de 1922, durante el I Congreso de los Sóviets de la URSS, donde se establecería su estandarte rojo pero en la que no aparecía aún la hoz y el martillo (hasta un año después no se incorporaron estos dos elementos), herramientas que simbolizaban la unidad del proletariado industrial y el campesinado, respectivamente. Pues bien, uno de esos sitios es la estación de Haparanda, en Suecia, donde la autora comprobó que Lenin ahora recibe una mezcla de veneración crepuscular o indiferencia según donde se encuentre. Algo que se pondría más de manifiesto el otoño del mismo año 2017 en que se celebraba la onomástica revolucionaria, al ser el líder bolchevique «una presencia incómoda en la Rusia de vladímir Putin», ya que éste «se atrevió a acusar a Lenin de socavar la unidad de Rusia fomentando la aparición de movimientos en pro de la autonomía nacional en el viejo imperio zarista». Unas declaraciones que fueron tan impactantes en su día (enero de 2016) para su país que el presidente tendría que retractarse.

En todo caso, dice Merridale –que en La guerra de los Ivanes estudió el ejército soviético de Stalin y sus acciones contra el nazismo, destacando en ello los soldados comprometidos, la gran disciplina y el control político–, que para confeccionar su libro no iba a rastrear al Lenin que disfrutaba del piano o del ajedrez, sino «al hombre con aquella energía arrolladora, fría e implacable» que un día escribió que no hay que acariciar a nadie porque te pueden morder: «Has de pegar a la gente en la cabeza sin piedad ninguna». y a fe que lo hizo, mediante una dictadura represiva, marcada por la censura de prensa, la abolición de las libertades políticas y la tortura y el asesinato a todo el considerado adversario del Estado. Una serie de estaciones autoritarias cuyo primer tramo nació sobre las vías de un tren que atravesaba una Europa en llamas y que transportaba a alguien que, nada más llegar, ya demostró su talante despreciando las flores que una mujer le regalaba y diciendo que su recibimiento «apestaba a pompa burguesa y a orgullo».

Esta mirada corrosiva, agria, hacia una realidad que cierta parte de la población quería transformar es algo que pudo comprobar Ángel Pestaña, un sindicalista que acusó a Lenin de autoritarismo y de torturar a su pueblo por falta de libertad y permitir que pasara hambre, como se pudo leer en su libro Setenta días en Rusia. Lo que yo vi, fruto de un viaje a Moscú en 1920: «En aquel primer contacto que tuvimos con la realidad revolucionaria, sin prismas que la decolorasen, ni velos que la cubriesen, comenzamos a vislumbrar la tragedia rusa. Lo que más nos impresionó fue la seriedad, la tristeza que se reflejaba en todos los rostros», apuntaba este anarquista de León, relojero de profesión y periodista obrero autodidacta. y añadía: «Ni una sonrisa, ni un relámpago de alegría, ni la más imperceptible manifestación de contento. Nada. Un rictus de tristeza, de profunda tristeza, lo único que podíamos contemplar. y un silencio impenetrable. Parecía que aquellas bocas no hubieran hablado ni reído nunca».

Pestaña iba a pisar ciudades como Petrogrado, «en que están por doquier los retratos de Marx, Lenin, Trotski y del también revolucionario bolchevique Zinóviev, gran amigo de Lenin, que acabaría asesinado en las purgas de Stalin», y comentaría «las tretas y engaños de los bolcheviques», comprobando que la práctica del comunismo se hacía a favor del Estado, no del individuo. A esa práctica consistente en que el Estado lo confiscaba todo, se apoderaba de todo, en principio para disponer las cosas en favor de la comunidad, Pestaña la llamó colectivismo y no comunismo, pues «mientras haya clases, diferencias sociales o categorías, el comunismo no es posible». No se podía decir más claro, ni estar más en contra del régimen que imperaba allí.

Este mismo desengaño frente a la realidad política rusa también lo sufriría Emma Goldman, que tal vez junto con la obra de Pestaña es la autora del mejor texto posible sobre la Revolución rusa y sus terroríficas consecuencias. De principio a fin, Mi desilusión en Rusia es una visión completa, directa, irrebatible de cómo «la Revolución rusa –más concretamente los métodos bolcheviques– ha demostrado concluyentemente cómo no debe llevarse a cabo una revolución», como dice en una nota fechada en 1925.

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Autor: Toni Montesinos. Título: No habrá muerte: Letras del gulag y el nazismo. Editorial: Fórcola. Venta: Amazon

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